encrucijadas 50   aniversario  
 
  sumario  
  editorial  
  staff  
  otros números  
     
  contacto  
 
 
 
 
 

Creación antropológica

 
 

Redes sociales: su uso y el cambio cultural que recién comienza

 
  En este artículo, el autor pone en duda la percepción generalizada de que son las redes sociales (Facebook, Twitter y otras) las que están potenciando el cambio cultural en marcha. Admite que es comprensible que así se perciba, pero sostiene y argumenta que, en estos “dramas sociales”, las fuerzas causales genuinas discurren más profundo y son de efecto más duradero.  
     
     
 

Por Carlos Reynoso
Departamento de Ciencias Antropológicas Facultad de Filosofía y Letras Universidad de Buenos Aires http://carlosreynoso.com.ar

 
     
 

Ni duda cabe que las redes sociales son el tema dominante en lo que va del siglo. Aunque en los servicios que las encapsulan ya han habido varias pérdidas (no siempre colaterales), se trata también de un elemento de cambio civilizatorio que recién está comenzando a tomar impulso a caballo de una tecnología que desmiente, cada día que pasa, el dictamen posmoderno que establecía el colapso de la idea de progreso.
Naturalmente, este progreso no implica una mejora global en la calidad de vida, ni tiene por objeto impartir justicia, ni construye las bases de una sociedad igualitaria. Pero demonizar su naturaleza, minimizar la existencia o impugnar el carácter profundamente humano de estas experiencias es acaso, creo, la ingenuidad más corta de miras en que se puede incurrir.
El carácter ecuménico y la profundidad de alcance que están tomando las redes sociales, por otro lado, acarrean los riesgos simétricos de la condena ciega y de la celebración acrítica. Es como si las elecciones que acompañan a los cambios en los usos culturales involucraran una decisión moral, tanto más moral cuanto más drástico se nos presenta el cambio.
Estamos en una situación que se asemeja en algún sentido a lo que postulara Umberto Eco en su Apocalípticos e integrados en la cultura de masas, salvo que a una escala mucho más amplia que el de las meras industrias culturales y con una modalidad que ni la semiótica sesentista ni la literatura de anticipación precedente tuvieron la inteligencia de profetizar.
Da Vinci y Verne predijeron aparatos diversos, Ray Bradbury el efecto caótico de las alas de mariposa, Frigyes Karinthy los seis grados de separación. De muchos pensadores se podría decir que anticiparon máquinas prodigiosas y, con alguna licencia, computación de propósito general. Pero ni un solo visionario vio venir a las máquinas en red: ni uno solo (salvo un héroe cultural, Tim Berners-Lee, en el momento de concebirlas) anticipó cosas tales como la Internet o la WWW. Esta impropiedad sistemática de la predicción es, creo, un buen terreno para articular la desmitificación que pretendo aquí llevar adelante.
La situación actual de las redes sociales será el pretexto entonces para poner en crisis algunos de los lugares comunes que han comenzado a circular sobre la historia, el presente y el futuro de la civilización reticular.
Literalmente, las redes sociales no fueron fundadas o predichas ni por la numerología de los tecnólogos ni por la sensibilidad de los artistas. Por el contrario, son una creación antropológica. La expresión “red social” fue acuñada por el antropólogo de la venerable Escuela de Manchester John A. Barnes a principios de los años ‘50, con vistas a aplicarla al estudio de las sociedades complejas que se estaban gestando, descolonización mediante, en las ciudades del Africa. El concepto, por desdicha, no tuvo mayor continuidad dentro de la disciplina, y el análisis de redes sociales fue más bien impulsado por las corrientes estructurales de la sociología. Hoy en día, tras treinta años de sueño hermenéutico y conformismo posmoderno, puede que los antropólogos no estén en la mejor forma para recuperar lo suyo y volver a situarse en la vanguardia del abordaje científico en el estudio de las redes. Pero de algún modo fueron los creadores de la idea, por lo que propongo llamar a las redes sociales virtuales de última generación (Facebook, Twitter y demás) redes sociales de segundo orden (RSSO), tanto por su posición histórica como por su contingencia y virtualidad.
Con los primeros estudios de Albert László Barabási sobre las redes complejas de la Web y la Internet a fines del siglo XX, lo que comenzó siendo el ARS (análisis de redes sociales) ha puesto en crisis a buena parte del pensamiento sociológico y a los métodos más consagrados del cálculo estadístico. Lo que se descubrió entonces es que las redes de la vida real (y en ello se incluye a las RSSO) no se rigen por la aleatoriedad y la distribución normal sino por una independencia de escala y una ley de potencia. Las diferencias matemáticas y empíricas entre ambas especies de idea son abismales y nuestras ciencias recién están comenzando a lidiar con eso: en las redes complejas ya no hay, digamos, objetos “normales”, individuos “promedio”, posibilidades de muestreo. Una vez más, las nuevas pautas no fueron pensadas por los matemáticos actuales, sino por un viejo sociólogo, Vilfredo Pareto, de quien han recibido uno de los muchos nombres que hoy llevan.
No pocos estudiosos del fenómeno de las RSSO, a la zaga de Fritjof Capra o de los rizomas reticulares de Deleuze y Guattari, se empeñan en la idea de que las redes en general poseen una naturaleza inherentemente igualitaria. Los estudios científicos, empero, han desmentido esto. Barabási, por ejemplo, demostró que cuando alguien se suma a una red compleja, trata de atenerse a una lógica de conveniencia, agregándose a los grupos a los que es más probable que otros se sumen. Este es el principio de agregación preferencial, conocido ya en la vieja sociología de Robert Merton como el “principio de San Mateo”: los ricos se vuelven cada vez más ricos, y a los pobres lo poco que tienen les será quitado.
Las RSSO tampoco fundan un capítulo especialmente novedoso de una presunta “sociedad de las redes” en el sentido de Bruno Latour o de Manuel Castells, sino que están supeditadas a la lógica que ha regido a los grandes intercambios reticulares a nivel global, que es también la que caracterizaran en primer lugar las ciencias sociales, con Immanuel Wallerstein y Eric Wolf a la vanguardia. A pesar de su novedad aparente y de la triste constatación de su surgimiento no predicho, las redes sociales no implican una ruptura de ninguno de los principios y constreñimientos que hoy se sabe son constitutivos no sólo de las redes sociales o de las redes sin más, sino de todo sistema complejo construido en función de relaciones. Desde el arco y la flecha hasta el último gadget de la tecnología celular (iPod, iPad o lo que fuere) los objetos culturales no se inventan una y otra vez sino que más bien se propagan, igual que los tomates, las ratas o los virus, mediante procesos que pueden modelarse como si de flujos en redes se trataran. En otras palabras, a nivel de las sociedades y la cultura la dinámica reticular (bajo la guisa de propagaciones y mecánicas virales como las que hoy están en primer plano) existe desde antes que comenzáramos a pensar o a soñar en términos de redes.
Las redes sociales (las de primer orden, al menos) no se fundan tampoco en un pensamiento mecanicista o en una lógica lineal, sino que manifiestan conductas emergentes que desafían el sentido común: el principio de los pequeños mundos, el número de Dunbar, el umbral de percolación. No es posible en el espacio que resta explicar todo esto, pero el primero se refiere a los pocos grados de separación que hay entre cualesquiera elementos de una red, el segundo al límite del número de amigos cabales que puede tener uno (¿150?) y el tercero al hecho de que los procesos no mutan gradualmente o según el caso, sino de a saltos y de igual modo en todas partes. Uno se pregunta si las RSSO concretas están o no sujetas a estos constreñimientos. Tal parece que sí, pero a medida que las escalas son más amplias más duro se torna probar cualquier hipótesis. Hay varios impedimentos para llegar a una conclusión definitiva: si algo se ha aprendido en estos tiempos por el camino duro, ello es que para nada nos sirven los modelos de muestreo y proyección monotónica y que el futuro habrá de ser muy otro que el que entrevemos en nuestro sentido común, el que sugieren los sondeos de opinión o el que a cada quien le palpita en la punta de la lengua.
Algún día, cuando los fuegos se atenúen y se pueda así mirar más lejos, quizá será posible distinguir entre todas las inflexiones revolucionarias que se han ido sucediendo a un ritmo cada vez más febril cuál es la que permanecerá distinguida como el evento clave y cuáles han de fugarse en la memoria. Aquí tal vez se imponga la subjetividad de cada quien. Como científico, por ejemplo, contar con procesadores de texto, disponer de libros infinitos (ya no materialmente al alcance de las manos sino virtualmente al alcance de los dedos), o contar con recursos tales como buscadores de red o enciclopedias que se autoorganizan, me parece menos coyuntural y más poderoso que organizar un club de amigos en una RSSO o que multiplicar el efecto de Wikeleaks mediante SMSs. Pero no serán éstos, me temo, los criterios a los que se otorgue privilegio en el momento en que la historia sea escrita.
Lo que he intentado hacer en este documento es poner en duda la percepción de que son las RSSO las que están potenciando el cambio cultural. Por supuesto que es comprensible que así se perciba: no hace tanto se aseguraba que el libro electrónico acabaría con el libro en papel, que la televisión arrasaría con el cine y las computadoras a su vez con aquélla, que Google daría cuenta de Microsoft y luego Facebook de Google, que el correo electrónico exterminaría al correo postal y al teléfono y que (en un dramático retorno y en una nueva encarnación) la telefonía celular barrería con todo lo demás. Como con la ley de Moore (o con la constante de Feigenbaum) los acontecimientos parecen ser cada vez más agonísticos, recurrentes, vertiginosos. Lo más grande, conspicuo y reciente es lo que gana.
Pero mi idea es que en estos dramas sociales las fuerzas causales genuinas discurren más profundo y son de efecto más duradero, tanto más cuanto más antiguas, consolidadas, sedimentarias y generales. Si bien no se percibe cuál habrá de ser el Behemoth que acabará con las RSSO (y tal parece que es inevitable que así suceda pronto) una cosa es segura: son la dinámica reticular de las sociedades y la mecánica de la difusión misma los factores que están en la raíz de todo cambio, desde la prehistoria hasta el día de mañana, más allá de los dispositivos y de los flujos en que esos factores se encarnen en un momento dado.

 
     
 

Referncias

Fractalidad, ley de potencia, principio de los mundos pequeños, transiciones de fase no graduales, patrones dinámicos no aleatorios, efecto de San Mateo. Véase más adelante o léase mi tesis sobre redes en http://carlosreynoso.com.ar.

Carlos Reynoso enseña antropología, lingüística y semiótica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Especialista en computación no convencional, ha escrito varios libros y artículos sobre antropología, cognición, música y complejidad.