INSTITUCIONAL
29/06/2011 Clarín - Nota - Opinión - Pag. 32
¿Vivir sin pareja es condena o elección?
Roxana Kreimer LICENCIADA EN FILOSOFIA Y DOCTORA EN CIENCIAS SOCIALES (UBA)
L as personas que no están en pareja constituyen un grupo demográfico de sostenido crecimiento en el mundo occidental.
En Europa ya superan los 170 millones.
Aproximadamente la mitad de los porteños son solteros, separados, divorciados o viudos. Según un estudio de la consultora Advise, cuatro de cada diez porteños de entre 25 y 65 años declaran estar “desemparejados”, aunque reconocen que podrían cambiar de categoría si encontraran a la persona adecuada.
El aumento de la soltería se vincula con la inestabilidad de las uniones, la postergación en la edad para el primer enlace entre los jóvenes, la trayectoria de autonomía de las mujeres, sus considerables exigencias a la hora de encontrar una nueva pareja y el incremento de la expectativa de vida, entre otros factores.
Este cambio altera las formas de vida y de relación de millones de individuos en todo el planeta. Significa que la mayoría transita por un período de su vida adulta en el que, por elección o imposición, no forma parte de una pareja. Para muchos la soltería reivindica los espacios de intimidad y libertad individual, otorga un lugar central a los logros profesionales, al establecimiento de lazos fuertes con los amigos y los hijos, y alienta una intensa vida social.
Otros padecen la sensación del aislamiento, un fenómeno característico de las grandes ciudades, donde la sociabilidad de los demás se torna más visible y dolorosa ante la mirada de los que se sienten solos. En Francia una de cada cinco personas no tiene con quién hablar cotidianamente, y hay buenas razones para suponer que algo parecido ocurre en otras grandes urbes.
Los seres humanos somos animales gregarios.
Diversos trabajos científicos evaluados por Jonathan Haidt muestran que la mayor parte de las personas no podemos vivir plenamente sin tener dos o tres afectos cercanos con los que interactuar a diario. También evidencian que el contacto social frecuente con redes más extensas suele incrementar la sensación de bienestar.
En las grandes ciudades aproximadamente la mitad de las personas viven solas, tengan o no parejas cama afuera. La sensación de soledad es propiciada por ciertas características de la vida moderna. Los espacios públicos han dejado de ser lugares de encuentro para convertirse en lugares de paso. Las nuevas tecnologías a menudo fortalecen el aislamiento.
La omnipresencia del transporte automotor debilita los derechos del peatón. Los altos niveles de desconfianza interpersonal, característicos de entornos signados por una gran desigualdad, llevan a percibir al espacio público como un lugar peligroso.
A partir de la segunda mitad del siglo XX la pareja fue el eje articulador de la familia, que durante siglos funcionó -en sus diversas variantes- como la célula básica de la sociedad.
Si las relaciones de pareja son cada vez más efímeras, ¿los lazos sociales se disuelven o se transforman? Una forma de inclinar la balanza a favor de la segunda opción sería recuperar los espacios públicos como lugares de encuentro, trabajar en favor del aumento de la confianza interpersonal y construir ciudades de y para la gente.
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