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La ciudad agredida |
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Polución visual |
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La polución también es visual: la inclusión indiscriminada de gráfica, cableados caóticos, etcétera, agreden enormemente a nuestra ciudad y son, además, motivo de distracciones y accidentes viales. |
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Daniel Wolkowicz
Director de la Carrera de Diseño Gráfico, FADU, UBA. |
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En el universo ya no había un continente y un contenido, sino sólo un espesor general de signos superpuestos y aglutinados que ocupaba todo el volumen del espacio, era una salpicadura continua, menudísima, una retícula de líneas y arañazos y relieves y cortaduras, el universo estaba garabateado en todas partes, a lo largo de todas las dimensiones. No había ya modo de establecer un punto de referencia: la Galaxia continuaba dando vueltas, pero yo ya no conseguía contar los giros, cualquier punto podía ser el de partida, cualquier signo sobrepuesto a los otros podía ser el mío, pero descubrirlo no hubiese servido de nada, tan claro era que independientemente de los signos el espacio no existía y quizá no había existido nunca. Italo Calvino "Un signo en el espacio"
La ciudad, un paisaje complejo
La piel de la ciudad se reviste permanentemente de signos mutantes, afiche sobre afiche, señal sobre señal, graffiti sobre graffiti, generando lenta, pero inexorablemente, el repertorio visual con el que convivimos. Textura que actúa sobre la arquitectura urbana, que se recambia y se recrea en nuevos paisajes comunicacionales.
Lo diseñado con lo no diseñado conviven, en una suerte de repertorio visual, sin regulación alguna, afectando nuestra capacidad de asimilación y condicionando la estética de nuestros espacios públicos. Marquesinas, gigantografías, pasacalles, afiches y cartelerías configuran un paisaje particularmente invasivo, donde los ciudadanos son expuestos, sin consideración ni respeto, a una constante saturación visual. Padecemos de sobreestimulación retiniana; bombardeo salvaje que no admite defensa ni formas de evasión. La calle es el campo donde se libra la batalla visual, no hay pactos posibles y el sometimiento del público es una constante.
La gráfica urbana, saturación y negocio
Buenos Aires, al igual que otras grandes metrópolis del mundo, posee una gran riqueza arquitectónica y urbanística. Pero, poco a poco, sus patrimonios culturales están desapareciendo detrás de la gráfica publicitaria y comercial. Las fachadas históricas son desvirtuadas por diferentes tipos de soporte que alteran la posibilidad de disfrutar, por ejemplo, de mirar hacia arriba o de percibir el horizonte. Plazas y paseos son interrumpidos por incontables barreras de comunicaciones visuales sin sentido. Un cierto acostumbramiento a pensar que las cosas no pueden ser de otra manera conlleva a una pasividad ciudadana que no toma conciencia de los efectos que produce esta contaminación.
Las vías rápidas de acceso a la ciudad son las más demandadas, en cantidad y tamaño, por los anunciantes publicitarios. La Avenida Lugones, la Panamericana y los accesos del sur de la capital ostentan un sembradío de publicidades que no solo transfiguran el contexto sino que además son motivo de distracciones y accidentes viales.
La inclusión indiscriminada de gráfica en el medio urbano tiene dos principales beneficiarios, además de la empresa anunciadora. Por un lado están los dueños de los predios donde se ubican estas publicidades (ya sean terrenos particulares, medianeras de edificios, terrazas etc.) y, por el otro, está el Gobierno de la Ciudad que percibe un canon por cada cartelería aplicada. En ninguno de los dos casos hay voluntad de un saneamiento visual; el interés monetario y recaudatorio parecen diluir las necesidades ambientales. La calidad de vida de los ciudadanos es denostada y la polución, que es tanto visual como sonora y ambiental, carece de regulaciones efectivas que transformen nuestro entorno urbano en un espacio habitable.
A diferencia de Buenos Aires , en muchas ciudades del mundo existen restricciones y controles sobre la polución visual en los espacios públicos. De esta manera, se valorizan los patrimonios nacionales volviéndolos objeto de interés no solo para los propios ciudadanos sino también para el turismo. En estas ciudades se penaliza al anunciante y no a la persona que pega el afiche en un lugar prohibido. Resolviendo de forma rápida y eficaz lo que, en nuestra ciudad, parece no tener solución a corto plazo.
Más allá de la gráfica "legal", existe un universo paralelo de maltrato visual que invade de forma clandestina la propiedad pública y privada. Miles de volantes, panfletos y afichetas son pegadas a diario sobre las superficies más insólitas: postes de alumbrado, señales viales, equipamiento urbano, cordones de vereda; hasta el mismo asfalto es víctima de los anuncios de todo tipo y color. Pero es en época de campañas políticas cuando la ciudad aparece como una zona liberada y se exacerban las transgresiones e invasiones urbanas.
Estrés visual
La ciudad carece de horizontes visibles y poder ver el cielo en algunos lugares de la ciudad es tarea ímproba. Los emplazamientos clave de concentración y circulación de personas parecen ser los nodos paradigmáticos de la polución visual: Plaza Once, Retiro, Constitución, Plaza Italia, el "micro" y "macro" Centro. Estos lugares admiten una densidad tal, que la percepción colapsa por una sobreestimulación. En nuestra vida diaria recibimos miles de estímulos visuales, la mayoría desordenados y sin sentido, donde miramos sin ver. Nuestro cerebro discrimina, con un enorme esfuerzo, entre lo necesario y lo superfluo, y registra, procesa, descarta y absorbe los efectos y residuos subliminales de la información publicitaria.
El estrés visual, aunque no es objeto de estudio de nuestra disciplina, es, sin duda, otro factor que se suma a las afectaciones y dolencias de la vida urbana:
Cuando una imagen supera el máximo de información que el cerebro puede asimilar (estimado en 4 bits/seg), se produce una especie de estrés visual, el panorama perceptual se vuelve caótico y la lectura ordenada del paisaje se hace imposible. Por otro lado, cuando la riqueza de la imagen no alcanza un mínimo de información (alrededor de 0,4 bits/seg), la atención decae y los reflejos se embotan". [1]
Quién recoge la basura visual
En el contexto de la visualidad chatarra hay muchos agentes que suman desechos pero pocos que se ocupan de retirarlos. En determinado momento, el cielo de la ciudad estaba cruzado por innumerables cableados: telefónicos, eléctricos, de TV por cable etc. Era como si nadie mirara hacia arriba. Hasta que algún funcionario percibió que había más superficie de cielo ocupada que libre, y dispuso la reglamentación del cableado aéreo. Hoy, disfrutamos del espacio aéreo libre de interrupciones pero, pocos metros más abajo, la basura gráfica invade los espacios más próximos. Y, si bien el Gobierno de la Ciudad cuenta con cuadrillas que limpian la gráfica "ilegal", la capacidad de aparición de basura visual excede por mucho sus posibilidades.
Hasta tanto no se establezca una conciencia ambiental en serio, se penalice a las empresas anunciantes y sean partícipes de estas decisiones aquellos que realmente se preocupan por la calidad del ambiente y no de los negocios que genera, seguiremos acumulando desechos visuales y viviendo en un ambiente contaminado.
Cuidar y proteger
Buenos Aires ha sido elegida por la UNESCO como Ciudad del Diseño. Esto se debe tanto al número de estudiantes que estudian esta disciplina como a la importancia económica que ha significado en los últimos años la exportación del diseño nacional y la inserción del diseño en los mercados productivos. Esta distinción nos obliga a mirar hacia adentro, hacia nuestra propia ciudad. No alcanza con tener muchos y buenos diseñadores. La ciudad debe ser un reflejo de lo que se enseña en las universidades. Cuidar y proteger nuestro medio implica una conciencia activa, funcionarios comprometidos y una voluntad colectiva por parte de los ciudadanos de disfrutar la historia y de nuestro patrimonio cultural sin la necesidad de descubrirlo debajo de las cartelerías y marquesinas.
Los espacios públicos son exactamente eso, espacios de todos. El maltrato visual de estos espacios nos afecta constantemente y merece un análisis profundo para volver a establecer los valores de armonía y calidad visual que nos merecemos. |
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Nota
[1] Claudio Arbohaín, geobiólogo, y Lilia Garcén, arquitecta, extraído de (2006)
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