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  Grandes maestros  
  ENRIQUE OTEIZA  
  Enrique Oteiza es una de las figuras más relevantes de la historia cultural argentina de la segunda mitad del siglo XX. Ingeniero aeronáutico, ha transitado por muy variados ámbitos de las ciencias sociales, destacándose como fundador de instituciones y como especialista en cuestiones de política de ciencia y tecnología y de educación superior. Como catedrático e investigador de excelencia ha contribuido al avance del conocimiento y la formación de numerosos profesionales.  
     
     
  De una entrevista realizada por Rodolfo Zibell  
     
     
 

Nací en Buenos Aires y la historia de mi vida académica tal vez deba iniciarla en la escuela secundaria de los padres salesianos, del barrio de Colegiales, incorporada al Otto Krause. En realidad, mi padre, que venía de familia de abogados, quería que yo repitiese su historia pero en la primaria yo había conocido a compañeros que estaban en la escuela industrial y, finalmente, cumplí sólo en parte con mi padre, haciendo dos años del bachillerato en un colegio nacional porque yo seguí fastidiando para ingresar a la escuela industrial. Pues bien, hasta el cuarto año, en esta escuela salesiana se cursaba un ciclo básico como en el Krause y los dos últimos años eran de especialización, y la que yo elegí fue la de técnico en construcciones navales, pero había una sola escuela industrial que tenía esa especialidad, la número 3, en Barracas, donde aprendí todo lo que tenía que ver con el diseño de brazos y cálculos de flotación, aerostático, aerodinámico.

Para todo eso teníamos dos profesores, ambos italianos, graduados en la Escuela de Ingeniería Naval de Génova, de quienes, a esa edad, nos burlábamos y los llamábamos “los tanos”, pero con los años aprendimos a valorarlos. Nosotros egresamos como técnicos en construcciones navales antes que surgiera la industria naval grande en la Argentina, no había todavía una industria naval de envergadura, así que las primeras camadas de técnicos navales se iban directamente a los Estados Unidos porque aquí no había dónde aplicar lo aprendido. Yo no me fui entonces e ingresé a la Universidad de Buenos Aires, donde inicié mi carrera de ingeniero naval que luego interrumpí para pasarme a la de ingeniería industrial.

Cuando entramos en la UBA aquellos ingenieros italianos de quienes nos mofábamos, uno se apellidaba Pretti y el otro Cocco, fueron como un regalo para nosotros porque hicieron que los dos primeros años en la Universidad fueran como un paseo e incluso nos permitíamos rendir exámenes libres, cuando los que venían del bachillerato muchas veces no aprobaban siquiera el examen regular del primer año de dibujo técnico. A nosotros nos encerraban prácticamente ocho horas en un aula de la vieja facultad, en la Manzana de las Luces, y allí sobre los tableros teníamos que hacer láminas en tinta china sobre telas enceradas que no permitían una sola mancha dejada por el tiralíneas y que debían estar impecables. Eran una joya, una belleza, y nosotros aprobábamos, aunque agotados, estragados por los nervios, pero habíamos aprendido con aquellos ingenieros navales en la escuela de Barracas, y pasábamos.

Además, debíamos hacer cálculos muy complejos, de matemática avanzada para todo lo que tuviera que ver con la estaticidad de la nave, la aerodinámica, etc, que hoy se hacen por computadora pero en aquellos tiempos había que estar con una máquina de calcular, de origen alemán, de color negro, pulsábamos y manejábamos con una manivela, en fin. Pero quiero volver al porqué de mi elección por la ingeniería industrial. Yo no quería irme del país y los ingenieros navales sí, se iban, aunque tenemos que situar también la época ya que nosotros egresamos de la escuela industrial en 1948, años de posguerra, años en que Estados Unidos aspiraba, primero de Europa y después de Latinoamérica, los mejores ingenieros. Y en Argentina empezó el drenaje de cerebros. Y finalmente también tuve que irme.

Al mismo tiempo que ingresé a la Facultad de Ingeniería, ingresé a la militancia estudiantil, tal vez porque mi hermano mayor, Alberto, había sido presidente del Centro de Estudiantes de Ingeniería y fue él quien firmó mi carné de asociado. La Facultad tenía unos 10.000 estudiantes y había seis mil que eran socios del Centro, y en el año ’52, en el cincuentenario de su creación, me tocó ser vocal. Era un centro muy organizado que percibía una pequeña cuota de sus socios, que servía para el funcionamiento de una pequeña editorial con textos de ingeniería escritos por nuestros mejores profesores, ya que en español, prácticamente de ingeniería no llegaba nada de la madre patria, por entonces muy atrasada por el franquismo, y la Argentina estaba más desarrollada en ingeniería que otros países de Latinoamérica. Todos los años exportábamos libros editados por el Centro hacia Brasil, entre otros países.

En esa militancia estudiantil, corrían los años duros del peronismo, ya con el Centro intervenido, caí preso más de una vez al que se conocía como el Cuadro V del penal de Villa Devoto, que era el cuadro de los presos opositores, que eran no sólo políticos sino también sindicalistas, estudiantes, presos por aplicación de la tristemente célebre Ley de Residencia a los extranjeros considerados ideológicamente peligrosos. Por entonces, con el Centro cerrado, constituimos otro, en la clandestinidad, al que rebautizamos La Línea Recta, nombre original de fundado a fines del siglo XIX en la Facultad de Ingeniería de la UBA. Con el nuevo centro nuestras manifestaciones iban in crescendo y la represión también. Y yo estaba ya en una lista policial así que cada vez que el movimiento estudiantil estornudaba, automáticamente iban en mi busca para encarcelarme y por eso yo ya no dormía en casa de mis padres. Una noche, al no encontrarme, se llevaron a mi hermano menor por lo que me presenté en la seccional 17ª de la Policía Federal, de la que me llevaron incomunicado a la cárcel que entonces se levantaba en Las Heras entre Salguero y Coronel Díaz, donde si bien no me picanearon, me dieron unos cuantos golpes porque yo no daba prenda en los interrogatorios.

El exilio

Mi padre para entonces estaba bastante enfermo y no podría volver a soportar entero que nuevamente apresaran a mi hermano menor, por lo que quise no ocasionar más problemas y porque era mejor para todos decidí irme de la Argentina. Como yo estudiaba ingeniería naval conocía palmo a palmo el interior de algunos barcos, incluso famosos como el Giulio Cesare, y entonces en un nuevo arribo de éste a Buenos Aires, obtuve una tarjeta como si fuera a despedir a algún familiar, y esperé oculto la partida hasta la noche y me introduje en un camarote de primera clase que era uno de los pocos que estaban desocupados y por lo tanto sin llave, donde dormí vestido hasta la mañana siguiente en la que el buque atracó en Montevideo. Asistí a varias misas en el barco porque viajaban un montón de curas y llegado el momento desembarqué con los visitantes que despedían a sus familiares uruguayos. Ya en la ciudad, que era el refugio de numerosos argentinos que habían escapado del peronismo, busqué contactos entre ellos y conseguí trabajo como técnico industrial en una empresa de cocinas a gas de kerosén, que las fabricaba en Uruguay con licencia de una popular marca de Buenos Aires.

A todo esto, mi hermano mayor, ingeniero también y que había quedado en Buenos Aires, se presenta a un concurso de traductores organizado por Naciones Unidas, y lo gana, rindiendo junto con Julio Cortázar de quien se hizo muy amigo aunque el escritor tuvo su destino en París con la Unesco y mi hermano, como era ingeniero, fue a Viena a trabajar en el organismo de la ONU vinculado a la energía atómica. Y yo, gracias a mi hermano, que consiguió recomendarme a sus conocidos y que por otros contactos logró que me otorgaran la visa, pude viajar a los Estados Unidos donde reanudé mis estudios de ingeniería que interrumpiera por mi involuntaria salida de Argentina, ingresando en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Columbia, presentando los certificados de lo que había cursado en la UBA. Yo me había casado antes de partir de Uruguay y paralelamente comencé a trabajar junto con mi mujer, para sobrevivir.

Me recibí de ingeniero en la Universidad de Columbia y sus autoridades me invitaron a completar los estudios con una Maestría de posgrado. Seguí trabajando pero ahora en una fábrica grande, la de los famosos ascensores Otis, y después en el Departamento de Ingeniería de la General Electric. Ahí advertí el accionar de las trasnacionales ya que General Electric perdió una licitación para construir una usina aquí en Dock Sur, que ganó su principal oponente la British Electric. Pero en realidad no había perdido nada porque ambas eran de los mismos dueños.

Terminaba la década del ’50 y con mi mujer, franco-uruguaya, fuimos a visitar a sus familiares a París, lo cierto es que, después de pasear, viajamos a Buenos Aires después de estar seis años fuera del país, donde volví a instalarme y a trabajar en la empresa Rigolleau. No volví antes porque no quise. Yo había conocido en Montevideo a gran parte de la oposición al peronismo, que habían fundado una Asociación de Mayo a semejanza de la que creara la generación del ’37 en oposición a Rosas. Pero salvo Abel Alexis Latendorf y algún otro, vislumbré en esas reuniones lo que después fue la llamada Revolución Libertadora, donde la Universidad de Buenos Aires fue una isla maravillosa.

Incursión en lo social

Mi paso por la ingeniería no fue tan prolífico para mí como lo sería mi incursión en lo social, en lo humanístico. Ya en mis tiempos de estudiante en la Facultad de Ingeniería al integrar en el Centro de Estudiantes la Comisión de Cultura, comencé a descubrir otros mundos menos matemáticos pero igualmente valederos, me empecé a interesar en la problemática social y también en el arte moderno. Yo int erpretaba el clarinete en el Collegium Musicum, la cuestión es que cuando llegó el momento de hacer mi tesis en la Universidad de Columbia, desarrollé el tema sobre los problemas sociales del trabajo industrial. Aprobaron mi planteo pero me dijeron que debía trabajarlo con un tutor proveniente de las ciencias sociales. Fui en su busca pero me dijeron que mi plan estaba bien pero que debía cursar materias vinculadas a la sociología, lo que hice sin problemas. Tal vez por eso cuando regresé a la Argentina traía una preparación sociológica que desde entonces fui acrecentando y transmitiendo.

Fue así que con lo aprendido desarrollé una tarea que se inició en 1963, dando cursos sobre migración en Latinoamérica, organizado en Buenos Aires por la Organización Internacional de Migraciones; planificación educacional, este último en 1964 auspiciado por la Universidad Nacional de Tucumán y el Consejo nacional de Desarrollo, y entre 1965 y 1966 tuve a cargo cursos especiales y dirigí un seminario sobre educación y empleo en el Departamento de Ciencias de la Educación de la UBA, del que me alejé luego de la Noche de los Bastones Largos.

Debo mencionar a Guido Di Tella, quien había sido compañero mío en mi paso por la Facultad de Ingeniería de la UBA, y con quien había coincidido en los Estados Unidos cuando yo estaba en Nueva York y él cursaba en Boston, y con quien por entonces intercambiábamos información sobre lo que había en materia de exposiciones o conciertos en ambas ciudades, muestras a las que muchas veces íbamos juntos. Allí veíamos por dentro cómo funcionaban los museos y otras manifestaciones artísticas. Entonces, cuando los hermanos Di Tella pensaron en la Fundación y en el Instituto que llevaría el nombre de la familia, Guido me llama y me ofrece el cargo de director general que desempeñé desde 1960 hasta el cierre del Instituto Di Tella diez años después.

Los años se iban sucediendo y la dureza de esos años también y fue así que el ’73 me encuentra como miembro de la Comisión de Evaluación de El Colegio de México; dos años después obtengo el premio-subsidio de investigación como Senior Research Award del Centro Internacional de Investigación para el Desarrollo, de Canadá, y ya desde 1972 y hasta el ’76, como miembro de la Comisión Directiva del Consejo Internacional de Ciencias Sociales de la Unesco, en París, y entre 1975 y abril del ’78, como investigador visitante y luego miembro investigador del Instituto de Estudios del Desarrollo de la Universidad de Sussex.

Y por mi labor desde 1978 como organizador y primer director del Centro Regional de Educación Superior para América Latina y el Caribe de la Unesco (CRESALC), con sede en Caracas, no hace mucho recibí, en mi casa, la Universidad de Buenos Aires, una placa recordatoria por parte del Instituto de Estudios Superiores de América Latina y el Caribe, de la Unesco (IESALC) de manos de su directora, Ana Lucia Gazzola. Yo era por entonces el representante de la Unesco en Venezuela.

Los derechos humanos

Además, también mi preocupación por los derechos humanos viene conmigo desde mis épocas de estudiante. En el Centro de Ingeniería yo había encontrado en la Comisión de Cultura, un folleto de las Naciones Unidas conteniendo la Declaración Universal de los Derechos Humanos, declaración que Argentina había estado entre las primeras en suscribir pero aquí muy pocos conocían. Entonces la publicamos en el Boletín del Centro y yo lo leía y lo releía y me daba cuenta de que la mayoría de los derechos que allí se mencionaban no los teníamos en Argentina. Allí tomé conciencia, al igual que después en Uruguay tomé conciencia de las migraciones, militando con los sectores progresistas que giraban en torno de la revista Marcha, que eran mayoritariamente de América Latina, como Víctor Raúl Haya de la Torre. Mi paso como presidente del INADI o y del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO); por el CELS y por la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, y sobre todo como responsable por el Instituto Gino Germani del Proyecto de Investigación “Archivo biográfico de Abuelas de Plaza de Mayo; reconstrucción de la identidad de los desaparecidos”, reconocen sus antecedentes en esa época.

Además, cuando fui a la Universidad de Columbia me encontré con muchos latinoamericanos haciendo posgrados con los cuales creamos una Asociación Latinoamericana de Estudiantes, en la que desarrollábamos seminarios con las problemáticas de los distintos países, donde no faltaba la consideración de las incursiones norteamericanas por nuestras naciones, por las armas o por cualquier otro método, es decir, con desembarcos directos o financiando a alguien que lo hiciera por ellos. Allí terminé de afianzar mi pasión por lo latinoamericano, lo que les ocurría a todos los que, como yo, estaban lejos de la patria. Y el triunfo de la revolución cubana acrecentó aún más ese sentimiento. Para colmo, cuando Fidel Castro vino a los Estados Unidos pero sólo por asistir a una asamblea de las Naciones Unidas, porque el gobierno de Washington no lo recibió como jefe de Estado, vino a la Universidad de Columbia a dar una charla a los estudiantes.

También le debo a mi paso por el Centro de Estudiantes de Ingeniería mi pasión y mi interés por los temas universitarios. En la biblioteca del Centro encontré y leí libros sobre la Universidad de maestros como Gabriel del Mazo y Alfredo Palacios. Todo ese conocimiento y el que fui adquiriendo con los años lo volqué años después y dan testimonio de ello el Instituto de Investigaciones sobre Desarrollo Social, de las Naciones Unidas; el Centro de Estudios Avanzados de la UBA; la Fundación Bariloche; el Comité Asesor de Programa de la Universidad, de las Naciones Unidas; y mi labor en la Dirección del Proyecto “Examen de Política Científica y Tecnológica Nacional, Perspectivas Mediano Plazo”, de la Secretaría de Ciencia y Técnica (SECYT) y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

De todos modos, estoy agradecido por haber cursado el nivel secundario en una escuela industrial porque me abrió las puertas para trabajar en el exterior y aun en la Argentina como ingeniero, pero en rigor de verdad he dedicado mi vida al abordaje de las ciencias sociales y tengo un recuerdo especial para el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), en el cual, a partir del golpe perpetrado en Chile por Augusto Pinochet, montamos un programa de ayuda y solidaridad para los perseguidos, y en muchos casos gestionamos su reubicación en Latinoamérica y en Europa, incluso con becas para la terminación de los estudios: También obtuvimos nombramientos de los perseguidos en oficinas estatales. Desde Buenos Aires reubicamos varios miles de latinoamericanos que escapaban de países con gobiernos dictatoriales como Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile, sobre todo de este último país.

Tengo muchas publicaciones en las que abordo todos los temas que nacieron con mis pasos por la militancia estudiantil, sobre políticas migratorias, defensa del derecho de los migrantes, sobre derechos humanos, así como estudios sobre las universidades. No he formado discípulos en la ingeniería, pero la semilla sembrada en mis primeros años en el Centro de Estudiantes de Ingeniería, seguramente fructificó en mi trabajo en el CLACSO o en el Instituto de Investigaciones Gino Germani, por lo que algún cientista social me recordará.