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  GRANDES MAESTROS  
 

ROBERTO FERNÁNDEZ PRINI

 
  Roberto Fernández Prini pasó gran parte de su vida en la UBA. A través de su relato repasa grandes momentos de la historia universitaria: la época de oro, la Noche de los Bastones Largos, el exilio durante el último proceso militar y la reestructuración democrática. Fue refundador, creador y director del Instituto de Química y Física de los Materiales, Medio Ambiente y Energía (INQUIMAE). Actualmente sigue vinculado a la Facultad de Ciencias Exactas como profesor emérito.  
     
     
 

A veces me preguntan y yo también me pregunto por qué elegí la Química. Pienso que desde chico anduve cerca de ella porque mi vocación estaba entre la Física y la Química. Siempre tuve una inclinación por la ciencia pero estaba en duda sobre qué disciplina seguir. Yo leía siempre lo que había de divulgación para mi nivel y existía una revista llamada “Mundo Atómico”, que tuvo pocos números, y que con un lenguaje más o menos entendible mostraba lo que se estaba haciendo en esa materia. Y hubo un libro, “Lo que pasa dentro de la retorta”, o algo así, que era un libro de Aguilar para jóvenes de la escuela secundaria. La retorta es como una redoma, que usaban los alquimistas -que yo no llegué a usar- pero que se utilizaba para producir reacciones químicas. Ese libro me capturó y entonces elegí Química.

Mi vocación parte de mí, no reconoce antecedentes familiares. Mi padre era un comerciante, había nacido en España, y mi madre era porteña, descendiente de italianos e hija de un médico, que como toda señora de ese tiempo había estudiado piano para casarse después y tener dos hijos. Mi padre había llegado a la Argentina como inmigrante a los 14 años, acompañado de un hermano de 12, encontrando aquí parientes que habían emigrado antes. Yo nací aquí, en la calle Pichincha 1339 donde viví hasta los tres años para hacerlo después en Florida y luego regresar a la Capital Federal. La escuela primaria la cursé en un colegio inglés de Belgrano, elegido por mis padres y con mi complacencia porque permitía ciertas actividades físicas que me parecieron interesantes, si bien he sido un mal deportista.

La enseñanza secundaria transcurrió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en la manzana en la que pasé una ponchada de años porque después estudié a la vuelta, en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Esa fue una época que aprecio profundamente y alguna vez, con mi mujer, les dijimos a nuestros hijos señalando el antiguo edificio “Ven, su papá y su mamá estudiaron en un museo, son parte de un museo…” Mi mujer también es química pero se dedicó más a la computación, a la programación. Estuvo en el Instituto Malbrán hasta que se disolvió el grupo en que trabajaba junto a otros más. Ya casados nos fuimos con una beca al exterior, más precisamente a Inglaterra, en Reading, cerca de Londres. Reading es famosa porque allí estuvo preso Oscar Wilde. Leo mucho, independientemente de textos que tienen que ver con la ciencia, leo mucha literatura. No poesía porque -y probablemente por una cuestión de oído- no me llevo bien con ella y soy también malo para la música aunque me gusta muchísimo, pero soy malo para todo lo que sea sonido. Pero leo y si debo nombrar un autor favorito señalaría a José Saramago. También me gustan los novelistas japoneses, mucho, y los franceses y los ingleses. También los autores argentinos aunque, para un lego, el recuerdo de la literatura latinoamericana del boom de los años ’70, hoy moderado, lleva a que me cueste hacer pie en algún autor local que me llame la atención.

LA NOCHE DE LOS BASTONES LARGOS
Regresamos de Inglaterra por noviembre de 1965 y yo me presenté a un concurso como profesor adjunto interino en el Departamento de Química Inorgánica, Analítica y Química Física. Y llegó esa noche nefasta de Julio de 1966, un mes dramático y una noche que recuerdo muy vívidamente. Cada vez que subo la escalera para venir a mis tareas en este edificio, en el descanso del primer piso veo el mural que reproduce una fotografía de aquella noche. Yo no estaba en la vieja facultad de la calle Perú porque habíamos ido a comer con mi mujer a la casa de un compañero de docencia, junto con otros matrimonios, antes de que vinieran a usurpar la universidad y tomarla por la fuerza. Y al terminar la cena, decidimos ir hasta la Facultad y así retomar el hábito de estar cerca de la casa donde nos habíamos formado.

Fue entonces que vimos los camiones de la policía, los faros y reflectores y las armas apuntando a la gente. Y vimos a un compañero nuestro bajando con las manos sobre la nuca, con su bufanda de siempre. Era el químico Guillermo Bomchil, quien poco más tarde se fue a Estados Unidos y después a Francia. Y eso es lo que diariamente veo en el mural del primer piso.

A los pocos días también nos fuimos nosotros. Renunciamos casi en bloque y algunos, creo que el grupo más grande, nos fuimos a Chile. Allí permanecimos varios años, pese a algunos cimbronazos donde no faltaron cesantías a algunos profesores argentinos y mucho antes de Allende y de Pinochet. Volvimos a la Argentina en 1971 para presentarme y ganar un concurso en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA. Duré hasta 1974 cuando durante la gestión de Alberto Ottalagano me echaron.

De solventes y solutos
Me quedé en la Argentina acogido por colegas amigos que me hicieron ingresar al Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), lo que también se derrumbó cuando llegó el golpe militar del ’76. Al año siguiente ingresé a la Comisión Nacional de Energía Atómica al crearse un nuevo departamento que tenía mucho que ver con mis conocimientos sobre solventes y solutos, es decir, el estudio de la físico química de los sistemas líquidos que tienen sustancias disueltas, como el agua de mar, el alcohol mezclado con agua, ese tipo de cosas que en la vida y en la aplicación tecnológica y química en particular, tienen mucho predicamento por ser muy importantes.

Por entonces, alguien que ya está retirado aunque todavía aparece y bastante seguido por la Comisión Nacional de Energía Atómica, el doctor Alberto Maroto, convenció a las autoridades de que era necesario crear una unidad de investigación y de apoyo a la tarea industrial, de generación, de lo que se llamaba química de reactores, que es la química aplicada al agua de los mismos. En un reactor -y a partir de la puesta en marcha, en 1974, del reactor de Atucha- hay mucha agua, agua liviana, agua pesada, hay sales que se mueven, hay productos que se irradian, es una cuestión muy compleja.

Maroto convenció a las autoridades de la necesidad de la creación del nuevo departamento, y pensó en gente conocida. Él era químico y yo estaba entre sus elegidos. Además a mí me venía muy bien porque el tema era muy cercano a lo que yo sabía y a lo que yo podía aportar. Yo me había dedicado a la investigación, paralelamente a lo que hacía en el INTI, ya que la situación académica del 74 al 76 después de la irrupción de Ottalagano, era verdaderamente espantosa. Sabía, como todo aquel que acepta el desafío científico, que debía resignar una buena parte del resarcimiento económico.

Yo era de este país, incluso cuando nos fuimos al exilio, a Chile, yo nunca lo pensé como tal porque nos veíamos mucho entre argentinos y porque habíamos compartido muchas cosas. Pocos teníamos la percepción del país perdido en el sentido de la nostalgia. Yo pensaba que era una transición y además me gustaba estar en un país que no era los Estados Unidos ni Europa, era un país latinoamericano, que tenía problemas parecidos al nuestro. No tomé como un exilio lo vivido esos años y también teníamos el cuidado de evitar esa especie de enclaustramiento entre connacionales, que se da naturalmente por razones de tradición y de cultura.

La Universidad, ayer y hoy
Volví a la UBA en el ‘84, llamado por el entonces decano normalizador Gregorio Klimovsky para tratar de reconstruir el Departamento de Química Inorgánica, Analítica y Química Física que estaba devastado. Lo habían dividido en sectores por una cuestión política. No había equipamiento, no había gente, era una cosa terrible así que hubo que refundarlo, de lo cual me siento orgulloso pero no por lo que yo pude haber hecho, sino por la gente que me acompañó, que fue mucha y muy valiosa. Pese a todas las vicisitudes, que nos alcanzaron a todos, habíamos estado en permanente contacto, habíamos seguido relacionados todos los que estábamos en esto de la Química. Y durante el tiempo en que no estuve en la Universidad, nos veíamos en congresos porque yo conocía a la mayoría de los científicos y ellos me conocían a mí. Desde el ’84 dirigí el Departamento durante 9 años y aunque no soy más su director sigo en él como profesor emérito.

Si bien tengo un recuerdo muy especial de la llamada época de oro de la Universidad de Buenos Aires, no puedo dejar de darme cuenta que la sociedad argentina, y también la mundial, ha cambiado mucho. Lo que añoro de esa época es que la comunidad universitaria existía como tal. Entonces opinaba todo el mundo, algunos de manera exasperada, otros más tímidamente pero todo el mundo sentía que estaba fabricando algo, que estaba construyendo futuros posibles. El estudiante trabajando para mejorar la docencia que recibía, el graduado para tener más inserción y los profesores para enseñar mejor.

No todo iba entonces por un único canal pero lo que primaba era el espíritu. Sentíamos ese espíritu de querer hacer cosas para la universidad y en consecuencia para el país, aunque muchas ilusiones quedaron truncas por todos los golpes que hemos recibido. Y hoy día, esto no lo encuentro. Si uno viniera con las mismas ideas que tenía en aquel momento se llevaría una sorpresa muy grande porque la sociedad ha cambiado y además hemos vivido cosas muy traumáticas como el proceso militar que ha tenido en su momento efectos tan terribles sobre los jóvenes.

Cuando yo regresé a la Universidad había una gran diferencia entre el profesor y el alumno aunque eso se ha moderado con el tiempo. Entonces el alumno no preguntaba, parecía querer esconderse. Yo creo que eso ocurría porque eran la generación de los hijos de quienes sufrieron más terriblemente la dictadura. Eran los hijos de quienes fueron torturados, desaparecidos y tal vez por eso tenían desconfianza y no se integraban, salvo excepciones, a ninguna actividad, por ejemplo, a cómo mejorar la carrera o superar sus dificultades, cómo estar más al día en materia científica, etc.

Muy pocos estudiantes se incorporaban a las iniciativas que les proponíamos aunque nunca las cosas son blancas o negras totalmente. Por eso, la falta de un espíritu universitario en el seno de nuestra comunidad, es lo que más añoro. Siempre me acuerdo que en el año 66 cuando me fui a Chile, íbamos al almacén y yo era “el señor profesor” y después, en Argentina, hasta era desacreditarse decir que uno era investigador universitario, por toda la política seguida por las dirigencias que le hacían decir al ciudadano común que uno era otro parásito más de los muchos que había en la Argentina. Por suerte, hay que decirlo, hoy existe un cierto interés por parte del Ministerio que conduce Lino Barañao, para que haya políticas de Estado en materia científica. Y eso es plausible. También es cierto que hoy hay muchos más entrecruces en razón de la modernidad. La gente tiene muchas más posibilidades de viajar al exterior, hay más becas, hay más facilidades que en nuestra época. Cuando estuvimos con mi mujer en Inglaterra fueron nuestros padres quienes vinieron a visitarnos y lo hicieron sólo una vez en cuatro años. Hoy, quienes trabajan fuera del país vienen todos los años. Y está la computadora, la comunicación por Internet y hay mucha más relación entre quienes están aquí y quienes trabajan o investigan fuera del país.

El INQUIMAE
Fundar el INQUIMAE fue difícil o tal vez un poco casual, casual en el mejor sentido. Se buscó ayuda económica y finalmente en 1992 con el apoyo de la agencia alemana Gesellschaft für Technische Zusammenarbeit (GTZ), creamos el Instituto de Química de los Materiales, Medio Ambiente y Energía (INQUIMAE). La institución alemana está dedicada en realidad a trabajos técnicos más que científicos por lo que, una de las cosas que nos dijeron cuando se dieron cuenta de que teníamos el potencial para encarar nuestro proyecto, era que el nombre no fuera sólo el de Instituto de Química. Nuestro aporte es menor en el área de Energía, pero se trabaja en temas de medio ambiente y de materiales.

Una vez que llegó el dinero de Alemania empezamos rápidamente a armar todo esto, que no tenía existencia real hasta que la Universidad nos reconoció como un instituto de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Luego empezamos a golpear las puertas del CONICET, porque eran momentos muy duros económicamente y necesitábamos ayuda. Entonces el INQUIMAE se integró al sistema del CONICET, siendo una de sus Unidades Ejecutoras, de la cual fui director durante quince años y para la que convoqué con éxito y eso me enorgullece, a destacados investigadores.

Sigo vinculado a la investigación, sigo como asesor de la Comisión Nacional de Energía Atómica y aquí en Exactas como profesor emérito porque mi vocación docente sigue intacta, tanto es así que iniciamos una materia nueva en nuestra Facultad que se llama “Química para físicos”. Y me gusta el desafío docente, creo que hay muchas cosas que pueden servir desde el punto de vista de la formación, pero también desde el punto de vista del conocimiento que debe tener el profesional argentino. Creo que sólo hablando, con el bla, bla, bla, no se consigue mucho. Hay que hacer cosas concretas.

Discípulos que enseñan
Estoy satisfecho con todo lo hecho aunque creo que no he hecho todo lo que debería, pero creo que se me ha dado y me he dado la oportunidad de hacer cosas distintas, de cumplir muchas funciones distintas aunque siempre dentro de mi área. Me han tocado escenarios muy, muy cambiantes y lo más grato de todo es que cuando convoqué a mis pares éstos respondieron a mi convocatoria. Yo tuve confianza en ellos y ellos la tuvieron en mí. Y esto es lo importante.

En cuanto a los discípulos, creo que el profesor y el alumno son uno en esto del aprendizaje. La comunidad científica es particularmente pequeña en la Argentina y entonces, las voces van corriendo muy rápidamente y se sabe quiénes serán los posibles directores de becarios. Hay una cuestión que es del propio candidato que se acerca a uno y que también uno selecciona y que tiene ciertas características. No obstante, hay veces que después de un año, un año y medio, la persona dice no, esto no es lo que quiero, o decide irse, -por razones económicas-, a la industria. Porque hay momentos en que, incluso los becarios, no pueden sostenerse.

Pertenezco a esa clase de profesores que también aprenden enseñando. Es notable estar dando una clase y de pronto la pregunta de un estudiante nos lleva a replantear ciertas cosas que creíamos definitivas. Siempre recuerdo una frase del heterónimo de Antonio Machado, me refiero al profesor Juan de Mairena, quien decía a sus alumnos: “Ayudadme a comprender lo que os digo y os lo explicaré más despacio”.-