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13/11/2011 Miradas Al Sur - Nota - Sup. Ni A Palos - Pag. 4nota de tapa

Mi único héroe, en este lío

Más de cincuenta años después de su primera edición, El Eternauta sigue siendo una de las pocas sino la única historieta que ha logrado ganarse un lugarcito en el podio de los grandes relatos nacionales. Además, como si eso no bastara, la reapropiación de su figura vuelta ahora Néstornauta se ha constituido en parte central de la iconografía política de estos años. Metáfora de la tragedia, la solidaridad y la esperanza, gran parte de los sueños y las pesadillas de nuestro país se esconden entre sus viñetas. ¿Qué se oculta debajo de la escafandra?

por diego sánchez y federico scigliano

Hay gente que lee El Eternauta y viaja al pasado remoto. Se interna entre sus páginas y algo lo sumerge en el paisaje postapocalíptico de la Argentina del ‘55. Cielos cargados, calles ocupadas, un puñado de personas resistiendo a un enemigo infranqueable.
Hay otros que lo leen, en cambio, y piensan en los años 70: un Estado totalitario e invasor, un batallón dispuesto a dar la vida por una causa de liberación. Y otros lo hacen -eso de leer-, y piensan, con todo el derecho que les da la lectura, en un escenario distinto, más reciente, similar a eso que vivimos hace apenas una década: calles cortadas por barricadas, un pueblo lanzando piedras contra un objetivo tan abstracto como letal.
¿Cuántas lecturas entonces puede generar El Eternauta? Probablemente muchas. Está en el seno de todo clásico -y damos por sentado que El Eternauta lo es-, la posibilidad de ser revisitado y adaptado en el momento que lo precise. ¿Cuántos Hamlet, salvando las distancias del caso, hubo desde finales del siglo XVI hasta la fecha? Editado por primera vez en 1957, El Eternauta se volvió a fuerza de significaciones y conquistas en una de las obras más importantes de la cultura argentina del siglo XX, uno de los pocos -tal vez el único- exponente del llamado noveno arte que logró escapar a ese gueto de consumo juvenil al que parece estar condenada la historieta en nuestro país. Y si El Eternauta es para muchos un relato a la altura del Martín Fierro -por citar sólo al non plus ultra de nuestra tradición literaria-, parece serlo por esa capacidad que tiene la creación de Oesterheld de reconfigurar en cada momento un reflejo y una cifra de todas las argentinas posibles.
Entonces, reformulemos la pregunta.
¿Cada época tiene El Eternauta que se merece? 2011, podemos ser héroes Son las 11:30 de la mañana y el aula magna del Colegio Nacional de Buenos Aires se llena de estudiantes secundarios del conurbano.
Serán unos 200 y todos hacen fila para entrar. En la calle garúa pero el agua no lastima. Los que están acá guarecidos, con sus guardapolvos blancos, son apenas un pequeño porcentaje de los más de 4000 alumnos que en los últimos meses participaron de los talleres de “El héroe colectivo”, un programa que llevó la figura de El Eternauta a distintos colegios y organizaciones sociales del país para trabajar con ellos el sentido y los desafíos de la democracia. Remontémonos a nuestra época de escolares y veremos que es una práctica pedagógica habitual: leemos un texto, nos dividimos en grupo, llevamos a cabo una actividad y después debatimos las reflexiones entre todos.
Sólo que acá el texto es una historieta y lo que se discute es el núcleo conceptual de la democracia: la legitimidad, la solidaridad, las decisiones colectivas.
Pero, ¿por qué puede ser El Eternauta una forma de aproximarse a los valores universales de la democracia? Vayamos por orden. El 4 de septiembre de 1957, El Eternauta debuta en las páginas de la ya mítica revista semanal Hora cero. Escrita por Héctor Germán Oesterheld e ilustrada por Francisco Solano López, El Eternauta tiene todos los condimentos de la ciencia ficción.
Juan Salvo, dueño de una pequeña empresa de transformadores, se junta como todas las semanas a jugar al truco con sus amigos. El grupo permanece en la buhardilla de la casa que Salvo comparte en Vicente López con su esposa Elena y su hija Martita sin que ningún murmullo externo los perturbe. Sólo que lo que se produce afuera, sin que ellos se den cuenta, es algo más que un murmullo: una nieve fosforescente y letal cae sobre Buenos Aires aniquilando todo lo que toca.
Allí encerrados, Salvo, su familia y sus tres amigos, se salvan del terrible ataque producido por un grupo de invasores extraterrestres.
Lo que se inicia de ahí en más es una aventura colectiva de resistencia, supervivencia y necesaria solidaridad para enfrentar la adversidad.
Se inicia así también la leyenda de El Eternauta.
1969 Sólo un par de páginas a lo largo de cien semanas le alcanzan a Oesterheld y Solano López para convertir a El Eternauta en un éxito instantáneo. Leído por avidez por fanáticos de todas las edades, pronto la creación sobrepasa sus propios límites de recepción: pocos años más tarde, Oscar Massota lleva la historieta al Instituto Di Tella y habla de ella como “literatura dibujada”. El Eternauta comienza a ser leído así por los intelectuales y Juan Salvo, de pronto, se convierte en un mito nacional.
El Eternauta surge poco después del golpe de Estado que derrocó a Perón. Esta frase puede dar a entender que entre uno y otro acontecimiento hay un lazo natural que los une. Sin embargo no lo hay. Oesterheld no era, en 1957, un militante político. Recién a partir de la lectura massotiana, se abre la posibilidad de observar a El Eternauta como una metáfora posible de esos años, una condensación ficcional en la que la imaginación futurista de Oesterheld propone una Buenos Aires ocupada, un grupo de resistentes que viaja desde el conurbano hacia el centro en medio de la ciudad devastada en la que claramente pueden atisbarse, como escribiría décadas más tarde Pablo Francescutti en Punto de Vista, “los amagos de guerra civil en 1955 y de la persistente fractura política bajo la Libertadora”.
Sin embargo, lo que tiene de metáfora política esta primera parte parece más bien una representación natural -como lo fue quizás Operación Masacre- de su contexto de producción. Sin ir más lejos, El Eternauta comienza con Salvo materializándose -tras viajar por el tiempo-, en la casa de un ignoto guionista llamado Germán. Agotado, Salvo se presenta a sí mismo como El Eternauta, un nombre que le puso un científico de fines del siglo XXI, y, ante un Germán absorto, narra su historia. Cuando concluye, nuestro héroe entiende que arribó a pocos metros de su antigua casa de Vicente López y sale corriendo a encontrarse con su mujer y su hija. Ese encuentro le borra la memoria y Salvo olvida el terrible destino de muerte y sometimiento que le espera a la raza humana.
Germán, solo con la verdad, decide escribir la historia para que quede registrada.
Sin saberlo, Salvo fue su “fusilado que vive”. De él depende ahora que la memoria no desaparezca.
1976 Oesterheld, decíamos, no era un militante en 1957. Sin embargo ya empezaría a serlo en 1969, cuando se publica una reescritura de El Eternauta en la revista Gente -ilustrada esta vez por Alberto Breccia- y lo sería definitivamente en 1976 cuando se edita la segunda parte, de nuevo acompa ñado por Solano López. Acá Oesterheld ya asume un compromiso político mucho más claro: en la reversión de 1969, la invasión deja de ser global y las potencias mundiales pactan con los invasores para entregar Sudamérica a cambio de su salvación. En la secuela de 1976, por su parte, el personaje “Germán” se transforma directamente en “Oesterheld” y Salvo en el líder de un pueblo sometido al cual organiza militarmente para resistir y combatir a los opresores.
Oesterheld, el guionista de carne y hueso, ya por entonces militante montonero, hace una relectura del Eternauta del ‘57 que no tardaría en volverse canónica. “Ahora que lo pienso, se me ocurre que quizás por esa falta de héroe central, El Eternauta es una de mis historias que recuerdo con más placer.
El héroe verdadero de El Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano.
Refleja así, aunque sin intención previa, mi sentir íntimo: el único héroe válido es el héroe “en grupo”, nunca el héroe individual, el héroe solo”. En 1977, Oesterheld es secuestrado por un grupo de tareas y llevado a varios centros clandestinos de detención.
Al igual que sus cuatro hijas, el autor de El Eternauta permanece desaparecido.
Aquel contenido explícitamente político de la segunda parte, sumado al destino de su autor, volvieron a trazar un contorno de sentido alrededor de la obra. Si la de 1957 fue leída como una suerte de Operación Masacre ilustrada y sci-fi, la historia de 1969/1976, pasó a ser una metáfora de la tragedia argentina: la historia de una ocupación mucho más violenta y terrible que la original.
Sin embargo, no sería esa imagen de Salvo avanzando con el fusil al hombro sino ese héroe colectivo que Oesterheld descubrió “sin intención previa”, el que le permitiría a El Eternauta convertirse en un relato canónico, capaz de representar los horizontes políticos y las expectativas épicas de su constantemente renovada flota de lectores.”.
80-90-2011 La democracia recuperada a principios de los 80 vio, desde ahí en adelante, el modo en que esa figura solitaria en medio de la nieve se iba cargando de otros sentidos en los que se mezclaban la ficción y la propia biografía trágica de su autor. Entonces, muchas paredes del país se empezaron a llenar de la figura de Juan Salvo, rematada con alguna consigna del movimiento de derechos humanos.
Sin embargo, no sería este un destino estable para el legendario personaje. En marzo 2010, un Salvo clásico caminaba resueltamente hacia nosotros en medio de los copos, pero bien mirado, algo no era igual.
Efectivamente, quien estaba dentro del traje no era quien siempre había estadio sino Néstor Kirchner y su mirada desviada. Tamaña intervención servía para convocar a un acto en Ferro. Nadie lo sabía aún, pero acababa de nacer una marca gráfica de este tiempo.
Después vino otro acto muy grande en el Luna Park, donde el Nestronauta ocupó un lugar central. Después murió Kirchner y la iconografía se tatuó en la piel.
Biblia Pero, ¿cuántas lecturas se pueden hacer de El Eternauta? ¿Cuántas enseñanzas podemos extraer de su historia? Hace ya diez años, Laura Vázquez, una licenciada en Ciencias de la Comunicación de la UBA, especialziada en el mundo de la historieta, escribió “¿A quién salva Juan Salvo? Otra lectura de El Eternauta”, un breve pero intenso texto en el que se mezclaba su pasión por los comics en general y la obra de Oesterheld en particular, y el incendio social que se estaba produciendo en ese mismo momento en el país, tras la huida de De la Rúa y la caída del modelo neoliberal. Allí Vázquez criticaba la actitud de Juan Salvo al final de la primera parte de El Eternauta: la de haber aceptado la comodidad de su familia a costa de olvidar lo que sabía de un futuro terrible que él podría haber ayudado a evitar. Vázquez, por supuesto, no discutía con un personaje de historieta sino con una idea. “Sin héroe colectivo, la Argentina de 2002 volverá a fugarse hacia atrás en el tiempo, como El Eternauta -escribió-.
Y en nuestra historia nacional volver hacia el pasado, constituye prácticamente un suicidio”.
Muchas lecturas, muchas interpretaciones.
Tal vez en El Eternauta esté cifrado algo de la historia argentina reciente o tal vez sea sólo un relato mítico al que volvemos una y otra vez para entender mejor esto que nos rodea. Como una Biblia o un pequeño manual de instrucciones, quizás. Algo que no se deja de leer, ni tampoco de escribir.


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