sumario  
  editorial  
  staff  
  otros números  
     
  contacto . infosite  
 
 
 
 

La “cultura dance” local

 
     
  Música electrónica, escenarios y consumo de éxtasis  
 

En los últimos años, la diversión nocturna se ha convertido en un fenómeno colectivo del que participan muchos jóvenes y algunos adultos. La diversidad que los lugares de salidas nocturnas ofrecen lleva a una clara distinción entre los diferentes grupos que frecuentan estos espacios. En cada uno de ellos los jóvenes establecen estrategias de acción y de consumo, que les permiten compartir con el resto del grupo una ética y una estética, a la vez que les otorgan una identidad diferenciada del resto de los otros grupos. En este contexto, el éxtasis constituye una importante novedad.

 

Ana Clara Camarotti [1]
Socióloga, UBA. Magíster en Políticas Sociales y Especialista en Planificación y Gestión de Políticas Sociales, UBA. Profesora de la carrera de Sociología, UBA. Becaria del Conicet con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani, donde coordina el Área de Salud y Población. Es autora de varios artículos sobre jóvenes, consumos de drogas, promoción de la salud, VIH/sida y otros temas vinculados con la salud.

 

Dados sus efectos estimulantes y psicodélicos que permiten disfrutar con una mayor intensidad la duración de las fiestas, el éxtasis se ha convertido en una droga característica de estos tiempos. Es importante entender que las salidas nocturnas que muchas veces comienzan en el fin de semana ya no finalizan a altas horas de la madrugada, sino que continúan hasta el día siguiente. En este sentido, el éxtasis logra ser la droga favorita de esta cultura porque otorga un sentido instrumental al permitir una conexión entre aguantar largas horas de baile y cultivar la música electrónica.

En el estudio que presentamos se encuestaron 150 jóvenes en la Ciudad de Buenos Aires (54% hombres y 46% mujeres). Aproximadamente la mitad de ellos se reclutaron a partir de referencias de varios disc jockeys (DJ) y organizadores de raves o fiestas, y la otra mitad se contactó en la puerta de discos o clubs que se caracterizan por pasar música electrónica, en recitales con disc jockeys que tocan música electrónica tanto nacionales como internacionales y en fiestas electrónicas.

El rango de edad de estos jóvenes es muy amplio: va desde los catorce hasta los cuarenta y cinco años; aunque cabe señalar que las mujeres son más jóvenes que los hombres. Si bien hemos encontrado entre ellos una gran diversidad: desde estudiantes hasta profesionales altamente calificados, así como artistas, diseñadores, profesores universitarios, barmen, mecánicos, etc., a diferencia de lo que surge en otros estudios europeos (Calafat, et al. 2000; Gamella y Álvarez Roldán, 1997) en donde la desocupación de estos jóvenes oscila entre un 5% y un 3%, en Argentina asciende prácticamente al triple (12%).

Los orígenes de la música electrónica

En lo que respecta a la música electrónica encontramos que las mezclas del estilo electro con el house generaron, a mediados de los ochenta en Estados Unidos, la música techno (en Detroit, Michigan) y la música house (en Chicago, Illinois) en donde sus inicios se remontan a los clubes nocturnos gays afroamericanos.

Los importantes avances tecnológicos acompañados por la caída de los precios en los equipos electrónicos hicieron que también los incorporara la música popular. Estos estilos musicales se caracterizan por un continuo uso de remezclas (volver a editarlo agregándole nuevos elementos), en muchos casos de temas de épocas precedentes. Esta época se caracterizó por un “hazlo tú mismo” que provocó una invasión de productores que comenzaron a hacer escuchar su música. En este sentido, muchos DJs evocan esta época como la “democratización de la música”, en la cual Internet resultó una herramienta importante en tanto permitió “colgar” los discos que sus autores componían para que circularan y se conocieran por un canal que no tenía costo económico.

El house tiene un ritmo suave y sensual en la batería, que aumenta dependiendo del subestilo. El techno es un estilo de música electrónica bailable. Se caracteriza por un ritmo monótono, repetitivo –más rápido que el house– y la consecuente utilización de instrumentos electrónicos, como sintetizadores y samplers. A diferencia de otros estilos, el techno se caracteriza por no tener sonidos vocales o ser éstos mínimos.

Si bien los estilos que se derivan del house y del techno son sumamente diversos y difíciles de precisar en sus características y límites internos, es posible afirmar que poseen ciertas apariencias comunes. En el contexto de los escenarios donde se escucha esta música, el elevado volumen va asociado con la obturación de una comunicación verbal (al menos relajada) entre los concurrentes, así como también de la posibilidad de tener una percepción más corporal que auditiva de lo sonoro. Retomando la idea de Urresti (1994), entrar en los lugares de diversión nocturna significa entrar en la música porque la música inmediatamente se apodera de quien entra en ellos. El autor explicaba (hace varios años, cuando aún no existía la música electrónica en nuestro país) que dentro de los locales de baile, la música sufría un proceso de “solidificación del sonido”, es decir, que más que escucharse, la música se siente como si presionara en el cuerpo. Estos rasgos son los que favorecen a que esta música sea capaz de producir ciertos efectos psicotrópicos o alucinógenos en los concurrentes. En términos de Gamella y Álvarez Roldán (1999), el pulso constante del bajo junto a la danza monótona bloquean los pensamientos, afectan las emociones y entran en el cuerpo produciendo un estado físico de adormecimiento y un estado alterado de conciencia.

Evolución del fenómeno en la Ciudad de Buenos Aires

Según expresa Nuria Romo Áviles (2001), una de las diferencias fundamentales del movimiento electrónico o dance en sus primeros momentos, en relación con otros movimientos juveniles previos, como los mods, hippies o punkies, está en la intensa democratización que produjo en aspectos tradicionalmente relacionados con el desarrollo de nuevas formas de ocio entre los jóvenes. En el surgimiento de este fenómeno la edad, la clase social, el sexo, la orientación sexual u otros, no fueron factores discriminantes.

Con el fin de contextualizar el fenómeno de la movida electrónica en la Ciudad de Buenos Aires esbozaremos brevemente cuál ha sido su desarrollo. Se pueden distinguir al menos tres momentos en este proceso de expansión del uso y consumo de música electrónica y de drogas sintéticas: en primer lugar, el que transcurre desde 1995 hasta 1998 (casi una década después de lo que ocurrió en varios países de Europa, donde la denominada “Ruta del Bakalao” en Valencia fue la máxima expresión), el que está comprendido entre los años 1999 y 2001 y el último que abarca desde 2002 hasta el momento actual.

La aparición de la primera fiesta Creamfields [2] en el país marcó un antes y un después en este tipo de eventos, al menos en cuanto a la rápida masificación que sufrió. En la primera edición de Creamfields 2001, la concurrencia alcanzó a 18.000 personas aproximadamente, en la edición 2002 fueron 24.000, en el 2003 las personas que participaron fueron 35.000, en el 2004 agrupó a 55.000 concurrentes (cifra que igualó a la de Liverpool del 2002) y en el 2006 a 65.000. Esto evidencia que este fenómeno logró una rápida popularización dejando de ser selectivo y elitista.

En el período inicial, las fiestas tenían la particularidad de ser cerradas y exclusivas. Si bien se hacían en ámbitos públicos se permitía el acceso sólo a un grupo privado y selecto. Se trataba de un grupo reducido de personas que habían viajado y participado de este movimiento en Europa (Estados Unidos, España, Inglaterra, Alemania) y buscaban incorporarlo a nuestro país. Las fiestas se llevaban a cabo en lugares remotos al aire libre en donde se priorizaba todo lo relacionado con lo “natural”: bailar en la playa, consumir frutas y mucha agua. Sin embargo, el consumo de drogas –que caracterizó estas escenas– también estuvo presente desde sus primeros años y, aunque parezca contradictorio, también vinculado con lo natural.

Adyacente a esta movida elitista y selecta que comenzaba a permear en la Ciudad de Buenos Aires empezaron a gestarse organizaciones de grupos de DJs y entendidos, que tenían como interés experimentar con la música, principalmente con la electrónica, y que buscaban que otros sectores también pudieran conocerla y disfrutarla. Así surgen en el país las primeras fiestas raves organizadas por Bioma (productora de eventos) y la urban groove (conformada por un grupo de DJs) que presentó la primera rave en el Parque Sarmiento [3]. Lo que resultaba llamativo y característico de este período era que en estos nuevos espacios de diversión diurna-nocturna convivían jóvenes con estilos –estéticos y musicales– marcadamente diferentes (Leff et al., 2003) y las sustancias ilegales que se consumían eran variadas, aunque la marihuana aparecía como la más visible. Los jóvenes consumían lo que llevaban porque era difícil conseguir drogas adentro de estas fiestas. El éxtasis era para un grupo reducido, el que accedía a comprar pastillas era porque tenía una red importante de contactos.

El segundo momento, período de popularización, se lo puede entender como un paralelo al “verano del amor” en Ibiza [4] . El lugar que caracterizó esta época en Buenos Aires fue una conocida discoteca ubicada en la Costanera, a donde concurrían unas 4000 o 5000 personas, quienes sentían que la energía de la música y el baile los hermanaba.

En este período, el éxtasis se convierte en un elemento clave de consumo, en tanto facilita y permite “bailar”, “conectarse” y “entender” la música electrónica. Según nos relataron los entrevistados, en estos años el acceso a las “pastillas” no resultaba difícil porque ya se había conformado una red importante de vendedores. Era frecuente ver en estos lugares grupos de personas con potes de crema masajeándose, tocándose, buscando conectarse desde lo sensitivo. La música y el baile eran elementos centrales. La sensación era de mucha libertad, experimentación, conexión con los otros y, fundamentalmente, con uno mismo.

Si bien era innegable que el espíritu dominante de la cultura del éxtasis desde su inicio fue la apertura a todos, en los discursos de los y las jóvenes que integran la cultura dance de la Ciudad de Buenos Aires aparece una marcada contradicción entre la idea de integrar a todos, como un ideal de no discriminación y aceptación de la diversidad, pero que en la práctica funciona con la aceptación de unos pocos. Es decir, escondida detrás de la idea de aceptación de la diversidad aparecen los modos “correctos” de construcción de las identidades juveniles para estos grupos.

En este sentido, existe una serie de inhibiciones y desvalorizaciones internalizadas entre los y las jóvenes de algunos sectores sociales que lleva a que no busquen estos lugares de recreación por motivos tales como: falta de conocimiento, poco o nulo manejo de la información para encontrar este tipo de eventos.

En un tercer momento, a partir del 2001, coincide con el período que podríamos denominar vulgarización y masificación. Caracterizado por una fuerte expansión del consumo de drogas de síntesis, en especial el éxtasis. Según nos comentaron algunos vendedores de drogas que entrevistamos, en los primeros años del 2000 se produce un aumento de la oferta de las “pastillas” así como una disminución en el precio y en la calidad de las mismas. Así como ocurrió en España (Astrain, 2001) en el momento en el que el éxtasis se transforma en un producto más de mercado, rápidamente se extiende el consumo entre los grupos de los más jóvenes.

Estos lugares parecen seguir brindando a sus concurrentes ciertos atributos que no consiguen en otros lados: la “buena fama” que tienen las drogas de síntesis con la idea de que pueden controlar el consumo y los efectos no deseados; la escasa violencia presente en las fiestas, y por último la idea de la “ilusión” de que en estos lugares no hay discriminación, que no tiene lugar la distinción entre clase social, sexo, etnia, orientación sexual.

Pautas de consumo de éxtasis

El total de jóvenes que afirmaron haber consumido éxtasis en nuestro estudio es del 61% mientras que en Europa y específicamente España (Calafat et al., 1998 y Calafat et al., 2000) este porcentaje desciende a la mitad. Entre las motivaciones con relación a qué los llevó a querer probar éxtasis, la más mencionada es la curiosidad, luego las ganas de experimentar, querer divertirse, la necesidad de aguantar bailar mucho tiempo y en último lugar, el hecho de que su grupo de amigos ya lo hacía. El 75% respondió que antes de consumir éxtasis ya escuchaba música electrónica y el 62% que concurría a lugares que se caracterizaban por pertenecer a la movida electrónica.

Un parámetro común que encontramos en este tipo de usuarios es que en su mayoría son personas que no llevan al límite conductas que potencien los riesgos producidos por el éxtasis. Las drogas de baile son sustancias cuyo consumo se extiende bajo la idea de que provocan escasos efectos secundarios y cuyo uso es fácil de controlar, frente a otras drogas, como por ejemplo la cocaína. Sus usuarios remarcan como ventaja el poder controlar y elegir los momentos de consumo. Esto nos permite observar una fuerte asociación entre consumo y control, es decir, la idea de un “consumo controlado” hace que sus usuarios sientan que pueden manejar la situación sintiéndose seguros.

Casi el 70% de los consumidores de éxtasis toma entre un cuarto y una pastilla por vez. Esto se encuentra muy por debajo de las dosis utilizadas por otros grupos de consumidores de drogas. Cuando se les preguntó acerca de los efectos que consiguen con el consumo del éxtasis, las tres cuartas partes de los encuestados respondieron que eran positivos. En la mayoría de los casos consumen con amigos, conocidos o en pareja, es decir, con personas con las cuales hay cierta confianza y afinidad, esto surge como determinante para tener un “buen viaje”. Podemos reafirmar así la asociación entre este tipo de consumo y el carácter lúdico, público y divertido que lo caracteriza.

En nuestro país, al igual que en varios de los estudios llevados a cabo en España (Gamella y Álvarez Roldán, 1997; Calafat, et al., 2000; Romo Áviles, 2001), la marihuana, el tabaco y el alcohol son las drogas que con mayor frecuencia se combinan con el consumo de éxtasis.

Por último quisiéramos señalar que, en términos de Gamella y Álvarez Roldán (1999), el consumo de éxtasis implica una innovación mercantil, ideológica y simbólica más que farmacológica. El éxtasis no es un invento reciente, las sustancias que lo componen se conocen desde hace un siglo; su novedad radica en la forma en que fue presentado (pastillas de diversas formas y colores) y en la manera en que se consume, siendo estos elementos los que dotaron a la droga de una nueva identidad. Asimismo, la relativa bondad y calidad del producto contribuyeron a su rápida incorporación. Nunca antes había aparecido una droga ilegal tan eficazmente orientada hacia un público juvenil. En este sentido, otro factor que también influyó favorablemente en la elección de los jóvenes por esta droga, tiene que ver con el enorme interés que le prestaron los medios de comunicación, proponiéndola en sus inicios como una droga divertida y atractiva, como la droga del amor.

 

[1] Con la colaboración de la Dra. Ana María Mendes Diz.
[2] Creamfields es un festival que se originó en 1992 en Liverpool, Inglaterra. Cream es una marca original inglesa que tenía su propio lugar bailable que tuvo que cerrar ya que comenzó a dedicarse a la organización internacional de las Creamfields y al desarrollo del merchandising que las acompaña.
[3] Lugar recreativo cercano al Barrio Saavedra en la Ciudad de Buenos Aires.
[4] El “verano del amor” fue en 1967 en California, pero muchos ven como reflejo de ese momento histórico el verano de 1988 en Ibiza, por eso lo denominan el “segundo verano del amor”.

 
____________________________________________________________________
Referencias bibliográficas

Astrain, A. (Coord.) (2001) El fenómeno de las “drogas de síntesis” en Navarra (1997-1999). Plan Floral de Drogodependencias, Navarra, Gobierno de Navarra. Departamento de Salud.

Calafat A., Montserrat J., Becoña Iglesias E., Fernández C., Gil Carmena E., Palmer, A., Sureda P., Torres, M.A. (2000), Salir de Marcha y consumo de drogas, Madrid: Plan Nacional sobre Drogas.

Calafat, A., Stocco, P., Mendes, F., Simon, J., van de Wijngaart, G., y Sureda, P., et al (1998), Characteristics and Social Representation of Ecstasy in Europe, Palma de Mallorca, IREFREA.

Gamella, J. F. y Álvarez Roldán, A. (1997), Las drogas de síntesis en España. Patrones de adquisición y consumo. Madrid: Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas.

Gamella, J. F. y Alvarez Roldán. A. (1999), Las rutas del éxtasis. Drogas de síntesis y nuevas culturas juveniles, Barcelona, Ariel.

Leff L., Leiva M. y García A. (2003) “Raves: las fiestas del fin del milenio” en A. Wortman (coord.), Pensar las clases medias. Consumos culturales y estilos de vida urbanos en la Argentina de los noventa, Buenos Aires, La Crujía ediciones.

Romo Avilés, N. (2001), Mujeres y drogas de síntesis. Género y riesgo en la cultura del baile, Donostia, Gakoa.

Urresti, M. (1994) “La discoteca como sistema de exclusión” en M. Margulis, La cultura de la noche la vida nocturna de los jóvenes de Buenos Aires, Buenos Aires, Espasa Hoy.