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Clarín - Nota - Sup. Educación - Pag. 8
Los muchachos de la huerta
Tres estudiantes de Diseño Industrial crearon una huerta compacta y móvil. El novedoso proyecto nació como un trabajo práctico y, ahora, buscan inversores que los ayuden a fabricar este producto en serie.
María Eugenia Pintos
Especial para Clarín
Recursar una materia puede tener su costado positivo. Al menos, esa es la gran lección de vida que capitalizaron tres alumnos y amigos de la carrera de Diseño Industrial, de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Cristian Cavallini (36 años), Hernán Rizzo (26) y Matías Goldemberg (29). Se conocieron en 2009, cuando Diseño 3, una asignatura que hasta ese momento era insalvable para el trío de alumnos, terminó por unirlos. Ese año, la propuesta de la cátedra consistía en desarrollar el proyecto de una huerta.
Los jóvenes cuentan que se dedicaron al proyecto entre seis y nueve horas diarias. De lunes a lunes, durante dos meses. No había salida ni novia que los sacara de foco, aseguran. Comenzaron a investigar y concluyeron que la huerta casera era antaño una costumbre y un recurso arraigado entre los argentinos.
Entonces se preguntaron “¿Si nuestros abuelos tuvieron una quintita en el fondo de sus casas por qué no reproducir con un producto de fácil uso esa misma idea pero en plena ciudad?”, recuerda Hernán, el más chico de los tres.
Por entonces, la crisis financiera calaba hondo y los precios de las verduras picaban en punta. La idea de estos jóvenes, entonces, era encontrar una alternativa para que las familias pudieran cultivar y cosechar sus propios alimentos sin pesticidas. Fue así como el proyecto también tuvo un objetivo social. Con una huerta que funcionara sola y que no requiriera demasiado tiempo de cuidado, la gente podría autoabastecerse. Si a eso se le suma un trabajo entre vecinos, el resultado proyectado sería mayor. “Queremos que la gente vuelva a conectarse con lo que come”, explican casi a coro los tres emprendedores.
El proyecto, finalmente, vio la luz y, no sólo recibió una buena calificación, los profesores también los impulsaron a seguir adelante al considerarlo un trabajo de tesis con salida profesional. Fue así como nació el proyecto de la primera huerta urbana con un sistema cíclico compuesto por tres partes.
Cada una contempla los ciclos de riego, tierra y abonera, y permite sembrar y cosechar de manera constante distintas hortalizas y hierbas. “Con este producto, lo que antes tirabas a la basura ahora podés capitalizarlo ya que lo podés usar como abono”, explica Matías.
En efecto, los desechos de comida se tiran en la abonera y sirven para retroalimentar la tierra que, luego, se coloca en un bancal (un recipiente similar a una maceta, pero más complejo), donde crecen las plantas, que son irrigadas por un sistema de riego que viene incluido.
“Lo inédito es que con nuestro producto se forma un verdadero ecosistema similar al que puede generarse en un bosque, pero a pequeña escala. Allí se cumplen todos los ciclos naturales”, cuentan los tres con orgullo y explican que, por ejemplo, la tierra no es desechada sino que es filtrada en la abonera gracias a los nutrientes que recibe.
Ahora que el proyecto es real, los tres emprendedores van por más: sueñan con encontrar inversores para dar rienda suelta a un prototipo y, por qué no, a un producto capaz de ser fabricado a escala gracias a un ambicioso plan de negocios. “¿Se imaginan las terrazas porteñas llenas de pequeñas huertas?”, proyectan.
Para ellos, el desafío recién comienza.
“Cuando te piden desarrollar un proyecto para la facul- tad, tenés un techo que es sacarte un 10. Nuestra sorpresa fue que esa escalera no terminó ahí. Nos dimos cuenta de que era factible presentarlo a un inversor, que puede funcionar de verdad y, lo más importante, que puede cambiar la vida de gente. Ésa es la base de nuestra motivación”, aseguran y ya se imaginan el día en que, sin proponérselo, vean alguna de sus huertas en las calles de Buenos Aires. Que los porteños los elijan será la mejor calificación que puedan recibir.
Arriba, un modelo que permite cultivar 45 plantas de la misma especie. Abajo, la abonera.
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