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El saber aplicado al trabajo

 
 

El mundo laboral en la era de postindustrialización

 
  A la etapa posterior a la industrialización que emerge a mediados del siglo XX, y que produce una nueva evolución en las economías más avanzadas se la conoce como postindustrial. La estratificación de la sociedad llamada postindustrial se ha jerarquizado en torno a la propiedad y el conocimiento. Lo que hizo verdaderamente diferente a esta segunda centuria fue el saber aplicado al trabajo. El autor indaga entonces, un nuevo y próximo cambio de rumbo, que plantea cómo hacer productiva la sociedad.  
     
     
  Por Alberto Edgardo Barbieri
Decano de la Facultad de Ciencias Económicas (UBA)
Vicerrector UBA
 
     
 

La Revolución Industrial produjo un cambio profundo en los sistemas de producción, distribución y consumo, que se tradujo en grandes adelantos y grandes problemas para la condición humana. La etapa posterior a la industrialización que emerge a mediados del siglo XX, produce una nueva evolución en las economías más avanzadas, introduce una mutación en los sistemas de producción, de organización del trabajo y de las pautas de consumo. A falta de una más inspirada denominación, se la conoce como era postindustrial, añadiéndose así un nuevo renglón a los grandes rubros de síntesis de las civilizaciones, que resumen el recorrido de la humanidad en tres eras: la agrícola del neolítico, la industrial, y la postindustrial.

Esta última se caracteriza por la valoración creciente del conocimiento, que hace del mismo, un factor de producción. El primer autor en referirse a la sociedad con el término post-industrial fue el sociólogo francés Alain Touraine, en 1969, en su libro llamado precisamente La sociedad postindustrial, un estudio sobre la acción social y el hombre como centro de los movimientos sociales. En esta obra se impone el reconocimiento de la comunidad científica, y de la empresa como “sistema político de gestión de la racionalidad técnica y económica”. Y anticipándose a una muy moderna estructura de pensamiento, añade Touraine, que ya no son tanto las inversiones privadas, sino la política del gasto público y la política científica y de inversiones en educación, las que orientan la evolución económica de la sociedad.

Daniel Bell, sociólogo y profesor emérito de la Universidad de Harvard, anunció en 1973, en The Coming of Post-Industrial Society, que el postindustrialismo sería el sistema dominante de la sociedad, guiado por la información y orientado a los servicios. Los elementos de la sociedad postindustrial, según Bell son: el reemplazo de las manufacturas por los servicios, una centralización de las nuevas industrias basadas en las ciencias, el ascenso de una nueva élite tecnológica y el advenimiento de una nueva estratificación.

Bell predijo el fenómeno del consumo masivo en el sistema, pero no su repercusión en el empleo.

La estridencia de los cambios tecnológicos y su estela de consecuencias sociales, se plasmó en el entusiasmo predictivo de Alvin Toffler, en 1970, con la aparición de su libro El shock del futuro, una visión inmediatamente seguida por el conocido y pesimista informe del Massachussets Institute of Technology para el Club de Roma, acerca de los límites del crecimiento económico, anterior a la crisis energética de 1973, que convalidando aquel panorama de pesimismo, obligó a repensar gran parte de las premisas tradicionales del desarrollo.

El más iluminado observador de la realidad de la nueva sociedad es Peter Drucker, al advertir que fue la aplicación del saber al trabajo el verdadero motor de los países desarrollados y de su explosión productiva. Aunque los tecnólogos atribuyan el mérito a las máquinas y los economistas a la inversión de capital, ambos factores abundaban en los primeros cien años de la era capitalista, esto es, antes de 1880, y también desde entonces. En lo que hace a tecnología y capital, no hubo aumento alguno de la productividad en los primeros cien años. En consecuencia no hubo tampoco un aumento de la renta real del trabajador, ni disminución de su jornada laboral. Las máquinas habían creado una mayor capacidad, pero no generaron ningún incremento en las habilidades ni en la productividad de los trabajadores. Estos fueron, en realidad, virtuales rehenes de la idea de que la manera de producir más era trabajar más. No eran diferentes a los remeros de las galeras: su forzada tarea servía para impulsar la nave, a más velocidad con más esfuerzo, pero su voluntad creadora no iba más allá de su brazo encadenado.

Los estudios del trabajo de Taylor, y su gran aporte al separar la labor de planificación de la de ejecución, produjeron un impacto con su afirmación de que no existe el “trabajo especializado”, y que en las operaciones manuales solo existe el “trabajo”. Cualquier obrero dispuesto a realizar su tarea de la manera en que el análisis muestre que debe hacerse, con las herramientas correctas, es un “hombre de primera clase”, y merece un salario de primera clase, igual o mejor que el de un obrero especializado tras sus largos años de aprendizaje.

En aquella época, en los Estados Unidos, los sindicatos más poderosos eran los de los astilleros y arsenales del Gobierno, que llevaban a cabo toda la producción de defensa en tiempos de paz. Eran monopolios gremiales restringidos a familiares de sus integrantes. Exigían un aprendizaje de entre cinco y siete años, pero sin ningún estudio sistemático de las actividades a realizar. Las ideas de Taylor representaron un ataque frontal, hasta el punto de que la represalia sindical logro que el Congreso prohibiera los estudios de trabajo en los astilleros y arsenales del Gobierno, prohibición que subsistió hasta después de la Segunda Guerra.

Lo que hizo verdaderamente diferente la segunda centuria de la primera fue el saber aplicado al trabajo. Los factores tradicionales de la producción (recursos naturales, mano de obra y capital), no desaparecieron, pero pueden obtenerse con facilidad siempre que haya conocimiento. Y el verdadero e irreversible cambio consiste en aplicar el conocimiento a la producción de más conocimiento, para indagar de qué forma puede éste utilizarse para producir resultados y generar innovación sistemática. Esta dinámica del saber, puede denominarse “revolución de la gestión”. A su hermana, la Revolución Industrial que aplicó el saber a las herramientas, le costó cien años dominar el mundo. Su otra hermana, la revolución de la productividad, tardó setenta años, dese 1880 hasta el final de la Segunda Guerra, en extenderse y dominar el mundo. La revolución de la gestión insumió menos de cincuenta años (desde 1945 hasta 1990) en instalarse y consolidarse, y se extiende hasta nuestros días.

La estratificación de la sociedad llamada postindustrial, se ha jerarquizado en torno a dos vectores: la propiedad y el conocimiento. La primera tiene la capacidad jurídica de decidir, y el segundo le permite tomar la decisión correcta. Pero hay un cambio de rumbo en el conocimiento, que consiste en saber cómo hacerlo productivo en la empresa, en la educación, en la salud, en una palabra, en la sociedad. La revolución de la información no es una revolución de la tecnología, ni del software, ni del hardware, ni de la velocidad. Es una revolución del saber, responsable de un cambio en los conceptos. La Tecnología de la Información (TI), conduce rápidamente de la T a la I, y eso redefine el trabajo, y con él a las organizaciones que gestionan ese trabajo. La función social de las organizaciones, es construir nuevos conceptos con el auxilio de esas herramientas. La revolución de la imprenta transformó el sistema educativo, y condujo en Europa a la fundación de una serie de universidades, y más aún, impactó profundamente en todo acto que hasta entonces había quedado limitado a la palabra hablada, que podía ser localizada, reprimida y enmudecida. Así hizo posible la reforma protestante.

La innovación lograda por ese cambio transformó el concepto de educar, y de informar. Así también, toda revolución del saber tiene la misión del repensar los conceptos que rigen el trabajo de las instituciones sociales.