Abril 2004
 
   

Derechos humanos, seguridad y publicidad del crimen

Desocultar la verdad

El objetivo de este artículo es plantear algunas cuestiones que vinculan la compleja relación entre la producción y circulación de noticias periodísticas sobre el crimen y la violencia y lo que la autora denomina “intervenciones de una política de derechos humanos” en ese campo.


Sofía Tiscornia
Instituto de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, UBA.
Una primera versión de este trabajo fue presentada en la Reunión “Opinión pública, sentido común, violencia y derechos humanos”, organizada por el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), el 9 de diciembre de 2003.

Para circunscribir la cuestión, enunciaré qué entiendo por una política de los derechos humanos, aun cuando se trate de una cuestión de por sí complejísima, como todas las cuestiones que se encuentran hoy en medio de luchas por la apropiación de sentido.
En primer lugar, una política de los derechos humanos (en el tema que nos ocupa) está preocupada por la verdad. Esto es, por la verdad de los hechos –de los hechos históricos, del pasado reciente y contemporáneos–, está preocupada por versiones verdaderas de los hechos. Así, reconoce la existencia y la vigencia de diversos procedimientos de tergiversación, ocultamiento, destrucción, ficcionalización, que operan cotidianamente. Sabe que estos procedimientos son el resultado de intereses concretos por una parte, pero por otra, son también un formato de representación, formas de edición, resultado de rutinas de trabajo –periodístico, tribunalicio y policial–.
Sabe que el embate que los hechos pueden sufrir de parte de intereses políticos y económicos puede resultar en que lo ocurrido desaparezca del horizonte del conocimiento común. Porque los hechos son frágiles y dependen de las versiones que se construyan sobre ellos.
Sabe que el embate que sufren los hechos depende también de cómo han sido encajados en la “opinión pública” que, antes que la opinión de diferentes públicos, son las formas en que empresas especializadas organizan versiones sobre temas de agenda, a través de un proceso de encuestas en los que la reflexión, la conversación y el análisis están ausentes por definición.
Sabe que la noticia periodística, y en este caso la noticia sobre crímenes, son también mercancías en el mercado de consumo de medios de comunicación. Esto es, que son concebidas y producidas bajo la lógica de la mercancía.
En segundo lugar, me parece, una política de derechos humanos está preocupada también por los embates que los hechos sufren como efecto del imperio de la “visualidad”. Esto es, el efecto que resulta de opacar la visibilidad de los espacios de conflictos. Por este efecto, las diferencias aparentes entre una multiplicidad casi infinita de hechos/noticias se subordina a un estilo/formato de presentación visual que ha obturado la visibilidad en ese campo (sin poder extenderme sobre esta cuestión, sólo quiero señalar que ello es concomitante al desplazamiento de los códigos verbales hacia los códigos visuales, en las formas de comunicación masiva).
Finalmente, una política de derechos humanos está preocupada porque este tipo de exhibición de hechos suele estar traspasada por una lógica de verosimilitud, esto es, una lógica que convierte en verosímil y deseable el uso de la violencia, en nombre de un fin superior: la seguridad, el humanitarismo salvacionista (es verosímil ocupar violentamente una villa, realizar razzias, y toda la gama de procedimientos administrativos violentos habituales para detener personas; es verosímil vallar el espacio para protegerse, retirar y esconder a los mendigos y pobres de la vía pública; es verosímil que se torture cuando está en juego la seguridad de muchos, etc., etc.).
En definitiva, esta política de derechos humanos entiende que la publicidad de hechos y acontecimientos sobre estos temas está ubicada en un horizonte de visibilidad fuertemente condicionado (lo que no quiere decir intencionalmente condicionado. La voluntad de tergiversación o de borrado son una parte más del proceso que reproduce un horizonte de visibilidad, pero nunca su motor).

Crimen y violencia

Así, paso al segundo de los términos que quiero poner en relación: el crimen y la violencia. Un campo también muy complejo y además, opaco de suyo porque está construido con la materia del miedo y el pánico que, como pocos, son materiales que dificultan notablemente mirar a través, para ver qué hay detrás.
Algunos presupuestos entonces:
En primer lugar, no dudo de que todos sabemos que el campo de ocurrencia del crimen y la violencia es un campo en el que juegan diferentes actores y personajes, con intereses también diferentes. Esto es, no se trata del campo de los buenos y los malos, de los delincuentes y los policías, de los que defienden el orden y la propiedad, y el de los que la combaten.
También, todos sabemos, no se trata de un campo de juego donde las reglas son novedosas. Baste leer, sin ir más lejos, la historia de la trata de blancas ocurrida desde fines del 1800 hasta mediados del siglo veinte, para encontrar las mismas circunstancias que hoy preocupan: connivencia entre policía y tratantes, protección política a ambos, noticias escandalosas que desataban más escándalos y encubrían otras operaciones también delictivas, proyectos legislativos y sanciones de leyes que expanden el dolor y la estigmatización de aquellos a quienes se propone proteger, en la letra y el discurso. Organización de congresos, eventos, viajes de estudios, para perfeccionar el “combate” y, en definitiva, expandir el poder simbólico y económico de los especialistas –sean policías, legisladores o “académicos” y/o expertos–.
Quiero decir, es un campo construido históricamente por varios bandos, que disputan por el monopolio de la producción y distribución de una mercancía en el mercado –sea éste el mercado de la prostitución, de las drogas, de las armas, de los pasacasetes, de los secuestros, de las autopartes, etc., etc.–. Pero, cuya particularidad respecto de otras disputas en el mercado es que éstas se representan como un campo de combate moral –la mayoría de las veces– en el que se enfrentan sólo dos contendientes: los del partido del orden y los del partido del delito.
Los miembros de cada partido, en cambio, mantienen las mismas lógicas de adscripción a un lado o al otro que los miembros de cualquier otra contienda entre compañías poderosas por la hegemonía en el mercado del producto que promocionan. Las lealtades a la empresa dependen de los salarios, el prestigio, las estrategias de grupos, etcétera (por eso es aceptable el pasaje frecuente de miembros de un bando al otro –policías delincuentes; políticos venales; funcionarios judiciales que protegen ladrones; delincuentes arrepentidos que “confiesan”, y toda la gama)–. También son similares las tácticas de las diferentes corporaciones empresarias por sumar los miembros de una a la otra, a través de relaciones y creación y expansión de lazos de sociabilidad (organización de eventos y actos; intercambio de favores e información; pertenencia a los mismos clubes, barrios privados o villas de emergencia; etc.)
También como en otros mercados, una cantidad ponderada de personas vive de la producción y el consumo de la mercancía en circulación. Y, aunque este tipo de mercancía está metonímicamente asociada al enriquecimiento rápido y fácil, la mayoría de quienes de ella viven comparten con los trabajadores de los mercados legales similares condiciones de explotación. Así, los distribuidores de droga, armas, o la mercancía que sea, en la villa o en el barrio precario, no saldrán de la pobreza aunque estén ocupados todo el tiempo en la actividad y corran más riegos que algunos otros trabajadores pobres. Otra cantidad ponderada de personas, en el mismo mercado, comparte las condiciones de vida y los valores de la clase media, y unos pocos gerencian el mercado en virtud de las relaciones sociales establecidas con el poder empresario y sectores altos de la política nacional. Cada uno de los estamentos de la empresa –como en cualquier otra– representa los valores, actitudes y costumbres del grupo de clase en el que se mueve. Y, claro está, la clase más pobre es la más extendida y la que menos posibilidades de ascenso social y económico tiene en este mercado. (La novela de Juan Martini, Puerto Apache, explica estas aseveraciones con agudeza y estilo.)
Respecto de esta última cuestión, la extensión del mercado de ilegalismos y la inexistencia de un mercado de trabajo formal comporta la cara más cínica de las políticas de seguridad y “combate” al delito.

Crimen, violencia y su representación mediática

Para hacer explícito lo que estoy planteando, contaré dos brevísimas historias reales.
La primera historia me fue narrada por Alcira Daroqui y dice así:
El lugar donde viven parte de los protagonistas de la historia: una villa lindante con el centro de una localidad del conurbano bonaerense y emplazada paralelamente a una autopista.
El primer acontecimiento y sus protagonistas: La familia X, asociada con otras, son quienes aseguran la distribución de drogas y armas en la parte norte de la villa. Están enfrentados con la familia Z, que disputa el negocio. Un día, en un importante enfrentamiento armado –participan más de veinte personas y se disparan más de doscientas balas– mueren el padre de la familia X y su hijo de dieciséis años. Del otro lado, muere uno de los adolescentes de la familia Z. Pese a la magnitud del acontecimiento, los diarios y la televisión locales no le dan importancia al episodio –esto es, apenas se da a conocer–. La brigada de investigaciones con jurisdicción en la zona está involucrada en la distribución de drogas y armas y nada se investiga del episodio. (Es una brigada particularmente conocida por haber tenido entre sus jefes tanto a policías involucrados en atentados terroristas y en la administración gerencial del delito, como a los “policías amigos” durante la primera reforma de la Bonarense. Esto es, una estructura sólida.)
Los chicos que forman parte de estos grupos –de estas familias y sus asociados– continúan realizando sus trabajos habituales: robos y hurtos a comercios y a transeúntes en las calles céntricas de la localidad. No son detenidos, aun cuando muchas veces son denunciados, porque tienen cobertura policial y política.
El hecho del que sí se ocuparán los medios de comunicación: Un día los chicos asaltan un comercio de ropa deportiva, a metros de un edificio de departamentos en el que vive la amante de un encumbrado e importante político nacional. La gente del lugar sabe cuándo está el personaje porque sus custodios se apostan ostensiblemente en la esquina. Pero los jóvenes no advierten la circunstancia.
Cuando salen corriendo del comercio que han robado, el dueño comienza a gritar y ellos, para amedrentarlo, disparan al aire. Los disparos son escuchados por los custodios, y hay un cruce de balas. Los chicos escapan y entran en la villa.
El diputado se asusta mucho de haber estado tan cerca del enfrentamiento y, acto seguido, se indigna de haber tenido que atravesar por esa situación. Se contacta inmediatamente con el comisario del lugar, que es, por otra parte, su puntero. Así las cosas, se decide desplazar a la brigada por “encubridora” (además, por esos días su jefe estaba siendo investigado por enriquecimiento ilícito y esto la ponía en una posición de coyuntural debilidad).
La comisaría inicia “tareas de inteligencia” y entonces aparece un “denunciante” de la villa (que es un miembro de la familia Z), que cuenta que los chicos de la familia X y sus asociados le tiroteaban la casa en forma permanente por tener conflictos con dos de sus hijos que son chicos tranquilos (son, en realidad, quienes mataron al padre y al hermano de uno de los chicos denunciados, y los tiroteos de referencia son una versión del gran enfrentamiento narrado más arriba).
La denuncia, más la descripción del comerciante y los custodios, permite armar un sumario prolijo y solicitar al juzgado que se libren las órdenes de detención y allanamiento. El juzgado –que tiene experiencia, que conoce la trama de lo que sucede habitualmente– discute la situación y llega a la conclusión de que es mejor detener legalmente a los chicos, de lo contrario era altamente probable que aparecieran, en las próximas semanas, muertos. Se libra la orden de detención y allanamiento sólo para uno de los domicilios, de los seis que había solicitado la comisaría: para la casa de la familia X.
¿Qué sucedió? La comisaría, antes de hacer el allanamiento, “habló” con la viuda de la familia X y ésta organizó un asado en su casa, al mediodía. Invitó a varios chicos de la villa –seis, incluido su hijo–. Fue ella a buscarlos uno por uno. A las tres de la tarde cayó la policía, cuando la mujer no estaba en la casa. Encontraron armas y se llevaron detenidos a los chicos. La viuda de la familia X decía que prefería a su hijo detenido antes que muerto como su marido y su otro hijo, y había arreglado que éste no estaría mucho tiempo preso. Las otras madres, en cambio, decían que la mujer estaba protegiendo su negocio en el lugar.
Los diarios y la televisión publicitaron ampliamente el hecho como una batalla ganada contra “el hampa”. La comisaría demostraba su eficiencia y profesionalismo en comparación con la cuestionada brigada de investigaciones que, en cambio, protegía a los delincuentes. Paralelamente, ganaba la partida en el control del territorio rentable de la villa. Y, en los corrillos, se resaltaba que se había terminado con la banda que había puesto en peligro la seguridad del encumbrado político (nada, obviamente, se decía de su amante).
El hijo de la viuda no salió libre como su madre esperaba, porque otro de los chicos tenía una causa más antigua en trámite. El juez de esa causa –amigo del comisario puntero del encumbrado político– mandó al hijo de la viuda y a otros tres a un Instituto de máxima seguridad y liberó a otros dos, luego de atender llamadas perentorias de funcionarios políticos locales.

La segunda historia pertenece a una de las cientos investigadas por la comisión de fiscales que investiga procedimientos policiales fraguados.
La noticia de los diarios relata –siguiendo el parte policial– que un día de noviembre de 1998, a la tarde, tres personas intentan asaltar un edificio en Tagle y Figueroa Alcorta, pero un móvil no identificado de la policía advierte la actitud sospechosa y los sorprende. Hay un intercambio de disparos y dos de los delincuentes escapan a bordo de una motocicleta de alta cilindrada mientras que el tercer asaltante queda en el sector de cocheras del edificio. En ese lugar se produce un enfrentamiento armado del que resulta muerto el delincuente. Los policías salen ilesos del luctuoso episodio.
La televisión publicita el hecho y el diario Crónica califica a la persona muerta como un delincuente consumado, con frondoso prontuario, y la exhibe en una fotografía con el arma en la mano.
La información policial forma parte del sumario que da inicio al proceso judicial y es suscripta por el comisario Carlos Francisco Sidrás, que se había hecho presente en el escenario responsabilizándose del operativo ante las cámaras de televisión.
El juez de la causa no cita a declarar a los policías partícipes, pese a que había una persona muerta en el suceso. Tampoco investiga las circunstancias de la muerte. Sobresee a los policías que intervinieron, aun cuando la investigación de la muerte no formaba parte de imputación alguna. Así procediendo, cierra la causa un año después.
Pero resulta que la persona muerta –el presunto delincuente abatido, según la policía y la prensa– era Juan Santiago Cid, un hombre de mediana edad, de profesión mecánico, que padecía de hipoacusia grave. El día del hecho, dos personas que se presentaron como policías bonaerenses se lo llevaron desde su domicilio. Los familiares de Cid, preocupados porque el hombre no volvía a su casa ni tenían noticias de él, presentaron un hábeas corpus, que dio resultado negativo. Pero, horas después, se enteran, mirando televisión, de que su familiar había muerto en un sonado enfrentamiento con personal de la división Leyes Especiales de la Policía Federal, y que era un peligroso delincuente.
El caso llegó a la Comisión de fiscales que investiga procedimientos policiales fraguados, a raíz de la presentación efectuada por familiares del fallecido.
La Comisión, luego de una paciente y silenciosa investigación, descubre que uno de los oficiales que participó en el supuesto enfrentamiento era el mismo que aparecía en muchos otros enfrentamientos fraguados. Establece que es de los más comprometidos en el montaje de estas escenificaciones, pero pese a ello recibió una importante distinción en la celebración anual de la Policía Federal, a la que asisten rigurosamente jueces y funcionarios. También integró hasta no hace demasiado tiempo el comité de emergencia del Ministerio de Justicia que se ocupa de la políticas de seguridad.
De más está decir que Cid, como cientos de detenidos, nada tenía que ver con los hechos publicitados por la policía, por la prensa y ratificados por los funcionarios de tribunales. Y que los “delincuentes” que escaparon en la moto el día del hecho eran “buches” policiales, que participan como actores principales en las puestas en escena de enfrentamientos y combate al delito.

Formas de intervención

Las dos historias narradas no son historias excepcionales sino cotidianas, quiero decir, han ocurrido y están ocurriendo todos los días. Muchos lo saben, aunque las múltiples relaciones sociales que las hacen posibles no integren el horizonte de visibilidad en el que decodificamos nuestras opiniones y actitudes ante el crimen y la violencia.
Las dos historias exponen claramente que el delito no es simplemente una figura penal ni una transgresión, que sus actores son múltiples y tienen intereses diversos, que el tratamiento de estos acontecimientos se hace según rutinas que banalizan las acciones de sus protagonistas.
Voy a plantear entonces lo que, en mi opinión, son posibles formas de intervención de una política comprometida con los derechos humanos en estos temas.
En primer lugar, me parece que el compromiso con la defensa de los derechos humanos exige una mirada entrenada. La mirada inocente o ingenua, de quien habla en nombre de los derechos humanos, suele ser más peligrosa que la acción de aquellos que están dispuestos a argumentar a favor de lo que comúnmente se llama la mano dura o la guerra al delito.
La mirada entrenada juega políticamente. Esto es, no es apolítica, ni objetiva (en el sentido común del término), ni tolerante (en el sentido de lo políticamente correcto del término), sino que defiende abiertamente principios (de derecho, de verdad histórica, de libertad, humanistas). En este sentido, y a modo de ejemplo, Rodolfo Walsh construía una versión interesada y política de los acontecimientos que narraba e investigaba. Y la presentaba luego de escuchar testimonios, revisar documentos y participar con los testigos en el debate de lo ocurrido. Lo hacía con cuidado y con riesgo, porque debía saber que los hechos son frágiles, pero también que su descubrimiento tiene una fuerza de coacción indestructible, frente al poder político.
Y me parece también que como este tipo de compromiso juega políticamente, sabe que la denuncia per se es también parte del espectáculo, del rating, del protagonismo y, en definitiva, de la banalización de las tragedias. Por eso, analiza cuándo, cómo y cuál es la correlación de fuerzas políticas en la que puede hablar. De lo contrario, sabe que será engullido rápidamente por lo que se ha erigido como el “sentido común respetable” y la “vocinglería indignada” (representada por reaccionarios y progresistas, según los casos y las coyunturas).
El compromiso con los derechos humanos tiene interés en agujerear la trama de la “opinión pública”, del montaje periodístico, de la banalización de los procedimientos policiales y judiciales, aun cuando sabe de la vigencia de la hegemonía del discurso de la seguridad y del peligrosismo y, por ello, de la dificultad de argumentación por fuera de esos discursos.
Por eso mismo, voy a terminar mencionando algunos ejemplos del tratamiento de casos en los cuales el compromiso con los derechos humanos y el develamiento de la verdad de lo ocurrido resultan ejemplares. Se trata de personas o grupos de personas que han sido capaces de traspasar el velo de la escenificación mediática y de las versiones interesadas de los hechos, para “contar” los detalles de la historia y la interpretación política de la misma. Y, claro, a veces la han contado con el apoyo de algunos periodistas.
Estos ejemplos son el trabajo de la comisión de fiscales que investiga procedimientos policiales fraguados; el proceso judicial y el movimiento social que dieron lugar a la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso Bulacio; muchas de las investigaciones sobre policía y funcionarios judiciales de Horacio Verbitsky; y más lejanas en el tiempo pero todavía actuales, muchas de las narraciones sobre lo ocurrido durante la dictadura militar en nuestro país (que por otra parte, en el momento en que sucedieron no se diferenciaban demasiado de los formatos que hoy tiene la narración mediática, policial y tribunalicia sobre el crimen y la violencia).
Hay sin duda más historias que las aquí expuestas que han atravesado los embates de la mentira y las tergiversaciones oficiales y oficiosas. Y hay muchas más cuya trama real ha desaparecido para siempre.


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Fotoperiodismo, mercado y apropiación de sentido

Tener la foto

Es indiscutible el valor que la fotografía de prensa tiene hoy en día en la circulación de ideas e informaciones sobre los acontecimientos, basado sobre todo en la “facilidad” de lectura de una foto y la objetividad que se le atribuyen. Pero en realidad, su publicación es el resultado de un complejo proceso de producción en el cual su significado primero –lo que vio y seleccionó el fotógrafo– puede transformarse radicalmente en la página impresa. En este trabajo se analiza la fotografía de prensa en su condición de mercancía –en tanto producto para un mercado: el de los medios gráficos– y los diferentes modos en que interviene este mercado en la construcción de sentido a partir de ella.


Julio Menajovsky* / Gabriela Brook**

*Profesor Titular del Taller de Fotografía, Facultad de Ciencias Sociales, UNCPBA. Profesor Titular del Seminario La fotografía de prensa en el discurso periodístico, Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Investigador del PROINCOM (Proyecto de Investigaciones en Comunicación). FACSO. UNCPBA.

**Docente Investigadora del PROINCOM. FACSO. UNCPBA.
e-mail: gbrook@soc.unicen.edu.ar

Nuestra investigación está centrada en los procesos de producción y apropiación social de fotografías de prensa. Partimos de considerar, siguiendo a Eliseo Verón, a los medios como empresas que producen para un mercado. Nos interesamos particularmente por los procesos de trabajo en la producción de fotografías de prensa y por los procesos de circulación de este tipo de imágenes. Proponemos que ambos tipos de procesos participan de manera tan decisiva como oculta en la significación de la fotografía de prensa.
En un trabajo anterior, nos abocamos al estudio de los procesos de trabajo como procesos de significación. En él analizamos los efectos que sobre el mensaje fotográfico tienen la división del trabajo, que hace que distintos actores intervengan de diferentes maneras en la fotografía publicada, y las propias rutinas productivas que hacen que se naturalice una manera de trabajar con las imágenes. En aquella publicación mostrábamos cómo se puede construir sentido, incluso al margen de la voluntad de los responsables de la edición, a partir de esa naturalización de la cual los manuales de estilo son sólo un ejemplo.
En este trabajo partimos de analizar la fotografía de prensa en su condición de mercancía. Nos proponemos mostrar los diferentes modos en que interviene el mercado en la construcción de sentido a partir de ella.
Las empresas informativas no permanecen al margen de las transformaciones en el mundo del trabajo a partir de la década de 1980. En particular, la llamada “flexibilización” laboral introduce cambios en el mercado de la fotografía de prensa. Entre ellos, la incorporación de nuevos actores: los propios fotógrafos, que deben aprender las “reglas” de ese mercado para poder seguir trabajando. La relación del fotógrafo con el producto de su trabajo varía con la relación que éste mantenga con el o los medios para los cuales trabaja.
Nuestro interés en este tema tiene que ver, por un lado, con la importancia que tienen para la iconografía de nuestro tiempo las imágenes de prensa. Por otra parte, así como reconocemos a este tipo de imágenes como el resultado de un proceso de trabajo, con todas las implicaciones que se desprenden de ello, también consideramos que los diferentes modos en que se relacionan los fotógrafos con su producto están condicionados por el mercado y dan lugar a distintos tipos de discursos, en este caso visuales, acerca de una misma realidad.

Mirar y leer fotos

Cuando llamamos “mercancía” a la fotografía de prensa, nos referimos a que se la produce para un mercado: el de los medios gráficos. Es en este mercado donde a estas fotos se les asigna un valor monetario.
En Producir el acontecimiento, Eliseo Verón compara a los medios con la industria. En los medios gráficos, la fotografía es un insumo que contribuye a la formación de valor de las distintas publicaciones en el mercado. En otros trabajos analizamos los procesos históricos que dieron lugar a este uso particular de la fotografía documental que es la fotografía de prensa. En ellos damos cuenta de los atributos de veracidad y objetividad con que fue investida desde su surgimiento en el siglo XIX. Atributos que le valieron su incorporación en los medios gráficos con creciente intensidad durante el siglo XX.
Poco hemos profundizado, en cambio, hasta el momento, en otro aspecto que ha contribuido enormemente a la utilización de la fotografía en los medios gráficos, a su valor en ellos y al valor que a ellos le confiere: la supuesta facilidad de lectura de la imagen en comparación con el texto escrito.
La facilidad de lectura de la fotografía encierra una falacia que no se ha cuestionado lo suficiente. ¿Qué sería “interpretar” una noticia? Podríamos convenir que se trata de restituir, de “representarnos”, la situación de enunciación que incluye tanto al acontecimiento que le dio origen como al enunciador o cadena de enunciadores mediante los cuales la noticia llega a nosotros. Observemos por una parte que el texto escrito nos provee la información necesaria para “conocer” los hechos que no hemos presenciado: lugar, fecha, hora, nombres, etc. En este sentido, el texto, y quizá más que ninguno, el periodístico, coopera con el lector para su interpretación [1]. La fotografía, en cambio, nos esconde su significado intrínseco o profundo al mostrarnos sólo una parte y sólo un instante de lo que sucedió. Por otro lado, el texto escrito nos muestra a su autor; llegamos conocer a los periodistas por lo que escriben o dicen. En cambio, la fotografía lo oculta. Y no sólo ella. Los medios colocan el nombre del fotógrafo, cuando lo hacen, en una letra casi invisible, pegado a uno de sus márgenes. De modo que difícilmente lleguemos a poner en relación un tipo de fotografía con algún fotógrafo. Si tomamos en cuenta esto, vemos claramente que el esfuerzo interpretativo que debemos hacer para leer una imagen es mucho mayor que el requerido por un texto. Preguntas como ¿por qué esta foto y no otra?, ¿por qué esta parte o este personaje y no otro?, ¿por qué esta pose?, ¿por qué este tamaño de fotografía?, ¿quién la sacó?, ¿qué hace que un tema o un personaje merezca o no fotografías? no son de respuesta inmediata. Y, sin embargo, son imprescindibles para una interpretación que vaya más allá de lo emotivo, de la sensación que provoca la imagen y del reconocimiento de la persona u objeto fotografiado. Es decir, para una interpretación que nos permita restituir la situación de enunciación, que incluye en primer lugar al enunciador.
Las fotos siempre se miran y, por muy individual que parezca, éste es en realidad un acto colectivo. Cada sociedad y cada momento histórico tienen su manera de representar y también su manera de mirar. Aparte del hecho de que nuestra pertenencia a distintos grupos sociales y a determinado lugar en la sociedad modelan, en mayor o menor medida, dependiendo de nuestra disposición a reflexionar sobre la imagen, nuestra mirada. Podríamos convenir que resulta más fácil y económico, en términos de esfuerzo, mirar una foto de prensa que leer un texto periodístico. Lo que no es tan fácil y económico, en términos de esfuerzo y eficacia, es restituir la situación de enunciación en línea con la verdad histórica del enunciado. Cualquier artificio o sentido “desviado” de la verdad histórica siempre es posible con la fotografía ya que la puesta en página, la ubicación relativa en la misma, las operaciones de postproducción, el canal (medio por donde circula), el texto que la rodea (título, epígrafes, publicidades, recuadros, otras notas relacionadas o no, etc.), la legibilidad de detalles en la reproducción del papel en que se imprimen las fotografías (pérdida de detalles, aumentos de contraste, alteración de la gama cromática, etc.) operan de una u otra manera en el contexto de recepción (operatorias de connotación) y resultan significativos a la hora de atribuir sentido a la imagen.
Erwin Panofksy, en su libro La significación de las artes visuales, propone tres niveles de significación para las imágenes: uno primario que tiene que ver con lo emotivo y con la experiencia de vida del observador, que le permite reconocer en la imagen al objeto representado; otro secundario, que le posibilita al observador aprehender el tema, descifrar alegorías e historias, y un tercer nivel, intrínseco o de contenido, daría cuenta del contexto histórico-social que hace que tal representación sea posible, y que tal tema se represente con tales imágenes. Este modelo de análisis es claramente aplicable a la fotografía en su condición de representación visual (sin entrar, por ahora, en discusiones acerca de si se la considera o no obra de arte). Así las cosas, parece mucho más fácil interpretar un texto escrito que uno visual, aunque seguramente el grado de dificultad es el mismo. Sólo que en la lectura de los primeros nos entrenamos desde la escuela primaria, en tanto que de la fotografía en particular, y a pesar de la profusión con que se la utiliza, se habla poco y nada en los primeros niveles de la educación formal.
Sin embargo, esta supuesta facilidad de lectura hace que se considere más “vendible” una publicación con imágenes que otra que no las tenga. Por otro lado, además de su valor documental, las posibilidades de la fotografía incluyen la de “decir” lo que no podría decirse con palabras [2]. Por ejemplo, si un diario dijera “el presidente es un mentiroso”, podría ser enjuiciado por injurias o por atacar la investidura presidencial. Sin embargo, nada impidió al diario La Nación publicar una foto [3] en la cual Menem está dando un discurso y al costado se proyecta su sombra con una nariz desmesuradamente larga. Foto que luego sería publicada por la revista del mismo medio dentro de una serie como una de las fotos del año. La alusión a la mentira crea una cierta complicidad entre enunciador y enunciatario, entre medio y lector. Y la familiaridad del público con el precepto del cuento infantil según el cual al que miente le crece la nariz es lo que hace de ésta una foto “valiosa” para el medio.
Recapitulando, entonces, el valor de la fotografía de prensa está dado por la facilidad de lectura y la objetividad que se le atribuyen. Su carácter de documento entraña la negación del enunciador (entendiendo por tal no sólo al fotógrafo sino también al medio), al concebírsela ante todo como el resultado de un proceso genéticamente mecánico a través del cual se obtiene la imagen de algo que efectivamente pasó ante una cámara y que quedó impreso en una película fotosensible. Cuando, en realidad, ella es el resultado de un complejo proceso de producción, en el cual su significado primero, en tanto representación de lo que vio y seleccionó el fotógrafo, puede transformarse radicalmente en la página impresa.

El fotógrafo, el trabajo y el medio

Es importante que tengamos en cuenta en este punto que un fotógrafo puede trabajar en relación de dependencia o no. La relación de dependencia supone para él cumplir un horario de trabajo y cobrar un salario. Asimismo, todas las fotografías que saca pertenecen a la empresa, al medio para el cual trabaja. En este caso, el fotógrafo toma sus imágenes allí donde lo mandan y según lo que sabe que se espera o requiere de él.
Esta forma de relación laboral fue la norma casi excluyente en el ámbito de los fotógrafos de prensa, desde los inicios de esta actividad, con la aparición de Caras y caretas a fines del siglo XIX, hasta casi entrados los años 80 del siguiente. Las colaboraciones eventuales se daban más con algunas “plumas” que con fotógrafos.
En los años 60 un exiliado español republicano, llamado Francisco “Paco” Vera, revolucionó el concepto de la fotografía periodística desde la jefatura de una reciente publicación de la Editorial Abril: Siete Días ilustrados. Esta legendaria revista fue la primera en su tipo que reprodujo el estilo magazine tipo Life, paradigma del periodismo gráfico donde publicaron los más destacados y talentosos fotógrafos de Occidente. La primera cuestión que se planteó Paco Vera para su nueva tarea fue convocar a fotógrafos que interpretaran la demanda que implicaba hacer la primera revista ilustrada de esas características en el país. Con ese fin recurrió a una mezcla de experiencia y juventud en la conformación de su staff. Para lo primero tenía a buenos fotógrafos formados en los diarios, para lo segundo, reclutó a jóvenes inexpertos por completo pero con formación visual y técnica en los fotoclubes, numerosos y de gran actividad por esos años. Una nueva era comenzaba para la fotografía periodística, ya que no sólo se trataba de incorporar aire fresco, sino también de introducir modos de trabajo y recursos narrativos novedosos. Paco Vera fue el introductor en el medio local de la figura del que luego se llamaría “editor de fotografía”. Verdadera interfase entre el fotógrafo y la redacción, negociador de espacios entre las necesidades de esta última, diseñadores y fotógrafos. Esta innovación en los procesos de trabajo no tuvo, sin embargo, ninguna repercusión en la relación laboral que mantenían, por entonces, los fotógrafos con la empresa.
En la década de 1980, comienza a verificarse una paulatina “flexibilización” laboral que con los años se profundizaría hasta convertir al trabajo precario en la norma general. Es entonces cuando se introducen cambios sustanciales en las relaciones laborales dentro de los medios. Un dato ilustrativo es que ARGRA, que fue fundada en el año 1942, exigió hasta la década del 80, como un requisito excluyente para admitir nuevos socios, la presentación de los últimos tres recibos de sueldo. Además, en la credencial figuraba el medio para el cual trabajaba su portador, reliquia de una época en que el trabajador era reconocido, no sólo con un sueldo y los beneficios consiguientes, sino también con la estabilidad. A partir del año 1986, las autoridades de ARGRA se vieron obligadas a dejar de hacer constar el nombre del medio en la credencial y se reemplazó la exigencia de los recibos de sueldo por otros requisitos más informales como condición para ser admitido como socio. Habían empezado a aparecer los free-lance.
¿Qué es un free-lance? Es el fotógrafo que, en lugar de vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario, vende el producto de su trabajo: sus fotografías. Ese producto es a su vez un insumo para la “fabricación” de una publicación.
Su mercado está constituido por las empresas que esperan que fotógrafos free-lance les ofrezcan imágenes ya producidas con destino directo a su publicación. El precio de las mismas se regula por la oferta y la demanda, ley que en el negocio de los medios se traduce como “exclusividad”. Por ejemplo, la foto de la disco Keyvis, de Olivos, en pleno incendio y con jóvenes huyendo de las llamas, fue pagada a un fotógrafo aficionado con una suma equivalente a varios sueldos de un fotógrafo de staff.
Esto representa un cambio sustantivo de la relación del fotógrafo con su producto. De este modo, los valores de noticiabilidad, oportunidad y adecuación a ciertas normas estilísticas, que cada medio reproduce como estereotipo para sus productos, son ponderados por el fotógrafo, con vistas al valor de mercado de sus fotografías. Hoy en día esta modalidad de trabajo, aunque de manera más perversa, es la que predomina en todo el ámbito laboral de los reporteros gráficos. Y decimos que se opera en forma perversa porque no se trata de una relación libre entre un productor y su mercado (en este caso el medio al que puede interesarle tal o cual imagen) sino que los llamados free-lance, para ser tenidos en cuenta, la mayoría de las veces, deben ofrecer garantías de exclusividad, habitualidad, equipamiento adecuado y propio así como una mayor disponibilidad. Esta situación lo convierte en un empleado en relación de dependencia encubierta, sin la protección que marca la ley y sin la continuidad laboral que supone la relación de dependencia formal.
La precarización del trabajo (también) en los medios trae consigo la figura del “colaborador”, un fotógrafo contratado por el día o por nota, con obligaciones similares a los de staff pero sin la ventaja de ser realmente free-lance, es decir, poder decidir a quién, cuándo y a qué valor vender una foto. Le pagan una cifra fija pactada de antemano y es por todo concepto. Así se publiquen una, diez o ninguna de sus fotos. Hay que decir que la situación de colaborador puede durar varios años para un mismo medio. De este modo conviven en el departamento de fotografía los que cobran un sueldo y los que hacen su trabajo por contrato y cobran contra factura.

El dueño de la foto

Las diferencias entre las situaciones reseñadas dan lugar a distintos tipos de “propiedad” de las fotografías, producto del trabajo de los fotógrafos. Y antes de atender a cuestiones formales o legales conviene detenernos un momento en el aspecto artístico de esta clase de imágenes.
Se suele distinguir entre fotografía artística y fotografía documental, en este caso, de prensa. Ciertamente no compartimos esta clasificación dicotómica. Si bien es cierto que la primera puede desentenderse hasta del referente y que la segunda está fuertemente restringida por los requisitos, ya mencionados, que debe cumplir, no es cierto que la segunda carezca necesariamente de valores estéticos o que éstos no sean relevantes a la hora de decidir su publicación. Entre dos fotos que cumplan con todos los requisitos que el medio impone, siempre se elegirá la de mayor valor estético. Según Margarita Ledo, la ideología burguesa fue transformando en oposición la relación belleza/verdad y “en el lado de la belleza se refugió la foto creativa. [...] Con el rótulo de Verdad se fue perfilando, por el contrario, la obsesión de fijarlo todo, el concepto de objetividad, la función de servir de prueba de algo que un momento determinado había sucedido o existido, la tenaz obligación de demostrar. Obviamente el ámbito de la Verdad se alargará de la foto etnográfica a la documental y cuando se conjuguen condiciones técnicas, profesionales y culturales –alrededor de cien años después de la que es considerada la primera imagen fotográfica–, la Verdad se identificó con la foto de prensa” (Ledo, Margarita; 1998: 61). Sin embargo, tal como ella misma afirma, “las relaciones fotógrafo/foto, desde los primeros encargos de la documentación o desde la primera «Mission Heliographique», en 1851, cien años antes de Spanish Village, se basaron en aquella convención entre dos aguas de «Belleza y Verdad», de genio y realismo...” (Ledo, Margarita; 1998: 128).
La propiedad de la fotografía no puede, por lo tanto, entenderse únicamente en términos económicos ni legales sino que, en el análisis de la relación entre el fotógrafo y el producto de su trabajo, es imprescindible atender al valor simbólico de la fotografía. Más adelante volveremos sobre esto.
Por otro lado, el fotógrafo sabe que su foto una vez publicada probablemente no reproduzca su mirada sobre el hecho por él documentado. Sabe que, en otro contexto, el de la página impresa, el significado de su fotografía se va a estabilizar en relación con los otros textos que la rodean, con su lugar en ella, con su tamaño, con la calidad de la reproducción, etc. Francisco Vera, en una entrevista concedida a la revista El Reportero Gráfico, en 1970, dice al respecto:
“...Si yo tomo una fotografía determinada con mi intención, mi composición y lo que yo sentí para tomarla –estoy hablando profesionalmente–, esa fotografía se reveló, se amplió y ya se me escapa. A partir de entonces a mí, reportero gráfico, esa foto se me escapa” (Vera, Francisco: 1970; 65).
Ahora bien, tal como vimos, los fotógrafos que trabajan en relación de dependencia o por contrato no son dueños de las fotos que sacan. Éstas le pertenecen al medio para el cual las producen. En cambio, el fotógrafo free-lance, así como es propietario de su equipo fotográfico y de los materiales que utiliza, es propietario de las fotos que saca. Él selecciona las que va a ofrecer para la venta y conserva todos los negativos que desee. Así, la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina cuenta con una valiosa colección de fotografías no publicadas. Esta institución, además de organizar muestras anuales, tiene en su sede una muestra permanente. En estas exposiciones se puede acceder a otro discurso visual, construido con el mismo material, las fotografías de prensa, pero que ya no es el discurso de los medios sino el de los fotógrafos de prensa.
Las muestras no sólo suponen otro canal de circulación sino también otro discurso visual. El hecho de que esta forma de exposición sea la propia de una de las artes visuales como la pintura es apenas anecdótico. Las fotos enmarcadas y dispuestas en una pared, relacionadas por temas, organizadas en grupos o por secuencias, proponiendo un recorrido, dan lugar a un relato y también a una lectura diferentes sobre la misma realidad de la cual los medios seleccionaron los acontecimientos y personajes “publicables”.
Pero la primera muestra de reporteros gráficos no tuvo lugar en Argra. Fue durante la dictadura, en 1981. Los medios que circularon durante aquel período fueron, en su mayoría, funcionales a ella, por acción u omisión (de temas, de hechos y de personas) [4]. Las fotos no publicadas por entonces tenían (y tienen) mayor valor testimonial e informativo que las que circularon en los medios. En aquella oportunidad, un grupo de reporteros decidió organizar una muestra con las imágenes no publicadas. No sólo fue censurada por el gobierno de facto (de modo que al año siguiente se la realizó en el salón de la OEA), sino que los fotógrafos que la organizaron fueron reprendidos por Argra y amenazados con la expulsión.
Un tiempo más tarde, de aquel “grupo de reporteros gráficos” salió una nueva conducción de Argra que oficializó las muestras y empezaron a realizarse una vez al año bajo la denominación “Muestra del periodismo gráfico argentino”. Se realizaron durante 18 años seguidos y se constituyeron en un acontecimiento cultural de envergadura y de intervención directa en el espacio público. El acontecimiento era esperado y deseado por parte de la gran mayoría de reporteros como espacio para mostrar lo que cada uno consideraba lo mejor de su trabajo. Entre los reporteros era muy común comentar que determinada fotografía quizás no fuera publicada, pero que “estaba buena para colgarla en la muestra de Argra”.
Margarita Ledo caracteriza a los fotógrafos documentalistas por su oposición a los medios, “por el reencuentro con la función social de la subjetividad [...] además de pasearse por aportaciones sugestivas como las de Baudrilliard –la lógica de la clase no se define ya por la propiedad de los medios de producción sino por el control de los procesos de significación– [...]. Combatir la apropiación de su discurso por parte de los medios, la neutralización de su subjetividad [...] los lleva a desear evitar el soporte del periódico como difusión. Prefieren la sala de exposiciones. Prefieren el libro de autor” (Ledo, Margarita; 1998: 140). Junto a estos fotógrafos encontramos, al menos en nuestro país, a aquellos que no evitan los medios sino que, por ser dueños de las fotos que sacan, tienen la posibilidad de elaborar un discurso propio con ellas y encuentran al menos un canal de circulación, construido por los propios reporteros. Las contradicciones propias del capitalismo hacen que, por una pretendida ventaja económica que persiguen los medios con la flexibilización laboral, las industrias informativas tengan que compartir con estos trabajadores el control de los procesos de significación. No negamos que el alcance del un medio es mucho mayor que el de la muestra. Podríamos convenir, en todo caso, que la construcción de un discurso propio se trata de una práctica contrahegemónica de los fotógrafos de prensa. Pero su participación en esta lucha por el sentido supone un aprendizaje diferente para ellos, así como también un corrimiento hacia otro lugar social.
Por último, es importante destacar que los medios surgidos en los comienzos de la democracia produjeron un cambio de aire, gracias a su desvinculación con la dictadura, y lo hicieron no sólo en los contenidos de la información y en la inclusión de nuevos actores sociales, hasta entonces negados en el discurso mediático (Madres de Plaza de Mayo, desocupados, marginados, pobres, intelectuales y artistas de las listas negras de la dictadura, etc.), más acordes al nuevo ideario democrático, sino que también lo hicieron en el plano formal y estético. Página/12, El Periodista de Bs. As., El Porteño, entre otros tantos, son buenos ejemplos de los canales que expresaron esos nuevos aires. Allí encontraron su lugar los fotógrafos que no estaban hechos en el molde del fotógrafo/empleado. Y fueron ellos quienes trajeron una mirada más implicada, tanto por el modo de tratar ciertos sujetos sociales como por su inclinación a explorar con más libertad las posibilidades del lenguaje visual. Como expresión paradigmática de este proceso de implicación de la mirada encontramos las muestras de reporteros gráficos autogestionadas, a las cuales aludimos arriba, y también la formación de pequeñas agencias independientes de fotógrafos.

Conclusiones

Cuando consideramos a los medios como industrias y a las fotografías de prensa como mercancías no podemos desatender a la condición de producto cultural de la fotografía de prensa. García Canclini define a este tipo de productos como aquellos en los que el valor simbólico prevalece sobre los valores de uso y de cambio, o donde al menos estos últimos se configuran subordinados a la dimensión simbólica” (1992:12).
Este valor simbólico se pone en evidencia cuando los fotógrafos buscan, y encuentran, la manera de reapropiarse del sentido de sus imágenes para construir un discurso propio sobre los sucesos que presenciaron y documentaron. Un sentido que puede expresarse, por el momento, sólo fuera de los medios.
Si acordamos con Vilches en que la fotografía de prensa es un signo inestable que necesita de otros signos para fijar su sentido, encontramos que su significado está más expuesto a manipulaciones que otro tipo de discursos, no sólo por todos los actores que intervienen en su producción sino también por las condiciones de edición en los medios. En los procesos de producción y circulación de fotografías de prensa se ponen en juego no sólo relaciones de poder dentro de los medios sino las luchas por el sentido del mundo que tienen lugar en la sociedad en su conjunto y en las cuales los medios tienen un papel central.
Cuando más se promociona “el poder de la imagen”, más necesaria se vuelve la reflexión acerca de los procesos de significación que tienen lugar en la producción y circulación de imágenes. En todo caso, ese poder se sustenta en la opacidad de esos procesos.

Bibliografía
–Balandier, Georges, El poder en escenas. De la representación del poder al poder de la representación. Paidós, Studio No 106, Barcelona, 1994.
–Bourdieu, Pierre, La fotografía. Un arte intermedio. Nueva Imagen, México, 1979.
–Bourdieu, Pierre, La distinción. Taurus, Madrid, 1988.
–Castellani, Donatella, Lengua, mente y discurso. Aproximaciones críticas al estudio del lenguaje. Inédito, 1997.
–Eco, Humberto, Lector in fabula. Lumen, Barcelona, 1987.
–García Canclini, Néstor. “Los estudios sobre Comunicación y Consumo: El trabajo interdisciplinario en tiempos neoconservadores”. En: Diálogos, No 32. Bogotá; marzo de 1992.
–Ledo Andión, Margarita, Documentalismo fotográfico. Éxodos e identidad. Cátedra. Madrid; 1998.
–Panofsky, Erwin. El significado en las artes visuales. Alianza-Forma; 1995.
–Verón, Eliseo. Construir el acontecimiento. Gedisa. Buenos Aires; 1987.
–Vilches, Lorenzo. Teoría de la imagen periodística. Paidós Comunicación/25. Paidós. Barcelona; 1987.

Notas
[1] Ver el concepto de “cooperación textual” en: Eco, Humberto, Lector in fabula.
[2] Tal lo que afirma Vilches en su libro Teoría de la imagen periodística.
[3] Tomada en la Unión Industrial Argentina. La Nació
n, 1995.

 

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PERCEPCIÓN POR USUARIOS JÓVENES

Estilos en Internet

Inscripta en el proyecto UBACyT SO 68, se llevó a cabo durante la programación científica 2001-2003 una investigación orientada hacia la delimitación de comportamientos particulares en el uso de Internet por segmentos jóvenes, privilegiándose en la observación el grado de percepción que esos usuarios tienen de la existencia de géneros y estilos en la oferta de la red.


Mabel Tassara (*)
Rolando Martínez Mendoza(**)


(*) Mabel Tassara es profesora en la Universidad de Buenos Aires y en el Instituto Universitario de las Artes. Socióloga y semióloga, también dicta cursos de postgrado en esas universidades. Su último libro publicado es El castillo de Borgonio. La producción de sentido en el cin
e.

(**) Rolando C. Martínez Mendoza es docente en la Universidad de Buenos Aires y en el Instituto Universitario de las Artes. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, es uno de los responsables de los contenidos del site de la UBA. Codirige la revista Foul Táctico de reflexión y crítica sobre objetos culturales urbanos y de los medios.

     

La inquietud inicial, impulsora del estudio, fue detectar el peso relativo que ocupan actualmente en la motivación al uso el goce vincular con el medio y las expectativas referidas a los beneficios de un consumo específico, como obtención de información, diversión, sociabilidad, trabajo.
La hipótesis principal de la investigación se estableció a partir de la observación de un proceso repetidamente comprobado en la historia de los medios. Cuando esa historia comienza, muestra que el usuario establece con el nuevo medio un vínculo que se resuelve predominantemente en el contacto, ligado a la fascinación que produce aproximarse a la novedad tecnológica. En una segunda etapa empieza a articularse un consumo discriminado por contenidos, comenzando a distinguirse áreas temáticas. Es recién en un tercer momento cuando el medio se manifiesta en condiciones de asumir variaciones en la expresión de los contenidos, dando paso a la diferenciación en el nivel retórico, expresada en la configuración de modalidades distintivas de producción de los textos. A medida que se van desarrollando esas etapas, van cobrando también lugar las diferenciaciones en la apelación al receptor, comenzando a articularse una segmentación de perfiles destinatarios.
Este proceso ha desembocado habitualmente en la formación de géneros –a veces reconsideraciones de géneros ya existentes en otros soportes mediáticos, a veces formas originales del medio–, y en la organización de propuestas estilísticas, las que comienzan a establecer las usuales interrelaciones con los géneros, al mismo tiempo que ambos tipos de configuraciones abren paso al diseño de parámetros enunciativos diferenciados. Así, el medio, a partir de sus diferentes propuestas discursivas, construye receptores diversos. El público puede identificarse, entonces, con las alternativas que esa diversidad le ofrece a partir de vínculos que se articulan sobre modalidades de goce diferentes [1].
Pasó con el cine, con la TV, y era posible pensar que ese proceso estuviese cumpliéndose también con Internet. En la medida en que éste es un ámbito sobre el que todavía se posee relativamente poca información, la investigación se propuso indagar sobre el desarrollo del proceso descripto, considerando la percepción que de él tienen los usuarios locales de Internet.
En relación con ello, se trató de discriminar cuál es la percepción de la oferta actual de Internet, y, en tanto la investigación se orientó desde un enfoque semiótico, se entendió ésta como un conjunto de configuraciones discursivas, atendiéndose en el análisis de la recepción a las diferencias y semejanzas que podrían permitir agrupar los estímulos de la red en tipos o géneros, así como asociarlos a propuestas estilísticas distintivas.
Se tomó en cuenta en la indagación la percepción de rasgos que hacen al tratamiento de los contenidos dentro de cada área temática, y se consideraron también los efectos del diseño de página, en aspectos que van más allá de su mera funcionalidad en la búsqueda y que se ligan a adjudicaciones de esteticidad, actualidad, originalidad, etc.

El estudio

En el estudio se plantearon dos fases: análisis en reconocimiento y análisis en producción [2]. La inversión de lo que constituye la sucesión más habitual de las etapas analíticas, es decir, la iniciación del estudio con el análisis en producción y su finalización con el de reconocimiento, respondió al hecho de que, en este caso, la indagación en recepción –dada la heterogeneidad y multiplicidad de posibles objetos de estudio que la propuesta discursiva de la red sugiere– se convertía en la vía más confiable para circunscribir los elementos a considerar en producción (circunscriptos en los web sites evaluados positiva o negativamente) y para guiar el abordaje a partir de la identificación de hipótesis surgidas de las opiniones y posicionamientos de los usuarios del medio sobre el mismo.
En la primera fase del estudio, a su vez, se realizaron entrevistas en profundidad y focus groups, a fin de poder confrontar las motivaciones individuales obtenidas en las entrevistas con las actitudes emergentes en la discusión grupal.
La muestra se pensó originariamente sólo compuesta por jóvenes, en tanto éste era el segmento etario en la mira (se incluyeron dos tramos etarios: 14 a 17 y 20 a 26 años, a fin de discriminar modalidades y matices del cercamiento diferenciado al medio). Pero se decidió, finalmente, agregar a los anteriores un segmento adulto (30 a 45 años) a fin de poder contrastar su comportamiento y actitudes frente a la red con los de los jóvenes.
La metodología de reclutamiento contempló la realización de 90 microentrevistas previas para seleccionar sobre ellas los 60 indagados en las entrevistas en profundidad y en los focus groups. Esta instancia anterior se llevó a cabo para hacer intervenir en la selección no sólo los habituales criterios de nivel socioeconómico, grado de educación formal, profesión, etc., sino también la pertenencia a diferentes inscripciones socioculturales, considerándose la integración en grupos de pertenencia, los consumos culturales destacados y la implementación del tiempo libre. Los participantes se eligieron dentro de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, y se tuvieron en cuenta consumos heavy, medio y ocasional.
Se exponen a continuación algunos de los principales resultados obtenidos en el análisis en recepción.

- Motivaciones, expectativas y comportamientos frente
a la oferta de Internet
Las funciones más utilizadas de la red son la de contacto con los otros y la de medio para la obtención de información funcional.
En términos de la primera, las tan mentadas posibilidades de apertura al mundo aparecen en esta muestra bastante poco utilizadas, restringiéndose en la mayor parte de los casos a la comunicación con el grupo de pertenencia (alternativa al cara a cara, el teléfono o la carta) o a contactos formales (por trabajo, trámites, etc.). La función de contacto con el grupo de pertenencia es particularmente marcada en los adolescentes donde actúa como vía clave para la cohesión grupal. El uso en contactos formales es muy restringido, limitándose en gran medida al correo. Es muy escasa la realización de operaciones on line bancarias/financieras u otras que obliguen a poner en ejercicio un nivel de complejidad de manejo mayor que el habitual.
En obtención de información funcional, para todos los segmentos, el medio resulta “insustituible” por su rapidez y accesibilidad.
No obstante, en todos los segmentos, también, existe conciencia de que esa información es un tanto superficial y no siempre confiable. Pero la profundización en la búsqueda no se plantea como meta, encontrarla parece exceder la propia capacidad operatoria. Mayoritariamente lo que se busca en “salir del paso” y en este sentido Internet es altamente satisfactorio como solución.
Los aspectos más tranquilizadores en el hallazgo de información se centran en su carácter básico (se “está al tanto” del tema) y sobre todo en su actualización.
De todos modos, se perfilan algunas diferencias por edad; dentro de la señalada tendencia general, los más jóvenes son los que muestran la mayor ludicidad en el contacto, éste se va debilitando a medida que se avanza en edad.

- Grado de incidencia de la especificidad del medio en las motivaciones de consumo
Se indagó en este ítem en qué medida la red es un complemento o una alternativa de otras vías (de información, entretenimiento, etc.) o se constituye en la única vía para un consumo específico.
Tendencialmente, se percibe que todo lo que se consume en la red podría ser encontrado en otros lugares, pero las ventajas diferenciales más notorias están en las mayores facilidades de acceso, modo en que la información se presenta, posibilidades operativas que se ofrecen a partir de la obtención de los datos y actualización.
Los adolescentes le reconocen más cantidad de información obtenida en menor tiempo a un bajo costo (en dinero y movilidad), aunque con una calidad que es necesario chequear, por ser menos confiable. También brinda la posibilidad de “cortar y pegar” los datos sin tener que tipear o escribir a mano, y, además, tener todo almacenado en la PC con el beneficio suplementario de reciclar esa información en eventuales trabajos futuros. Los buscadores ofrecen una herramienta de búsqueda considerada altamente superior en funcionalidad a los ficheros de las bibliotecas
La posibilidad de elegir qué escuchar o mirar es también una ventaja respecto de la radio y la televisión, en la que se está atado a una programación fijada por otro.
En los jóvenes de 20 a 26 años, Internet aparece como vía predominante y, mayoritariamente, como única vía de información. Se cree que la información proporcionada podría encontrarse a través de otras vías (básicamente, para el uso predominante en este segmento, en bibliotecas), pero Internet las superaría por su mayor funcionalidad: facilidad de acceso, horario sin límites y, por lo anterior, mayor rapidez; mayor economía y constante actualización.
No obstante, se señala que la selección del material no siempre es fácil, es necesario discriminar el material “útil” del “inútil”, y a veces la inabarcabilidad resulta un tanto abrumadora. Mayoritariamente se tiene conciencia de que la información que se encuentra es “media” y que su profundización implicaría la concurrencia a bibliotecas o una búsqueda más compleja, por lo que, por lo general, la tendencia es a aceptar lo que se encuentra.
Internet es la fuente de información más accesible para los adultos, la más actualizada y la más económica. También permite obtener información tangencial al tema que se busca. Todo en menor tiempo.
Se le asocian como desventajas que la información debe chequearse, ya que no siempre es confiable y que hoy Internet se ha transformado en un aquelarre donde existe mucho material inútil. A pesar de ello se concluye que Internet es la gran herramienta para estar al día y para la comunicación con el mundo.

n Sites más frecuentados
En los tres segmentos predominan aquellos sites que se buscan por razones de funcionalidad, como los buscadores (Yahoo, Google), los que ofrecen servicios específicos (por ejemplo, Hotmail como entrada al MSN Messenger), los que proporcionan información concerniente a las tareas que se realizan (por ejemplo, Elvago en los jóvenes, por proporcionar trabajos prácticos escolares, o sites conectados con la profesión o el trabajo en adultos).
Con el mismo criterio de servicio aparecen las páginas de diarios, las que brindan juegos, agendas, etc.
Sólo en los más jóvenes hay, además, una incursión importante en sites que atraen en sí mismos, más allá de su rol mediador de información: sitios de bandas de música, de programas de televisión, de artistas, etcétera, de los que se manifiestan fans.
En el segmento de 20 a 26 años esta incursión también existe, pero es mucho más reducida.
Es muy minoritaria la frecuentación de sites por privilegio de sus rasgos visuales (como ejemplo, se citan Rock and Pop, Ford de España y la página del diseñador Giger).

n Percepción de rasgos específicamente expresivos o estéticos en Internet
Los más jóvenes evidencian alto grado de adhesión a imágenes (ilustraciones y fotografías), animaciones en flash, juegos visuales entre botones de navegación y links. También a la posibilidad de ver videos. Los recursos icónicos que brinda el MSN Messenger son muy utilizados y se destaca su diseño para un uso más divertido del chat.
Pero se insiste en que todas estas posibilidades expresivas ofrecidas por el medio se supeditan a que la información efectivamente se encuentre, esté actualizada, sea clara y con un acceso fácil. La variedad de colores, tipografía e imágenes es preferida siempre y cuando estos recursos no compitan dificultando aspectos de visualización y de acceso a la información, ni entorpezcan la navegación haciéndola más pesada. Todos los recursos visuales deben hacer posible una navegación más fácil y rápida, “lógicamente estructurada”.
Se marca rechazo por el sonido; la razón aducida es que desconcentra y entorpece la navegación. Lo que más se tolera es una música suave de fondo. Como al mismo tiempo se aprecian por su innovación y mayor elaboración de diseño los sites que presentan efectos sonoros sobre botones de navegación, links, postales que se envían por e-mail y juegos, pude pensarse que la distancia frente a esta vía se debe a la baja calidad de sonido en los equipos en disposición.
En el segmento de 20 a 26 años, la actitud frente al ítem es más reflexiva; Internet se define como un universo visual específico y diferenciado de lo anteriormente conocido
Se destacan dos tipos de rasgos distintivos:
–Una imagen móvil, pero no a la manera del cine o la televisión (sólo algunas imágenes en particular remitirían a las de estos medios: trailers o reproducciones de imágenes de filmes o fotografías), sino similar a una imagen gráfica, aunque con la particularidad del movimiento y la circulación. En la lectura de textos escritos, esta imagen de página impresa vista en pantalla desalienta la lectura directa, por eso este tipo de textos se suele imprimir.
–La saturación/barroquismo de las páginas. Se perciben plenas de elementos y con un cromatismo en exceso llamativo.

En términos de producción visual se observan grados muy diversos de elaboración y se reconoce que algunas páginas se destacan por una esteticidad singular, pero se dice que esto no es decisivo para su elección: también este segmento insiste en que lo que importa es la funcionalidad; la tendencia es a no interesarse en mirar gratuitamente una página solo porque su diseño es agradable u original, aun menos cuando bajarla implica mucho tiempo.
El segmento de 35 a 45 años enfatiza como principal expectativa encontrar rápidamente lo que se busca, recién en segundo término se espera que un site sea agradable, diseñado con cierto criterio estético. Lo estético se vincula sólo a colores suaves/no “chillones”, y a diseños despojados rechazándose las presentaciones cargadas de animaciones y flashes. Se espera que la imagen actúe privilegiadamente en función de ilustración del texto verbal.
A pesar de este aparente desinterés por aspectos visuales/estéticos, la percepción de precariedad de diseño en todos los segmentos descalifica al site: un sitio demasiado austero en recursos visuales y de animación se presume un sitio también pobre en información. Esto es más marcado en los adolescentes.
Cabía agregar que los criterios de esteticidad utilizados para Internet siempre eluden el tipo de atracción visual que suele asociarse a este concepto. Aun deslindando la funcionalidad en términos de contenidos y de operatoria, los criterios para evaluar un site que gusta visualmente son dinamismo y variedad/originalidad de efectos. Se descarta, en todos los segmentos, que un site se frecuente porque sea lindo, entendido esto último como la percepción de una configuración formal atractiva en sí misma.

n Percepción de géneros
y estilos en la red
Los usuarios detectan claramente en la oferta distintas apelaciones temáticas/funcionales. Aun cuando éstas se mueven dentro de un universo que se percibe multidimensionado, inabarcable y, en razón de ello, confuso. Se suma que, mayoritariamente, y en todos los segmentos, habitualmente no se tiene ganas o tiempo o no se quiere insumir esfuerzos en explorar la red. Tampoco se posee muchas veces el manejo suficiente.
Podría hablarse de reconocimiento de géneros en cierto tipo de apelaciones, en tanto se asocia a ellas un cierto nivel de construcción textual, como es el caso del correo o los buscadores. Pero, a raíz del multidimensionamiento y la confusión perceptiva propia de ese campo, en muchos casos las apelaciones temáticas no se asocian a diagramación / formas de organización/ diseño específicos, por lo que no podría hablarse allí todavía propiamente de reconocimiento de géneros [3].
Existe sí reconocimiento de conformación de perfiles usuarios en términos de apelaciones temáticas/funcionales de la oferta, y también autorreconocimiento de integración o no de esos perfiles.
Existe percepción de diagramación / organización / diseño específicos asociados a páginas/ sites / portales, pero es débil todavía la interrelación entre los sites en términos de criterios que podrían denominarse de agrupación genérica o estilística.
En gran medida esto se liga al hecho de que en la percepción de la oferta de Internet todavía resulta muy difícil el deslinde de un plano de la expresión [4] diferenciado de los contenidos que se ofrecen. Dicho de otro modo, es difícil todavía el reconocimiento de que similares contenidos pueden expresarse de manera diferente. Al menos es lo suficientemente difícil como para lograr establecer semejanzas y diferencias entre apelaciones temáticas/funcionales fuera de las alternativas de operatoria.
Si bien hay respecto de los sites un reconocimiento diferenciado de rasgos de funcionalidad y de algunos rasgos de creatividad visual, se jerarquizan los primeros, tendiéndose a ignorar los segundos. Aunque la atracción por estos rasgos es, no obstante, mayor en los más jóvenes y disminuye a medida que se aumenta en edad.
Podría decirse que hoy se percibe, aunque un tanto borrosamente, la existencia de un estilo visual asociado al medio, pero no de estilos internos. Por el momento, la percepción de un universo estilístico en Internet parece moverse casi exclusivamente en torno de la dupla sobriedad-búsqueda de impacto/efectos, tendiéndose a asociar más a la red la segunda alternativa. Y, en concordancia con lo señalado más arriba, son los más jóvenes los que más se reconocen en ella, deslizándose la preferencia a medida que se aumenta en edad hacia criterios de mayor despojamient

Referencias
–Baigorri, H., 2002. Manejo del cultivo de soja en Argentina. Actualizaciones, pág. 112.
–INPOFOS, 2002. “Cómo se desarrolla una planta de soja.” Reporte especial 53, pág. 20.
García, F. O., 2003. Soja: Nutrición del cultivo y fertilización.
www.inpofos.org
–SAGPYA, 2003. Estadísticas agricultura.
www.sagpya.mecon.gov.ar
–Roisinblit, D. A., 2003. Consideraciones sobre la soja en la alimentación. Consejo Nacional de Políticas Sociales, Presidencia de la Nación. Pág. 17.

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Problemas éticos en el asesoramiento genético

Los dilemas morales

Se teme que la posibilidad de detectar enfermedades genéticas –y la información que se puede llegar a suministrar a personas o empresas comerciales que van hacer uso de esa información para proteger sus propios intereses– pueda afectar negativamente a nuestra identidad. En otras palabras, se corre el peligro de que la revolución genética ponga en jaque el valor de la privacidad. Pese a que este peligro se suscita ante la mera predisposición a desarrollar una enfermedad, da lugar a numerosas cuestiones controvertidas acerca del valor y de los peligros de las pruebas genéticas.


Diana Cohen
Doctora en Filosofía (UBA) y Magíster de Bioética por Monash University (Australia). Docente e investigadora de la carrera de Filosofía (UBA), también imparte cursos de Bioética en modalidad virtual.
dianacohen@arnet.com.ar
     

Es un lugar común señalar que durante las últimas décadas no dejamos de sorprendernos casi a diario ante las continuas transformaciones que la ciencia y la tecnología ejercieron en nuestras vidas. Ejemplos obvios son el uso de la bomba atómica, la que nos condujo a una nueva era en la que poseemos un poder suficiente para destruir la vida de nuestro planeta, y la introducción de las computadoras, las que nos permiten realizar cálculos con escalofriante rapidez y resolver ecuaciones de enorme complejidad, por citar solamente un par de logros completamente increíbles sólo una generación atrás. Y ni hablar de las comunicaciones, cuya expresión reciente y revolucionaria es Internet, extraño bricolage posmoderno que aúna una incesantemente renovable biblioteca de Alejandría, casinos virtuales y citas amorosas.
En este maratón tecnológico, se cree que la próxima revolución que se avecina –de efectos imprevisibles y, según parece, ilimitados– es la de la genética, y esta revolución está a solo un paso: los productos biológicos genéticamente diseñados son una realidad. Incluyen bacterias que impiden que se forme escarcha sobre las frutillas, granos producidos con resistencia a las enfermedades, y cerdos con genes que los hacen crecer más rápido que sus primos humanos más convencionales. Estos trabajos todavía se encuentran en sus etapas experimentales, pero poseen el potencial para cambiar de modo increíble la manera en que producimos nuestros alimentos. Más aún, por primera vez los humanos, partiendo de cero, pueden diseñar nuevas especies de plantas y animales.
Pese al asombro que estos desarrollos suelen suscitar, por momentos parece ser superado por las expectativas que despierta el desciframiento del código genético. Sin ir más lejos, advirtamos que una lectura apropiada del ADN hará posible detectar e impedir la aparición de enfermedades que hasta el día de hoy son combatidas con terapias convencionales. Aun sin el uso de técnicas de “ingeniería genética”, esto es, sin cambiar el patrón genético de nadie, en este novedoso campo la ciencia ya se encuentra ejerciendo cierto efecto sobre nosotros. Uno de los efectos más notorios es la posibilidad de realizar pruebas (o screenings) con el propósito de detectar genes deletéreos, y una vez que se cuenta con esta información, hacer el diagnóstico genético que será oportunamente informado a los directamente afectados.
Por cierto, hoy contamos con una multitud de pruebas genéticas que pueden ser llevadas a cabo en seres humanos de distintas edades, antes o después del nacimiento. Pero éste es un fenómeno reciente: hace sólo treinta años, el conocimiento que podíamos obtener de dichas pruebas era estrictamente limitado. Entonces era posible detectar anomalías cromosómicas tales como el síndrome de Down, o el sexo del bebé en gestación. Y en el caso de las parejas con riesgo de dar a luz un niño con una discapacidad como la hemofilia o la distrofia muscular de Duchenne –sólo padecidas por varones–, la práctica consistía en identificar el sexo del feto, y ofrecer a la pareja terminar con el embarazo si el feto era un varón.
Al descubrimiento de numerosos genes que predisponen a ciertas enfermedades le siguieron el desarrollo de nuevas pruebas genéticas. Y lo cierto es que debido a la sofisticación creciente de la biotecnología, las pruebas que hoy son complejas y costosas probablemente pronto serán simples y económicas. Sin ir más lejos, es posible comprobar la presencia de numerosos genes simultánea e instantáneamente usando una sonda modificada de ADN, para llegar a saber si el material impreso en la sonda es semejante o no al material que se está analizando. Paradójicamente, mientras que los investigadores se hallan en camino de identificar el catálogo completo de genes y sus enfermedades asociadas, el concepto de enfermedad genética no es tan claro como parece. Pues muy raramente se da el caso de que si una persona es portadora de cierto gen, invariablemente desarrollará determinada enfermedad. De hecho, la mayoría de las enfermedades resultan de una multiplicidad de condiciones tales como la forma particular de un gen (muchos genes se presentan en cientos de versiones mutadas), la presencia o ausencia de otros genes, y la presencia o ausencia de determinados factores ambientales.
Pero como Jano, estos desarrollos tienen dos caras. Si bien se cree que una vez detectado el gen o los genes nocivos será posible programar terapias personalizadas, adaptadas a las particularidades del enfermo, por otra parte se teme que esta posibilidad de detectar enfermedades genéticas –y la información que se puede llegar a suministrar a personas o empresas comerciales que van hacer uso de esa información para proteger sus propios intereses– pueda afectar negativamente a nuestra identidad. En otras palabras, se corre el peligro de que la revolución genética ponga en jaque el valor de la privacidad. Pese a que este peligro se suscita ante la mera predisposición a desarrollar una enfermedad, da lugar a numerosas cuestiones controvertidas acerca del valor y de los peligros de las pruebas genéticas.

¿Informar al paciente?

Por lo general, informar a una persona que posee cierta predisposición a contraer determinada enfermedad puede beneficiarla, advirtiéndole de la necesidad de un seguimiento médico para que, en caso de que se desarrolle, pueda recibir lo antes posible la terapia apropiada. Conociendo su predisposición, será capaz de evitar los factores ambientales que pueden desencadenar la enfermedad (por ejemplo, quienes portan cierto gen son muy sensibles a la radiación ultravioleta, y lo más probable es que la exposición al sol provoque la aparición de un melanoma incurable, evitable si se le es advertido).
En contraste, en los casos de los desórdenes de un único gen que son una ínfima parte de las enfermedades genéticas –tal como es la enfermedad de Corea de Huntington, enfermedad hereditaria que aparece alrededor de los 30 años, y provoca la pérdida progresiva de las funciones motrices, trastornos del lenguaje y demencia–, no es posible la prevención de la enfermedad y ni siquiera una intervención prematura altera su curso. En respuesta a este atroz fatalismo, mientras que hay quienes desearían conocer si son portadores del gen para poder tomar decisiones informadas en cuestiones personales tales como el casamiento, la crianza de los hijos o el estilo de vida, otros prefieren vivir sin saber.

¿Informar a los futuros padres?

Hoy contamos con las posibilidades crecientes de seleccionar las características deseadas en el futuro niño a través del diagnóstico previo a la implantación: aquellos óvulos fertilizados que posean las características deseables serán implantados en el útero materno mientras que aquellos indeseables serán descartados. Esta práctica puede conducir a la terapia génica en línea germinal, esto es, alterando las células reproductoras. En este caso, en lugar de seleccionar aquellos óvulos fertilizados que poseen las características deseables, se insertan los genes portadores de las características deseables en el óvulo fertilizado. Mediante estas técnicas prenatales, una vez detectada la anomalía, el genetista informa a los padres prospectivos. Es claro entonces que si bien la prueba genética prenatal y el asesoramiento genético no curan a las personas enfermas, sí evitan que una persona con una discapacidad llegue a vivir.

¿Informar a los empleadores?

Algunos observadores están preocupados porque creen que la novedosa comprensión del genoma humano puede inaugurar nuevas formas de discriminación, basadas esta vez en lo que puede llegar a resultar de sus genes. Uno de los ámbitos más propicios para estas prácticas discriminatorias es el laboral. En verdad, casi nadie desea que su empleador conozca su predisposición genética. No obstante, los empleadores pueden creer que tienen buenas razones para conocer cualquier factor que pueda afectar la salud y grado de cumplimiento de sus empleados.
El tipo de conflictos que esta clase de información suscita salta a la vista si consideramos que puesto que los fetos pueden ser afectados por distintas sustancias químicas empleadas en ciertas industrias manufactureras, las mujeres embarazadas corren el riesgo de quedar fuera del mercado laboral. Pero no sólo ellas: la imposibilidad de que una mujer esté o pueda estar embarazada sin saberlo puede tener como consecuencia la exclusión de las mujeres como grupo laboral. Este caso ilustra a la perfección los dilemas morales y sociales de la prueba genética: lo deseable es promover la igualdad de oportunidades para los trabajadores, sin embargo también deseamos proteger su salud y seguridad. Si quienes tienen cierta predisposición genética a ciertas enfermedades pueden competir por trabajos que los ponen en riesgo, no protegemos su salud y seguridad. Sin embargo, si cuidamos de su salud, no les brindamos igualdad de oportunidades. De modo semejante, lo deseable es promover la libertad individual. Pero ¿en qué punto decidimos que un individuo está exponiéndose a un riesgo inaceptable? Si admitimos que alguien ponga en riesgo su vida, ¿afrontaremos los costos sociales una vez que se enferme?
Con el propósito de regular este tipo de prácticas discriminatorias que atentan contra la privacidad de las personas, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires promulgó en 2001 la ley Nº 712 llamada “Garantías al patrimonio genético”, que prohíbe a los empleadores utilizar información genética como criterio de contratación o de promoción de empleados (art. 9). El espíritu que anima la norma es absolutamente loable. No obstante, los empleadores pueden creer que tienen buenas razones para conocer cualquier factor que pueda afectar la salud y grado de cumplimiento de las personas a su cargo. Y puesto que tienen obligaciones financieras y legales asociadas a sus empleados, les parece lícito reclamar el derecho a conocer toda información importante sobre su salud. Estas razones se expresan en cuestiones sociales asociadas a las pruebas genéticas que no pueden ser pasadas por alto: ¿Deberían los empleadores obligar a los trabajadores a hacer las pruebas genéticas con el propósito de, una vez con los resultados a la vista, no dar trabajo o despedir a quienes tienen predisposición a contraer alguna enfermedad desencadenada por las condiciones laborales? Evitando riesgos ¿acaso no están protegiendo al empleado? ¿Pero acaso ésta no es una excusa que los exime de procurar mejorar las condiciones del medio laboral? ¿Y qué decir si la oferta de trabajo es escasa, y el empleado prefiere correr el riesgo a quedarse en la calle? Lo cierto es que casi nadie quiere que su empleador conozca su predisposición genética, la ley contempla apropiadamente el derecho a la privacidad y a la intimidad de las personas por sobre los otros intereses laborales en juego.

¿Informar a las compañía de seguros y a las prepagas?

¿Se debería informar a las compañías de seguros sobre los resultados de las pruebas genéticas? La mencionada ley 712 prohíbe a las compañías de seguros, obras sociales, empresas de medicina prepaga y aseguradoras de riesgo de trabajo solicitar, requerir para la afiliación, o entregar a terceros información genética (art. 8). Las razones que fundan la norma es que permitir el acceso a la información genética puede dar lugar a que las compañías de seguros exijan una prueba genética antes de hacer ingresar en su sistema a un aspirante a ser asegurado y, una vez calculada la prima que deberá pagar, hasta pueden incrementar sus precios a aquellos asegurados que padecen ciertas predisposiciones genéticas. Y hasta cuando se trate de un asegurado con antigüedad, los seguros médicos o las empresas de medicina prepaga pueden cancelar la cobertura existente.
Ahora bien: ¿acaso las compañías aseguradoras o las prepagas no tienen el derecho de conocer los riesgos que corren antes de asegurar a un potencial beneficiario? En contrapartida, ¿acaso los individuos no tienen el derecho de mantener en privado esa información? Se ha dicho que uno de los principios que deben animar a estas instituciones es el propósito social de proteger al beneficiario. Y este propósito sería socavado si se autorizaran las pruebas genéticas para determinar si una persona puede ser o no asegurada o afiliada.

Saber y conocer

La vida familiar, el trabajo, la salud y la seguridad son atravesados por esta novedosa información, desde el momento en que todos ellos son ámbitos que parecen ser puestos a prueba por la reciente posibilidad de conocer, para bien o para mal, nuestro bagaje genético. Este bagaje genético se perfila como una especie de bomba de tiempo, o de culpa no buscada, semejante a un pecado original sin redención posible.
Tras el rostro de la información genética se ocultan serios dilemas morales. Reconocida la complejidad de su resolución, el médico genetista debe respetar la voluntad del directamente involucrado de conocer o ignorar la información genética. Pero lo dicho vale sólo para la moral privada, que es la que rige en la relación entre el profesional y el paciente. En cambio, la mejor política pública parece ser por el momento aquella basada en un principio de caución. Admitir que cuando la información involucra a terceras personas o personas jurídicas no directamente afectadas, y hasta tanto no se resuelvan los problemas mencionados, tal vez sea preferible que esta poderosa tecnología asociada a la genética sea subutilizada. Tal vez sea preferible, al fin y al cabo, saber que todo lo que se puede conocer, no se tiene por qué saber.
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LA DURACIÓN DE LA VIDA HUMANA

Más años y más vida

EA partir del desarrollo del conocimiento y de la actividad humana basada en el conocimiento, en el siglo XX se produjo una revolución mucho más importante para la humanidad que la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias, que la todopoderosa globalización de los sistemas productivos y administrativos, y que la aparente aceptación generalizada del capitalismo democrático como el sistema político más adecuado al estado contemporáneo de la civilización humana: el espectacular cambio en la expectativa de vida de la población del planeta


Dr. Alberto Boveris
Facultad de Farmacia y Bioquímica
Universidad de Buenos Aires

 

A principios del siglo XX, la expectativa de vida en los países más adelantados del planeta estaba en el rango de los 40-45 años. Expectativa de vida es un sinónimo de expectativa de vida al nacer y de promedio de vida en ese año calendario. Por ejemplo, tomando datos de nuestro país y de la ciudad de Buenos Aires en 1901, durante la presidencia de Julio A. Roca, la expectativa de vida era de 42 años, y un siglo después, en 2001, durante la presidencia de Fernando de la Rúa, la expectativa de vida era de 74 años. Un claro 76 % de aumento en la duración de la vida en un siglo, el que, considerando que ese proceso no sólo adicionó años a la vida sino que lo hizo agregando vida a los años, puede tomarse como una duplicación de la vida de cada ser humano.
El proceso es planetario, mucho más que la globalización, y puede comprobarse en la duración de la vida humana, a principios y a fines del siglo XX, en cada aldea, pueblo, ciudad, comarca, región o país del mundo. Uno puede preguntarse: ¿cómo pudo hacerse semejante cosa que nunca había sido ni imaginada? La respuesta es simple, el progreso fue hecho a partir del desarrollo del conocimiento y de la actividad humana basada en el conocimiento, y en general, a pesar de la desaceleración del mismo proceso por los poderes políticos en el planeta durante el siglo. A principios del siglo XX, el positivismo sustentaba que la racionalidad, con su dependencia binaria de la lógica y de la experiencia, proveía el elemento central del desarrollo humano y social. Donde la materialización de este concepto se hizo en la forma más elocuente fue en la duración de la vida humana.

En la época de la Roma Imperial, con todo el vuelo del derecho romano y la fuerza de los ejércitos imperiales, el promedio de la vida humana era de unos 25 años. No mucho mejor que el primitivo Homo sapiens, 15.000 años antes, con un estimado de 18 años de promedio.
Volvamos a ¿cómo pudo hacerse semejante cosa? Se hizo por una evolución acumulativa de miles de acciones humanas basadas en la observación y la construcción del conocimiento. Hay un consenso en que el primer paso fue dado por una mezcla de microbiología aplicada e ingeniería inteligente en la provisión de agua potable. Indudablemente, el segundo gran salto se encaramó sobre una medicina basada en el conocimiento y en la evidencia y en una industria farmacéutica proveedora de instrumentos eficaces. Vacunas, antibióticos, y drogas increíblemente efectivas fueron sucesivamente desarrolladas. El proceso no está de manera alguna detenido, está tomándose un resuello, después de reconocer que el desarrollo de nuevas drogas en la forma de síntesis química resulta muy caro en la relación beneficio/costo, y está ahora listo para lanzarse a la biotecnología, la terapia genética y los implantes de células progenitoras totipotenciales. La medicina desarrolló en paralelo una gigantesca mejora, sin precedentes, en las metodologías de diagnóstico, desde el electrocardiograma a la tomografía computada, y de tratamiento, desde los cateterismos cardíacos, a la radioterapia y a las cirugías robotizadas. El resultado de todo el proceso en el siglo pasado ha sido una casi duplicación de la vida de cada ser humano en el planeta. Merece destacarse la contribución de la Organización Mundial de la Salud, el primer producto de la globalización del conocimiento, con sus campañas de vacunación que ya han erradicado la viruela del planeta y están cerca de hacer lo mismo con la poliomielitis, y su trabajo por la medicina basada en la evidencia.

¿Qué sabemos del envejecimiento?

El envejecimiento es un fenómeno biológico general de los seres vivos multicelulares. En los mamíferos y en los humanos se caracteriza por una pérdida gradual y continua, desde el inicio de la vida adulta y hasta la muerte, de las funciones fisiológicas del organismo. El decrecimiento de las funciones no es igual para todos los órganos, siendo la vida compatible solamente con la conservación en un alto porcentaje (más del 50 %) de las funciones de los órganos vitales. El envejecimiento resulta entonces un proceso multifactorial que es racionalizado suponiendo que los múltiples factores responden a una sola causa, es decir que los distintos órganos envejecen por un único mecanismo común. Distintas únicas causas han sido la base de las distintas teorías sobre el envejecimiento y la duración de la vida. Hay dos vertientes principales, la fatalista y la existencialista. La visión fatalista se asienta sobre la idea de que hay un límite prefijado para la duración de la vida y que ese límite esta determinado por la expresión de los genes. Una buena parte de esta visión es verdadera, ya que los humanos no desarrollamos nuestras vidas en 2 o en 400 años. La visión existencialista sostiene que la duración de la vida depende de la forma en que se desarrolla la vida, dentro de una concepción de uso-desgaste. La gran ventaja de esta última visión es que lleva naturalmente al desarrollo de estrategias para minimizar el desgaste.
Actualmente, entre las teorías del envejecimiento humano, la más aceptada y la más utilizada como hipótesis generadora de investigaciones es la teoría de los radicales libres. Esta teoría se originó hace 50 años sobre propuestas hechas por Rebeca Gerschman, discípula de Bernardo A. Houssay, y por Denhan Harman, de la Universidad de Nebraska. La teoría sostiene que los radicales libres se generan como productos secundarios de la respiración y que su efecto tóxico acumulativo lleva al envejecimiento. Es decir que existe un proceso de uso-desgaste, donde la máquina química que constituye a los seres humanos se daña gradualmente por la producción continua de moléculas tóxicas por el mismo organismo.
Los radicales libres son tóxicos por su acción oxidante sobre las biomoléculas. En su acción tóxica son controlados y neutralizados en las células por los antioxidantes. Tenemos dos clases de antioxidantes, los constitutivos y los dietarios. Los primeros, los constitutivos, son enzimas sintetizadas por las mismas células y por el momento, hasta tanto la terapia genética no los alcance, sus niveles en el cuerpo humano no resultan fácilmente modificables. Los segundos, los dietarios, la vitamina C, la vitamina E, los carotenoides y los flavonoides, son muy modificables en sus niveles en el organismo a través de la ingesta de frutas y verduras, o de suplementos vitamínicos. La situación de estrés oxidativo se da cuando hay un aumento de los radicales libres oxidantes o una disminución de los antioxidantes, lo que lleva igualmente a las células a situaciones sucesivas de disfuncionalidad, daño y muerte celular programada.
En agosto de 1997, el fallecimiento de Jean Calmet en Arlés a la edad de 122 años produjo una conmoción en el campo del envejecimiento humano. Si un individuo de nuestra especie biológica alcanzó esa edad, ése es el máximo reconocido de la duración de la vida humana. Actualmente hay 2 seres humanos con más de 114 años y 70.000 llamados “centenarios”, con más de 100 años. Paralelamente al interés por el límite de la duración de la vida humana se ha desarrollado un interés aún mayor por la calidad de vida de los humanos añosos. Por ejemplo, en los estudios de envejecimiento humano se toma en cuenta el número de días “libres de desagrado” por año. El objetivo es el de alargar la vida con miles de días agradables y placenteros.

Los modelos animales

Las investigaciones actuales sobre envejecimiento se desarrollan sobre la observación minuciosa del envejecimiento humano y sobre la experimentación animal.
La primera clase de investigación está constituida por estudios sobre los factores que modifican la calidad de vida y la duración de la vida. Estos estudios determinan la efectividad de tratamientos farmacológicos o quirúrgicos, y cada vez en mayor proporción, los efectos de la nutrición, del ejercicio físico moderado y de la estimulación psicológica sobre el proceso de envejecimiento.
La segunda clase de investigación utiliza animales experimentales (ratones, ratas, perros y monos; y también gusanos y moscas) para contestar las mismas preguntas, con la ventaja de los tiempos más cortos y de las menores limitaciones éticas. Los ratones y las ratas son los animales experimentales preferidos con una duración de la vida de 70 a 150 semanas (1 semana rata/ratón = 1 año humano), lo que resulta ventajoso para ir rápidamente descartando opciones y precisando los objetivos y las respuestas. Los muy interesantes estudios con monos Rhesus empezaron en 1990, pero el primero de ellos estará terminado recién en 2025. Este ejemplo ilustra claramente la conveniencia del uso de animales experimentales de vida relativamente corta. Con los animales experimentales hemos confirmado las observaciones y las recomendaciones habituales de los médicos clínicos y cardiólogos de que el ejercicio físico moderado y una dieta con adecuado consumo de vitaminas antioxidantes les alargan la vida a los ratones. Parece trivial, pero eso nos pone en posición de probar tratamientos en los ratones para después extenderlos a los humanos. Así, hemos observado que altas dosis de vitamina E o una actividad neurológica aumentada alargan la vida de los ratones. Una pequeña serie de drogas, llamadas “anti-aging”, han mostrado la capacidad de alargar la vida y de retardar el envejecimiento en los animales experimentales. Entre estas cabe mencionar a la acetil-carnitina, el enalapril, el ácido tiazolidín-carboxílico y el deprenilo, que han mostrado alargar 20-25 % la vida de los animales tratados.

Los adelantos recientes

La combinación de las investigaciones en animales experimentales y en humanos está dando muy buen resultado. El trabajo con los animales permitió llevar las dosis de las vitaminas, sin efectos secundarios o tóxicos, hasta niveles hasta hace muy poco considerados muy altos. La extensión del concepto a los seres humanos está en pleno desarrollo; recientemente se ha reconocido el efecto beneficioso de dosis relativamente altas de vitaminas B2 y E en el tratamiento de las temidas enfermedades neurodegenerativas. Se ha observado una mejoría de la actividad neuromotora en pacientes con enfermedad de Parkinson tratados con riboflavina (Coimbra y Junqueira, 2003) y una mejoría en la capacidad cognitiva en pacientes con enfermedad de Alzheimer tratados con vitamina E (Sano y col., 1999).
Hay una inquietud muy común acerca de si se deben tomar vitaminas antioxidantes y a partir de que edad. Un estudio reciente de la Universidad Federal de São Paulo comparó en humanos normales de más de 60 y de 20-30 años de edad, y observó que los más añosos tienen concentraciones plasmáticas de vitamina E y C menores, a pesar de ingerir una mayor cantidad de las dos vitaminas. Con la evidencia disponible, es razonable considerar que los hombres de más de 50 años y las mujeres de más de 40 años deberían suplementar su alimentación con 400 mg/día de vitamina E y con 500 mg/día de vitamina C.
Una muy reciente observación en animales indica que el ejercicio moderado aumenta la actividad de las enzimas antioxidantes, un refuerzo en la evidencia acerca del efecto beneficioso del ejercicio moderado en humanos añosos.
Por último, las investigaciones en animales están adelantando un efecto saludable de la actividad neurológica, espontánea e inducida, que lleva a un retardo en la pérdida de las capacidades cognitiva y neuromuscular asociadas al envejecimiento, al mismo tiempo que produce un alargamiento de la duración de la vida. La observación señala la importancia de la estimulación afectiva y de la actividad psicológica en los adultos mayores como reaseguro de un saludable mantenimiento de las funciones cerebrales.

 

Referencias Bibliográficas
–Boveris, A.; Costa, L. E.; Cadenas, E. (1999) En: Understanding the process of aging. (Cadenas, E.; Packer, L., eds.), Marcel Dekker, New York.
–Coimbra, C. G.; Junqueira, V. B. C. (2003), Braz. J. Med. Biol. Res. 36: 1409-1417.
–Navarro, A.; Sánchez del Pino, M. J.; Gómez, C.; Peralta, J. L.; Boveris, A. (2002), Am. J. Physiol. Regul. Integr. Comp. Physiol. 282: R985-R992.
–Navarro, A.; Gómez, C.; López-Cepero, J. M.; Boveris, A. (2004), Am. J. Physiol. Regul. Integr. Comp. Physiol. 286: R505-R511.
–Sano, M.; Ernesto, C.; Thomas, R. G.; Klauber, M. R.; Schafer, K.; Grundman, M.; Woodbury, P.; Growdon, J.; Cotman, C. W.; Pfeiffer, E.; Schneider, L. S.; Thal, L. J. (1997), New Engl. J. Med. 336: 1216-1222.

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ARQUEOLOGIA URBANA EN BUENOS AIRES

Ciudad oculta

La arqueología urbana nació como un área de investigación de carácter interdisciplinario; entrar al pasado de ciudades complejas como Buenos Aires significa sumarle a la arqueología la historia, poner los restos materiales junto a los documentos escritos y los gráficos –tres formas de registro diferentes– y usarlos juntos para interpretar el pasado.



Daniel SchAvelzon
Arquitecto, master en restauración de Monumentos Históricos y Arqueológicos y doctor en Arquitectura Precolombina (UNAM, México), fundador del Centro de Arqueología Urbana (UBA) y del área de arqueología urbana de la Secretaría de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

La arqueología es, en Argentina y en toda América Latina, una tradición científica que se remonta a casi un siglo y medio de historia. Al igual que otros campos del conocimiento científico, surgió lentamente y se fue definiendo a sí misma hasta lograr un estatus universitario, peléandose con la historia, la paleontología, la sociología y la historia del arte. Pero esa arqueología se conformó como una ciencia encargada de estudiar el pasado pre-histórico, es decir de antes de la existencia de documentos escritos, como único camino posible para hacer historia de antes de la historia. El resto del tiempo quedaba librado a los historiadores tradicionales y nada tenían que hacer los arqueólogos por esos territorios que, al menos en Argentina, comenzaban con la llegada de los españoles en el siglo XVI. Pero la realidad mostró que esto era una falacia, y que además de una simplificación era una decisión arbitraria sin sentido ya para la mitad del siglo XX.

Arqueología urbana: métodos y técnicas

La arqueología urbana nació como un área de investigación de carácter interdisciplinario; entrar al pasado de ciudades complejas como Buenos Aires significa sumarle a la arqueología la historia, poner los restos materiales junto a los documentos escritos y los gráficos –tres formas de registro diferentes– y usarlos juntos para interpretar el pasado. Esto no es fácil ya que el manejo de fuentes documentales diferentes –no es lo mismo un testamento que una olla– implica métodos (llamados “heurísticos”) y técnicas diferentes, pero no por eso es imposible. La arqueología de la ciudad también usa en forma habitual otras fuentes de información como la cartografía y la iconografía, sean planos, fotografía o pinturas y dibujos que nos relatan no sólo acerca de su objeto representado sino también acerca de cómo fue visto por quién hizo el plano o tomó la foto. Recordemos siempre que la historia ha sido escrita por un único sector social, las minorías que detentaban el poder –político, social, económico o religioso– y por lo tanto las grandes mayorías no están relatadas por ellos mismos sino mediatizados a través de los ojos de terceros. Obviamente tampoco están las otras minorías, las de los diferentes de cualquier tipo.
Todavía hoy la arqueología urbana no es tema de estudio sistemático en ninguna universidad del país. Quizás por su juventud o por los conflictos epistemológicos que implica el manejo de fuentes de información diferentes a las que los arqueólogos están acostumbrados, se ha producido una demora en su aceptación e incorporación. Pero lentamente se está introduciendo en el quehacer profesional y en el reconocimiento de la opinión pública. Los grupos de investigación existente en el país han servido como mecanismo de formación e integración de nuevos profesionales, entrenándolos directamente en las excavaciones, manteniendo siempre un sistema de interdisciplina.
¿Por qué nos interesa la ciudad? Por muchas razones: empezando porque es una forma de hábitat alrededor, o en la cual, se construyó la civilización; es uno de los mecanismos que la humanidad eligió entre los muchos posibles para reunir una masa de energía, pensamiento y relaciones sociales suficiente como para edificar las diferentes culturas que en la Tierra ha habido. Las ciudades son una de las más grandes creaciones de cultura humana en su historia; pese a todos los problemas que conllevan, nuestro mundo sería inimaginable sin ellas. Las ciudades actuales, aquí y ahora, son el resultado de un proceso histórico, de cambios constantes, cada día se demuele una casa y se construye otra de tal forma que las ciudades nunca son o han sido las mismas, a cada minuto cambian, son diferentes. Por estas razones, observando una ciudad en la actualidad es casi imposible imaginar cómo se vivía, qué se pensaba o cómo se establecían las relaciones sociales en otros tiempos, mucho menos conocer acerca de las condiciones de la vida material, en especial de los grupos sociales bajos. La historia de quienes vivieron en las ciudades se ha centrado en los grandes personajes, los héroes o las familias patricias. La mayor parte del legado material en los museos –salvo una honrosa excepción– corresponde precisamente a los grupos sociales más altos, al igual que la mayor parte de los esfuerzos de investigación y publicaciones a lo largo de un siglo lo han sido en pro de una historia que podemos llamar “oficial”: de batallas, militares, familias poderosas viajando a Europa y personajes notables. La arqueología histórica se hace preguntas sobre otros temas, al igual que la historia social, acerca de los grupos humanos mayoritarios, las etnias, las mujeres, los niños, los ancianos, y más que nada los marginados del poder y la riqueza. Hablamos de los esclavos africanos que llegaron a ser casi el 35 % de los habitantes de Buenos Aires, los indígenas libres o reducidos, los grupos que mezclando sangres y culturas fueron quedando fuera de la sociedad “bien” de sus tiempos. La arqueología urbana nos permite penetrar aunque sea un poco en la vida, sufrimientos y alegrías de esas gentes, tratando de entender como vivían, trabajaban o entendían el mundo que los rodeaba, desde la casa hasta la escuela [1].
Una vertiente en la arqueología urbana ha sido la que ha resignificado la importancia de los objetos pequeños, minúsculos. A diferencia de la historia del arte, preocupada por los cuadros, esculturas y monumentos, se ha logrado entender que los botones (¡inventados sólo recientemente, en el siglo XVIII!), los broches para el pelo (¿recuerdan las horquillas?), las bolitas de los chicos (invento de hace un siglo nada más), las monedas (con fechas y cambios cada año) o un escarbadientes modesto y proletario, son elementos que hablan de formas de vida, niveles sociales y costumbres diarias de la gente normal, las grandes mayorías, los que nunca fueron héroes o que no figuran en los libros de historia nacional.
Excavar en una ciudad construida no es un tema sencillo. No sólo por la velocidad del cambio urbano sino por los problemas que surgen al enfrentar las nuevas tecnologías de edificación: las técnicas de construcción son cada vez más rápidas y agresivas, tales como las demoliciones con topadoras, las excavaciones de grandes terrenos en pocos días o los estacionamientos subterráneos que ocupan manzanas bajo el suelo. Es en extremo difícil hacer trabajos y estudios cuidadosos cuando el tiempo vale fortunas, cuando las empresas de construcción cuidan cada minuto, cuando los recursos son pocos y cuando los sistemas de alteración del suelo son tan veloces que no dan tiempo a organizar la investigación.
La arqueología como ciencia ha construido métodos que permiten responder a preguntas acerca del pasado o el presente y la excavación es, obviamente, la forma habitual de penetrar hacia allí. Pero en las ciudades no se excava donde se quiere sino donde se puede; sería interesante excavar debajo de muchos sitios ahora construidos pero es imposible: porque ya está destruido –la mayor parte del subsuelo de Buenos Aires ya lo ha sido– o su propietario no lo autoriza. Para encarar esto los arqueólogos urbanos trabajamos de varias formas: la primera es mediante lo que se llama habitualmente “arqueología de rescate”, es decir que asumimos que todo conjunto de objetos del pasado que conforman un contexto es importante y su hallazgo casual, una demolición o la excavación de cimientos nos llevan a excavarlo y rescatarlo para su estudio. Este trabajo de bomberos, de emergencia, puede ser programado y nos abre puertas que no dejan de ser fascinantes.
Otra manera es establecer proyectos basados en temas o interrogantes: ¿cúando llegaron los cubiertos y los platos?, ¿por qué se pasó de cocinar el asado en vertical a la parrilla horizontal?, ¿cuál era el papel de la mujer, o los ancianos, en la ciudad?, ¿hubo cambios domésticos con los sucesos de 1810?, ¿se consumen helados en las plazas durante el invierno (se descartan los palitos)? Y así hasta el infinito. Una vez hechas las preguntas tenemos que establecer una estrategia que nos permita comenzar el trabajo: pero como ya dijimos es imposible excavar en todas las casas, sólo podemos hacerlo en algunas. De allí que sea necesario articular todo esto con un estudio muy serio sobre la historia de la ciudad, determinar los sitios que tienen mayor potencial para responder nuestras preguntas e investigar su factibilidad. Mucha gente al ver las excavaciones nos pregunta: ¿y cómo saben que aquí hay algo?, ¿cómo pueden determinar que lo que buscan está en este lugar y no en otro? Ese es precisamente el gran secreto: el estudio preliminar y el conocimiento de la ciudad que se tiene entre las manos. Para establecer una excavación hay meses y a veces años de estudios preliminares; búsqueda de las escrituras antiguas, los planos de los archivos, fotografías del frente y aéreas, referencias en los textos, cuentos de vecinos, y así se penetra lentamente en el pasado de un lugar.


Buenos Aires

De cuando Buenos Aires no era plana
Para los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, la ciudad es, básicamente, plana; y siempre lo fue. Es interesante, por el contrario, observar los grabados antiguos que muestran vistas de la ciudad y ésta estaba marcada por sus fuertes desniveles; las crónicas están llenas de referencias a las subidas, bajadas, zonas que se inundaban y arroyos que corrían caudalosos cuando llovía. Aún se denomina como “el bajo” a la zona de la avenidas Libertador y de allí hacia el río, mientras que la zona de la avenida Cabildo es “el alto”. Y la ciudad aún se inunda cuando llueve, buena prueba de que plana, no es. Y si no basta con caminar por los barrios de Núñez y Saavedra para ver las casas hasta cinco y seis metros sobre la vereda, o Parque Lezama con sus diez metros de altura (eran quince en origen), o el puerto detrás de la Casa Rosada, o la Boca cuando se inunda. Son los relictos de una ciudad que fue comenzada a aplanar a finales del siglo XIX y lo sigue siendo aún hoy, una gigantesca operatoria artificial para hacer plana una ciudad que no lo era. La arqueología lucha contra eso todos los días y las excavaciones muestran que hay restos de casas cuyos pisos han quedado varios metros por debajo de las casas actuales, mientras que otras fueron cortadas hasta en sus cimientos para bajar el nivel.
Los mecanismos tradicionales para observar lo que la arqueología denomina estratigrafía, es decir, secuencia de estratos o pisos o eventos ocurridos en un sitio, es sencilla: al excavar con cuidado y método se van viendo, uno encima del otro –aunque más o menos alterados– restos materiales que indican eventos o sucesos, humanos o naturales, como en las capas geológicas. En las casas, por ejemplo, era habitual colocar un piso nuevo encima de otro viejo, y todo esto está sobre la tierra anterior a la casa misma. Si abriéramos un pozo en nuestra misma casa encontraríamos esa secuencia que, si la asociamos a los objetos que pudieran haber caído, nos permitiría saber cuándo y en qué orden se fue haciendo o modificando la casa.

Arqueología y mitología urbanas
A veces las preguntas que la arqueología trata de responder sobre la ciudad son atenientes a la arquitectura misma: desde cómo se conformaron los parques y plazas hasta la historia de la primera casa que se hizo en algún lugar de la periferia donde las escrituras y los papeles no siempre existen o si los hay no son fiables.
Un ejemplo que ha llamado la atención es una pequeña casa ubicada en la calle San Lorenzo casi Defensa, conocida como la Casa Mínima y absurdamente atribuida a un esclavo liberto. Una profunda investigación de los documentos y la excavación de su interior permitió saber que nunca fue ni lo uno ni lo otro: era la entrada de servicio de la casa de la familia Peña construida en los inicios del siglo XIX; más tarde, la casa que ocupaba toda la esquina fue subdividida y alquilada en lotes pero un problema de escrituras –los papeles no estaban realmente en orden– dejó una lonja del terreno coincidente con esta entrada sin poder venderla por un tiempo. En 1916 se hizo una remodelación de las fachadas de los lotes menos este fragmento cuya propiedad estuvo en litigio por mucho tiempo quedando como una parte separada y más antigua que lo que se hizo en el resto del terreno; cuando se vendieron los lotes por separado se vendió éste y su dueño –ya en la década de 1960– procedió a cancelar las puertas que daban hacia el resto de la construcción transformándola ahí sí en una casa de tamaño mínimo. Pero reconstruir esta sintética historia fue el fruto de un esfuerzo interdisciplinario que partió de la no aceptación de la historia mítica, y profundizar en la arqueología y la historia el pasado del edificio hasta poder comprender su proceso de cambio a lo largo del tiempo.
Se han encarado varios proyectos que han penetrado por ese complejo mundo de mitos y leyendas; obviamente sin intentar destruirlas u ocultarlas ya que son hermosas fuentes para la poesía y la literatura; es más, los mitos se crean precisamente porque la gente los necesita, en especial en la ciudad es necesario construir hitos referenciales, lugares cargados de memoria y significación aunque allí no haya pasado lo que se supone que pasó. Valgan algunos casos: la casa del Virrey Liniers (en la esquina de H. Yrigoyen y Virrey Liniers, precisamente) y que le dio el nombre a la calle, estaba alejada por mucho de la que fue realmente su casa, la que había sido destruida el siglo pasado. Esta última gran mansión del barrio, recibió por traslado de la memoria colectiva ese estandarte, hasta que al ser demolida fue estudiada con la sorpresa de descubrir que si bien no era de un virrey, en cambio había sido la inspiración de Ernesto Sabato para su novela Sobre héroes y tumbas, que la había elegido precisamente por su imponencia y a la vez ser la última de su tipo cercana al centro de la ciudad, con sus jardines y añosas arboledas y un airoso mirador intacto. La presión del barrio obligó a estudiarla –lástima que no logró conservarse–, aclaró la historia pero se la connotó con una nueva carga de significados.

África en Buenos Aires
Acceder hoy a los objetos, restos de comida y sitios de habitación de esclavos africanos en Buenos Aires sirve no sólo para reivindicar el lugar que ocuparon en la construcción de nuestro país, sino también para entrar en aspectos que sería imposible conocer a través de otros medios. Los esclavos y por lo general los pobres y marginados no escribían, no dejaron relatos de su existencia, o si los hay son referencias escritas por jueces o funcionarios blancos. Hoy se puede empezar a ver, o complementar las visiones construidas por la historia social, con aspectos insospechados de nuestra cultura. Sólo imaginemos, siguiendo estas ideas, la existencia de una Buenos Aires negra, con sus idiomas, músicas, bailes, fabricación de ollas y objetos, vestimentas, colores y comidas africanos. En nuestro lenguaje quedan palabras como mucama, mondongo, tango, candombe, tamangos, mandinga y muchas otras que son africanismos puros.
Tomemos un caso concreto: la excavación que se hizo en la casa que fuera de doña María Josefa Ezcurra, cuñada de Juan Manuel de Rosas [2], en la calle Alsina 455 en Buenos Aires. Allí se levantaba en gran estado de deterioro lo que fuera una casa de importancia en pleno centro, y se decidió excavar en sus patios mientras se restauraba el edificio para el Museo de la Ciudad [3]. Pese a las muchas alteraciones y cambios que se hicieron en el fondo del terreno, se hallaron en la tierra fragmentos de la cultura material que mostraban una secuencia ininterrumpida de uso desde el siglo XVI tardío hasta la actualidad. Lo más antiguo era un grupo de cerámicas, huesos y grasa animal que fue fechado por el método del Carbono 14 para 1595 aproximadamente, es decir poco después de la 1a fundación de Buenos Aires en 1580. Para esa época el terreno debía estar vacío y era usado como lugar donde se arrojaba basura. Recién en el siglo XVIII los jesuitas construyeron una casa que alquilaban, la que tras muchos cambios y el agregado de un piso alto, llegó en el siglo XIX a ser usada por doña Ezcurra. Durante esos tiempos, el patio de atrás alojó a la servidumbre y los esclavos, que dejaron en la tierra el testimonio de su vida cotidiana: fragmentos de cerámicas rotas que usaron para juegos, piedras redondeadas y pintadas para las ceremonias de adivinación y sus religiones ocultas, y cuchillos hechos de hueso y vidrio ya que no se les permitía usar cuchillos. Incluso llegaron a usar sus propias cerámicas de color negro, cuya forma y decoración rememoran al África ancestral. También se halló un conjunto importante de objetos de las familias propietarias, vajillas de lujo, vasos y jarras de fino tallado en vidrio. Es decir, los dos extremos de la cruda realidad social que se vivía en una misma casa.
Pero para poder penetrar en lo que se llama cultura Afro fue necesario romper con un conjunto de axiomas imperantes en la visión del pasado: primero asumir con dolor que Buenos Aires fue uno de los más grandes puertos negreros del mundo, con mercados, casas de aislación, depósitos y todo lo relacionado con la trata negrera; segundo que los africanos, afros y luego afroargentinos formaron más del 30% de los habitantes de la ciudad –en Catamarca, Córdoba y La Rioja llegaron a ser el 60% y con su trabajo se edificó lo que hoy es Argentina–. También hubo que entender que es un mito el que las familias patricias tenían sólo un esclavo (siempre niños según los grabados de la época) para llevar el farol por la noche o para servir el mate a la señora; no hubo estancia, casa de nivel apenas medio hacia arriba, establecimiento de cualquier tipo o artesano que no tuviera esclavos y que su trabajo no fuera imprescindible. Es más, sin los esclavos la ciudad no hubiera podido existir.
La basura importada
En 1996 se hizo una excavación dentro del conocido lugar llamado Michelangelo, ubicado en Balcarce 433 de Buenos Aires. Ese edificio, cuyas fachadas de ladrillos remedan construcciones muy antiguas y en donde los sótanos estaban llenos de leyendas acerca de misteriosos túneles que allí debían existir, fue estudiado primero por la historia de la arquitectura y luego por la arqueología; el entrecruzamiento de la información obtenida por ambas vías nos permitió reconstruir la historia verdadera del sitio, la que si bien significó olvidarse de todos los mitos previos, dejó una historia mucho más fascinante.
El terreno se hallaba sobre la antigua barranca al río y había sido usado por los padres dominicos, donde construyeron su gran convento [4], pero durante el gobierno de Rivadavia buena parte de esa manzana fue expropiada y se abrió el callejón 5 de Julio para poder vender los terrenos a particulares, entre ellos el que estamos describiendo. Ese terreno y la esquina los compró la familia Huergo para construir una destilería, depósitos de mercaderías importadas y su propia casa, encargándole la obra al ingeniero inglés Eduardo Tay- lor [5]. Todo el conjunto estaba enfrentado a la antigua Aduana. Lo interesante de esto es que Taylor cortó la barranca al nivel más bajo para implantar su edificio y al hacerlo se encontró con el viejo pozo de basura donde los dominicos arrojaron su basura de la cocina durante mucho tiempo; de esa forma, sólo quedó el fondo del pozo cubierto por el piso del sótano del edificio hecho en 1848. Al excavar bajo el piso hallamos lo que restaba del pozo, y de allí se rescataron varios miles de objetos que permitieron entender la dieta y costumbres de esos religiosos entre 1780 y 1823.
Pero las cosas no siempre son fáciles para los estudios de arqueología urbana. Por suerte, por encima de ese pozo se hallaba un sótano construido por los obreros para cimentar el edificio. Ese espacio fue usado por ellos mismos como basural y para tirar el escombro que se generaba en la obra y de esa manera levantar el nivel de los pisos: por primera vez se tuvo la posibilidad de estudiar los restos dejados por un grupo social tan especial, los obreros de la construcción, en una época temprana en la cual convivían esclavos con blancos y mestizos pobres.
Los resultados fueron muy interesantes ya que al comparar ese basural con el inferior se logró comprender también las diferencias entre grupos sociales. Valga un ejemplo: ambos tenían una dieta muy variada de carnes rojas y blancas, aunque los curas comieron más pescado –por las prohibiciones de comer carnes rojas– y los obreros más aves. Pero la verdadera diferencia estaba, a nuestro parecer, no en que una dieta era variada y la otra monótona, sino en que ambos grupos llegaron a la heterogeneidad por diferentes vías: unos por buscar en el mercado todos los días lo más barato y los otros por lujo gastronómico.
Otro aspecto que llamó la atención al excavar esos conjuntos de restos materiales fue que permitieron cerrar otra hipótesis que, desde hacía tiempo, surgía cada día a la vista pero era difícil demostrar totalmente: que la ciudad de Buenos Aires fue desde sus inicios mismos una sociedad que no sólo miraba a Europa –aunque no exclusivamente a España– sino que la vida cotidiana estaba conformada por objetos importados en su enorme mayoría. El que así fuera abría una puerta para contrastar esto con lo que sucedía en otras ciudades del país en las cuales parecía ser al revés: la enorme mayoría de los objetos eran de manufactura local. ¿Desde cuándo era esto así? La respuesta mostró que en todos esos casos la cifra de lo importado estaba muy por arriba del 90%, no importando si se trataba de ricos o pobres; unos estaban a la moda, los otros reusaban objetos descartados por los más ricos, pero todos eran objetos producidos en el exterior. Y cuando tuvimos además contextos aún más antiguos –uno de ellos en la calle Moreno al 300 llegó a los inicios del siglo XVII–, pudimos observar que en realidad había una curva ascendente desde la Fundación hasta el siglo XX, en la cual los porcentajes variaban pero en esencia todos tendían a lo mismo, el uso de lo importado: ricos, pobres, talleres artesanales –excavamos una herrería jesuita–, familias completas o mujeres solas, hospitales o esclavos, fuera en el centro urbano o en la periferia, de una forma u otra y en proporciones que iban del 70% al 100%, se fue perfilando un modelo de economía y de sociedad muy peculiar. Se estaba comprendiendo formas de comportamiento social, de imaginario colectivo, de aspiraciones y posibilidades reales, de toda una ciudad.

La vida doméstica
Otra excavación que permitió comprobar la hipótesis del uso de objetos importados fue la realizada en los parques de Palermo de la ciudad de Buenos Aires. Este sitio de la ciudad se creó como paseo público en lo que fueran los terrenos del Caserón de Juan Manuel de Rosas, por esa razón los restos de ese edificio y sus obras anexas aún permanecen bajo el pasto y los árboles. La excavación de esos restos tuvo por objeto aumentar los conocimientos acerca del edificio, –verdadero paradigma de la arquitectura porteña del siglo XIX temprano– a la vez que averiguar algo más sobre su vida doméstica. En este caso, ese último aspecto quedaba velado por el peso de los hechos políticos ahí transcurridos, que desdibujaban lo cotidiano por remarcar a Rosas, sea para retractarlo o para denigrarlo. Resultaba importante observar pautas de comportamiento de quien fuera una de las personalidades que definieron el país, y por ejemplo podemos citar que su vida hogareña no fue muy diferente de la de cualquier familia adinerada de la ciudad; pese a que él mismo hizo la primera ley que prohibía las importaciones –para desarrollar la artesanía y la industria en el país–, su vajilla y hasta las baldosas de sus pisos fueron traídas desde Francia e Inglaterra. ¿Contradictorio?: sí y no, todo depende de cómo veamos el funcionamiento de la realidad en esos tiempos. Rosas difícilmente pudo haber accedido a otro tipo de objetos en una ciudad en la que las manufacturas casi no existían.
La familia Cobo-Lavalle, que fue estudiada al excavar el pozo de basura que les perteneció entre 1860 y 1890, mostró en cambio aspectos inusitados que nos llevan al terreno de lo personal, del individuo que está detrás de lo que se descarta. Entre los varios miles de objetos (casi 4000) que se rescataron, hubo muchos dedicados a actividades intelectuales: por ejemplo, portaobjetos para microscopio, pinceles de pintor (de artista), un catalejo, lápices, tinteros y extraños corales, todo lo que nos habla de intereses poco habituales, pero también hubo fusiles, espuelas y sables. Y lo más extraño fue la presencia de objetos de uso sexual y placas de porcelana con relieves pornográficos hechos hacia 1820 aunque descartados mucho más tarde. Aquí es cuando la arqueología se mete por derroteros diferentes a los antes vistos, cuando la sociedad se transforma en personas concretas, con sus deseos y sus falencias.

Los túneles bajo la ciudad
Otro de los grandes desafíos de la arqueología en Buenos Aires ha sido el intentar explicar la realidad y mitos relativos a los viejos túneles que, en forma constante, son descubiertos o redescubiertos. Lo que se ha logrado establecer es que hay dos tipos de construcciones subterráneas en la ciudad: la más antigua es una red no terminada de túneles que iniciaron los arquitectos jesuitas en el siglo XVII y que nunca fue completada. Quedan fragmentos de esta red bajo la Manzana de las Luces y el Cabildo y posiblemente haya otros tramos que no llegaron a unirse entre sí por la expulsión de la orden en el siglo XVIII. Pero aparte de éstos hay numerosas obras hechas bajo tierra, algunas incluso son más antiguas que las ya citadas, y se trata de pozos de agua, pozos ciegos, cisternas de agua para los aljibes, sótanos, cavas de vinos y hongos, cámaras hogareñas para mantener la temperatura de la carne o la cerveza, pasadizos para cañerías, agua, carbón o para entrar y salir de los sótanos. Estas obras fueron comunes hasta el final del siglo XIX en que la tecnología del frío, la electricidad y las comunicaciones las hicieron obsoletas. El mejor ejemplo es el túnel del arroyo Tercero del Sur, coincidente con la actual calle Chile en el Bajo y luego Independencia hacia Constitución. Este arroyo fue entubado bajo una enorme bóveda de ladrillos de 3,50 metros de diámetro entre 1860 y 1870; pero al hacerse las Aguas Corrientes veinte años más tarde quedó todo fuera de uso y fue rellenado con basura y escombro. Cada tanto se reencuentra parte de este túnel y causa asombro aunque su antigüedad no es tanta. Hoy en día una parte de este arroyo entubado puede visitarse en las calles Chile y Defensa.

De esta forma, el inicio del siglo XXI puede ver a las ciudades con ojos diferentes a los tradicionales: como ciudades con un pasado rico y significativo, pero que necesita ser estudiado, rescatado y preservados. Centros urbanos con más de cuatro siglos de historia en la cual participaron diferentes grupos sociales y étnicos, que fueron construidas con el esfuerzo y el trabajo de muchas generaciones cuyos logros deben ser respetados. Lo que sabemos sigue aún siendo muy poco y a veces lo sabido no es exactamente la verdad sino sólo una de las múltiples interpretaciones posibles. Todas las historias son explicaciones del pasado hechas desde el presente, con sus defectos y logros, con sus debilidades e intereses. De allí que sea necesario continuar con el estudio tanto de nuestro pasado como de nuestro presente, y la arqueología urbana ha demostrado ser una de las vías idóneas para esa aventura del pensamiento: el reflexionar sobre nosotros mismos.


Notas
[1] Los libros y textos sobre el período colonial americano asumen que la casa de la ciudad de Buenos Aires era del tipo llamado “de tres patios”; un estudio en el Archivo General de la Nación que incluyó todos los planos allí existentes mostró que ese tipo de vivienda representaba exclusivamente el 8%; el 92% restante era diferente. Es cierto que esas casas de tres patios eran las más ricas e importantes, pero eran realmente una estricta minoría.
[2] Juan Manuel de Rosas (1793-1877), hacendado federal que fue gobernador de Buenos Aires y luego de toda la confederación durante 23 años.
[3] El Museo de la Ciudad de Buenos Aires está ubicado en la calle Alsi-na 412.
[4] Actual manzana de avenida Belgrano, Defensa, Balcarce y Venezuela.
[5] El ingeniero inglés Eduardo Taylor también dirigió las obras de construcción de la Aduana Nueva, también llamada Aduana Taylor, en el año 1855. Desde la Plaza Colón se pueden ver las ruinas de su patio de maniobras.

Para ampliar el tema:
–Daniel Schavelzon (1999), Arqueología de Buenos Aires, Buenos Aires, Editorial Emecé.
–D. Schavelzon (1991-1998), Arqueología histórica de Buenos Aires (4 tomos), Buenos Aires, Editorial Corregidor.
–D. Schavelzon (1992), La arqueología urbana en la Argentina, Buenos Aires.
–D. Schavelzon (2000), The Historical Archaeology of Buenos Aires: a City at the End of the World, Kluwer Academic/Plenum Press, New York.

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ANIMACIÓN MULTIMEDIA PARA leer LA CIUDAD

Navegando la transformación urbana

Cualquier nueva arquitectura se inserta, “tiene lugar”, en un contexto histórico. Las imágenes de la Buenos Aires histórica nos han sido veladas por la formidable ola de transformaciones de fin de siglo (y las siguientes olas), que a la vez que construían lo nuevo borraban casi completamente lo anterior. El proyecto “Historia Urbana e Imagen Virtual de Buenos Aires” intenta la construcción de modelos que naveguen virtualmente la percepción de la transformación urbana. La herramienta multimedia promete una inédita forma de rescatar y sintetizar el conjunto de la iconografía que en los diversos soportes registró la historia de la transformación urbana.




Alberto Boselli* y Graciela Raponi**

*Arquitecto (UBA) y Lic. en Filosofía (USAL). Profesor Ajunto de Historia de la Arquitectura en la FADU-UBA. Investigador del IAA. Con la arq. Raponi codirige desde 1986 en el IAA-FADU-UBA, los proyectos UBACYT “Arquitectura y Cine” y desde 1994, “Historia Urbana e imagen Virtual de Buenos Aires”, y las Mesas Cine-Ciudad (1999). Coordinador del Seminario de Crítica del IAA.

**Arquitecta, FADU-UBA, donde reasume la iniciativa del arq. Moro fundando en 1986 la Dirección de Cine-Video (“Centro Comunicacional de la Imagen”-“Cine-Video”-“Centro Audiovisual”) y la Videoteca FADU, desde donde despliega y apoya las iniciativas de la Facultad en esa línea, que culmina en la creación de la Carrera de Diseño de Imagen y Sonido.

 

La imagen de Buenos Aires, la de su génesis y transformación a lo largo del tiempo, está testimoniada en la iconografía, que en parte duerme en los archivos y en parte está difundida en las publicaciones gráficas, en filmes y videos y hasta en soportes digitales [1]. A partir de mediados del siglo XIX, la fotografía inicia una nueva era en la documentación histórica. Particularmente, la historia urbana de Buenos Aires contó con daguerrotipistas que llegaron a registrarla antes de 1850. El cine es la nueva fuente de iconografía urbana a partir del 1900, en el género documental y de ficción. El proyecto “Historia Urbana e Imagen Virtual de Buenos Aires” intenta la construcción de modelos que naveguen virtualmente la percepción de la transformación urbana, sintetizando con herramientas multimedia el conjunto de estas fuentes icóni- cas [2]. Así como el video abrió una vía de acceso nueva al cine y a los materiales fílmicos guardados en los archivos, la herramienta multimedia promete una inédita forma de rescatar y sintetizar el conjunto de la iconografía que en los diversos soportes registró la historia de la transformación urbana. Las redes para intercambiar información están siendo construidas [3]. Lo que falta destrabar son los hábitos para trasladar el patrimonio de trabajos de investigación y de nuestros archivos iconográficos a estos nuevos soportes comunicacionales, y empezar a explorar las posibilidades de manipulación que ellos ofrecen, para construir la herramienta que facilite la lectura de la ciudad.
Con los reservorios de iconografía urbana de Buenos Aires más accesibles, se empezó en 1995 a formar bases de datos experimentales en soporte video. El archivo fotográfico del IAA (Instituto de Arte Americano, FADU-UBA), las ediciones de cartografía e iconografía del mismo IAA y de la Biblioteca FADU, y los albúmenes de fotografías del Museo de la Ciudad y del Museo de la Casa Rosada fueron esas fuentes iniciales, y también el archivo en video de la Buenos Aires retratada por el cine, que se venía formando a partir de un anterior proyecto de investigación [4]. Se agregaron materiales provenientes del CEDIAP, del CEDODAL, del archivo de cartografía del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires y de coleccionistas particulares.
Los primeros experimentos de recorridos espacio-temporales por el casco céntrico y la costa simularon programas digitalizados que permitieron buscar a voluntad diversos caminos sincrónicos o diacrónicos, desde la ciudad del siglo XIX hasta el presente. Con el video como soporte y la isla de edición como laboratorio, se hizo de este material un conjunto de modelos exploratorios de recorridos virtuales “no inmersivos” [5] por el casco histórico. Como la transformación de los contextos urbanos era lo que interesaba, se necesitaban visiones de conjunto en las que ir verificando la inserción de los edificios. Se simuló así un programa digitalizado interactivo, al que se le pedía “a voluntad”, movimientos espaciales y navegaciones temporales.

Algunos supuestos teóricos

La ciudad es un objeto artístico especial. Su unidad como obra de arte no puede percibirse directamente como en los demás objetos artístico-visuales que se encuentran acabados de una vez para siempre. Es una obra colectiva y se despliega en el tiempo. Su condición de obra de arte no le deviene de la suma de los objetos arquitectónicos u ornamentales que pueda contener. La ciudad como objeto artístico es el contexto. Es un texto. Una estructura de significación donde los objetos arquitectónicos son sólo frases [6]. Este acceso a lo urbano despliega su primaria dimensión visual, como una prótesis de memoria conteniendo tramos de su transformación física, soporte sobre el cual otras dimensiones, como la simbólica, económica, tecnológica, proyectual, etcétera, encuentren base en la que implantarse.
Los proyectistas y las elites protagonistas de la construcción de la ciudad contaron en el siglo pasado con dos fuentes básicas: “Las teorías y libros de imágenes” que les ofrecía la tratadística importada, y “el escenario desde donde miraban [7]. Los dibujos del Arq. Carlo Zucchi y sus proyectos para Buenos Aires, como el “apparatto scenografico per festeggiamenti” que propone sobre el fondo del Cabildo y la calle San Martín, o su proyecto para el Paseo de Julio, son un ejemplo muy gráfico del peso que para un profesional europeo tenía ese escenario preexistente. Lo dibuja con el mismo rigor que su propio proyecto [8].
Este “escenario desde donde” era pensada la ciudad a construir nos ha sido velado por la formidable ola de transformaciones de fin de siglo (y las siguientes olas), que a la vez que construían lo nuevo borraban casi completamente lo anterior. Sin una lectura del entorno propio, sin memoria visual, la teoría flota en el vacío. La ciudad en la que se vive es la portadora de la experiencia básica del habitar. Norberg-Schulz acude al viejo concepto de “genius loci”, espíritu del lugar, o carácter del lugar. No se trata de una esencia en sentido platónico, sino de un comprender, cuidar, expresar, un lugar, eso que está allí, un objeto del pasado en el presente a interpretar. Cualquier nueva arquitectura se inserta, “tiene lugar”, en un contexto histórico. Para este autor, la base de la educación arquitectónica es el lugar, la teoría y la historia del lugar [9].
Panofsky rescata este término, “iconología”, con el que designa el método de interpretación histórica que, superando los aspectos meramente descriptivos y clasificatorios de la iconografía, elabora a partir de ellos interpretaciones de la cultura de una época. Algo análogo al salto desde la etnografía hacia la etnología, o de la cosmografía a la astronomía (evitando la astrología, acota el mismo Panofski). Partiendo del significado del icono y de su contenido, hacia relaciones contextuales y hacia hipótesis sobre comportamientos de una época [10]. La experiencia de estar trascendiendo lo meramente descriptivo de cada imagen es lo que se intenta con estas “simulaciones” en soporte video.
La lectura de la herencia visual ha quedado retrasada en la “Galaxia Gutemberg”. Se espera siempre del lenguaje y de la idea la verdad y la interpretación, relegando la imagen a una función secunda- ria [11]. Sin embargo, como dice María Elena Walsh, “es la simplificación la que destruye el juego del pensar; un pensamiento puede ser simple; una imagen nunca”.
“La ideología encuentra una expresión a veces más directa y más grávida en la articulación de signos visibles, la forma en que se dispone el espacio social, atestigua efectivamente cierto orden soñado del universo.” [12] “Si examinamos el producto visual del artista (pintor, fotógrafo, cartógrafo, etc.), sus operaciones de referencia no se producen simplemente en las confrontaciones del mundo físico... la experiencia visual es mucho más compleja y a veces parte de conjuntos perceptivos no menos “reales” de “mundo físico”, y que Gombrich llama “mundo óptico “ y “apariencia” [13].
Confiamos con Garroni en hallar en la imagen kinética, una manera de hacer hablar a la realidad, “de introducir en el fluir indiferenciado e infinitamente ambiguo de la realidad, algunas opciones, unas determinadas direcciones de lectura que nos permitan captar la realidad como algo determinado e inteligible” [14].
Bruno Fortier propone como objetivo de su Atlas de París: La Metrópolis Imaginaria, “establecer cuáles son las fuentes imaginarias desde las cuales el estudio urbano acoge las transformaciones. El problema de las raíces de nuestro vocabulario formal, y el sentido del material del que disponemos cuando trabajamos” [15]. La interrogación sobre el rol de las representaciones en la formación de las identidades urbanas, “las múltiples relaciones tendidas entre el campo de las imágenes visuales y literarias, y las ideas, actividades y espacios urbanos” que fue el objetivo al que convocó el Coloquio “Buenos Aires 1910-El Imaginario para una Gran Capital”, preparatorio de la exposición de 1999 [16].

Metodología

Marina Waisman, siguiendo a Foucault, propone en los años 70 la metáfora arqueológica como metodología previa a la construcción de la historia. Reunir “material arqueológico, construir un instrumento para el conocimiento histórico tal que, lejos de obrar limitando o restringiendo el campo, contribuya a su apertura y obligue al replanteo de las nociones que tradicionalmente han presidido su comprensión” [17].
La base de datos, incluso sistematizados, no deja de ser mera iconografía. Es la experiencia de operar el sistema, de experimentar en isla de edición o en el ordenador, sintetizando cadenas de imágenes, lo que constituye una experiencia nueva de reconstrucción de memoria visual. Hay una etapa anterior en que (con tijera y goma de pegar hasta hace poco, o con programa “Photoshop” ahora) se arman las inserciones, cubrimientos y des-cubrimientos con las imágenes urbanas seleccionadas, o se tridimensionaliza la cartografía mediante una axonométrica de base, sobre la que se insertan los edificios a escala. Pero es en la verificación de las secuencias icónicas donde se construye y se “descontruye” la experiencia virtual de la mirada anterior. Si se logra poner en pantalla “rastros “, diferencias y continuidades; si se propone una lectura abierta, con infinitas reescrituras posibles; quizá más que un método tenemos una práctica de deriva y libre asociación; una práctica de “deconstrucción”, según Calabrese [18].
Hemos llamado “simulaciones” a un conjunto de secuencias armadas en video, porque se las pensaba como modelos de interactividad digital simulada. Para Bettetini, la simulación es instrumento significante fundamental: construye un modelo interpretativo (hipótesis teórica) y hace la verificación empírica de la funcionalidad y adecuación de ese modelo [19].
Algunos experimentos en soporte video

Visión a vuelo de pájaro. Aproximación aérea al damero de la Buenos Aires del Virreinato (año 1770). Plano tomado en escorzo. Se convierte en axonométrica del damero recortado por la costa. Visión desde el S.E. Esta grilla axonométrica es la base en la que van insertándose los edificios nuevos o sus cuerpos agregados. Se vuelve a usar de nexo entre cada serie de imágenes con unidad temática para marcar el impacto de cada edificio en el conjunto, y para desplazar el enfoque hacia un nuevo sitio o tema. Se usó una técnica de animación por corte.
Para el tema de la apertura de la Avenida de Mayo se hizo un cambio de ángulo, para ponerse en el eje de la Avenida, pasando en seis cortes de la axonométrica a un punto de fuga central y una aproximación al ala norte del Cabildo. El objetivo era la simulación de una orden a la computadora de visualizar de cerca el inicio de las demoliciones en 1887, y del proceso de conformación de la Avenida de Mayo. La axonométrica se amplía (efecto de alejamiento del observador) para abarcar las obras de Puerto Madero, en un movimiento sur-norte (dibujo esquemático, en borrador).
Panorámicas desde la torre del Concejo Deliberante hacia el este, desde la torre “Alas” hacia el sur, y desde las fotos aéreas de Buenos Aires desde el Aire [20] tratadas con un procedimiento artesanal de troquelado, van al encuentro de las apariciones, transformaciones y desapariciones, y viceversa, de los principales hitos del casco céntrico. Contextuales, como Puerto Madero, o puntuales, como la Aduana de Taylor, cuya playa de maniobras reaparece o resucita, entre Plaza Colón y la Casa Rosada, tras las excavaciones de los años 70, como un enigma para la mayoría de los porteños actuales que no haya visto estas navegaciones virtuales.
Visión panorámica. Por medio de un collage lineal de fotos de la costa (circa 1890), se hace una recorrida de la costa en “travelling” lateral. El tramo sur, con la estructura del viaducto aún existente muestra un paisaje costero del tipo desprolijo que Liernur caracteriza como “ciudad efímera” [21], hasta llegar al “Molino de San Francisco” y “Rentas Generales”. A partir de la Aduana, el cambio en el frente acuático se hace notorio. Aunque la playa de maniobras del ferrocarril le da un carácter industrial, y la misma Estación Central (entre 1875 y 1897) son elementos que no encajan en la vocación paisajística del sitio. De hecho, son eliminadas en apenas veinte años (demasiado poco para objetos urbanos, pero no cuando se está saltando de aldea a metrópolis) para volver a una suerte de reconstrucción del Paseo de Julio en la Av. Leandro Alem; más monumental aunque sin el río. Los rellenamientos de la costa avanzan con la construcción de Puerto Madero en la que aparece como la más radical transformación física de la historia de la ciudad (lo cual no obsta para que los frentes sobre el nuevo bulevar se sigan construyendo con recova).
Collages y des-cubrimientos. Visualización de procesos de transformación edilicia mediante una animación por cortes: a partir de fotos a las que se les superponen collages que tapan lo nuevo y retrotraen a la visión anterior. Así se recorre la transformación de la Plaza de la Victoria en Plaza de Mayo, a partir de fotos de la Recova Vieja en las que no está el Teatro Colón (viejo), y luego aparece (1855), para convertirlo en Banco..., la apertura de la Avenida de Mayo (1886...). Visualizando la demolición de la Recova Vieja, acaso el objeto urbano más de mayor importancia que se podía apreciar hasta 1880, los espectadores suelen manifestar un cierto estupor. Se hizo en ocho cortes, a partir de la estupenda fotografía existente en el archivo del IAA, tomada desde el piso alto del Cabildo en 1883. Allá se ven los obreros con sus piquetas en lo alto del pórtico central de la Recova, recortados contra el fondo panorámico que va desde el Colón hasta los frentes gemelos de la Casa Rosada en gestación. Se es testigo virtual de la aparición de la Plaza de Mayo (en mayo de 1884). Los diarios de la época venían reclamando su demolición desde hacía años. Cuando se vio el resultado hicieron mutis [22].
Paneo con lente de aproximación. Se logra un travelling lateral dentro de una foto como la mencionada de la demolición de la Recova, dando un efecto cinematográfico. Una narración visual tipo “plano-secuencia” (varios temas visuales sin corte). Este efecto se potencia aún más cuando se logra pegar varias fotos sin solución de continuidad, o con nexos dibujados, como en las panorámicas de la transformación de la Plaza de la Victoria.
Seguimiento de etapas de un edificio. La transformación del solar del Fuerte hasta llegar a la Casa Rosada actual se compuso combinando las anteriores técnicas, pero principalmente el crecimiento del edificio final, como conjunto, se visualiza en una animación por superposición de dibujos axonométricos recortados [23].
Enfoques coincidentes en el tiempo. Encadenamiento de imágenes que enfocaron un mismo sitio desde un punto aproximadamente repetido en distintas épocas. Emeric Vidal y Pellegrini, con sus grabados y aguadas, coincidieron sorprendentemente con daguerrotipos de Fredricks y fotografías de Coppola, como anticipando determinadas intenciones urbanas en sitios singulares de Buenos Aires.

Algunas conclusiones

El soporte video sigue siendo por ahora el vehículo eficaz y accesible para comunicar grupal o masivamente la memoria visual de la ciudad. Las herramientas digitales –como la página Web o el CD Rom– están siendo usadas en el campo de la geografía y la historia urbana, transitar animaciones y movimientos resulta aún “pesado” para estos soportes. Pero los programas de animación digital complementan la artesanía en video con la que se trabajó en la primera etapa. Se posibilita una lectura nueva de los contextos conocidos, mediante un virtual “haber estado presente”, en los tiempos de proyectaciones y construcciones de las cuales deriva la imagen conocida de la ciudad. Aquel fue el “escenario desde”, el contexto velado a la visión actual. Acceder a él equivale a una prótesis de memoria urbana que genera otras condiciones de inteligibilidad a la mirada actual.

Siete temas urbanos del siglo pasado son los que producen un mayor impacto en los espectadores:
a) la Recova “Vieja” (1803-1884);
b) la Aduana de Taylor y los muelles de cargas y de pasajeros (1855-1897);
c) la construcción del ferrocarril costero hacia el sur (1865...) y su Estación Central con su ramal hacia el norte (1875-1897), reemplazando la terminal del tranvía a caballo;
d) la demolición de la Recova Vieja (1884) y la transformación por etapas del Fuerte en la “Casa Rosada” generando el nacimiento de la Plaza de Mayo [24];
e) la apertura de la Avenida de Mayo (1886-94);
f) la construcción de Puerto Madero y la Avenida Leandro Alem-Paseo Colón, que incluye la demolición de la Aduana, de la Estación Central y el desmonte del viaducto ferroviario de la costa (1891...);
g) las transformaciones urbanas del alto y el bajo Retiro [25].

Siete grandes gestos urbanos estructuradores, de los cuales los cuatro últimos incluyen deshacer los tres primeros, en una vertiginosa aceleración de la historia física de la ciudad. Pero la construcción de Puerto Madero es la que genera el corte más contundente con la ciudad del pasado, al borrar la línea de la costa, y con ella la imagen básica de la ciudad.
Reconstruir dinámicamente y transitar virtualmente, de ida y vuelta, estas brechas, saltos, rupturas, continuidades y discontinuidades de la memoria visual, traspasar estas fronteras de los imaginarios urbanos, encontrar eslabones perdidos, y perder otros supuestamente firmes es la sustancia de este experimento.

Notas
[1] Segre, Roberto y equipo, CD Rom: Buenos Aires. IAA-FADU-UBA,1999.
[2] “HISTORIA URBANA E IMAGEN VIRTUAL DE BUENOS AIRES.” Proyecto UBACYT. AR 011 - Graciela Raponi y Alberto Boselli.
[3] REDAR. Red de Centros de Documentación y Archivos de Arquitectura.
[4] Raponi, Graciela y Boselli, Alberto, “La arquitectura argentina en el cine mudo”. Cuadermos de Critica del IAA, 1989. Buenos aires cinematográfica. Archivo en soporte video. IAA-FADU-UBA.
La lectura desde el cine, de la ciudad y sus sitios se inició con el Proyecto UBACYT “Buenos aires cinematográfica-Arquitectura y cine” y el archivo en soporte video que los autores vienen formando desde 1987, en la Dirección de Cine y Video (hoy Centro Audiovisual), y en el IAA, FADU-UBA, y en la Videoteca FADU (continuando una iniciativa anterior del Arq. Osvaldo Moro) y se continuó en las Mesas Cine/Ciudad de 1999 en el IAA. En los seminarios conferencias sobre Locaciones cinematográficas y en la materia Historia del Arte, en la Carrera de Imagen y Sonido FADU-UBA, 1995, en la que el práctico de taller son las locaciones para el film Falso viaje por el mundo - Sin salir de Buenos Aires.
[5] Dorta, Tomás, V., “Entendiendo la realidad virtual”. Arquitectura Digital Realidad Virtual, Nro. 7., septiembre 1999.
[6] Norberg Schulz, Christian, Existencia, espacio y arquitectura, Ed. Blume, Barcelona, 1975.
[7] Schmidt, Claudia, “Mirada y recepción de las principales teorías y libros de imágenes. Tratadística de arquitectura en la Argentina, 1820-1920”. Cuadernos de Crítica IAA-FADU-UBA, 1995.
[8] Aliata, Fernando y Munilla, María, Carlo Zucci y el neoclasicismo en el Río de la Plata, Eudeba, Buenos Aires, 1998.
[9] Norberg-Schulz, Op. Cit.
[10] Panofsky, Erwin, El significado de las artes visuales, 1955.
[11] Calabrese, Omar, El lenguaje del arte, Ed. Paidós, Barcelona, 1982.
[12] Ramírez, José A., Edificios y sueños; Duby, G., Historia social e ideología, Cuadernos de Teología, Vol.12, N° 2, Madrid, 1992.
[13] Calabrese, Op. Cit.
[14] Garroni, Emilio, Proyecto de semiótica. Mensajes artísticos y lenguajes no verbales. Ed. G. Gili, Barcelona, 1973.
[15] Fortier, Bruno, “Atlas de París – La metrópolis imaginaria”, Domus, N°712, París, 1990. (Veinte lugares de París son recorridos en el tiempo por medio de maquetas superpuestas, en el Institut Francais d´Architecture.)
[16] Coloquio “Buenos Aires 1910 - El imaginario para una gran capital”. Asociado al Getty Seminar “Imagin the City in the Americas: Deformation and Display of Urban Identity Around 1910”, FADU-UBA, The Getty Center for the History of Art, Santa Monica, California, Buenos Aires, 11/1995.
[17] Waisman, Marina, La estructura histórica del entorno, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires (3ra. ed.) 1985.
[18] Calabrese, Op. Cit., págs. 130 y 131.
[19] Bettetini, Gian F., Videoculturas de fin de siglo.
[20] Manrique Zago, Buenos Aires desde el cielo, Ed. Manrique Zago, Buenos Aires, 1999.
[21] Liernur, Jorge y Silvestri, Graciela, El umbral de la metrópolis – Transformaciones, técnicas y cultura de la modernización de Buenos Aires – 1870-1930, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1993.
[22] Boselli, A. y Raponi, G., “Gestación del imaginario Plaza de Mayo”. Cuadermos de Critica del IAA, N° 85, Buenos Aires, 1998.
Gutiérrez, Ramón y Bergman, Sonia, “La Plaza de Mayo. Escenario de la vida argentina”, Cuadernos del Águila, Fund. Banco de Boston, Buenos Aires, 1995.
[23] Del Solar del Fuerte a la Casa Rosada, video de 10’ realizado por Graciela Raponi y Alberto Boselli, Videoteca FADU. El video de 15’ Buenos Aires. Viajando en el tiempo está siendo editado (diciembre, 2003).
[24] Raponi, G. y Boselli, A., “El Mirador Retiro y la memoria visual de la ciudad”. Cuadermos de Critica del IAA- FADU-UBA, 2001 (hay video en etapa de edición, diciembre 2003).
[25] Berjman, Sonia; Di Bello, Roxana, y Magaz, María. Plaza San Martín. Imágenes de una Historia. Ed. Nobuko, Buenos Aires, 2003

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Participación ciudadana en los servicios públicos

Límites y posibilidades

Tras una larga década de gestión privada de los servicios públicos, el derrumbe económico de 2001 puso sobre el tapete la necesidad de reformular por completo los términos pactados en los contratos y, con ello, redefinir las condiciones de regulación estatal. Actualmente, los proyectos en danza pretenden fortalecer el papel del Estado en materia de planificación y control de los servicios, pero, por lo que ha podido trascender, la participación institucionalizada de los representantes de los usuarios en los entes reguladores no termina de plasmar en la propuesta gubernamental.



Mabel Thwaites Rey* y Andrea López**
* Doctora en Teoría del Estado (UBA). Docente e Investigadora, Facultad de Ciencias Sociales (UBA).
** Magister Scientiarum en Administración Pública (UBA), Docente e Investigadora, Facultad de Ciencias Sociales (UBA).
La cuestión de la participación de los representantes de los usuarios en los entes reguladores no es menor, ya que la redefinición de la relación entre el Estado controlador y los usuarios de servicios en la posprivatización trae a la discusión un eje clave: la participación ciudadana en la toma de decisiones de política pública. Asimismo, dicha problemática remite a la pregunta del para qué participar. Desde una óptica más acotada, se reivindica la participación de los ciudadanos-usuarios y sus asociaciones sólo como una posibilidad para contar con una mayor diversidad de fuentes de información. Así planteada, la participación asume un fin técnico-funcional: a través de diferentes formas de consulta se rescata el aporte de la experiencia de actores sociales a los efectos de satisfacer necesidades de retroalimentación del propio aparato del Estado (Cunill Grau, 1997).
Pero analizado desde otros planos, el involucramiento de los usuarios no es únicamente un insumo para una gestión más eficaz, sino que implica admitir que la responsabilidad de la exigencia de cuentas a los prestatarios de los servicios públicos no puede recaer sólo en el Estado, y que la propia ciudadanía receptora de los servicios debe tener incidencia sobre el control. En esta línea, la participación social se expresa como requisito básico de los arquetipos de reforma destinados a “publificar la administración” y que, como parte de este objetivo, deberían propender a enfrentar tres ejes: “la apropiación privada del aparato público, la actuación autorreferenciada del aparato de Estado y la falta de responsabilidad pública” (Cunill Grau, 1997: 224).
A los efectos de romper la visión unilateral de la administración, cabe advertir un grado de efectividad diferente entre las posturas consideradas. Como puede observarse en el caso argentino, en materia de participación de los ciudadanos-usuarios lo primero que salta a la vista es el incumplimiento de las disposiciones constitucionales sobre los derechos de los consumidores y las reticencias político-burocráticas y empresariales para institucionalizar ámbitos que incluyan la perspectiva de los destinatarios de los servicios. En aquellos procedimientos instrumentados –como las Audiencias Públicas–, las posiciones de los usuarios han tenido un grado relativo de incidencia en las decisiones de política. En este sentido, la configuración actual del “mapa” participativo se referencia con aquellos modelos de carácter más “consultivo” que “resolutivo” y, como tal, de menor efectividad a la hora de “publificar la administración” (Cunill Grau, 1997).

Los mecanismos de participación

Las Audiencias Públicas y la conformación de instancias en los entes reguladores
En cierta medida, podría considerarse que el espacio mayoritariamente aceptado por los reguladores para canalizar la participación de los usuarios y/o de sus asociaciones ha sido el de las Audiencias Públicas, en las que se pueden exponer sugerencias y propuestas acerca de temas específicos relativos al funcionamiento de los servicios. Sin embargo, la reglamentación vigente de este mecanismo acota la injerencia de los usuarios a una instancia de consulta. En efecto, el carácter no vinculante de las opiniones vertidas en las audiencias públicas, la decisión de convocatoria unilateral a cargo del regulador y la falta de uniformidad respecto de aquellas cuestiones que ameritan su tratamiento coartan la posibilidad de utilizar a las audiencias como medio privilegiado para la concertación (López y Felder, 1997). Asimismo, las reglamentaciones no especifican plazos concretos ni para la publicación de la convocatoria, ni para dar a conocer las resoluciones una vez sustanciada la audiencia, quedando sujeto al arbitrio de las autoridades de los entes la publicación de las decisiones tomadas.
A juicio del conjunto de las asociaciones de usuarios, la instrumentación de este mecanismo pone al descubierto los problemas-clave de la regulación: notorias asimetrías de información y desigualdad de recursos técnicos entre las partes, junto a posibles situaciones de “captura” empresarial. Esta captura no es teórica, porque el mismo tipo de acceso que tienen las empresas respecto del órgano de control vuelve completamente asimétrica la situación para los usuarios y da lugar a que prime la racionalidad económica de los empresarios y que se tomen en cuenta sus puntos de vista. La vieja práctica burocrática estatal, que actuaría en beneficio de sí misma, se reemplaza por la de un cuerpo que termina siendo casi un delegado de los intereses privados de las empresas, constituyéndose casi en una suerte de “burocracia adicional” de los privados.
Respecto de la participación en los entes reguladores, la reforma constitucional del año 1994 incorporó, entre los derechos de los usuarios, el de la “necesaria participación de las asociaciones de usuarios y consumidores y de las provincias interesadas en los organismos de control de los servicios públicos” [1]. Tal disposición aún no posee la reglamentación correspondiente y la mayoría de los entes tampoco ha creado los canales institucionales para hacerla efectiva. El único caso en que se ha reconocido formalmente la representación de los usuarios es el del Ente Tripartito de Obras y Servicios Sanitarios (ETOSS), que primero previó la creación de una “Comisión Asesora ad honórem” que quedó virtualmente diluida tras la conformación de la “Comisión de Usuarios”.
La “Comisión de Usuarios”, instaurada a partir de 1999 [2], está compuesta por un representante con voz y voto, designado por cada una de las entidades de usuarios y consumidores que cumplen con los requisitos dispuestos por la Ley de Defensa del Consumidor. De esta forma, la Comisión cobró vida con la participación de ocho asociaciones [3] y para su desenvolvimiento se le ha asignado una suma mensual que proviene del presupuesto del ente regulador. El Directorio del ETOSS debe someter a su consideración las propuestas de modificación en los regímenes y/o cuadros tarifarios, en los planes de inversión y/o expansión de los servicios, en la calidad y/o cantidad de los servicios a prestarse, y en el reglamento y/o regímenes de atención y reclamos de los usuarios. A su vez, la “Comisión de Usuarios” puede considerar y pronunciarse sobre cualquier tema que estime relevante para la defensa de los intereses de los usuarios de los servicios de la concesión. En ambas situaciones, estos pronunciamientos y opiniones emitidos no revisten el carácter de vinculantes.
En lo que hace a los demás entes de control, las opiniones respecto de la posibilidad de viabilizar la participación de los usuarios expresa visiones diferenciadas. Sin embargo, en todos los organismos existe una mayor predisposición a mantener conversaciones con las distintas entidades para la resolución de situaciones específicas, antes que a garantizar un espacio institucionalizado en los propios organismos.
Probablemente, la consolidación de instancias de participación de carácter decisional y ampliado dependerá –en mayor medida– de la efectiva capacidad de presión de sociedad, a través de las asociaciones de usuarios, aunque las existentes todavía no demuestran una postura uniforme en torno del sentido de la participación. Actualmente, estas entidades concentran sus esfuerzos en la atención de reclamos de los usuarios, trasladando al ámbito de la asociación una tarea propia de la administración. En este marco, no parece clara la voluntad de trascender su accionar como prestadoras de servicios para constituirse en una forma genuina de organización de los usuarios. Por otra parte, si bien se autodefinen como representantes de los usuarios, no se observa una preocupación sostenida por su llegada a sectores más vastos de la población –lo que puede estar ligado a la falta de recursos– y, fundamentalmente, por incrementar la participación dentro de las propias asociaciones. De esta forma, los usuarios con menores capacidades de hacer visibles sus necesidades y plantear sus reclamos con expectativas de ser escuchados quedan muy débilmente representados, en contraposición con aquellos sectores dotados de mayores recursos organizativos.

Conclusiones

De acuerdo con lo mencionado hasta aquí, puede plantearse que el esquema participativo vigente constituye una herramienta destinada a “oír al público” más que a “publificar” la administración y, como tal, requeriría de nuevos arreglos o acuerdos institucionales a los efectos de quebrar la “actuación autorreferenciada de la administración” (Cunill Grau, 1997).
Por lo general, la discusión se ha acotado a la participación de los usuarios en los entes de regulación. En tal sentido, la primera objeción formulada por la mayoría de los funcionarios y especialistas es la relativa al llamado riesgo de “captura a la inversa”, es decir, que los usuarios actuales tiendan a privilegiar su situación presente, prefiriendo pagar menores tarifas por mayores niveles de calidad, sin considerar las necesidades de inversión para satisfacer las demandas futuras, que deberían solventarse con mayores ingresos provenientes de las facturas que se abonan mensualmente. Amén de existir en este razonamiento un prejuicio sobre la supuesta “irracionalidad” y cortedad de miras de la masa indiscriminada de “usuarios”, también se oculta el hecho opuesto: la empresa, librada a su criterio, puede privilegiar la obtención de ganancias –lo que ha ocurrido hasta ahora– o renovaciones tecnológicas costosas y de opinable utilidad social presente y futura.
Es preciso reconocer, sin embargo, que la participación de ciudadanos-usuarios en los entes de control conlleva otro tipo de problemas. El primero, y más básico, es cómo se establece la representación. Para la definición básica de aspectos centrales, es preciso garantizar mecanismos amplios de consulta pública. En cuanto a la participación específica en cada ente, el interrogante surge a la hora de definir quién puede ejercer una representación legítima y a través de qué mecanismos se la decide.
Partimos de la convicción de que es mejor que existan representantes de los usuarios en los entes a que no los haya. Asumimos que siempre está presente el riesgo de que tales representantes sean “capturados” por el interés empresario o que persigan fines distintos a los originales. Sin embargo, el remedio nunca puede ser eliminar la participación para conjurar el peligro de su desviación. La solución pasa por abrir lo más posible los mecanismos de control y los canales de participación. Pero tampoco cabe depositar absurdas expectativas en un participacionismo masivo. En primer lugar, porque dada la multiplicidad de ámbitos en los cuales desarrolla su vida la mayoría de las personas (laborales, educativos, religiosos, vecinales, recreativos, acción solidaria, etc.), lo común es que sólo destinen a algunos de ellos (si acaso lo hacen) algún tiempo extra para intervenir en las resoluciones que competan a dichos ámbitos. En segundo lugar, porque no es la masividad sino la posibilidad real de participar lo que legitima un espacio de deliberación y de decisión colectivas.
Como bien señala Cernotto (1998), entre los derechos de los ciudadanos, ocupados en trabajar y garantizar su propia subsistencia está el que otros se encarguen de la definición y administración de lo público. Pero más que un derecho, esta opción de delegación suele estar forzada por las exigencias del tiempo de trabajo que se consume en reproducirse, característico de una sociedad productivista y alienante. Después de invertir casi todo el día en ganarse el pan y atender las obligaciones familiares y personales básicas, ¿los ciudadanos, las personas comunes y corrientes, tienen tiempo y energía para invertir en actividades colectivas voluntarias y en forma sostenida, como sería participar en el control de la gestión de un servicio público que consumen? Y aun si tuvieran tiempo, ¿tendrían deseos de destinarlo a tales tareas públicas?
Está visto, entonces, que cuando se plantea la participación no puede pensarse en multitudes en permanente estado deliberativo, ni tomar esto como paradigma para descalificar cualquier instancia de acción común más acotada. De lo que se trata es de que todas las personas, sin exclusión, tengan la oportunidad de hacer oír su voz y de incidir en las decisiones que puedan afectarlas. De este modo, tendrán el derecho y la oportunidad de involucrarse más en un determinado ámbito aquellas que así lo deseen. Y para que no se arroguen de manera permanente la representación de todas las demás ni perviertan la participación en beneficio propio, es preciso que se establezcan mecanismos claros y sencillos de selección, duración y rotación de cargos y revocabilidad de las designaciones. Hacerlo es técnicamente posible, máxime en la era de la informatización, que provee las herramientas tecnológicas necesarias para facilitar la publicidad de las acciones públicas y para recabar la información indispensable (Thwaites Rey y López, 2003).

Bibliografía
–Cernotto, Diana (1998), “La política de espaldas a la política”, en: Administración Pública y Sociedad, IIFAP, Nº 11, Córdoba.
–Cunill Grau, Nuria (1997), Repensando lo público a través de la sociedad. Nuevas formas de gestión pública y representación social. Caracas, CLAD-Nueva Sociedad.
–López, Andrea y Felder, Ruth (1997), Nuevas Relaciones entre el Estado y los Usuarios de Servicios Públicos en la Post-Privatización. INAP-DIEI, Serie II, Documento Nº 30, Buenos Aires.
–Thwaites Rey, Mabel y López, Andrea (2003), Fuera de control. La regulación residual de los servicios privatizados, Buenos Aires, Temas.

Notas
[1] Art. 42, Constitución Nacional Argentina.
[2] Resolución ETOSS Nº 38 del 21 de abril de 1999.
[3] Según consta en el Acta de Constitución del día 20 de mayo de 1999, ellas son: Adelco, Adecua, Proconsumer, Unión de Usuarios y Consumidores, Consumidores Activos, Consumidores Argentinos, Consumidores Libres y Cruzada Cívica.

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EL GENERAL MOSCONI, YPF Y AMÉRICA LATINA

El petróleo argentino

Sin solicitar un solo dólar al extranjero, financiada exclusivamente con el petróleo que extraía, el primer director de YPF, el general Enrique Mosconi, desarrolló una de las más importantes industrias petroleras del continente, que influyó decisivamente en las políticas a seguir en la materia por numerosos países de América Latina. Hacia 1930, la doctrina nacional petrolera quedaba perfectamente estipulada con hechos y palabras. El monopolio estatal en todas las etapas: exploración, extracción, transporte, destilación y comercialización; el rechazo a la empresa mixta y la nacionalización de todas las etapas de la industria petrolera. El golpe de Uriburu supondría el primer freno a tan ambiciosa y exitosa obra.



FEDERICO BERNAL
Bioquímico y biotecnólogo (Facultad de Farmacia y Bioquímica, UBA),
especializado en microbiología industrial.

 
El primer director de YPF, el general Enrique Mosconi, asumió el cargo de la petrolera estatal el 17 de octubre de 1922. Sin solicitar un solo dólar al extranjero, financiada exclusivamente con el petróleo que extraía, Mosconi desarrolló una de las más importantes industrias petroleras del continente. Su plan original era el del nacionalismo integral en materia de petróleo. Modificó esa opinión en 1925 y propuso, en consonancia con el sistema de la Anglo Persian, la sociedad mixta del Estado con las empresas extranjeras. Volvió a su proyecto inicial en 1928 al expresar que “no queda otro camino que el monopolio del Estado pero en forma integral, es decir, en todas las actividades de esta industria: la producción, la elaboración, el transporte y el comercio [...], sin monopolio del petróleo es difícil, diré más, es imposible para un organismo del Estado vencer en la lucha comercial a las organizaciones del capital privado”. Subrayaba, además, que para defender los yacimientos petrolíferos argentinos de las acechanzas de los consorcios extranjeros se requería “una magnífica insensibilidad a todas las solicitaciones de los intereses privados concordantes o no con los intereses colectivos, pero sobre todo hace falta un poder político capaz de contener todas las fuerzas opuestas” [1].
Los yacimientos fiscales produjeron 320.863 m3 en el año 1922 [2] y las compañías particulares 97.972. En 1923, la producción estatal fue de 381.868 m3 y 114.932 la particular. En 1924, los yacimientos fiscales produjeron 506.919 metros cúbicos y 168.200 las empresas particulares. Las cifras correspondientes al año 1925 fueron: producción por YPF, 589.922 m3; particular, 333.691, y al año siguiente: 680.870 m3 contra 477.674 respectivamente. A lo largo de esos años, el consumo interno también registró aumentos [3].
El 10 de enero de 1924, como consecuencia de una solicitud de Mosconi, el Poder Ejecutivo dictó un decreto mediante el cual se ampliaba la reserva petrolífera fiscal al sur y creaba nuevas reservas de exploración oficial en los territorios nacionales de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Por un nuevo decreto del 30 de octubre, se autorizó a YPF a realizar perforaciones de exploración y avanzada en tierras libres de pedimentos mineros de la zona de Comodoro Rivadavia.
La producción conjunta de Comodoro y Plaza Huincul fue para el mismo año de 474.602 metros cúbicos. La flota petrolera de la empresa se componía de 10 unidades con un total de 24.003 toneladas. Por entonces, la destilaría de Comodoro empezaba a elaborar aeronaftas de excelentes cualidades [4], hecho particularmente significativo para Mosconi desde que en 1922, y ante la negativa de un gerente de una compañía extranjera de proveer de aerocombustible, juró trabajar por la eliminación de los factores que le imponían al país una situación de dependencia.
En 1927, la producción fiscal de petróleo fue de 802.026 metros cúbicos (casi un 50% más que en 1922, de los cuales el 76,6% era estatal) y de 508 pozos productivos en el conjunto de los yacimientos. Mientras que las ventas de subproductos aumentaban, las importaciones de nafta bajaban. Un año después se aprobaba el convenio celebrado entre YPF y los Ferrocarriles del Estado sobre operaciones de transporte de petróleo y derivados.

El ejemplo de YPF

YPF crecía sostenidamente; la valiosa experiencia argentina debía ser contada y reproducida. Entre 1927 y 1928, Mosconi realizó un viaje interamericano en el que atacó a las compañías petroleras internacionales e impulsó una política petrolera latinoamericana coordinada. El primero en seguir el ejemplo argentino fue el Uruguay. A principios de 1929, Edmundo Castillo, ministro de Industria del Uruguay, realizó una visita oficial para inspeccionar las instalaciones de YPF y entrevistarse con su director general [5]. Mosconi lo recibió cálidamente y subrayó las ventajas económicas de una refinería de propiedad nacional, pero también aconsejó a su huésped que organizara una corporación gubernamental para comercializar los productos de la refinería. Estas ideas fueron la semilla de ANCAP (Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland), la corporación de energía estatal que el Congreso uruguayo creó en 1931. Dos años después, el gobierno de Montevideo autorizó a ANCAP a comenzar la construcción de la gran refinería de La Teja y la organización de un sistema nacional de bocas de expendio [6]. El 6 de julio de 1935, el presidente de la flamante compañía estatal invitó formalmente a Mosconi a presenciar la ceremonia de inauguración de dicha refinería.
El ejemplo de YPF también influyó poderosamente en Bolivia. En 1936, luego de la guerra del Chaco, se creó Yacimiento Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), una corporación de propiedad estatal organizada sobre el modelo de la ya famosa empresa estatal argentina. El primer presidente de YPFB, Dionisio Froianini, alabó “los éxitos brillantes de YPF argentinos” que son “una nota altamente honrosa no sólo para la Nación Argentina sino para América Latina toda” [7]. Tres meses después, el presidente Toro decretó la expropiación de la Standard Oil Company of Bolivia, alegando que había violado los términos de su concesión. La confraternidad petrolera alentaba decisiones políticas de peso contra las compañías extranjeras.
En Brasil, donde la empresa estatal se constituiría recién en 1938, durante el gobierno de Getulio Vargas, la ideología de Mosconi y el modelo de YPF brindaron una inestimable y vigorosa colaboración. El 14 de julio de 1938, la Academia de Ciencias y Arte de Río de Janeiro reconoció la labor de Mosconi otorgándole su medalla de oro. Al año siguiente, el general Horta, primer presidente del Conselho Nacional de Petróleo (CNP), se entrevistó con Mosconi, quien una vez más subrayó que las refinerías estatales resultaban esenciales para permitirle al CNP fijar los precios en el mercado brasileño. En un debate en el Club Militar de Río, en 1947, Horta sostuvo que las experiencias argentina y mexicana probaban que los monopolios petroleros estatales beneficiaban a toda la economía nacional, mientras que los monopolios privados encadenaban a los países al imperialismo. Petrobras surgiría recién en 1953, durante el segundo gobierno de Vargas.
Producto de una invitación oficial del gobierno colombiano, Mosconi también visitó aquel país. Llegó en un pequeño barco frutero de la United Fruit, la cual, según sus palabras era “otra empresa que, en actividades distintas, plantea en los países del Caribe igual situación que la Standard en el mundo” [8]. En un hotel de Barranquilla conoció de visita al coronel Yates, que representaba a capitales ingleses y cuyos deseos de dominio de los yacimientos petrolíferos colombianos dieron origen a situaciones de resonancia mundial. Era la lucha contra los intereses norteamericanos, los mismos que chocaban con el viejo imperio en la Argentina, y que contribuyeron indirectamente a la creación de YPF. En Colombia, Mosconi cultivó la amistad del diputado Montalvo y la del presidente Méndez, con quienes tuvo largas conversaciones sobre el tema petrolero. “Es necesario –le dijo el presidente al argentino– cuidarse de esos intereses que se vinculan a fuerzas políticas y sociales del país, pues llegan a detener o torcer la mano de los gobernantes”[9]. Por entonces, Colombia tenía un solo yacimiento en explotación, el cual en realidad estaba bajo la administración de la Andian Co., filial de la Standard Oil. La producción apenas bastaba para Bogotá y sobre su fijación de precios se hacía valer un hipotético viaje del producto hasta las destilerías americanas para volver después al país. Refiere Mosconi que en Colombia “no llegó a sancionarse de manera definitiva la salvadora ley –se aprobó una de emergencia– que propiciaban el Dr. Méndez y su ministro, el Dr. Montalvo”. La acción del director de YPF se limitó a señalar el trabajo realizado por la estatal argentina, ofreciéndoles una perspectiva de sus proyecciones y consecuencias.
Por último, la influencia del argentino desembarcó en México. Los lazos entre Petróleos Mexicanos (actual empresa petrolera de ese país) e YPF se remontan a la década del veinte y tienen como protagonista ilustre al entonces director general de YPF. Relata Mosconi en su libro El petróleo argentino que para el año 1927 recibió una carta del ministro argentino en México, Dr. Eduardo Labougle, en la que paralelamente al anuncio del envío de sendas publicaciones petroleras de aquel país, se le informaba de una interesante conversación que había sostenido con el entonces presidente de la República, Gral. Plutarco Elías Calles[10]. Contaba Labougle que el presidente le había manifestado el interés por invitar –en carácter extraoficial– a un especialista en legislación petrolera y a un técnico o ingeniero en petróleo. Mosconi aceptó la propuesta del presidente; fue él mismo quien se colocó a disposición del primer mandatario mexicano, con la intención de concretar una visita de “observación y estudios, obteniendo una cooperación recíproca que diera recíprocos beneficios”. El presidente de la República, doctor Alvear, autorizó la realización del viaje.
El director de YPF llegó a México en la noche del 30 de enero de 1928. Dos días después sería recibido por el presidente en el castillo de Chapultepec. Pero el hecho más trascendente –para argentinos y mexicanos por igual, lo mismo que para el insigne visitante– fue sin dudas su discurso en el paraninfo de la Universidad de México, a principios de febrero del mismo año. En su libro citado, Mosconi refiere que el ingeniero petrolero Paredes, a cargo del Boletín del Petróleo de la Secretaría de Industrias, le transmitió al final de su visita que dicha publicación reproduciría su conferencia en la Universidad. El interés mexicano por el desenvolvimiento petrolero argentino superaría las expectativas de Mosconi. En 1930, dos años después, la misma publicación alababa la labor de Mosconi y señalaba que México debía seguir el ejemplo argentino [11]. La idea de una empresa estatal fue ganando fuerza y culminó en los famosos decretos de expropiación del 18 de marzo de 1938, con los que el presidente Lázaro Cárdenas ordenó la inmediata nacionalización de toda la industria petrolera mexicana.

La doctrina nacional petrolera

Mientras Mosconi difundía la tesis de la nacionalización y monopolización del petróleo en América Latina, en la Argentina y durante el segundo gobierno yrigoyenista la explotación exclusiva por el Estado era defendida por la gran mayoría de los legisladores personalistas (yrigoyenistas), enfrentando la postura antinacional de los antipersonalistas y los conservadores. Estos últimos planteaban la formación de compañías mixtas de YPF con trusts extranjeros. Por suerte, triunfó la tesis yrigoyenista con el respaldo de la tendencia nacionalista e industrialista del ejército, capitaneadas por los generales Enrique Mosconi y Alonso Baldrich. En la ley de nacionalización del petróleo aprobada tuvo influencia el memorial que el general Baldrich dio a publicidad con los siguientes puntos:
1-Nacionalización de todo el combustible.
2-Monopolio estatal de la explotación.
3-Control estatal de la exploración.
4-Monopolio estatal del transporte del combustible.
5-Autonomía de YPF.
6-Prohibición de transferir las concesiones.

Semejante obra de nacionalismo económico no podía ni debía ser aceptada. El contubernio (oposición a Yrigoyen conformada por conservadores, antipersonalistas, comunistas y socialistas independientes) acrecentaba su poder en el Parlamento y en el Ejército con la ayuda invisible del herido capital extranjero.
El viejo caudillo, el primer presidente elegido por el mandato popular, concitaba el odio del imperialismo. Había reducido de 132 mil a 35 mil hectáreas las tierras en poder de las empresas petroleras; implantado la explotación estatal en Salta, es decir, centralizada por el gobierno nacional; impedido que las fuentes hidroeléctricas en Córdoba se traspasaran a un sindicato norteamericano; hecho aprobar por la Cámara de Diputados un proyecto de régimen legal del petróleo (rechazado por el Senado y declarado inconstitucional por la Suprema Corte de Justicia) y negado a las empresas de tranvías de la Capital Federal y del puerto de Rosario sus pretensiones en materia de tarifas y fletes. Un proyecto de convenio con la Unión Soviética rebasó la medida de la tolerancia de los monopolios anglonorteamericanos. Por primera vez, la Argentina hacía una negociación de esa índole de Estado a Estado. La empresa soviética Iuyamtorg, instalada en Buenos Aires, se comprometía a entregar 250 mil toneladas de petróleo, a cambio de cueros, lana, extracto de quebracho, ovejas y caseína [12]. En cuanto a la nafta, se fijaba su precio en 10 centavos por litro, lo que suponía una rebaja en el mercado interno.
Hacia 1930, la doctrina nacional petrolera quedaba perfectamente estipulada con hechos y palabras. El monopolio estatal en todas las etapas: exploración, extracción, transporte, destilación y comercialización; el rechazo a la empresa mixta y la nacionalización de todas las etapas de la industria petrolera golpeaban con furor las puertas de la Cámara alta. De esta manera, la ley de nacionalización del petróleo –que no pudo ser concretada, producto de la oposición en el Senado– fue, quizá, la gota que rebasó el vaso, propiciando, entre otras muchas causas, el golpe militar de septiembre.
El 6 de septiembre era derrocado Yrigoyen; tres días después serían detenidos Mosconi y Baldrich; el primero, separado de su puesto de director de YPF e “invitado” a exiliarse a Europa. Al dar la noticia de la caída del gobierno constitucional, el New York Times expresaba: “Yrigoyen combatió los propósitos de los Estados Unidos. Washington espera una mayor cooperación del nuevo régimen político. El presidente argentino rehusó designar un representante aquí. Luchó contra la Doctrina de Monroe” [13].

Notas
[1] Julio Notta, Ley de Hidrocarburos y Liberación Nacional.
[2] La Revista de Economía Argentina, en una publicación de 1938, le asignaba a 1922 una producción estatal de 348.888 metros cúbicos y una privada de 106.610. Carl E. Solberg, Petróleo y Nacionalismo en la Argentina, pág. 112, NA.
[3] Enrique Mosconi, El petróleo argentino, pág. 435.
[4] YPF: una Empresa al Servicio del País. 1922-1972.
[5] Castillo, que viajó acompañado del químico Goslino, visitó la planta de almacenaje de Dársena Sur y, posteriormente, la Destilería de La Plata. De regreso a la Capital, los huéspedes manifestaron la intención de realizar algo semejante a YPF en su país. Una vez en Montevideo, Castillo le dirigió una carta a Mosconi en la que le comunicaba “haber sometido al Consejo Nacional, el proyecto de creación de la Refinería de Petróleo del Estado, en cuya confección usted me ha prestado una tan decisiva como valiosa ayuda[...] Las luchas económicas del presente son, a través de los tiempos, una reproducción de las que nos dieran la independencia política y en las que sólo incidencias que se pierden en el conjunto de la gran empresa, los pueblos latinos de Sur América y principalmente los ríoplatenses, actuaron de consuno y se apoyaron con calor de hermanos. Estoy seguro de no excederme en el elogio al decir que la colaboración del Gobierno argentino, para que mi país se libere de la dependencia extranjera para el abastecimiento de combustibles, armoniza con la obra de próceres de Mayo, que lucharon por la soberanía de su tierra y la de los pueblos hermanos”. E. Mosconi, El petróleo argentino, págs. 231-232.
[6] Enrique Mosconi, Ob. cit.
[7] Carl Solberg, Ob. cit., pág. 268.
[8] E. Mosconi. Ob. cit., pág. 226.
[9] Ibíd., pág. 227.
[10] Durante el gobierno del General Calles entró a regir la Constitución de 1917, cuyo artículo 27 –y según el mismo Mosconi– es el código más completo y que más ampliamente haya defendido los intereses petroleros de un país. La reforma constitucional de 1917 estableció el principio de la soberanía y dominio del Estado federal en los yacimientos del petróleo. La suerte de la cuestión petrolera en México estaba echada. La combinación Carranza-Calles-Cárdenas lograría en casi dos décadas nacionalizar y expropiar el petróleo.
[11] Solberg. Ob. cit., pág. 271.
[12] Dicho convenio no llegó a concretarse. Véase Rodolfo Puiggrós, Historia Crítica de los Partidos Políticos en la Argentina, tomo I; Jorge Abelardo Ramos, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, tomo II.
[13] The New York Times, 7 de septiembre de 1930.

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Luis A. SantalÓ: matemático enseñante *

El maestro genero


Ana Diamant
Coordinadora del Archivo Testimonial y Documental
de la Facultad de Psicología, UBA

“El impulso extraordinario que imprimió Rey Pastor a la matemática argentina en las primeras décadas del siglo pasado fue continuado por otros matemáticos que se hicieron cargo de su legado... Un lugar prominente entre esos insignes continuadores ocupa la figura de Luis Antonio Santaló.” [1]

 

 

El Dr. Luis Santaló nació en Gerona, España, en 1911, y falleció en Buenos Aires el 22 de noviembre de 2001. Estudió Matemática en Madrid y Alemania, y al finalizar la Guerra Civil Española emigró a la Argentina, lo que fue muy importante para el desarrollo de la matemática en nuestro país y su enseñanza. Durante sus primeros años en Rosario, completó sus trabajos iniciados en Alemania sobre la Geometría Integral que le dieron fama internacional, al punto de que el nombre de esta disciplina quedó asociado al del Dr. Santaló, su fundador. Como docente, “presentaba una matemática viva, en constante evolución, llena de problemas, que dejaba en sus alumnos el sentimiento de que había un horizonte por descubrir, para investigar. El Dr. Santaló ha sido siempre generoso con su tiempo e ideas para con sus alumnos” [2].

Entre la herencia y la decisión

“A la docencia yo la ubico de la siguiente manera: primero de herencia. Mi padre era maestro, maestro de escuela primaria, mis hermanas eran maestras, unos tíos también. Era una familia de educadores. Era una carrera mediana que se podía hacer en la ciudad en que vivíamos. Había nacido en Gerona, donde había hasta segunda enseñanza y el magisterio. Después, si uno quería estudiar medicina o ingeniería, tenía que trasladarse a Barcelona o a Madrid, a un lugar grande. La carrera de magisterio servía para ingresar a la universidad. Yo no ejercí de maestro, pero el ambiente era ése.
En el fondo, yo quería ser ingeniero. Pero los primeros años de ingeniería eran comunes con ciencias exactas y me gustó más que la práctica de dibujo o la técnica de ingeniería.
Al terminar la carrera fui profesor de enseñanza media y después en la universidad. Mi primera experiencia como profesor fue recién recibido en la licenciatura. Debía tener 21, 22 años, por concurso. Era una época en la que empezaron a crearse nuevos establecimientos y faltaron profesores.
No estudiábamos materias pedagógicas. Yo oficialmente nunca las estudié. Lo aprendí por experiencia, pero nunca estudié didáctica, pedagogía, psicología de la adolescencia, esas materias que son tan importantes para los profesores de enseñanza media. Tenía la gran ventaja de ser maestro y de que toda mi familia lo era, mis padres, mis tías. Supongo que en la familia el maestro actúa un poco como el educador que es en la escuela.”

El impacto de la guerra

“Terminé la licenciatura, era profesor de enseñanza media en un instituto de Madrid y obtuve del Consejo de Investigaciones Científicas de aquella época, que llamaban Junta para la Aplicación de Estudios, una beca para estudiar en Alemania. Fui un año.
A la vuelta, cuando estaba preparándome para concursar en la Universidad, viene la guerra civil y entonces cambió radicalmente la vida. Yo nunca había tenido espíritu aventurero y nunca sospeché que tendría que pasar a América, como muchos inmigrantes.
Mi razón fue obligada. Estuve dos o tres años en la guerra, en el arma de aviación. Salí bien, pero con todos los traumas que uno queda, sobre todo cuando es derrotado, muy abatido. Pasé a Francia, campos de concentración...”

América, Argentina, Rosario…

“Por suerte, como aquí estaba el Dr. Rey Pastor, que había sido profesor mío en Madrid y llevaba años en la Argentina, y había otro español de bastante influencia, el ingeniero Terradas, obtuve el permiso para entrar en la Argentina. Me buscaron un puesto en la universidad y fui a parar a Rosario. No tuve que cambiar mi profesión, que ya era la docencia, primero secundaria y después universitaria. En época normal yo lo hubiera hecho seguramente en España.
Tuve mucha suerte en venir a la Argentina y a Rosario, mi mujer es rosarina, mis hijas nacieron en Rosario. Soy medio rosarino y tres cuartos argentino. Sin sumar, porque son cosas que no se suman. Dentro de la Argentina, tres cuartos o más argentino que español. Pero dentro de Argentina, me siento rosarino.
Ahora estoy en Buenos Aires, ya desde los años cincuenta. Pero los diez primeros años son los que impactan, en los que uno tiene novedades, que extrañaba mi país, que lo veía todo nuevo. Vivía asombrado después de pasar las penurias de la guerra, donde el primer problema era conseguir comida. Y yo veía que aquí se tiraba comida.”

El maestro del maestro

“El verdadero, el que más ha influido, aunque yo nunca rendí exámenes con él, es Rey Pastor. Él venía cuando yo era estudiante. Era profesor en Buenos Aires y viajaba aprovechando el verano de acá. En noviembre se iba a España y nos daba un curso de un mes, pero no era profesor regular.
Era un profesor extraordinario y cuando venía a Europa pasaba por Alemania, Italia y después nos contaba las anécdotas y los chismes del mundo matemático de la época. Es el que más me ayudó... para venir a la Argentina, para conseguir trabajo en Rosario. Es al que más agradezco y al que más admiración tengo como matemático y como orientador.
Ya conté que cuando terminé [de estudiar] y ya tenía un puesto en la escuela media, fui a Alemania. Fue impulsado por Rey Pastor. ‘Si usted se queda aquí, va a ser profesor de enseñanza media toda la vida. Váyase a Alemania. Firme esta solicitud.’ Y solicité la beca presionado por él.
Con esto se ve que tenía interés en ayudar a la gente, en protegerla. Siempre se lo he agradecido. Ese fue mi verdadero maestro y no por sus clases. Tenía muchas anécdotas como profesor, en el aula y fuera del aula. Era muy peleador con los colegas. Parece que una vez llegó a tanto con uno de la Facultad de Ciencias que se fueron a las manos en la calle y fueron a parar a la comisaría. Y cuentan que el comisario interrogaba al profesor más joven: –¿Usted quién es?
–Yo soy el Doctor... Ingeniero... que ha publicado tantos trabajos, que asistió a tantos congresos, que ganó tantos premios...
–¿Y usted quién es?
–Yo he sido su profesor.”

Los discípulos

“Los que más recuerdo era un grupo, los llamábamos la generación del 61-62. Fue la primera generación después de la Revolución Libertadora. No sé si fue por entusiasmo o por los profesores, pero el hecho es que salió una generación que ahora está en las principales universidades del mundo. Todos ellos eran muy buenos: Fatorini en Los Ángeles, Cora Sadosky en Wa-shington, Porta en la North Western University, Fava está acá con nosotros en la Facultad, Segovia pasó unos años en Chicago y ahora está de nuevo. Fue lo más brillante que hubo. Toda una camada. Una cosa extraordinaria. Sobre todo eran entusiastas. Fue con el cambio de régimen, cuando cayó el peronismo y la universidad, a mi manera de ver estaba muy caída. Cuidábamos a toda la camada, trabajábamos con entusiasmo, queríamos que cada cosa anduviera bien, que cada alumno tuviera un tutor. Eso se ha perdido. Duró unos pocos años.
Después uno de los matemáticos más importantes del mundo, muy joven, Caffarelli, estudió aquí, se doctoró aquí y ahora está en Princeton a tiempo completo, la aspiración máxima de un profesor.”

Los amigos desde entonces

“Al que más conozco es al Dr. Sadosky, matemático también. Él y su mujer, Cora, fueron las primeras amistades que tuve al llegar a la Argentina. Prácticamente hemos estado vinculados siempre. Yo estaba en Rosario y ellos aquí. Pero como Rey Pastor estaba aquí, yo venía a menudo, venía unos días y nos veíamos.
Después conocí a Cernuschi, físico, que en aquella época era muy joven. Un apasionado en todo sentido. Me gustaba, porque yo he sido más bien tímido, pero él decía las cosas por su nombre. Él estuvo en Tucumán y me invitó a dar conferencias. Hablo de los años ’41, ’42. Me instaló en su casa, me contaba de la vida tucumana, de la experiencia argentina. Criticaba a toda la universidad a pesar de estar bien en aquella época. Yo creo que en su afán de superación, lo encontraba todo poco. Con él hemos convivido hasta ahora.
También estaba el Profesor Varela, de la Unión Matemática Argentina, de la parte de Educación Matemática. Cuando nos veíamos, nos dábamos unos abrazos...”

La docencia

“Para el docente haría una definición por sus propiedades, por las cualidades que creo que debe tener. Y diría que una de las cosas principales es no aburrir al alumno, debe procurar que la clase sea atractiva, que el alumno tenga interés. Es curioso... a mucha gente le gusta resolver problemas, hacer palabras cruzadas, hacer ta-te-ti, juegos... en cambio, la matemática les aburre.
Entonces, primer postulado: que la clase sea atractiva, que el alumno tenga ganas de ir, sea cual fuere la materia. Siempre habrá alguno que no se interese, pero no puede ser que la mayoría o un porcentaje elevado no tenga ganas de ir a clase. Segundo postulado: el buen profesor debe conocer al alumno. Nada más que con mirar, sabe por los ojos si entiende o no.
En relación con el concepto de enseñar, la gran dificultad que hay, por lo menos en ciencias, es decidir qué es lo que se quiere enseñar. La modalidad después puede ser diferente. Enseñar quiere decir impartir conocimientos, que el alumno aprenda cosas. Lo ideal sería que el alumno pueda decir cada día: he aprendido cosas que no sabía. Hay que ver qué es lo que les es util, util en el sentido amplio: aprender a razonar, pensando que cada uno es distinto. Yo intentaba, como proyecto, que cada alumno se acostumbrara a trabajar solo: aquí está el tema, aquí está la bibliografía, cuando tenga alguna duda, consulte. Esto como proyecto didáctico: cuidar bien a los alumnos.
La tarea del profesor es estudiar para estar al día, pero al mismo tiempo transferir lo que sabe a los demás. Y cuidar en un sentido amplio, en el sentido de orientar, ayudar para llegar al máximo de las posibilidades. Lo peor es que alguien que hubiera podido hacer mucho no lo haga porque no encontró al maestro adecuado, porque no lo hayan guiado.”

La primera medida de gobierno

“Si me nombran ministro de Educación, cambiar los planes de estudios de los profesorados de Ciencias Matemáticas, Física, Cosmografía. Y con ellos cambiar los programas de enseñanza media. La universidad no me preocupa tanto. Yo la dejaría. Lo mejor es dejarla y darle el presupuesto que necesita. Pero en la enseñanza media, el ministro debe intervenir. Entonces habría que empezar por modificar los profesorados.
No me gustaría ser ministro, porque seguramente lo haría mal y me echarían a los ocho días.”

Notas
* A partir de una entrevista realizada en octubre de 1994 en la sede de la Academia Nacional de Ciencias.
[1] Fava, N. y Segovia, C., Noticiero de la Unión Matemática Argentina; Buenos Aires; 2002.
[2] Carlos Segovia Fernández, prólogo a Testimonios para la experiencia de enseñar: Luis Santaló, Fac. de Psicología, UBA, 1995.

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