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Los atentados. Marcas urbanas surge de la lectura de los resultados materiales e intangibles de los dos atentados a Buenos Aires (Embajada de Israel, 1992 y Amia, 1994) e indaga, en un principio, en la historia de los dos edificios desaparecidos.
Los dos edificios, como uno de los ejes del trabajo –pero no como la totalidad– aun destruidos entregan nuevos elementos de la ciudad y son el inicio de una práctica de modificación sistemática del paisaje urbano en la mayoría de las grandes ciudades argentinas en las que existen bienes patrimoniales de la comunidad judía.
Cadena de modificaciones. Este análisis aborda la componente cronológica. Había un paisaje antes y hay otro después de los atentados. Las huellas las consideramos derivaciones de esta nueva configuración del paisaje y las preexistencias.
Tal vez una forma de definir lo hecho –y aún en ejecución– como investigación en el campo del patrimonio, sea decir que se ha trabajado frente a una cadena de acciones y modificaciones del paisaje. Pasaron a ser piezas de estudio los nuevos componentes fijos y materialmente definidos, y aquellos efímeros e incluso inmateriales que resultan del gran valor simbólico de estos nuevos paisajes urbanos.
Es que las huellas originales de los atentados nos impulsaron a revisar nuevos elementos patrimoniales en sitios no asociados directamente –en términos físicos– con los dos lugares centrales.
Así, fue necesario acercarse a otros lugares en los que hubo huellas ineludibles de los atentados. Por ejemplo, en el cementerio judío de Rosario (Prov. de Santa Fe) y en el de La Tablada (Prov. de Buenos Aires) hay unos monumentos que recuerdan a las víctimas. Y entre las marcas transitorias, pueden mencionarse los actos públicos de recordación en cada aniversario y los afiches de convocatoria fijados en diversos puntos, como por ejemplo las estaciones de subterráneo.
Cambios abruptos. El trabajo busca determinar cuáles fueron los paisajes que tuvo la ciudad en las calles Arroyo esquina con Suipacha (Ex Embajada, hoy una plaza conmemorativa) y en la calle Pasteur 633 (Ex Amia, hoy un nuevo edificio). Comenzamos a estudiar como segmentos del paisaje urbano los lugares donde, como resultado de los atentados, hubo o hay restos materiales o inmateriales de ellos, con la idea de “restos” no tanto como “relicto”, sino como efecto de las acciones originales, es decir como aquello que deriva o queda de otra cosa o situación.
Ahora bien: luego de los atentados ambos lugares ingresaron en la categoría de “paisaje cultural”, frente a la fortaleza y conmoción colectiva de los hechos que los distinguen.
Los edificios tenían una identidad en sus barrios. Pero esa identidad se modificó, bien podría decirse que se diferenció extremadamente y adquirió inmediatamente después de los atentados un estado público, a escala nacional e internacional. Este proceso no termina y continúa en su evolución, con el paso de los años y las variaciones de la valoración social.
Aunque resulte una obviedad, los sitios y paisajes patrimoniales son definidos así cuando existe una cierta longitud temporal en la acumulación de hechos que distinguen al sitio. Y estamos frente a dos lugares que cambiaron abruptamente, en un momento trágico y reciente, pero del mayor impacto imaginable.
Los edificios. La embajada era una casona construida a mediados de la década del ’20 a pedido de un comitente particular, sobre un terreno en el que –todo parece indicar– no había otra edificación. Era para uso familiar y así lo fue hasta que a principios de los años ’50 se convirtió en la legación de Israel.
El edificio de la calle Pasteur fue construido para ser la sede de la AMIA. Funcionaba allí con anterioridad un teatro de la comunidad judía sobre un terreno adquirido en los años ’30 por una entidad antecesora de la mutual.
Antes del teatro hubo allí una casa de inquilinato y un depósito de vinos, según indica la planimetría consultada.
Los atentados, como dijimos más arriba, dejaron marcas urbanas no sólo en los lugares destruidos. Los diagnósticos sobre la necesidad de medidas de seguridad en las entidades de la comunidad judía definieron unos cambios en esos lugares y expandieron cualidades que terminaron incorporando nuevos elementos al paisaje de las ciudades argentinas.
A partir de estos factores (los más evidentes son las defensas colocadas delante de los edificios de la comunidad judía), ahora muchos más lugares están en una relación más explícita con los dos sitios “centrales”.
Con acuerdo de las instituciones involucradas, fotografiamos el interior del nuevo edificio de la AMIA, el monumento de homenaje a las victimas, y el exterior, sobre la calle Pasteur. Sobre esta calle fueron plantados 85 árboles (uno por cada victima del ataque a la mutual), en ambas aceras, entre las avenidas Córdoba y Corrientes. Al pie de cada árbol, se colocó una placa, con el nombre de una victima fatal.
En la plaza de Arroyo y Suipacha, un cartel menciona a los 29 muertos en el atentado. Y hay un árbol plantado por cada victima fatal, pero hay 22 árboles.
La cualidad de ambas incorporaciones (pilotes defensivos antiexplosivos y árboles) es muy diferente. Tienen una enorme presencia en la definición del paisaje. Son el resultado de construir al paisaje como un bien material de recordación. La defensa es el intento de continuar “haciendo” y “viviendo” a pesar de la posibilidad de nuevos hechos trágicos.
El paisaje se determina como una construcción cultural donde la interpretación es una piedra basal de su existencia. En la Amia y en la Embajada esa construcción se apoya en una cronología que determina el valor de los momentos dramáticos que dieron sentido a su existencia en sus actuales condiciones. |