Noviembre 2004

Tras los ataques a Nueva York y Madrid

Las ondas expansivas del nuevo terror

Si el historiador Eric Hobsbawm no hubiera denominado “Era de las catástrofes” al período que abarca las dos guerras mundiales, podríamos caratular ahora de manera idéntica estos tiempos borrascosos abiertos tras el surco del los aviones lanzados contra Nueva York. Cuando el 11 de marzo una serie de atentados aterrorizó a los madrileños y remozó el trauma del mundo entero, los analistas vivieron el ambiguo sentimiento de acertar un mal agüero. En este dossier presentamos un conjunto de miradas sobre aspectos puntuales y diferenciados del problema que, en conjunto, permiten valorar este comienzo de era.
Según Juan Gabriel Tokatlian, sendos ataques produjeron la americanización y la posterior europeización de la larga guerra civil que sacude al mundo árabe, al tiempo que desnudaron el error mayúsculo de la conducta diplomática de los Estados Unidos. Tokatlian advierte acerca del peligro de que el establecimiento de una doctrina de la inseguridad para América Latina dañe la salud de sus todavía débiles democracias.
En sintonía con este razonamiento, José M. Ugarte minimiza la amenaza de terrorismo islámico en la zona de la Triple frontera, que Argentina comparte con Paraguay y Brasil, y destaca que la verdadera novedad es la mutación reivindicatoria de los extremistas que abandonaron las causas nacionalistas por una sesgada lectura del Corán.
Mario Rapoport y Rubén Lafer nos avisan sobre la volatilidad de la economía mundial derivada del agravamiento de una recesión que data de fines de los ’90. Ambos creen que en los planes bélicos de los EE.UU., el ALCA cobrará relevancia. De tal manera que el fortalecimiento del Mercosur se convertirá en el mejor antídoto que la región puede tomar para enfrentar las tormentas que se avecinan.
Fabián Bosoer, por su parte, se mete en la usina intelectual neoconservadora que da consistencia al plan geopolítico imperial de George W. Bush y encuentra la fuente de energía de esta “revolución” del pensamiento estratégico en los escritos de Carl Schmitt, Ernst Junger y Leo Strauss.
Para José Fernández Vega, el escenario mundial contemporáneo denuncia la belicosidad inherente y ocultada del liberalismo, triunfador tras la caída de los regímenes comunistas. Las bases de este imperialismo sin control tras la caída de las Torres Gemelas se encuentran muy cerca: basta con recordar las reiteradas violaciones a las soberanías nacionales encaradas multilateralmente en los ’90. Desde entonces –dice–, por efecto agitador del discurso posmoderno guerra y paz son un mismo concepto.
La semióloga Piroska Csuri, en tanto, explica cómo las imágenes del 11-S marcaron de manera perenne el lenguaje visual contemporáneo y se han integrado al relato histórico, desde el momento exacto de su atónito y multitudinario registro.
Por último, el arquitecto Jorge Sarquis detalla las posiciones en las que se ha dividido el debate abierto tras la difusión de los proyectos urbanísticos para el Ground Zero, que reemplazarán a las emblemáticas Twin Towers. Como precisa en su artículo, de las conclusiones de ese debate dependen los lugares que habitaremos: o celebrarán la vida o nos prepararán para la muerte.
Este conjunto de ideas y reflexiones son, aun en sus divergencias, un voto por la primera de las opciones..

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  Consecuencias regionales de los atentados

Desafíos para América latinaDesafíos para América latina

Si el 11 de septiembre se produjo la “americanización” de la larga guerra civil que sacude al mundo árabe, el 11 de marzo se “europeizó”, al tiempo que desnudaba el error mayúsculo del unilateralismo, la coerción y el doble discurso de la diplomacia de los Estados Unidos. Dado que Washington seguirá empeñado en su guerra preventiva contra terroristas y tiranos, es factible que concentre su atención en ciertas áreas de Latinoamérica. En ese marco es que ha identificado tres regiones: la cuenca del Caribe, que concibe como una extensión de su propio territorio; la frontera colombo-venezolana, que identificó como de alto riesgo terrorista; y la triple frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay, de bajo riesgo potencial. Todo predice un cambio relevante en las relaciones entre Estados Unidos y la región: el establecimiento de una doctrina de la inseguridad nacional que podría dañar la salud de la democracia latinoamericana.


AN GABRIEL TOKATLIAN
Director, Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés (Argentina)..

El general estadounidense Tommy Franks, quien estuvo encargado de la planeación y ejecución de los ataques a Afganistán (octubre 2001) e Irak (marzo 2003) y pasó a retiro, brindó una entrevista exclusiva para la revista Cigar Aficionado, publicada en diciembre de 2003. El largo e interesante reportaje, escasamente comentado en y fuera de Estados Unidos, contiene una afirmación contundente e inquietante: la eventualidad de un ataque terrorista en EE.UU. con un número muy elevado de víctimas causaría que “nuestra población cuestione nuestra propia Constitución y comenzara así la militarización de nuestro país" (...that causes our population to question our own Constitution and to begin to militarize our country...).
Semejante aserción personal encierra una ecuación que era, hasta hace poco, impensable: ante un potencial nuevo acto terrorista masivo en territorio estadounidense, la democracia de ese país podría estar en entredicho. Si esto fuera así –lo cual no quiere decir que vaya a ser– sería terrible para la humanidad y, por lo tanto, Osama bin Laden habría logrado una victoria política inaudita.
El espectro aún remoto de esa posibilidad nos lleva a preguntarnos qué ha cambiado respecto del actor terrorista (cabe subrayar que el terrorismo es un medio, no un fin o una ideología) en las recientes tres décadas. En esencia, lo que distingue a los sujetos del terrorismo durante buena parte de la Guerra Fría y a partir de la Posguerra Fría tiene que ver con cuatro aspectos: el pasaje de una forma de lucha sustentada en el fervor ideológico (de izquierda y derecha) a otra vinculada con el fundamentalismo religioso (islámico, cristiano, judío, de sectas, entre otros); la mutación de ideales de una expectativa de un futuro utópico a una perspectiva marcada por el no futuro; el cambio de una preferencia más circunscripta (en instrumentos, víctimas, etc.) en cuanto al recurso a la fuerza a la disposición a usar una violencia más extrema, y la mutación organizativa de formas muy centralizadas y fuertemente jerárquicas a estructuras más descentralizadas y reticulares. En breve, hoy predomina la combinación de un terrorismo anclado en un imperativo teológico (en reemplazo del imperativo político), movilizado por la exasperación y el resentimiento (en vez de un horizonte emancipador), dispuesto a la práctica de una violencia ilimitada (en sustitución de una violencia limitada) y estructurado como una red más flexible y compleja (renovando su modus operandi).
En consecuencia, las “lecciones” dejadas por el cambio del fenómeno terrorista en los últimos lustros permitían suponer que después del 11/9 se produciría un viraje trascendental en el combate contra el terror. Sin embargo, ello no ha ocurrido.
Temporalmente, como ha sucedido desde septiembre de 2001, el terrorismo internacional se manifiesta fuera de las fronteras estadounidenses. No obstante, es difícil suponer que Washington logre imponer esa política sin costos para la estabilidad mundial y, como implícitamente surge del franco comentario del general Franks, para su propia democracia. Más aún, el atentado terrorista del 11 de marzo de 2004 en Madrid puso en evidencia los límites y equívocos de la política antiterrorista de Estados Unidos.
Las “nuevas lecciones” del 11/M son elocuentes. Primero, los actos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington implicaron un salto cualitativo del terrorismo internacional y el traslado de la conflictividad de Medio Oriente al corazón de Estados Unidos. La prolongada e irresuelta lucha de los palestinos en Israel y la ostensible presencia militar estadounidense en Arabia Saudita, desde 1991, llevaron a que el recurso al terror se expandiera y a que se produjera, a partir del 11/9, la “americanización” de la larga guerra civil que sacude al mundo árabe desde hace décadas. El acto terrorista del 11 de marzo en España apunta a la “europeización” de esa misma guerra civil. En efecto, en los últimos tres años se han producido acciones terroristas de Al Qaeda y de otros grupos vinculados directa o indirectamente a éste en América del Norte, África, Medio Oriente, Asia Central, el Sudeste de Asia y el Pacífico. Ahora el terror –alimentado adicionalmente por la ilegal, ilegítima e inmoral ocupación de Irak– llegó a Europa. Sólo Sudamérica es hasta hoy un área libre del terrorismo originado en Al Qaeda y otras organizaciones afines.
Segundo, el caso de terrorismo en España corrobora que en los últimos tres años se han venido repitiendo, tozudamente, los mismos errores que se cometieron al momento de combatir las fuentes de terror durante la Guerra Fría. En ese período, tres condiciones hicieron ineficaz la lucha antiterrorista. En el campo político, en vez de alcanzar un consenso básico y una cooperación indispensable para un enfrentamiento multilateral al terrorismo, las principales potencias prefirieron prácticas unilaterales. En el campo social, antes de comprender y superar las causas hondas en las que se nutre el terrorismo, las naciones más poderosas se abocaron, de manera sólo represiva, a erradicar las expresiones superficiales de la violencia terrorista. En el campo ético, antes que lograr una unidad normativa y moralmente firme contra el terror, las naciones optaron por un doble standard simplista y cínico: mi luchador de la libertad es tu terrorista y viceversa. Hoy se reproducen en su totalidad esas tres condiciones. Así, el atentado en Madrid ratificó y reforzó el error mayúsculo del unilateralismo, de las alternativas exclusivamente coercitivas y del doble discurso.
Tercero, el acontecimiento del 11 de marzo en territorio de un poder mediano de Europa mostró los nocivos efectos externos de la actual estratagema antiterrorista de Estados Unidos. En cierto sentido, Afganistán e Irak han sido dos “éxitos” de Washington. Al menos temporalmente, el terrorismo internacional ha dejado de actuar dentro de territorio estadounidense. De hecho, la administración Bush ha vuelto a ubicar al terrorismo más letal en su epicentro de gestación –Medio Oriente y Asia Central– y a presionar a los países del área a combatirlo: o los gobiernos de la zona cohonestan con Al Qaeda o sufren la capacidad punitiva de Washington. Así, la Casa Blanca ha logrado una mayor seguridad relativa de la población en Estados Unidos, donde desde hace 36 meses no ocurre un atentado masivo, a costa de una mayor inseguridad para el resto del mundo. Lo novedoso es que las acciones del terrorismo internacional no se circunscriben a los países que Washington pretende aleccionar y/o combatir, sino que tocan en forma directa a sus aliados no musulmanes cercanos, como España. De ahora en adelante, la inseguridad global será probablemente más vasta. Las “victorias” de Estados Unidos en Afganistán e Irak parecen entonces triunfos pírricos.
Cuarto, buena parte del discurso difundido en Estados Unidos y asimilado en muchos países sobre el nuevo terrorismo identificó las “áreas sin autoridad”, los “gobiernos fallidos” y los “regímenes rufianes” como los referentes fundamentales de la expansión de un terrorismo internacional. En parte, es correcto afirmar que algunos espacios geográficos y ciertas estructuras institucionales han permitido el avance de un terrorismo de gran peligrosidad. Sin embargo, el ejemplo español evidenció que aquella explicación es apenas parcial y algo antojadiza: lo ocurrido el 11 de marzo se dio en un país con gobernabilidad democrática, con un Estado pujante y con soberanía efectiva. El terrorismo internacional se inserta en distintos contextos socioeconómicos y político-institucionales: lo primordial es entender la letalidad, complejidad y flexibilidad del actual fenómeno terrorista en el mundo.
Finalmente, el notable efecto electoral del atentado de Madrid es una fuente de alarma adicional. La fórmula española –acto terrorista con víctimas masivas combinada con manipulación política del gobierno de turno– podría ser trasladada a otros contextos. Actores no estatales violentos y Estados interesados en fomentar el caos en otras naciones podrían inducir nuevos actos de terror. En España, esta vez triunfó, simbólicamente, Kant y la búsqueda de la paz. Quizás en otros lugares lo haga Hobbes y la concentración del poder en un Leviatán autoritario. En todo caso, la democracia podría verse seriamente afectada con una expansión incontrolada –o convenientemente provocada– del terrorismo internacional.

El rompecabezas americano

Dado que Washington seguirá empeñado en la guerra preventiva contra los terroristas y contra los tiranos –los dos adversarios esenciales según su “Estrategia de Seguridad Nacional” de septiembre de 2002– es muy factible que concentre su atención en identificar las fuentes de terrorismo en el ámbito latinoamericano y refuerce su presión sobre algunos gobiernos en el área para que lo combatan más eficazmente. En ese contexto, el hemisferio tenderá a ser concebido en sus partes más que como un todo.
En efecto, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Washington identificó tres zonas de diferente significación y alarma para sus intereses vitales. La amplia Cuenca del Caribe, que cubre el Caribe insular, Panamá, Centroamérica y México, es hoy definitivamente parte del perímetro externo de defensa estadounidense y, por lo tanto, la extensión de su seguridad interna. Los niveles de autonomía de esta sub-región tenderán a reducirse y las tensiones entre Estados Unidos y Cuba podrán incrementarse. La búsqueda de invulnerabilidad absoluta en ese perímetro, la persistente derechización del Estado y la considerable influencia del neoconservadurismo sureño (en especial, de Texas y Florida) colocarán a Fidel Castro como el principal referente de perturbación en América del Norte, fenómeno turbulento cuya resolución, según los halcones más empedernidos, pasa por el cambio de régimen en la isla.
En Colombia y en la frontera colombo-venezolana, Washington localizó una zona de alto riego terrorista, y en la triple frontera entre Argentina, Paraguay y Brasil, Estados Unidos ubicó una zona de riesgo potencial en términos del terrorismo. El reto para América del Sur es conservar un mínimo de autonomía para hacer frente a estos dos focos de inquietud, que aún son bastante controlables y que además, son menos letales que otros fenómenos terroristas dispersos en Medio Oriente, Asia y África.
Desde el punto de vista de la agenda interamericana, los temas de seguridad alcanzarán, como en la época de la Guerra Fría, un lugar preponderante. Aun los asuntos económicos estarán condicionados por consideraciones militares. Por eso el proyecto ALCA –el Área de Libre Comercio de América– podría pasar a ser concebido también como un ALTI –un Área Liberada de Terrorismo Internacional–.
Ahora bien, la “securitización” excesiva de las relaciones interamericanas tenderá a ampliar y ahondar dos brechas ya existentes. Por un lado, la distancia entre una sociedad estadounidense más conservadora, xenófoba y autocentrada y sociedades sudamericanas más nacionalistas, movilizadas y demandantes. Por otro lado, la distancia entre gobiernos latinoamericanos notoriamente inclinados hacia Washington y sociedades latinoamericanas cada vez más críticas respecto de Estados Unidos. Independiente de la voluntad de los líderes de la región, esta primera década del siglo XXI será muy inestable, mientras los vínculos hemisféricos atravesarán por momentos de fricción.
En lo que corresponde específicamente a las relaciones entre Estados Unidos y Sudamérica, las principales pruebas para su estrategia de primacía estarán en Brasil, Colombia y Venezuela. Brasilia no constituye un competidor para Washington, sin embargo, Brasil no sólo aspira a consolidar su poder regional, sino a proyectar su poderío internacionalmente. La gran incógnita es si Estados Unidos pretende evitarlo reduciendo el poderío brasileño en Sudamérica, o si acepta convivir con un Brasil convertido en potencia media influyente. Esto se entrelaza con Colombia, pues allí se localiza el principal foco de conflicto armado en América, y con Venezuela, porque ése puede ser el ejemplo en Sudamérica en que la idea del cambio de régimen –que ya se intentó indirectamente a través del fallido golpe de Estado de abril de 2002– tome fuerza.
Desde una lectura geopolítica, Colombia y Venezuela (países convulsionados internamente y con fuertes tensiones entre ambos) constituyen un epicentro estratégico en la región. La esfera de influencia de Estados Unidos se está ampliando. El control de su tradicional mare nostrum –la vasta Cuenca del Caribe– se proyecta ahora con más fuerza en la terra nostra, en nuestro vértice andino del continente sudamericano que condensa en el eje Venezuela-Colombia, más Ecuador, el mayor polo petrolero de América del Sur y que comparte con Brasil la región amazónica; ese espacio que hace de Sudamérica una especie de gran potencia en materia ambiental.

El tamaño de nuestro desafío

Después del 11 de septiembre de 2001 y con más fuerza a posteriori del ataque a Afganistán y antes de la ocupación de Irak, Estados Unidos transformó por completo su grand strategy. La nueva estrategia (ver Cuadro A) se orienta hacia la primacía; lo cual significa que Washington no tolerará –ni en el campo militar ni en el político– ningún competidor internacional, sea éste amigo (por ejemplo, la Unión Europea) u oponente (por ejemplo, China). La nueva doctrina es la de la guerra preventiva, que apunta a explicitar que Estados Unidos se arroga el poder de usar su poderío bélico (incluido el táctico nuclear) contra un país, independiente de que éste se disponga a atacar de manera inminente a Estados Unidos y sin tener en cuenta necesariamente las condiciones mínimas de legitimidad, legalidad y moralidad que exige el recurso al instrumento militar en las relaciones internacionales. Adicionalmente, las alianzas sólidas del pasado se sustituyen, en términos de instrumentos diplomáticos de respaldo, por coaliciones ad hoc (las llamadas coalitions of the willing), lo que supone que sólo Washington fija la misión y luego establece la coalición para llevarla a cabo.
En este contexto, todavía no está del todo desarrollada la doctrina subalterna en el terreno hemisférico que acompañe esta redefinición sustantiva de la grand strategy. Sin embargo, hay señales evidentes de que estamos ad portas de un cambio relevante que podría conducir a que Washington instale en Latinoamérica lo que podríamos llamar una doctrina de inseguridad nacional. Dos elementos apuntan, preocupantemente, en esa dirección.
Por una parte, Washington ha logrado arraigar en la región, con diferentes niveles de aceptación por país, la noción de que las “nuevas amenazas” son esenciales; esto es, la proliferación de todo tipo de peligros que entrelazan el terrorismo global, el crimen organizado transnacional y el narcotráfico mundial que, a su vez, operan en “espacios vacíos” donde el Estado se ha esfumado o está en franca desaparición.
Por otra, el Pentágono viene insistiendo en que dichas amenazas exigen dejar de lado la división entre seguridad interna y defensa externa y que, por lo tanto, las labores policiales, de los cuerpos de seguridad y de las fuerzas armadas deben entrecruzarse e intercambiarse, borrando las fronteras entre tareas policiacas y militares.
De consolidarse los dos elementos mencionados, resulta obvio que su corolario será una nueva doctrina subalterna para la región que, como la antigua doctrina de seguridad nacional, producirá efectos notables sobre el devenir democrático latinoamericano.

Por eso, la defensa y el impulso de la democracia son un activo estratégico para Latinoamérica en general, y para Sudamérica en particular, que no puede ser negociable. En ese sentido, las democracias del área deberían incrementar el debate y alcanzar un consenso en torno de una doctrina autónoma para afrontar sus principales desafíos a la seguridad. Ello permitirá interactuar mejor con Washington al momento de discutir la agenda de seguridad hemisférica.
No existe un antagonismo entre Estados Unidos y Sudamérica ni la región es una amenaza deletérea para Washington. Sin embargo, Estados Unidos se está transformando en un problema pues muchas de sus acciones no conducen necesariamente a resolver dificultades; por el contrario, varias de sus políticas están produciendo más inestabilidad. En esa dirección, más que reflexionar sobre Estados Unidos en términos de alineamiento o desalineamiento, de subordinación o confrontación, es hora de pensar a Estados Unidos como un actor preponderante que aporta simultáneamente al orden y al caos global. Por ello, se necesita una mirada no dogmática ni ilusa al momento de analizar y actuar en torno de las relaciones bilaterales con Washington, así como de la futura estructura de seguridad en el hemisferio.

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Amenazas a la seguridad

El fin de la invulnerabilidad

Después de atravesar dos guerras mundiales y la Guerra Fría sin daños en su territorio continental, el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos sufrió la mayor sorpresa estratégica desde Pearl Harbor. Junto con las Twin Towers, cayó la idea de su invulnerabilidad. Sin embargo, la amenaza terrorista que motivó un veloz cambio de las estrategias defensivas mundiales no es reciente. Lo verdaderamente novedoso es el crecimiento del terrorismo islámico en general y el de Al Qaeda en particular, que a diferencia de sus expresiones tradicionales ya no opera en un solo país o por una causa de límites nacionales. Su ideología es una interpretación de las tantas posibles del Corán y un fortísimo sentimiento islámico, antiestadounidense y antiisraelí. El intervencionismo militar directo de los EE.UU. cambió el repertorio conocido de respuestas: terminó con el multilateralismo vigente desde la caída del bloque comunista y con el valor de las libertades civiles, vulneradas ahora de múltiples maneras con la excusa del combate contra un enemigo mutable y camaleónico. Para la Argentina, el área de la Triple Frontera es un problema, no tanto por la actividad concreta de células islámicas, sino por la cooperación económica que simpatizantes islámicos pueden enviar a organizaciones terroristas en otros puntos del planeta.


JOSÉ MANUEL UGARTE
Abogado, Profesor de la Universidad de Buenos Aires, del Instituto Universitario de Policía Federal Argentina (Maestría en Seguridad Pública), del Diplomado en Seguridad y Resolución de Conflictos organizado por la Universidad de Catamarca y Fundación Centinela (Gendarmería Nacional) y de la Escuela Superior de Prefectura Naval Argentina. Su último libro publicado es Los conceptos jurídicos y políticos de la seguridad y la defensa: un análisis orientado a América Latina, Ed. Plus Ultra, Buenos Aires, 2004..

 

¿Qué cambió en el mundo, en materia de amenazas, después del 11 de septiembre de 2001? Han transcurrido tres años desde la catástrofe que costó aproximadamente 3000 muertos, y se han disipado la polvareda y humo causados, pero no, ciertamente, sus consecuencias. La parte más visible de ellas son las sucesivas guerras libradas por Estados Unidos de América en Afganistán e Irak, y como una derivación de la segunda, el cruento atentado del 11 de marzo de 2004, representado por el estallido de trece bombas colocadas en cuatro trenes suburbanos de Madrid, en las estaciones de Atocha, Santa Eugenia y El Pozo, con la consecuencia de 191 muertos y aproximadamente 1500 heridos.
El 11-9 Estados Unidos sufrió indudablemente la mayor sorpresa estratégica desde Pearl Harbor y recibió daños inéditos; tras haber transcurrido dos guerras mundiales y la Guerra Fría sin recibir en su territorio continental otros daños que algunas granadas lanzadas por submarinos enemigos y ataques de saboteadores. Cayó pues la idea de la invulnerabilidad estadounidense en su territorio.
Como sucede habitualmente con las sorpresas estratégicas, la actividad de inteligencia estadounidense fue objeto de los mayores reproches, y críticas a la falta de coordinación y comunicación entre la inteligencia externa a cargo de la CIA [1] y la contrainteligencia y seguridad interna a cargo del FBI [2].
Nuevas críticas cayeron sobre la CIA con motivo de la imposibilidad de comprobación en el terreno [3] de la inteligencia producida por dicho organismo sobre la posesión por parte de Irak de armas de destrucción masiva, en la cual se fundó la decisión del presidente estadounidense George W. Bush de atacar unilateralmente a Irak tras fracasar en su pedido de apoyo al Consejo de Seguridad.
La inestabilidad que enfrenta Afganistán, donde el gobierno del presidente Kharzai no consigue establecer claramente su autoridad sobre un conjunto de bien armados señores de la guerra, a cuyo amparo florece el cultivo y tráfico de opio con destino a Europa para financiar su armamento, mientras reaparece periódicamente la actividad de los Talibán y Al Qaeda, que la victoria estadounidense no logró suprimir, y la cruenta ocupación de Irak, donde las tropas estadounidenses y el embrionario gobierno que pretenden sostener enfrentan una sangrienta resistencia; la continuación de la actividad terrorista de Al Qaeda, ejercida prioritariamente sobre los aliados de Estados Unidos –como el ataque a una compañía petrolera saudí en Khobar, Arabia Saudita, en marzo de 2004, con 22 muertos– constituyen aspectos de un cuadro para nada sencillo.

El nuevo viejo terrorismo

¿Cambiaron, realmente, las amenazas que enfrenta el mundo, después de la fecha fatídica? Si nos referimos a la naturaleza de las amenazas, la respuesta sería no. La actividad terrorista, antigua por cierto, tuvo lugar con intensidad durante la vigencia del conflicto Este-Oeste. Con respecto al terrorismo internacional de orientación islámica, estaba en plena vigencia con anterioridad, y los atentados experimentados en la Embajada de Israel y la Asociación Mutual Israelí Argentina en Buenos Aires el 17 de marzo 1992 y el 18 de julio de 1994 constituyen demostración elocuente de ello.
Tampoco era nueva la actividad de Al Qaeda. Desde el frustrado primer atentado contra las Twin Towers el 26 febrero de 1993, eran perfectamente conocidos los propósitos de esta elusiva organización de lanzar ataques contra Estados Unidos y sus aliados en cualquier parte del mundo, así como sus capacidades de acción, y su desprecio por las vidas propias y ajenas.
No cabe duda, no obstante, que el crecimiento del terrorismo islámico en general y de Al Qaeda en particular constituyen un elemento nuevo, aunque, como hemos visto, preexistente al 11-9. Entre las peculiaridades de la situación actual se cuentan la consolidación del prestigio logrado por Osama Bin Laden entre las organizaciones terroristas islámicas –obviamente incrementado tras el 11-9– y el desarrollo de Al Qaeda. Esta singular organización está constituida por un pequeño grupo de dirigentes cercano a Bin Laden, entre los que se destaca el médico Ayman al-Zawahiri, uno de los fundadores de la organización Al Jihad, y por gran número de grupos operativos, mayoritariamente desconocidos entre sí, con muy alto grado de descentralización, que obtienen muchas veces por sí su propio financiamiento.
Los aludidos grupos se encuentran presentes en gran número de países, entre los que se cuentan Afganistán e Irak –pese a la presencia estadounidense– Filipinas, Argelia, Eritrea, Chechenia, Tajikistán, Somalia, Yemen, etc.
Aunque sus orígenes se remontan, paradójicamente a la lucha –con cooperación estadounidense– por la liberación de Afganistán de la ocupación soviética, su actividad terrorista cobró relieve con el primer atentado al World Trade Center y la muerte de soldados estadounidenses en Somalia.
Las características del terrorismo islámico y de Al Qaeda, en particular, difieren significativamente de otras organizaciones terroristas.
En efecto; a diferencia de los movimientos terroristas separatista vasco de la ETA, irlandés del IRA, FLNC corso, Baader-Meinhof alemán, Action Directe francés, Ejército Rojo japonés, o FARC colombiano, Al Qaeda no opera en un solo país o por una causa localizada en determinado Estado, ni por una ideología clara y concreta. Se halla presente en múltiples países; sus objetivos políticos comprenden la totalidad del mundo árabe y, en lo relativo a la proclamada guerra con Estados Unidos, todo el mundo. Su ideología es El Corán –con muy diversas interpretaciones– y el verdadero lazo es el sentimiento islámico y, fundamentalmente, antiestadounidense y antiisraelí.
La actividad de Al Qaeda se potencia con la alianza que mantiene Bin Laden con diversas organizaciones terroristas islámicas, entre las que se destacan organizaciones como al-Gama’at al Islamiyya, y Jihad Islámica.
En definitiva, la vieja amenaza del terrorismo ofrece nuevos caracteres.
Las características de Al Qaeda plantean a Estados Unidos un desafío de difícil solución. No se encuentra en lucha contra un Estado, sino con un no-Estado; una organización extremadamente descentralizada que opera en múltiples países y que no reconoce el patrocinio de ningún Estado en particular. Por ello, la victoria estadounidense en Afganistán –que oficiaba de base central de operaciones de Al Qaeda, amparada por el gobierno teocrático musulmán de los Talibán– no solucionó el problema, dado que esta verdadera constelación de grupos continúa operando.
La guerra contra
el terrorismo

Tal vez la consecuencia fundamental del 11-9 fue la declaración de guerra contra el terrorismo, formulada por el presidente estadounidense George W. Bush la misma noche del 11-9 [4].
Aunque no fueron clarificados inmediatamente los alcances y características de dicha guerra., pocos días después, ante el Congreso, Bush brindó mayores precisiones: ...Los americanos no deberían esperar una batalla, sino una larga campaña diversa a cualquier otra que hayan visto jamás. Puede incluir ataques dramáticos visibles en TV y operaciones encubiertas, secretas aún en el éxito. Privaremos de financiamiento a los terroristas, volcaremos a uno contra otro, los llevaremos de un lugar a otro hasta que no haya refugio ni descanso. Y perseguiremos a las naciones que proveen ayuda o refugios seguros al terrorismo... [5].
Las consecuencias de los anuncios del presidente Bush pudieron percibirse con relativa prontitud.
La gran capacidad de proyección de poder de las fuerzas armadas estadounidenses –con la cooperación de un grupo de países– llegó al mediterráneo y alejado Afganistán.
La caída del gobierno teocrático de los Talibán y la voladura de cavernas fortificadas en las que se guarecían guerrilleros y militantes de Al Qaeda no aseguró, no obstante, un dominio real de un país donde las luchas entre etnias y grupos constituyen una situación virtualmente constante, especialmente desde el fin de la ocupación soviética; ni, por las razones antes apuntadas, la extinción de la elusiva organización terrorista.

La Crisis del multilateralismo

El siguiente objetivo fue Irak, en base a informes de inteligencia que aseguraban que dicho país contaba con armas de destrucción masiva y que brindaba apoyo al terrorismo. Estados Unidos no pudo obtener el apoyo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y decidió actuar unilateralmente.
Dicha actitud implicó el quiebre de la pauta de multilateralismo en el marco de la Organización de las Naciones Unidas, vigente desde el fin del conflicto Este-Oeste, en materia de uso de la fuerza ante situaciones que afectaran la paz y la seguridad internacionales.
Dicha pauta, caracterizada por el uso de la fuerza con aprobación del aludido Consejo de Seguridad para la preservación, el restablecimiento o la imposición de la paz, ya sea por parte de fuerzas bajo comando de Naciones Unidas o, más frecuentemente, de coaliciones basadas en la OTAN, y que fuera caracterizada como el nuevo orden mundial, quedó rota por la decisión de Estados Unidos, apoyado por el Reino Unido, encabezando ambos una coalición que contó con pocos miembros de peso, de invadir y ocupar militarmente a Irak.

¿Riesgos para las libertades civiles?

Otra posible consecuencia del 11-9 está representada por el riesgo experimentado por las libertades civiles, tanto en Estados Unidos, como en otros países.
Cabe señalar que producido el desastre, fueron adoptadas en Estados Unidos medidas como la inmediata creación de la Oficina de Seguridad Interna y posteriormente, en marzo de 2003, del Departamento de Seguridad Interna –conjunto formado por 22 agencias policiales, de asistencia ante catástrofes, inmigración y naturalización, con la finalidad de enfrentar la amenaza terrorista–, que incluyó una Subsecretaría de Análisis de Información y Protección de Infraestructura, con facultades para requerir información a diversos organismos de inteligencia y elaborar inteligencia respecto de la amenaza terrorista.
Casi paralelamente, en su discurso de enero de 2003 sobre el Estado de la Unión anunció la creación del Centro de Integración de la Amenaza Terrorista, bajo supervisión del director de Inteligencia Central, con competencia para proveer inteligencia proveniente de la CIA, el FBI, el Departamento de Defensa y el Departamento de Seguridad Interna, y formado por altos funcionarios especializados en terrorismo de los organismos referidos.
Esta última medida fue objeto de cuestionamientos fundados en que debilitaría la tradicional distinción entre inteligencia externa, por una parte, y actividad policial por la otra, imperante en la legislación estadounidense.
Pero probablemente la medida más controvertida fue la sanción de la USA Patriot Act, que incrementó sustancialmente las facultades gubernamentales en materia de investigación, vigilancia –especialmente electrónica– e intercepción de medios de comunicación, y detención sin proceso.
Otro aspecto que dio motivo a debate fue la propuesta del Departamento de Defensa de establecer un programa de Total Conocimiento de la Información, consistente en una base de datos sobre terrorismo que incluiría el análisis de información bancaria, médica, de tarjetas de crédito, de viajes, etc., para descubrir pautas de actividad terrorista. No obstante, la oposición que despertó ha impedido hasta el momento su puesta en funcionamiento.

Conclusiones y consecuencias para Argentina

El terrorismo islámico y especialmente Al Qaeda han planteado a Estados Unidos y a sus aliados más inmediatos, especialmente el Reino Unido, un desafío de carácter especial.
La extrema descentralización de la organización –incluyendo sus fuentes de financiamiento, no limitadas, ciertamente, a la fortuna personal de Bin Laden, y que incluyen múltiples actividades ilícitas y lícitas– y su decisión de atacar a Estados Unidos en su propio territorio –verdadera novedad traída por Al Qaeda, única organización terrorista islámica con capacidad y vocación de hacerlo– y a sus intereses en todo el mundo, representan una versión remozada del viejo terrorismo, ocasionando riesgos hasta ahora desconocidos.
La posibilidad de la obtención por parte de esta organización de armas de destrucción masiva, derivada de la abundancia de recursos financieros con que cuenta [6] y la variedad de países en que se encuentra, ya sea transitoria o definitivamente, incrementa significativamente los riesgos que plantea.
Frente a esta situación, la guerra contra el terrorismo que plantea Estados Unidos también plantea riesgos a países ajenos a la contienda.
La estrategia estadounidense para hacer frente a Al Qaeda incluye el empleo de la actividad de inteligencia como arma fundamental para obtener un adecuado panorama de los elementos de la organización y obtener su desbaratamiento, y el empleo de las fuerzas armadas en operaciones militares contra los países que supone prestan ayuda a las organizaciones terroristas.
También comprende el empleo de fuerzas armadas especiales en forma encubierta, en operaciones de obtención de información y de desbaratamiento de elementos terroristas, llevada a cabo en forma directa y secreta en países que no prestan cooperación. Estas actividades secretas eluden aparentemente el control de la actividad de inteligencia vigente en Estados Unidos de América, lo que ha dado lugar a serios cuestionamientos [7].
No cabe duda que los caracteres amplios e imprecisos de la guerra contra el terrorismo, aunque explicables por los análogos caracteres que presenta la agresión de Al Qaeda, pueden provocar una intervención estadounidense encubierta o abierta y frontal toda vez que dicho país perciba la presencia de elementos de Al Qaeda en determinado lugar.
Así, el área de la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay, donde existe una comunidad islámica significativa, y en la que se realiza una intensa actividad comercial legal e ilegal, incluyendo esta última, según ha sido denunciado, contrabando de drogas y de armas y falsificación de múltiples productos industriales, suele figurar en publicaciones estadounidenses entre los lugares en que se hallarían guerrilleros de Al Qaeda. No obstante, dicho extremo ha sido negado enérgicamente por los gobiernos de la región, cuyas instituciones policiales, fuerzas de seguridad y organismos de inteligencia, especialmente activos en la zona, no han podido hallar evidencia alguna en tal sentido.
Cabe señalar, no obstante, que tal negativa no parece extensiva a la cooperación económica de parte de la comunidad islámica de la zona con organizaciones terroristas islámicas.
Por otra parte, la amenaza terrorista de Al Qaeda también pesa sobre la región, aunque momentáneamente no aparezca como de concreción inmediata.
Hasta el momento, los esfuerzos de la aludida organización parecen estar empeñados contra los países que han apoyado militarmente la acción estadounidense en Irak.
No obstante, nada asegura el mantenimiento de dicha pauta y particularmente que Al Qaeda no opte por atacar intereses estadounidenses en países neutrales.
La respuesta de la región ha estado constituida por la cooperación policial y de inteligencia en el Mercosur ampliado, en el marco representado por la Reunión de Ministros del Interior o equivalentes, que incluyen la creación, dentro de los mecanismos de dicha cooperación, del Ámbito Terrorismo caracterizado por periódicas reuniones, intercambio de información y trabajos de análisis a cargo de los organismos especializados o de inteligencia de los países miembros. El reforzamiento de dicha cooperación y, particularmente, el logro del acabado funcionamiento del SISME o Sistema de Intercambio de Información de Seguridad del Mercosur, y la constitución de adecuadas capacidades de análisis de inteligencia criminal combinada de los países integrantes del bloque regional –a la manera de Europol– y el incremento entre la cooperación en inteligencia, todo ello con adecuados controles externos e internos que aseguren la plena vigencia de los derechos individuales, constituyen respuestas adecuadas.
El esfuerzo para garantizar la seguridad en la región, con la necesidad de obtener la cooperación plena de todos los miembros del Mercosur, alejará simultáneamente el riesgo de acciones terroristas e intervenciones abiertas o encubiertas cuya realización no sería descartable en caso de percibirse, fundada o infundadamente, un vacío de seguridad.
El desafío a lograr consiste en el logro de la máxima eficacia en materia de prevención y represión de actividades terroristas, sin mengua de las libertades civiles y particularmente, en el caso argentino, de la distinción conceptual entre la defensa nacional y la seguridad pública imperante como consecuencia de la vigencia de las Leyes Nº 23.554 y Nº 24.059.
Preciso es pues vencer el terrorismo, sin que entre sus víctimas se cuenten los derechos individuales.

Notas

[1] Central Intelligence Agency, organismo estadounidense de inteligencia con competencias fundamentalmente en inteligencia externa y en contrainteligencia fuera del territorio estadounidense, cuyo director posee a la vez facultades de coordinación de la comunidad de inteligencia estadounidense.
[2] Federal Bureau of Investigation, organismo federal de investigación criminal –especialmente en materia de delito organizado y de seguridad interna– y de apoyo a la actividad policial en todo el territorio estadounidense, cuyas funciones incluyen la contrainteligencia, de la que es responsable primario cuando tiene lugar en territorio estadounidense.
[3] V. “One Expert's Verdict: The CIA Caved Under Pressure”, artículo de Michael Duffy, Washington, Time, 14 de junio de 2004.
[4] “...América y nuestros amigos y aliados nos uniremos con quienes desean paz y seguridad en el mundo y permaneceremos juntos para ganar la guerra contra el terrorismo...” (Discurso al país en la noche del 11/9, en http://www.september11news.com/PresidentBush.htm) (acc. 27.8.2004).
[5] Discurso ante el Congreso el 20 de septiembre de 2001. Disponible en http://www.september11news.com/PresidentBushSpeech.htm (acc. 27.8.2004).
[6] Y que incluyen recursos de muy variado origen. Así, surge del Congressional Quarterly del 20 de agosto de 2004 una entrevista a Douglas Farah, autor de Blood from Stones (entrevistado por Justin Rood), refiriendo el entrevistado en sus publicaciones el uso por parte de Al Queda de gobiernos corruptos de África del Oeste para ocultar e incrementar recursos por millones de dólares traficando diamantes y otros materiales preciosos.
[7] V. “Intelligence Hill’s Oversight at Risk”, artículo de Helen Fessenden en Congressional Quarterly, March 27, 2004, page 734.

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La economía mundial

Malos pronósticos en malas épocas

Los atentados a Nueva York y Washington significaron un golpe muy duro para la economía mundial en su conjunto. Sin embargo, éstos sólo profundizaron tendencias que se anunciaban ya desde el 2000. Para entonces, se había interrumpido el largo período de crecimiento iniciado en 1991 y se percibía una clara disminución del dinamismo económico global y, en particular, una fuerte recesión de los Estados Unidos, donde caía el PBI y las ganancias empresarias mientras crecía la desocupación. De tal manera que aquellas oleadas de crisis que empezaron en 1997 y sacudieron al sudeste asiático, Rusia, Turquía, Brasil y la Argentina siguen oscureciendo el panorama mundial. En este volátil contexto, el ALCA asume para los planes bélicos estadounidenses mayor importancia. El Mercosur como proyecto alternativo regional, con el que simpatiza la Unión Europea, no inmuniza a la región de los avatares globales, pero la prepara mejor para enfrentar sus efectos.


MARIO RAPOPORT* Y RUBÉN LAUFER**
* Director del Instituto de Investigaciones de Historia Económica y Social de la UBA (IIHES), Investigador Principal del Conicet, Profesor Titular en las Facultades de Ciencias Económicas y Ciencias Sociales de la UBA y autor o coautor de varios libros. ** Investigador del IIHES, Profesor Adjunto en la FCE de la UBA y autor de diversos trabajos sobre historia económica y relaciones internacionales..


Un gigante enfermo

El vendaval de la crisis económica sigue azotando en ramalazos a toda la economía mundial. Desde que emergiera en 1997, sus principales episodios transcurrieron en los países de la periferia, pero su núcleo está en los tres grandes centros de la economía capitalista del planeta, particularmente en los Estados Unidos. Los atentados de setiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono agravaron esa situación, pero no fueron la causa. Y la respuesta agresiva de la Casa Blanca, con la invasión a Irak, equivalió a una "fuga hacia adelante", pero no revirtió la tendencia.
Recientemente, el Wall Street Journal reunió a 55 economistas ligados a los medios financieros, con la clara intención de calmar las ansiedades de los inversores. Dianne Swonk, principal economista del Bank One Corp., resumió así sus predicciones optimistas: "Récord en ganancias, récord en el flujo de efectivo, crecimiento del ingreso y muchas órdenes [de compra]. No se puede pedir más" [1]. El presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, corroboró esa visión: "La evidencia acumulada... indica que la producción continúa expandiéndose a paso sólido y las condiciones del mercado laboral han mejorado... con una inflación que se espera se mantenga relativamente baja". Tales afirmaciones siguieron a la decisión de la Reserva Federal de aumentar en un cuarto de punto la tasa de interés. "Al crecer la economía y crearse empleos... siempre se espera que un aumento en la tasa de interés sea parte del fortalecimiento de la economía", coincidió con cautela el New York Times [2].
Pero, no son pocos los analistas que señalan, por el contrario, la acelerada acumulación de elementos de recesión y avizoran un próximo colapso de la economía norteamericana. El derroche de optimismo antes mencionado se ligaba más bien a las necesidades de la campaña reeleccionista de Bush, y no hace más que acentuar el dramatismo de los índices económicos. El 6 de julio, el mismo Wall Street Journal titulaba: "El ascenso en la tasa de interés y la decadencia en la demanda agudizan preocupaciones en Wall Street". El artículo reportaba la abrupta caída en la venta de automóviles por parte de las grandes fábricas en el mes anterior, y una baja pronunciada en las expectativas de ventas para la cadena de tiendas Wal-Mart. El aumento de la tasa de interés –después de la larga serie de rebajas por parte del jefe de la Reserva Federal, Alan Greenspan, que en un par de años llevó ese índice al nivel más bajo de la historia– no refleja tanto una reversión de la caída de demanda e inversión, sino más bien la urgencia de enfriar el crédito, y la necesidad cada vez más acuciante de Estados Unidos de atraer capitales del exterior. Algo parecido a lo que ocurrió a principio de los años ’80 bajo la presidencia de Ronald Reagan.
La deuda pública norteamericana alcanzó así en julio la escalofriante cifra de 7 billones, 218.337 millones de dólares, siendo la superpotencia el país más endeudado de la tierra. Y no sólo en el exterior: la sistemática política de bajas tasas de interés de la "Fed" condujo a las familias estadounidenses a un endeudamiento récord –casas, automóviles y otros bienes marcaron durante varios años seguidos las pautas de la fiebre consumista–, creando una "recuperación virtual" financiada por los mismos consumidores.
El presupuesto de "país en guerra", proclamado por el presidente norteamericano para el 2005, prevé un déficit fiscal sin precedentes de 521 mil millones (un 5% del PBI). Casi el 80 por ciento (401 mil millones) está destinado a fines bélicos, y no incluye el costo de las operaciones militares de las fuerzas de ocupación en Irak y Afganistán, para las que la administración ya ha pedido varias asignaciones especiales por un total superior a 100 mil millones. A esto se agrega un sideral déficit comercial: 55.800 millones de dólares en junio, según el Departamento de Comercio, previendo que se supere este año la cifra récord de 496.508 millones de dólares alcanzada en 2003.
Ambos déficit configuran un verdadero "agujero negro", que los EE.UU. sólo pueden financiar mediante constantes colocaciones de títulos públicos a inversores privados y estatales extranjeros (hoy principalmente japoneses y chinos). ¿Continuarán indefinidamente esos inversionistas sosteniendo con sus compras de acciones y bonos y sus préstamos bancarios la inmensa deuda norteamericana, especialmente en el contexto de la lenta pero constante desvalorización del dólar frente a monedas como el euro y el yen? Más bien esa baja, de mantenerse, presagia un frenazo en el ingreso de capitales y la consiguiente suba de las tasas de interés.
En este contexto, se hace acuciante para Washington la necesidad de asegurar mercados exclusivos para sus industrias, servicios y capitales. Como señala Pinheiro Guimarães, “la profunda interdependencia y dependencia de la economía americana con relación a la economía mundial y la idea de que el éxito económico americano se debe al capitalismo ‘libre’ son la base de la permanente y consistente estrategia económica externa americana” [3]. Por eso, las políticas estadounidenses hacia América Latina volvieron a centrarse –mediante presiones diplomáticas, financieras y otras– en la puesta en marcha del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Muy poco después del 11 de septiembre, ya lanzada la ofensiva "preventiva" de la "guerra contra el terrorismo", la administración Bush Jr. reforzó sus presiones sobre los gobiernos latinoamericanos con el argumento de que la firma de un tratado que consolide ese objetivo, y la autorización de la “vía rápida” para lograrlo, forman parte de esa “guerra”. Pero los cambios ocurridos en diversos países de la región, como Argentina, Brasil y Venezuela, que han cuestionado el ALCA como un mecanismo favorable a los intereses norteamericanos, especialmente en cuanto al tema de inversiones, propiedad intelectual y compras gubernamentales, y las limitaciones internas de la propia economía del norte, que no puede prescindir de otorgar subsidios proteccionistas para muchos productos agrícolas de exportación que no pueden competir con los de nuestros países, significaron por ahora un freno a tales pretensiones aunque se avanza en el terreno de los acuerdos bilaterales [4].
Los trágicos atentados del 11-S vinieron a sumar otras dificultades, particularmente en algunos rubros como aerolíneas y seguros, a un escenario que ya era crítico y donde la sombra de la recesión sobrevolaba las fábricas estadounidenses. La fiebre de consumo estimulada desde el Estado no fue suficiente para alentar una recuperación persistente, por eso a la caída de demanda sucedieron planes de "reestructuración" y despidos. "Hoy el problema económico es el exceso de capacidad en relación con la demanda –admitió un ex alto funcionario de la Casa Blanca–. Hay demasiadas fábricas ociosas, demasiados equipos sin usar, y demasiada gente sin trabajo. Y no hay suficientes compradores para todos los productos y servicios que puede producir la economía norteamericana" [5]. Un ejemplo reciente es el del consorcio alimentario Kraft Foods, que en los últimos días de enero de 2004 anunció el despido de 6.000 trabajadores y el cierre de 20 de sus plantas en el mundo, como parte de un fuerte redimensionamiento tras un año de ventas y beneficios por debajo de los cálculos. La planta laboral de la compañía comprende 50.000 trabajadores en Estados Unidos y más de 100.000 en el mundo. Un total de cerca de 3 millones de puestos de trabajo se perdieron desde que Bush llegó a la Casa Blanca; incluso quienes durante 2003 creyeron ver signos de recuperación de la economía norteamericana acuñaron luego la expresión "recuperación sin empleo" [6].
Todo esto redunda en un grave deterioro de la situación social. Según un estudio de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Minnesota, alrededor de 44 millones de personas en Estados Unidos –entre ellas 20 millones de trabajadores– no tienen seguro médico. No es casual que el pasado 19 de junio, 10 mil personas desfilaran por el Golden Gate de San Francisco exigiendo el seguro médico universal.

No mÁs crisis “asiática”, sino mundial

También en Europa la recesión mundial se ha traducido en una caída generalizada de los índices de crecimiento. En 2003 el Producto Bruto Interno (PBI) de la Unión Europea aumentó apenas un 0,7 %, por debajo del 1 % registrado en 2002.
Francia y Alemania, que representan aproximadamente la mitad del PBI del área del euro, se hallan embarcadas en intensas reformas económicas dirigidas a revertir la declinación de los beneficios de sus poderosas corporaciones y restablecer su "competitividad" en los mercados. Los recortes en el sistema de pensiones y la gradual flexibilización del mercado laboral son una de las vías a la que recurren los consorcios europeos. "Parece que la larga siesta de Europa ha llegado finalmente al límite, víctima del crónico estancamiento económico, del deterioro de las finanzas públicas y de la competencia de mano de obra barata en los nuevos países de la UE y en Asia", resume con dura ironía y escaso sentido autocrítico un periodista norteamericano [7].
Responsabilizando a la fuerza laboral, tanto activa como pasiva, de haberse vuelto un "insumo caro", durante los últimos meses poderosos grupos monopólicos como los alemanes del automóvil (Volkswagen, Daimler-Chrysler) y de la energía (Siemens) anunciaron planes de deslocalización, aumento de la jornada laboral con igual salario, y despidos masivos [8]. Como consecuencia, la tasa de desempleo en la Unión Europea (UE) alcanzó en junio el 9,1 % de la población activa (19,4 millones de personas), con valores extremos en Polonia (18,9%) y Eslovaquia (16,2%), de un lado, y Luxemburgo y Austria del otro (4,2%) [9].
En Francia, pese a la formal vigencia de la semana laboral de 35 horas, los grandes conglomerados industriales han implementado vías "laterales" para extender la jornada laboral, e invocan como ejemplo las reformas en curso en la vecina Alemania [10]. En esta última, el presidente de la Confederación de Cámaras de Industria y Comercio de Alemania (DIHK), Ludwig Georg Braun, llamó abiertamente a aprovechar la ampliación de la Unión Europea para trasladar parte de la industria alemana al extranjero en donde la producción es mucho más barata. En realidad la industria alemana hace tiempo que comenzó a "deslocalizar" su producción. Los grandes consorcios automovilísticos alemanes, por nombrar un sector, hace décadas que vienen desplazando sus plantas industriales a países asiáticos y, últimamente, de la ex Europa del Este.
Todo esto ha motivado el resurgimiento de movilizaciones multitudinarias en rechazo de esos planes y en defensa de las conquistas sociales obreras en Alemania, Francia e Italia, casi siempre por fuera y por encima de las conducciones sindicales comprometidas con las patronales reformadoras y el Estado [11]. El actual programa "Hartz IV" –núcleo de la llamada "Agenda 2010" impulsada por el gobierno socialdemócrata alemán– tiende a ahondar la brecha entre los trabajadores ocupados y desocupados, aumentando la presión a la baja salarial generalizada, eliminación de derechos sindicales, horarios laborales flexibles, extensión de la semana laboral, y establecimiento de "zonas económicas especiales" en el este de Alemania y en la cuenca del Ruhr [12].
La preocupación por el estancamiento dio alas a proyectos keynesianos: en octubre de 2003 una cumbre de "los Quince" debatió un vasto programa de grandes obras de infraestructura –concernientes al transporte ferroviario y marítimo– por un monto de 220 mil millones de euros hasta el 2020. Pero en la práctica Berlín y París ya han superado el supuestamente inviolable techo establecido por la Unión Europea para los déficits presupuestarios del 3% del PIB, de modo que no hay margen para estímulos fiscales.
Las empresas europeas encaran también la notoria caída de sus beneficios mediante un intenso proceso de fusiones y adquisiciones protagonizadas por sus principales consorcios. En abril, la Comisión Europea aprobó la fusión de dos aerolíneas emblemáticas: la semiestatal Alitalia –acosada por la crisis financiera que la tenía al borde de la quiebra– y Air France.
El Japón, que sólo promediando el 2003 ha comenzado a emerger de la larga recesión que aquejaba a su economía desde inicios de los '90, también se resiente de similares índices negativos. A fines de 2003, el gigante electrónico Sony anunció la eliminación en tres años de 20.000 puestos de trabajo –el 13% de sus 154 mil trabajadores en todo el mundo–, como parte de una reestructuración a gran escala a fin de detener la caída de la tasa de ganancia. En el tercer trimestre de ese año los beneficios de la corporación habían sumado 304 millones de dólares: una declinación del 25% con respecto a igual período del año anterior [13].
China ha sido, en estos últimos años, la única de las potencias con índices positivos de crecimiento económico. Sin embargo, el ascendente capitalismo chino muestra ya claros indicios de desaceleración, y cifras conservadoras dan cuenta de una desocupación creciente que ya afecta a 15 millones de personas sólo en centros urbanos, sin contar las sobrepobladas áreas rurales [14]. Los dirigentes chinos también se muestran, desde la invasión estadounidense a Irak, preocupados por los efectos de la política belicista del gobierno de Washington y la consiguiente inestabilidad mundial en los negocios [15]. En el último período, el significativo ascenso de los precios del petróleo, motivado tanto por la creciente demanda china como por la inestabilidad de la ocupación de Irak y el resurgimiento de reclamos nacionalistas en países productores, augura nuevas conmociones.
Así, el fantasma de la crisis agita sus alas negras sobre los cinco continentes. Las economías de Europa y Japón dan muestras de estancamiento, y los Estados Unidos ya no son desde hace tiempo la locomotora capaz de impulsar decisivamente la economía mundial. Las exportaciones norteamericanas no despegan ni siquiera con la notable desvalorización de su moneda, y este mismo dato llena de zozobra a los inversores extranjeros con tenencias en dólares [16]. La generalizada caída de la actividad económica a nivel mundial expulsa ingentes masas de trabajadores de la producción. "A pesar de la recuperación económica experimentada en el segundo semestre de 2003 –señala un informe de la OIT de marzo de 2004–, continuó el ascenso incesante del desempleo en el mundo, que alcanzó una nueva cifra sin precedentes de 185,9 millones de hombres y mujeres en paro" [17].

No fue "un rayo en un día de sol"

Los atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono significaron un golpe indudable a la economía mundial en su conjunto. El FMI señaló entonces el debilitamiento global de la confianza del consumidor y de los negocios, el retiro generalizado de activos riesgosos tanto en los mercados maduros como en los emergentes, un impacto significativo en la demanda y en la actividad económica en EE.UU. y otros países industriales, e indicios de aumento del desempleo [18]. Pero el impacto económico de los atentados no fue "un rayo en un día de sol": más bien acentuó tendencias preexistentes, ratificando la presencia de fuertes elementos de continuidad entre la actual situación y el escenario previo al 11 de septiembre.
Esas tendencias apuntaban, ya desde el 2000, a una clara disminución del dinamismo económico global, y particularmente del de la economía norteamericana. Durante el mismo año 2001 se hicieron públicas fuertes “correcciones a la baja” en las proyecciones económicas. Entre octubre de 2000 y los días previos al 11-S, las estimaciones del FMI sobre el crecimiento de la producción mundial se modificaron del 4,2% a un 2,6%; para el G7, de un 2,9% a un 0,6%; en tanto que para el caso de los "nuevos países industrializados" la estimación para el año 2001 se redujo de un 6,6 a un 1%, y para América Latina de 4,5 a 1,7 %. En el mismo sentido se inscribieron entonces las proyecciones del Banco Mundial, del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU y de la UNCTAD [19]. Al mismo tiempo, la burbuja especulativa había alcanzado dimensiones colosales: las transacciones cambiarias llegaban a 1.500 billones de dólares diarios, contra 18 mil millones en los años '70 y 200 mil millones a mediados de los '80, es decir, más de 50 veces el monto de intercambios de bienes y servicios [20].
El largo período de crecimiento ininterrumpido que se inició en 1991 llegó a su fin bastante antes del 11-S. Para el segundo trimestre de 2000 la recesión estaba instalada en Estados Unidos, lo que se reflejaba en la caída del PBI, del volumen de ganancias de las corporaciones, de la inversión fija y de la producción industrial, y en el crecimiento sostenido de la desocupación. En lo que se refiere al PBI, durante el primer trimestre de 1998 había crecido el 6,1%; en el mismo período de 1999, el 3,1%; en el primer trimestre del 2000, sólo el 2,3%; y en el mismo lapso de 2001 fue negativo: -0,6%.
Los escándalos corporativos vinculados a la formulación de balances falsos con la complicidad de los más altos niveles del gobierno norteamericano, pusieron en evidencia la intención de hacer pasar como ganancias lo que en realidad eran pérdidas. A mediados de 2002, la masividad de esos fraudes –que complicaban por miles de millones de dólares a grupos como el Citigroup, Duke Energy, Enron, Global Crossing, Halliburton, J. P. Morgan Chase, Laboratorios Merck, Merrill Lynch y WorldCom– daba la pauta de que no se trataba de males circunstanciales sino estructurales. Entre otras cosas porque la crisis golpeaba al núcleo de la tan pregonada "Nueva Economía", las compañías informáticas con centro en Silicon Valley, que tuvieron su auge entre 1995 y el 2000.
Las acciones tecnológicas constituyeron un inmenso "globo", completamente desproporcionado al valor real de las compañías. El colapso de las punto com derrumbó el mito de la productividad indefinidamente ascendente gracias a la tecnología de la información, y las ilusiones de un capitalismo sin crisis gracias a la globalización de los mercados. Mitos que hace pocos años eran fundados en la sobreexpansión de los "tigres" asiáticos, y que hoy abrevan en similares espejismos inspirados en las perspectivas pretendidamente ilimitadas del mercado chino [21].

Una continuación de la política por otros medios

Las sucesivas oleadas de la crisis iniciada en 1997 –primero el sudeste asiático; luego Rusia, Turquía, Brasil y Argentina; finalmente Estados Unidos, Europa, Japón– golpearon a miles de millones de personas con sus secuelas de hambre, desocupación, explotación laboral, guerra. El escenario mundial continúa oscurecido por densos nubarrones.
Los trágicos atentados del 11-S dieron impulso al rumbo militarista de la política exterior norteamericana; rumbo que en verdad se había entronizado con la misma llegada a la Casa Blanca del equipo de Bush-Cheney-Rumsfeld-Rice, encarnando los intereses del “complejo petrolero-militar”. En nombre de la “lucha contra el terrorismo”, la dirigencia norteamericana encaró una ofensiva belicista que conmueve al mundo.
A impulso de esos intereses, el gobierno norteamericano se arrogó el derecho a efectuar ataques “preventivos”, enarboló razones indemostrables y puso proa a una campaña dirigida a adecuar el mapa político de la región del Golfo Pérsico a sus propios fines mediante la imposición de un régimen seudo colonial en Irak, la consolidación regional de la supremacía militar de su aliado israelí, y la obtención de una serie de bases militares en los países ex soviéticos del centro de Asia tras la ocupación de Afganistán. Con ello no sólo asentó sus reales sobre uno de los mayores reservorios petroleros de la tierra, sino que lo hizo en el “entorno” mismo de China y Rusia. El vasto dispositivo estratégico en marcha incluye los extremos de un vastísimo arco que une el Cáucaso con Filipinas. Estos desmesurados empeños se corresponden con el sideral presupuesto militar aprobado por el Congreso estadounidense.
Nuestra región no está al margen de este escenario. Invocando la “lucha contra el narcotráfico” y contra el "terrorismo", asesores y tropas norteamericanas forman parte del Plan Colombia, ahora reconvertido en “Iniciativa Regional Andina”, una red de “defensa” regional en cuyo marco Washington aspira a la posesión de bases militares en todo el subcontinente; ya las tiene en Manta (Ecuador), Santa María (Perú) y Alcántara (Brasil), y es pública su exigencia de algún tipo de posibilidad de intervención en la “triple frontera” y otras partes.
Como lo ha hecho recurrentemente desde las crisis de fines de los años ’60 y principios de los ’70, Washington busca superar el trance económico conquistando posiciones geopolíticas de largo plazo en base a su indiscutible superioridad militar, y reactivando su economía con inmensas inversiones en el complejo militar-industrial. Todo esto ha convertido el mundo en un lugar cada vez más inestable.
Sin embargo, los objetivos de Washington chocaron con realidades más duras que las previstas. Las resistencias nacionales en Irak y Afganistán resultaron hasta ahora insurmontables; el reciente referéndum venezolano ratificó el mandato de Hugo Chávez y la continuidad de un proceso de cambios de sentido nacionalista y los movimientos de oposición a las privatizaciones y demás preceptos neoliberales al uso siguen creciendo en buena parte de los países sudamericanos. Todos estos hechos contribuyen a demorar y dificultar los planes estratégicos de EE.UU.
Al mismo tiempo, su soledad actual revela la gran distancia que separa la posición que Estados Unidos ocupa en el mundo de comienzos del siglo XXI de aquella que detentaba en los años de la segunda posguerra, y ratifica el carácter multipolar del mundo de hoy. El gobierno de Washington se ve cada vez más precisado a recurrir a su incuestionable superioridad militar para compensar los desafíos que en el campo económico, financiero y científico-tecnológico le plantean las potencias competidoras. Pero, pese a la enorme superioridad militar y tecnológica que lo constituye en única superpotencia, prácticamente ninguno de los grandes problemas del mundo actual puede ser encarado sin la intervención en mayor o menor grado de los otros poderes del globo que en distintos aspectos parciales –militares, económicos o políticos– rivalizan con la superpotencia [22].
Para las mayorías del mundo, la “globalización” significa enajenación de recursos, destrucción de los mercados internos, recortes salariales, desocupación, pobreza, guerra, crisis. Más aún en la medida en que siguen prevaleciendo las políticas acordadas por los poderosos de la tierra, que se traducen en las “recomendaciones” e imposiciones del FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio a través de “programas de ajuste” que fuerzan a las naciones pobres y endeudadas a practicar medidas de “austeridad” perjudiciales para su desarrollo independiente y autosostenido. Y más también porque Europa y EE.UU. siguen cerrando sus fronteras y levantando trabas insuperables al comercio de aquéllas.
En este contexto, el ALCA asume una proyección mucho más amplia que sus alcances económicos. Frente a él, el Mercosur se constituye en un eje alterno a los proyectos de Washington y juega, al mismo tiempo, con el interés de los países europeos, que intentan levantar su propio proyecto de asociación interregional. Sobre el trasfondo de la gran vulnerabilidad de nuestras economías, tal “triangularidad”, ante la debilidad de instituciones y políticas comunes, no garantiza por si sola que nuestro subcontinente deje de ser un escenario particular de la crisis global.
El fortalecimiento de las economías nacionales, mediante políticas de desarrollo económico independiente y autosostenido, y la complementación solidaria en lo regional deben combinarse para hacernos más fuertes frente a los vendavales que sin duda seguirán soplando.

La ceguera de los economistas en los umbrales de la crisis del ’30

El 28 de septiembre de 1928, Richard Whitney, vicepresidente del Stock Exchange (Bolsa de Valores) de Nueva York, expresaba en conferencia de prensa su confianza en la “prosperidad” de la economía norteamericana. Salía, de hecho, al cruce de las formulaciones referidas a la inevitabilidad de las crisis económicas cíclicas en el capitalismo elaboradas por prestigiosos economistas, como Joseph Schumpeter.
Por entonces, magnates de los grandes consorcios norteamericanos como los Ford, Mellon y Rockefeller insistían en el carácter ilimitado de la expansión económica, en los Estados Unidos y en todo el mundo. En los dos años anteriores, los monopolios siderúrgicos franceses, belgas, alemanes y luxemburgueses habían constituido el Cártel del Acero; y el Cártel del Petróleo reunía a la norteamericana Standard Oil, la anglo-holandesa Royal Dutch Shell, y la británica Anglo-Iranian. Se creía que los acuerdos de reparto de los mercados internacionales entre las grandes firmas daba por superadas las guerras económicas que habían conducido a la Guerra Mundial de 1914-1918. De los 15.000 millones de dólares norteamericanos colocados en el exterior, 5.000 estaban invertidos en Europa, y habían sido la base de la rápida recuperación de países como Alemania, Polonia y Checoslovaquia tras la guerra. La industria automotriz estaba en su apogeo: cuatro millones de asalariados dependían de ella. En el mundo circulaban 18 millones de “Ford T”.
“Muchas personas todavía no comprendieron que se han terminado los ciclos económicos tal como los hemos conocido” –expresó entonces Whitney–. “Por mi parte, estoy convencido de la esencial y fundamental solidez de la prosperidad norteamericana. Tal es, por otra parte, la opinión de la inmensa mayoría de los hombres de negocios de los Estados Unidos y, sin duda, del mundo entero”.
Esto era dicho apenas un año antes del “jueves negro” de la Bolsa de Wall Street en octubre de 1929, y de la Gran Depresión de 1929-1933, cuyos tremendos efectos –dislocación del comercio mundial, quiebras, millones de desocupados, ascenso del nazifascismo– se prolongarían en todo el mundo hasta desembocar en 1939 en una nueva guerra mundial.
No todos los analistas mostraban semejante ceguera. Dos meses después de las estimaciones de Whitney, el economista Roger Babson planteaba su preocupación ante el auge alcista del mercado de valores: “Un estudio afinado del mercado demuestra que las acciones más importantes bajarán –advirtió–. Va a llegar el día en que el mercado comenzará a deslizarse por la pendiente: habrá más vendedores que compradores y los beneficios de papel desaparecerán. Entonces será un ‘sálvese quien pueda’, y la crisis que sobrevendrá será terrible”. Otro grupo de economistas subrayaba que la economía norteamericana se hallaba al borde del abismo de la superproducción: “Los ingresos están mal repartidos y la demanda es insuficiente, frente a una producción que crece sin cesar. El aumento promedio de los salarios es del 8%, mientras que los beneficios industriales son del orden del 70%. Todo esto marca una desigualdad muy peligrosa en la distribución del ingreso”.
Hoy, esa ceguera dramática retorna travestida en farsa. Gurúes económicos ligados a organismos financieros internacionales y a grupos de interés de distintas potencias vuelven a ignorar análisis de la dinámica del capitalismo formulados hace mucho tiempo y a los que la realidad, siempre tan testaruda, les dio oportunamente la razón.

Notas
[1] Wall Street Journal, 1/7/04.
[2] “Estados Unidos, ¿va esta superpotencia hacia un colapso?”. Milt Neidenberg, Workers World Service, 24/07/2004.
[3] Samuel Pinheiro Guimarães, “El papel político del Mercosur, su participación y la de América del Sur en la evolución del sistema mundial, político y económico, multipolar y conflictivo”, 10/8/04, en Internet. Pinheiro Guimarães es actualmente Vicecanciller de Brasil.
[4] Mario Rapoport, “Entre le Mercosur el l’ALCA. L’Argentine et le protectionnisme des États-Unis”, en Alternatives Sud, Vol. X (2003) 1, Louvain-La Neuve, pp. 101-121; Jaime Estay, “El ALCA después de Miami: la conquista continúa”, en Ana Esther Ceceña (comp.), Hegemonías y emancipaciones en el siglo XXI, CLACSO, Buenos Aires, 2004, pp. 74-75.
[5] Robert Reich, ex secretario de Trabajo de EE.UU. durante la presidencia de Clinton. Diario Clarín, 8/1/03.
[6] Samuelson, Paul: “Estados Unidos: recuperación sin empleo”. Clarín Económico, 1/2/2004.
[7] Mark Lander: “Adiós a la siesta de los europeos: se extiende la jornada laboral”. The New York Times, 8/7/04.
[8] Nubarrones sobre Wolfsburgo: Volkswagen extraña los viejos tiempos...”. Deutsche Welle, 9/3/2004.
[9] Datos de la oficina de estadísticas Eurostat. Argenpress, 3/8/2004.
[10] Le Courrier International, 30/7/04.
[11] “Toma fuerza ola de paros en Alemania”, Deutsche Welle, 29/1/04.
[12] En Internet: www.mlpd.de
[13] “Despidos masivos en Japón”, BBC, 29/10/03; “Sony eliminará 20.000 empleos”, ANS-PSI, 29/10/03.
[14] The Economist, en La Nación, Economía & Negocios, 21/8/04.
[15] Diario del Pueblo, 11/4/03.
[16] http://www.liberalismo.org/foros/6/0/7739/
[17] “Comisión Mundial sobre la Dimensión Social de la Globalización”. En Trabajo, Revista de la OIT, Nº 50, marzo 2004. “El actual proceso de globalización –se señala también allí– genera resultados desiguales entre los países y dentro de ellos. Se está creando riqueza, pero son demasiados los países y las personas que no participan de los beneficios.”
[18] “An Initial Assessment of Prospects for the Global Economy Following the Events of September 11”, noviembre 2001, en Internet.
[19] Jaime Estay: La economía mundial y América Latina después del 11 de septiembre: notas para la discusión. 2001. http://www.redem.buap.mx
[20] Mario Rapoport, Tiempos de crisis, vientos de cambio. Argentina y el poder global. Bs. As., Norma, 2002, pp. 97-111.
[21] Sobre los mitos de la globalización todavía son válidas las ideas expresadas en un dossier sobre el tema publicado en la revista Ciclos en la historia, la economía y la sociedad, N° 12, 1er. Semestre de 1997, con artículos de Jocelyn Letourneau, Pierre Salama, Edmundo Heredia, Luis Roninger, Eduardo Grüner y Mario Rapoport.
[22] Cf. Mario Rapoport y Rubén Laufer, “El poder global”, en Encrucijadas, Revista de la Universidad de Buenos Aires, octubre de 2002; Atilio A. Borón (comp.), Nueva Hegemonía Mundial. Alternativas de cambio y movimientos sociales, CLACSO, Buenos Aires, 2004.
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El neoconservadurismo en EE.UU.

Las fuentes intelectuales de la guerra global

Uno de los aspectos más novedosos de la reacción bélica tras los atentados terroristas es que la guerra, la ocupación territorial y el dominio de los recursos naturales desplazaron a la negociación de la agenda política internacional. La búsqueda del orden mundial mediante el despliegue del poder militar y tecnológico es el principal triunfo de los intelectuales neoconservadores de los Estados Unidos, llegados a la cumbre junto con el presidente George W. Bush, a comienzos de 2001. Los atentados a las Torres Gemelas dieron a este grupo de intelectuales la excusa perfecta para iniciar el mayor golpe de timón de la diplomacia de Washington del último siglo y, por añadidura, marcar el paso de la política planetaria. En las raíces de esta verdadera revolución intelectual del pensamiento estratégico hay una combinación de las ideas de Carl Schmitt, Ernst Junger y Leo Strauss, que sustentan la conformación de un Estado autoritario con ciudadanos guerreros, cohesionados por la constante batalla contra enemigos externos..


FABIÁN BOSOER
Politólogo. Profesor asociado a cargo de la materia Teorías del Estado y la Planificación, Carrera de Ciencias de la Comunicación, Facultad de Ciencias Sociales, UBA.


Uno de los aspectos más elusivos, dentro de la abundancia interpretativa y los sacudones intelectuales, políticos, culturales y existenciales provocados por la guerra en Irak a lo largo de este último año, ha sido el tremendo hecho –y las repercusiones– de que el epicentro de la política internacional se haya desplazado de tal modo de la exposición y tratamiento de la agenda de los problemas globales, y sus especificidades nacionales y regionales, para regresar al teatro de la lucha militar más cruenta por la ocupación territorial, el control de los espacios y el dominio de los recursos.
La asunción del poder militar y tecnológico y el retorno de la geopolítica de poder como realidades ordenadoras –y al mismo tiempo, como principales fuentes de riesgos y amenazas– son el mayor “logro” de los intelectuales neoconservadores que impusieron el mayor cambio en la política exterior norteamericana del último siglo y que marcaron el paso de la política mundial desde la llegada al poder de George W. Bush, en enero de 2001, hasta quedar atrapados en el fangoso escenario, que ellos mismos construyeron, de la debacle iraquí de 2003–2004.
Días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el analista Robert Kaplan lo anticipó de manera temeraria al plantear que la política internacional volvería a ser, a partir de entonces, “lo que fue tradicionalmente: el aspecto diplomático de la seguridad nacional en lugar de un conjunto de estudios sobre el Holocausto”. “Ya no podemos darnos el lujo del comportamiento honorable en política exterior –continuaba Kaplan–, ahora que la presunción de seguridad nacional ya no existe (...) La necesidad de mantener el poder y la seguridad deben venir primero. Nuestros valores vendrán después” (The Washington Post, 23/9/01). Lo que se desplegaría a partir de entonces, y ya antes estaba gestándose, era una implacable, sistemática y progresiva marcha hacia la restauración de la geopolítica tradicional de las políticas de poder, pero colocada bajo un contexto inédito, el del desequilibrio permanente y del riesgo de colapsos sistémicos inminentes. Charles Krauthammer, otro realista conservador de la nueva camada, describía dicho contexto como el de una aceleración e intensificación de la unipolaridad al mismo tiempo que de un aumento del riesgo de guerras y proliferación de “Estados villanos” y redes terroristas, con la posible utilización de armas de destrucción masiva: “Éste no es un riesgo trivial –escribía Krauthammer revisando en 2002 sus pronósticos de una década atrás sobre la entrada en una indiscutida e imbatible “era unipolar”–, es el peligro más serio que enfrenta Estados Unidos, porque, a pesar de toda su dominación y de toda su flexibilidad, existe una cosa a la que podría no sobrevivir: el decapitamiento...” (“The unipolar moment revisited”, The National Interest, winter 2002/2003)
Tras el fatídico 11 de septiembre de 2001, el presidente Bush terminó de compenetrarse con esta visión de que había que “sacar la guerra afuera”, adaptar el establishment militar a los nuevos tipos de amenazas y desplegar ‘urbi et orbi’ el poderío estadounidense amenazado por la entropía sistémica. Lo sintetizó sin eufemismos en cada intervención pública, estampando las frases memorables: “Vivimos en un mundo peligroso, lleno de gente que nos odia”, “no hay opciones: se está con nosotros o se está con los terroristas”, “debemos enfrentar al eje del mal”, etc. Dos años después, en su discurso prebélico del 17 de marzo de 2003, dijo otra frase que encerraba este mensaje revelador: “Dejamos de marchar a la deriva hacia la tragedia para poner rumbo a la seguridad”. Y añadió, sin tener presente seguramente la implicancia filosófica nietzscheana de su alocución mediática: “No se trata de una cuestión de autoridad sino de voluntad”. El significado lo explicó poco después otro de los arquitectos de la estrategia neoimperial, el analista y ensayista conservador Robert Kagan, en un diálogo con Daniel Cohn-Bendit, uno de los lìderes carismáticos del Mayo ’68 francés: “Estados Unidos ejerce el poder en un mundo hobbesiano en el que todos luchan contra todos y no se pueden fiar de reglas internacionales ni del derecho internacional público” (“Kagan: ‘EE.UU. sabe lo que quiere; Europa, no’. Cohn-Bendit: ’Los americanos están aislados’”, El País de Madrid, 23/3/03).
Los secretarios Donald Rumsfeld y Colin Powell –convencido el primero, arrastrado el segundo–, con la asistencia del luego despedido jefe de asesores del Pentágono Richard Perle, volvieron sobre la cuestión, pretendiendo empujar un trecho más a las Naciones Unidas al desván de trastos viejos donde yacen la Liga de las Naciones y las instituciones de “la vieja Europa”. “Solo nos quedan las coaliciones de los países dispuestos a intervenir –escribió Perle cuando aún ocupaba el alto cargo en la administración republicana–, debemos reconocer que son, a falta de algo mejor, la mayor esperanza de ese nuevo orden mundial, y la verdadera alternativa a la anarquía del lamentable fracaso de la ONU” (“Thank God for the death of the UN”, The Guardian, 21/3/03).
Comenzó a verse entonces cómo los “halcones” que gobernaban la superpotencia mundial parecían haber encontrado la fórmula superadora de la vieja e irresuelta contradicción de la política exterior norteamericana entre el autoaislamiento defensivo de las políticas realistas del “interés nacional” y el idealismo intervencionista que le asignaba a aquel país un ineludible “destino manifiesto” como faro de la libertad en el mundo. El hiperrealismo ofensivo de los nuevos neoconservadores globalistas se nutría de los elementos tradicionales del “main stream” de la diplomacia estadounidense: la doctrina Monroe y su corolario roosveltiano (la defensa de sus intereses estratégicos en el mundo asociada a los principios liberales en que se asientan estos intereses), la evangelización secular de la democracia y el libremercado, la “realpolitik” del equilibrio de poder. Pero sus ambiciones iban mucho más allá.

¿Un nuevo “nomos” de la Tierra?

Esta concepción rehabilitó al pensamiento imperialista norteamericano de principios de siglo XX, el de los “neohamiltonianos”, representados por la política del “gran garrote” de Theodore Roosevelt (1901-1909), aunque haya quienes quisieron ver en ella también una reivindicación del internacionalismo liberal “wilsoniano”, en referencia a la política exterior del presidente Woodrow Wilson (1913-1921).
Pero lo que representó una auténtica novedad de este nuevo unilateralismo del siglo XXI no fue solamente cómo se desprendió sin ambigüedades de la influencia liberal de Immanuel Kant –la “paz perpetua” basada en la autolimitación de la fuerza de los poderosos y la sujeción a una ley internacional, la confianza en el poder civilizador de la razón y del consenso social–. Lo que resulta verdaderamente sorprendente es cómo lograron injertarle en su lugar, aun sin haberlas leído, las teorías de Carl Schmitt (1888-1985): la realización del “decisionismo” –la encarnación de una acción política independiente de los postulados normativos–, la identificación del enemigo como esencia de la decisión política, y la doctrina de los grandes espacios geopolíticos –el control de los recursos estratégicos vitales, la toma de la tierra y de los mares en un nuevo “nomos de la Tierra”– como motor de la estrategia global que define los alcances de la guerra y de la paz, del miedo y la seguridad, del orden y el desorden, del bien y del mal.
Señala Ian Buruma que “la idea de que el liberalismo es mediocre, antiheroico y carente de vigor marcial es un viejo grito de batalla de la derecha europea antiliberal. Es esto lo que despreciaban figuras dispares como Ernst Junger, Carl Schmitt, el eminente jurista que justificó el Estado nazi, y también el pensamiento de Leo Strauss” (The New York Review of Books, mayo 1, 2003). Schmitt y Junger simpatizaban con la idea de un Estado autoritario de ciudadanos guerreros heroicos, unidos en una constante batalla contra enemigos externos. Leo Strauss (1889-1973), invocado como principal referente teórico de los neoconservadores actuales, fue un refugiado del nazismo, pero sin embargo, en una carta a Schmitt, que había sido su profesor y gracias a quien obtiene una beca de la Fundación Rockefeller para marchar a Francia y afincarse, luego, en Estados Unidos, le expresa similares ideas: “Un pueblo sólo puede estar unido contra otros pueblos”.
Esta simbiosis “schmittiana” constituye una verdadera revolución intelectual en el pensamiento estratégico de la república imperial americana. El teórico del expansionismo alemán, crítico demoledor de las instituciones liberales, nacionales e internacionales, había pronunciado 60 años atrás, en junio de 1943, una conferencia en el Instituto de Estudios Políticos de Madrid, titulada “Cambio de estructura del Derecho Internacional”, que bien podría haber inspirado a los mentores del ultraconservador “Proyecto para el Nuevo Siglo Americano” (1997), y a la nueva Estrategia de Seguridad Nacional aprobada en septiembre de 2002 (Dato anecdótico: el director de aquel think tank se llama curiosamente Gary Schmitt).
“Se lucha hoy en toda la Tierra por un orden de la tierra toda”, comenzaba diciendo entonces, con toque marcial, el jurista alemán que había abierto las puertas filosóficas del nacional-socialismo en su ascenso al poder total. Y continuaba: “La guerra se ha tornado planetaria: su sentido y su objetivo son nada menos que el ‘nomos’ de nuestro planeta”. Ese “nomos”, u orden, al que aludía no era ya la serie de reglas y convenios internacionales sino “el principio fundamental de la distribución del espacio terrestre: la toma de la tierra y de los mares”. El ‘nomos’ refiere a la posesión original de la Tierra como acto fundador del orden jurídico y no al revés, como lo entendían los juristas y políticos liberales y positivistas.
La “toma de la tierra” por parte de los hombres es un acontecimiento histórico; el momento en que el hombre ejerce su primera relación con el espacio terrestre, que es condición de toda posterior relación entre los hombres, condición de la sociabilidad humana. Este mismo acontecimiento histórico originario sigue teniendo lugar de diversas formas hasta nuestros días, por asentamientos debidos a conquistas o migraciones o por una decisión política en la defensa de un país frente a un enemigo. En ello radica la esencia de lo político: sólo desde la toma global de la tierra por parte del hombre, o de los pueblos, han de ser entendidos la propiedad, la economía, el derecho internacional y el concepto de lo político.
Schmitt entendía a la política como “la más intensa y extrema forma de antagonismo” y a la guerra, como proyección última de la política, que se había tornado absoluta y global. Ello significaba que la naturaleza de los conflictos tendería a borrar las fronteras geográficas y las diferencias entre civiles y militares, al tiempo que la “criminalización” del enemigo llevaría a la inoperancia de toda norma o acuerdo que acotara los alcances de la violencia. Por el contrario, como comenta Etienne Balibar, “en la idea de una contra-violencia preventiva ejercida por el Estado para preservar a los seres humanos de su propia destructividad [N. del A.: Compárese esta definición con la justificación de la “guerra preventiva” enunciada por la Administración Bush], Schmitt sólo pudo reconocer lo esencial de lo que más tarde llamará, en términos teológicos, el ‘katechon’, el poder que ‘retarda’ o ‘retiene’ la venida del Anticristo y, por consiguiente, la confrontación entre las fuerzas del Bien y del Mal...” (Bergalli y Martyniuk, 2003).
El argumento schmittiano de principios de la década de 1940 tenía el propósito de desnudar el modo en que el choque entre concepciones imperiales de potencias emergentes, totalitarismos y grandes regímenes de masas enfrentados –y Schmitt participaba abiertamente del lado de la Alemania nazi– había demolido un sistema de equilibrios europeo basado en la confrontación y coexistencia entre grandes poderes enfrentados.
De aquella hoguera mundial surgió otro sistema de equilibrios –el del orden bipolar de la Guerra Fría y la igualdad jurídica de los Estados– que estuvo vigente hasta hace poco menos de una década y media; y el dominio académico de la “escuela realista”, cuyo principal exponente será Hans Morgenthau, así como la tarea de los “hacedores de política” (policy makers) como Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, que interpretaron ese mundo bipolar como una extensión planetaria de los equilibrios europeos del siglo XIX, establecidos por Bismarck y Metternich bajo la “Pax britannica”.
Pero si aquel realismo de posguerra implicaba una alianza entre el conservadurismo –preocupado por el poder militar e inclinado al unilateralismo– y el liberalismo –preocupado por el “poder blando” de la diplomacia e inclinado al multilateralismo–, el realismo neoconservador globalista representa una ruptura y un ajuste de cuentas con el componente liberal, también a la manera “schmittiana”.
Schmitt había sobrevivido inquebrantable a la derrota del proyecto pangermánico, en 1945, y regresa dos décadas más tarde a la España franquista para dictar en la misma institución académica de Madrid otra conferencia. Es presentado por su director y discípulo Manuel Fraga Iribarne (fundador años más tarde del partido que, de la mano de su heredero político, José María Aznar, terminaría llevando a España a acompañar a los EE.UU. en su cruzada militar “occidentalista y cristiana” en Irak).
Corría marzo de 1962, días en los que la confrontación Este-Oeste alcanzaba picos de tensión, y Schmitt expone ante ese auditorio sobre “El orden planetario después de la Segunda Guerra Mundial”. Retoma entonces la misma cuestión: “La expresión ‘nomos de la Tierra’ tiene el sentido de llamar la atención sobre el hecho de una nueva toma y distribución de la tierra en su realidad concreta... más allá de ficciones normativistas”. Se refiere en el primer caso al alcance ilimitado y global del poder de los Estados Unidos y, en el segundo caso, unas “Naciones Unidas que no constituyen nada, (apenas) un mero reflejo del desorden existente (ya que) los verdaderos problemas no se solucionan con discusiones”.
Por la misma época, Schmitt profundiza su análisis sobre las nuevas formas de la guerra de guerrillas y escribe la “Teoría del Partisano” (1962), una anticipada fundamentación ideológica del terrorismo de Estado –la guerra contrarrevolucionaria– (aunque sólo se tratara de una explicación cruda de su naturaleza) como método para combatir al “enemigo interno”: “El partisano moderno no espera del enemigo ni derecho ni piedad. Él se ha colocado fuera de la enemistad convencional de la guerra controlada y circunscripta, transfiriéndose a otra dimensión: la de la enemistad real que, mediante el terror y las medidas antiterroristas, crece continuamente hasta la destrucción recíproca”. Aquel texto concluye de este modo, cerrando una parábola: “El teórico no puede hacer más que conservar los conceptos y llamar a las cosas con su nombre real. La teoría del partisano [N. del A.: llamémosla aquí “teoría del terrorista] desemboca en el concepto de lo político, en la pregunta sobre quién es el enemigo real y en un nuevo nomos de la Tierra”.
También por aquel entonces el célebre senador estadounidense William Fullbright, que poco conocía de Schmitt pero mucho de sus colegas más reaccionarios, advertía en la sesión de apertura de la Escuela de Guerra, en agosto de 1961, que “el atractivo de determinadas ideas que patrocinan los extremistas de la derecha no es difícil de apreciar. A una nación que enfrenta enormes responsabilidades y amenazas, le ofrecen soluciones engañosamente expeditivas y sencillas”.
Cuarenta años más tarde, los fantasmas de aquellos debates se posaron sobre los centros neurálgicos del poder mundial en Washington para desatar una conjura de fuerzas que volvió a poner en marcha la rueda trituradora de la guerra y, con ella, una reflexión filosófica más profunda sobre la guerra, la paz y la política. La apreciación de G. John Ikenberry, internacionalista de la Universidad de Georgetown que escribe en el último número de la influyente revista Survival, del Instituto de Estudios Estratégicos de Londres (IISS, primavera 2004), es contundente: “Es difícil encontrar otro instante de la historia diplomática norteamericana en el cual una orientación estratégica equivocada haya provocado tanto daño a la posición internacional de este país –su prestigio, credibilidad– en tan corto tiempo y con tan poco para mostrar a cambio”.
Aunque el proyecto imperial de los neoconservadores haya naufragado en la guerra de Irak, sus efectos revulsivos seguirán repercutiendo durante un buen tiempo, hasta tanto no surja un pensamiento estratégico en condiciones de responder de otro modo a sus dilemas cruciales. ¿Es posible pensar en una “revolución democrática global” –una confluencia entre el multilalteralismo intergubernamental, la integración de espacios económicos regionales, el desarrollo de las sociedades civiles y los procesos políticos transnacionales– que confronte con la perspectiva que ofrece el “cruzadismo” fundamentalista, de proliferación y privatización de conflictos armados, violencia criminal, terrorismo y contraterrorismo y territorios “securitizados”, prevista y alentada por los geopolíticos neoconservadores?
Tener presente esta reconfiguración del escenario internacional, y de sus modos de pensarlo, significa también entender que cada política exterior de cada país, más allá de su mayor o menor relevancia estratégica, se encontrarán involucradas en algún tipo de intervención –o de no intervención– que contribuirá a reconstruir instituciones nacionales e internacionales o a desmantelarlas, a permitir que se edifiquen o contribuir a su colapso para desdicha de sus pueblos, en vastas regiones del mundo. También en la nuestra, por cierto.

 

Bibliografía

–Balibar, E., “El Hobbes de Schmitt, el Schmitt de Hobbes”; en Bergalli, R. y Martyniuk, C., Filosofía, política, derecho. Homenaje a E. Marí, Prometeo, Bs. As., 2003.
–Barry, Tom. El complejo de poder en los EE.UU., 11/2002 y The Right’s Architecture of Power, 4/2004. En www.americaspolicys.org
–Galli, Carlo. La guerra globale, Laterza, Roma, 2002.
–Golub, Philip, “Les dynamiques du désordre mondial. Tentation impériale”, Le Monde Diplomatique, sept. 2002. (www.monde–diplomatique.fr)
–Herrero López, Montserrat, El nomos y lo político: la filosofía política de Carl Schmitt, Ediciones Universidad de Navarra (Eunsa), Navarra, 1997.
–Ikenberry, John G., “The end of the neo–conservative moment”, Survival, Vol. 46, Nº 1, London, 2004.
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–Schmitt, Carl. Escritos de política mundial, Ed. Heracles, Bs. As., 1995.
–Tokatlian, Juan Gabriel, Hacia una nueva estrategia internacional, Ed. Norma, Bs. As., 2004.
–www.rightweb.irc–online.org
–Wolfe, Alan, “A Fascist Philosopher helps us understand contemporary politics”, The Chronicle Review. April 2, 2004. www.chronicle.com


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Nuevas guerras, viejos problemas

La hora del miedo

Los años transcurridos desde el final de la Guerra Fría demuestran que el liberalismo posee una cultura política más belicosa que lo que suponía su entramado teórico. La paz mundial imaginada por Kant y augurada por la caída del Muro de Berlín se ha transformado en una nueva desilusión. Los ’90 sentaron precedentes para la violación de las soberanías nacionales y, pisoteando el endeble derecho internacional, la guerra multilateral avanzó hacia el imperialismo cuando comenzó a funcionar abiertamente como una fuerza única tras el 11 de septiembre. Los expertos en defensa, dedicados a contener el desmadre tras la caída del comunismo, vieron cómo se transformaba dramáticamente la situación tras los atentados. Desde entonces, “guerra” no es un concepto distinto de “paz” porque el discurso posmoderno del conflicto los mezcla, al punto de que también se difuminan las distancias que separaban con nitidez el poder bélico del control militar. Estamos sumidos ahora en una difusa guerra civil permanente, aunque ésta no sea ni actual ni constante.


JOSÉ FERNÁNDEZ VEGA
CONICET - Universidad de Buenos Aires.

 

Si algo demostraron los casi cinco lustros transcurridos desde el final de la Guerra Fría es que el liberalismo realmente existente posee una cultura política más belicosa de lo que el propio liberalismo estaría dispuesto a admitir. Ya quedaron atrás esas iniciales esperanzas de una paz internacional que habían inflamado los ánimos inmediatamente después de la caída del muro de Berlín. El triunfo global de la fórmula liberal de democracia más mercado no produjo un mundo mejor. Lejos de eso, vivimos en una atmósfera de violencia y desigualdad saturada de raras amenazas a todo nivel que obligan a replantear las antiguas nociones básicas de la política. Como el propio mundo al que intentan aplicarse, el significado de conceptos tales como Estado y guerra, sólo por nombrar dos principales, ingresó en una persistente zona de turbulencia desde 1989.
Según la inicial visión liberal del nuevo mundo que surgía al término de la Guerra Fría, las causas de los conflictos armados iban a desaparecer con el comunismo, puesto que su rivalidad con el capitalismo y la democracia era lo que había desencadenado la mayoría de las guerras “vicarias” de la segunda mitad del siglo XX. Como la guerra atómica no se podía librar –en cualquier caso iba a ser una victoria pírrica—, los conflictos estallaban en la periferia, de Corea a Vietnam pasando por la represión interna de dictaduras establecidas en todos los continentes con el fin de contener el temible avance “soviético”. Desde la óptica liberal, el vocabulario del “comunismo”, con su apelación a la movilización antiimperialista y a la lucha de clases, configuraba un lenguaje guerrero casi tan agresivo como el del fascismo, el otro gran “totalitarismo” del siglo XX, que había caído antes en la banquina de la historia. Aunque lejos del nacionalismo y el racismo de éste último, el comunismo era también expansionista. En cambio, el autorretrato del capitalismo liberal mostraba colores muy distintos: la prosperidad económica, los contratos y los consensos racionales, la paz cosmopolita y los derechos humanos. Su estirpe se hallaba en la línea de lo que Kant había imaginado, a fines del siglo XVIII, como condición necesaria para el pacifismo: constituciones republicanas y libre intercambio comercial.
La verdad de la inclinación pacifista del liberalismo, se argumentaba, había sido demostrada históricamente por el hecho comprobado de que casi no existen ejemplos de países democráticos enfrentados entre sí por medios violentos. La creciente adhesión que concitó la democracia liberal en todo el mundo tras el colapso del comunismo permitía pensar que la armonía universal estaba al alcance de la mano. Existían incluso las Naciones Unidas, donde las diferencias entre los países podían negociarse ahora en un clima más cordial, ya que las tensiones internacionales estaban cediendo rápidamente con la desintegración de las enemistades militares entre sistemas irreconciliables.
Este fue un clima propicio para relanzar la concepción de un fin de la historia. La humanidad se dirigía hacia un horizonte de libertades políticas en expansión mientras que el bienestar económico no podía sino comenzar a “derramarse” de un momento a otro hacia los sectores sociales menos favorecidos o los países más pobres. La historia de la especie había sido un rosario de tragedias y hambrunas, matanzas y guerras. Era precisamente en ese sentido que ella había llegado a su término dado que no había motivo para persistir en la barbarie: paz y crecimiento era lo que nos esperaba en un mundo poshistórico.

El Estado

Pero un factor inesperado vino a alterar estas brillantes expectativas. El desmantelamiento del “imperio soviético”, como lo denominaban sus enemigos, trajo aparejado una serie de crisis políticas internas en todas las regiones donde había gravitado. Algunas de estas crisis derivaron en enfrentamientos atroces, “limpiezas étnicas” y luchas religiosas, incluso en pleno territorio europeo. Se olvida a menudo que si esas guerras tuvieron lugar fue asimismo debido a la influencia de potencias que intentaban hacer sus juegos geopolíticos en territorios combustibles porque en ellos la autoridad estatal se encontraba debilitada y en proceso de redefinición.
Este tipo de inestabilidad se hizo aún más dramática en África. Allí, la crónica debilidad de los Estados nacionales, muchos de ellos recientemente establecidos, y la interferencia de los intereses económicos trasnacionales, sumados al escaso valor de la vida humana en sociedades hundidas en la miseria y el atraso, generaron guerras civiles permanentes. Esas luchas fueron muchas veces protagonizadas por fuerzas que apenas merecen el nombre de políticas puesto que estaban orientadas por las ambiciones privadas de aventureros criminales. En África, como en otros continentes, la mayoría de las guerras en curso son civiles; cuando una parece apaciguarse, surge enseguida otra. Su característica es la violencia sin límite. Caso extremo, Ruanda asistió al peor genocidio desde el Holocausto. En pocos meses se aniquiló a más seres humanos por día que en los picos exterministas de la “solución final” nazi. La política noratlántica de humanitarismo selectivo ignoró el hecho.
Y es que la Guerra Fría, a pesar de su perversión básica –el exterminio atómico–, o gracias a ella, configuró también un sistema internacional articulado, que no tenemos derecho a echar de menos pero que contrasta con la situación actual. La volatilización de ese sistema desdibujó la autoridad política que monopolizaba la fuerza y permitió el surgimiento de “señores de la guerra” con sus ejércitos de niños y sus procedimientos de tierra arrasada. En cierto modo irónico el “fin de la historia” retrotrajo a ciertas zonas a una especie de Edad Media en la que distintos jefes locales combatían por el trono tanto como por el control de la renta del suelo (o el subsuelo). Pero había una diferencia: en los encuentros no se usaban sólo armas blancas, sino también lanzamisiles y fusiles ametralladora. La tecnología militar estaba al alcance de cualquiera que pudiera pagarla. Y son muchos los que pueden hacerlo, aun en las zonas más empobrecidas del planeta. La difusión de sofisticados instrumentos de destrucción –su “democratización”, como lo expresan con humor negro algunos analistas– es otro rasgo específico de esta nueva etapa, y se combina con los elementos de muerte más primitivos, por no hablar de los métodos de lucha.
Otra característica saliente de nuestra época es la privatización de la violencia que alcanzó incluso a las regiones prósperas. Los ejércitos particulares son ahora comunes en todas partes bajo la forma de empresas de seguridad con tareas de custodia. Aun en las principales capitales del mundo el Estado delega funciones de vigilancia, e Irak está hoy lleno de mercenarios, no sólo de fuerzas regulares de combate. Durante la primera posguerra fría, sin embargo, un asunto más grave que la proliferación de civiles en armas donde antes hubieran sido impensables fue la diseminación del know-how científico y de los peligrosos materiales que se habían acumulado en los laboratorios y los arsenales del vencido Pacto de Varsovia. Si las armas atómicas o biológicas llegaban a manos de la criminalidad organizada o de los grupos políticos armados que todavía se encontraban activos en los países desarrollados, vale decir, si también se “democratizaban”, entonces el idílico paisaje liberal se realizaría como infierno. Estas eran las principales preocupaciones de los expertos occidentales hasta el 11 de septiembre de 2001. Pero la realidad vendría a desmentirlos otra vez.
Porque si bien en vísperas de los ataques a las Twin Towers el panorama se presentaba lleno de amenazas, ninguna de ellas fue la que transformó la situación de manera decisiva en comparación con las consecuencias que tuvo el 11-S. De esta afirmación habría que exceptuar, quizá, las múltiples complejidades que persistían en Medio Oriente, muy entramadas, de manera directa o indirecta, con las causas de los atentados de Nueva York.

Intervenciones “humanitarias”

Para enfrentar el complejo cuadro que rápidamente se conformó a lo largo de los años 1990, los reaseguros de los países centrales, los ganadores de la Guerra Fría y de la globalización posterior, parecían dispuestos. La OTAN incorporaba cada vez más países miembros y había probado su eficacia en Kosovo, caso único de una operación militar de envergadura que no produjo ninguna baja entre los vencedores. El poder militar de EE.UU., verdadero responsable de esa proeza tecnológica, se había convertido en el más sofisticado y vasto que nación alguna hubiera logrado consolidar jamás. Es cierto que sus intervenciones en lugares como Somalía habían terminado en fracasos bochornosos, pero ello sólo trajo como lección que EE.UU. debía abstenerse de intervenir directamente en conflictos de los que luego no pudiera desentenderse y lo obligaran a una presencia constante. Para ese fin se recurrió a las misiones humanitarias y a las fuerzas de paz de la ONU que actuaban en todos los continentes separando a los contendientes e imponiendo el orden interno allí donde los Estados “fallidos” no lograban implantarlos por sí mismos. El poder militar estadounidense buscó así la cobertura política de la ONU o la asistencia (operativamente superflua, pero importante en términos de legitimidad) de sus flamantes o tradicionales aliados.
El objetivo proclamado en todos los casos era la defensa de los derechos humanos conculcados por tiranías insoportables o situaciones sin salida. Se volvía por tanto imperativo “exportar” los valores básicos del liberalismo junto con la democracia y el mercado que los volvían “sustentables”. Eso justificaba moralmente la intervención militar de la “comunidad internacional”, normalmente la manera en que EE.UU. designaba su propia voluntad de restablecer el orden de manera selectiva, esto es, actuando sobre algunas “tiranías” mientras toleraba otras no menos atroces pero de cuya fidelidad a Washington no cabían dudas. Indiferente en Ruanda, la “comunidad internacional” se halla en estos días muy preocupada por Haití, donde se envió una fuerza de paz para supervisar el orden publico que Francia y EE.UU. ayudaron a descalabrar. Reclutando matones remanentes de viejas dictaduras desplazaron a un presidente electo detestado por la elite indígena, aunque todavía popular entre los pobres pese a ejecutar implacables programas de ajuste permanente.
El muy probable destino inmediato de Haití no desmentirá la reciente conclusión de Eric Hobsbawm de acuerdo con la cual “ninguno de los conflictos de los años 1990 concluyó en una situación estable”. Esa década sentó precedentes para la violación de la soberanía nacional de terceros países incluso sin que mediara aprobación legal en regla o una declaración explícita de guerra o una amenaza directa e inminente. Por encima del ya de por sí endeble derecho internacional, pero cosmopolita y humanitaria, la guerra “multilateral” avanzó otro paso hacia el imperialismo cuando comenzó a funcionar abiertamente como una fuerza única tras el 11 de septiembre. En Irak se demostró que la fuerza, más cínicamente que nunca denominada “internacional”, no sólo podía terminar ejerciendo poderes de policía tras derrocar al gobierno local, sino que su misión era la represalia y la conquista. El argumento ya no se centró en que el despotismo vigente no garantizaba los requisitos liberales que lo volvían respetable –los derechos humanos—, sino que poseía un inquietante arsenal, se había incorporado a un selecto “eje del mal” y prestaba apoyo a las actividades del terrorismo islámico. El dialecto de los derechos humanos dejó paso al idioma de la seguridad, pero la voz era la misma.
De este modo, y bajo el impacto de los monstruosos sucesos del 11 de septiembre de 2001, el poder militar comenzó a aplicarse en nombre de la defensa antiterrorista, la cual obligaba al ataque preventivo. Los efectos de esta transformación en la propia vida civil de EE.UU. fueron de gran alcance puesto que empezaron a limitarse libertades civiles en nombre de la defensa de la libertad. La prisión de Guantánamo, ilegal por donde se la vea, representa el paroxismo de dicho proceso, aunque no su único ejemplo. Un mayor despliegue militar fue secundado por una enérgica ofensiva retórica sobre la seguridad mundial. Según ella, estaríamos amenazados tanto por un terrorismo ubicuo y global como por los denominados estados “canallas o bribones” (rogue states) que podrían también cobijar un fundamentalismo homicida y disponer de armas de destrucción masiva traficadas en el proceso de desmantelamiento de la URSS. Todo el mundo está amenazado todo el tiempo, y quien se opone a esta interpretación es porque conspira con el enemigo de la democracia global.

El discurso de la seguridad

Con la caída de Bagdad en 2003, la misión de los militares estadounidenses se tornó básicamente policial. El control del territorio y la consolidación del orden público se convirtieron en sus principales tareas en una nación arruinada por años de dictadura, sucesivas guerras sangrientas y bloqueos económicos. Mantener la “paz” en el territorio ocupado se volvió el principal problema, y se reveló como una misión mucho más difícil que conquistar el país. La tecnología bélica es un elemento pavoroso y puede ganar una guerra tras otra. Sin embargo, la supremacía aérea –el combate “posheroico” que casi no arriesga soldados— se mostraba incapaz de eliminar los peligros sobre el terreno a controlar. Había que correr el riesgo de las bajas propias; de hecho, Saddam pudo ser reducido mediante bombardeos y ataques teledirigidos, pero mantener el dominio sobre Irak ya costó a los ocupantes muchas más vidas que la guerra misma.
Más allá de estas peculiares paradojas prácticas, el fantasma de la inseguridad coincide con el argumento global de la derecha que busca plebiscitarlo también a nivel doméstico en todas partes, según subrayó Toni Negri. El discurso posmoderno del conflicto y la violencia ya no opone paz y guerra, sino que los mezcla. Su voluntad imperial difumina las distancias históricamente nítidas que separaban al poder bélico del control policial porque la guerra ya no está dirigida contra un enemigo exterior, sino contra uno que se puede hacer presente en cualquier lugar o momento. La expresión con la que Negri condensa su argumento es: “el imperio no tiene afuera”.
“Guerra”, por lo tanto, ya no es una noción claramente distinta de “paz” ni en el plano político, ni en el estratégico, ni tampoco en el jurídico. Estamos sumidos en una difusa guerra civil permanente, aunque no es preciso que ella sea actual o constante. Como enseñó Hobbes, en ausencia de un orden estatal se configura un estado de guerra porque en él la vida siempre corre un riesgo al menos potencial. Los temores que suscita esta visión anárquica de la situación mundial contribuyen, desde luego, a justificar el militarismo estadounidense y el sideral presupuesto que lo financia, tan alto como la suma de los del resto del mundo. Motiva asimismo la política hemisférica de EE.UU. que presiona para involucrar a las fuerzas armadas en tareas de represión del delito. La diferenciación entre militares y policías debería desaparecer.
A pesar de toda su evidente paranoia y su contribución a la difusión del miedo universal, el discurso de la inseguridad global se asienta sobre hechos reales. Pero oculta las causas en un vago horror por la retrógrada intolerancia y la brutalidad inhumana del fanatismo confesional. Al ignorar las fuentes más profundas del conflicto crea nuevas oportunidades para lo que dice combatir. Si bien golpeada en términos operativos, Al Qaeda es hoy más popular en el mundo islámico que antes de la “guerra contra el terror” y la invasión de Irak (Cfr.: The Economist, 14. 8. 2004). Las soluciones militaristas sólo multiplican los problemas; por otra parte, carecen de una meta definida. En efecto, ¿cuándo se alcanzarán los objetivos de esa guerra?
La década de 1990 no sólo generó guerras de nuevo tipo, regresiones ideológicas y terrores masivos, sino que multiplicó la desigualdad social, tanto dentro de los países –incluyendo a los más prósperos—como entre las diferentes naciones. ¿No era este proceso un camino seguro hacia la inseguridad y la violencia? La economía derrumbó los controles políticos para ampliar su libertad de maniobra. Ahora exige al único Estado que reconoce intervenciones letales que garanticen su existencia y reduzcan a los resentidos de la globalización y a sus potenciales aliados, los perdedores de todo el mundo cuya irracionalidad, aparentemente, no les permite comprender los beneficios de unos universales e indiscutibles valores liberales.



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Imágenes de los atentados

Un museo visual del horror

El mundo entero sufrió un shock definitivo mientras miraba en vivo y en directo por los televisores y computadoras las imágenes espeluznantes del ataque con aviones a las Torres Gemelas. El impacto visual del atentado mostró un uso extremadamente sutil de los códigos propios del cine de acción norteamericano, empleados esta vez por sus enemigos y reproducidos desde miles de ángulos por camarógrafos y fotógrafos, profesionales y amateurs. La multiplicación exasperante de imágenes tuvo, sin embargo, ciertos límites: excepto aquellas de los que se arrojaron al vacío, no circularon tomas de agonizantes o de cuerpos destrozados. En un clima hipersensible, se censuraron opiniones y obras de arte, lo que impidió elaborar el horror mediante la interpretación y la representación artística. Las imágenes surgidas de ese hecho dejaron una marca perenne en el lenguaje visual contemporáneo.



PIROSKA CSURI
Doctora en Lingüística y Ciencias Cognitivas, ex docente en Harvard y el Boston College, dicta clases en FLACSO, San Andrés, IDES y Rosario..

“Comprender adecuadamente una fotografía... no es solamente recuperar las significaciones que proclama...; es, también, descifrar el excedente de significación que traiciona, en la medida en que participa de la simbólica de una época, de una clase, o de un grupo artístico.” Pierre Bourdieu
La nuestra es la época de la información. Para lograr una comunicación eficaz de contenidos, se pone cada vez más énfasis sobre la transmisión de información en una forma compacta y eficaz. La transmisión visual de significados, la infografía y el diseño visual de información se convirtieron en estrategias vitales en esta lucha “sisifusiana” contra la dificultad de manejar la cantidad de información que crece de manera explosiva. “En una era de sobrecarga informativa, la fotografía ofrece un modo expedito de comprender algo y un medio compacto de memorizarlo. La fotografía es como una cita, una máxima, un proverbio. Cada cual almacena mentalmente cientos de fotografías, sujetas a la recuperación instantánea”, reflexiona Susan Sontag en su reciente ensayo Ante el dolor de los demás.
Los eventos de tiempos pasados y los acontecimientos de nuestros días, que con el paso de tiempo se convierten en historia, frecuentemente se nos presentan en términos de imágenes fotográficas o grabaciones fílmicas. Los medios de comunicación masiva nos inundan de imágenes globalizadas de guerras, actos de violencia, catástrofes y desastres naturales. La cultura visual, el almacén de imágenes compartidas y manipuladas por una sociedad, entonces se convierte en un vehículo fundamental de la memoria colectiva. En palabras de Sontag, “el museo de la memoria es ya sobre todo visual.”
Por este museo visual desfila una plétora de imágenes de los horrores causados por armas convencionales, o por la última tecnología militar: cuerpos desgarrados por atentados suicidas en Israel, donde los rabinos juntan cuidadosamente cada pedazo de resto humano para poder efectuar el rito funerario judío; los trenes degollados al llegar a la estación de Atocha en Madrid, con los cadáveres de los muertos cubiertos por frazadas provistas por los habitantes de la zona; las fosas comunes descubiertas en Kosovo; el montón de cráneos de los muertos en el conflicto en Rwanda; la montaña de escombros del edificio del AMIA después de su voladura; o las Torres Gemelas envueltas en llamas y humo antes de su derrumbe.
Se dice frecuentemente que las imágenes cada vez más explícitas del sufrimiento humano generan una suerte de anestesia hacia la representación del horror. Aunque una elevada tolerancia, una tendencia a la saturación, o incluso apatía, frente a la ola de imágenes horrendas es innegable, y tal vez en parte como consecuencia de esta pérdida de sensibilidad se observa también una tendencia paralela de una creciente voracidad hacia el consumo de imágenes violentas. Debido a la competencia con otros medios incluyendo Internet, editores de diarios, revistas y canales de televisión a menudo se ven prácticamente obligados a publicar imágenes cada vez más explícitas y gráficas de violencia, sin tratar de perder de vista su compromiso al informar, y no caer en el sensacionalismo.
Las entidades culturales tampoco están totalmente exentas de los reflejos de esta voracidad hacia la representación de la violencia. La mayoría de las imágenes distinguidas por el prestigioso premio Pulitzer para la fotografía está constituida por las fotos más famosas de guerra, asesinatos, y accidentes del siglo XX: el asesinato de Lee Harvey Oswald, la ejecución por la mano del general Loan de un supuesto líder de un comando del Vietcong, o la huida de niños quemados por bombas de napalm en Vietnam. Cabe en esta tradición que en el año 2002 el premio Pulitzer en la categoría de “Noticia de último momento” fue otorgado al equipo fotográfico del diario The New York Times por su cobertura de los atentados en Nueva York [1].
Pocos sucesos tuvieron tanto impacto sobre nuestra cultura visual como los atentados del 11 de septiembre en los EE.UU. Sin duda, fueron los acontecimientos más extensamente registrados por los medios y por particulares, tanto en el desarrollo de los hechos como en sus consecuencias. Se creó un registro visual incomparable a la representación de cualquier otro evento, tanto en su inmediatez como en la inmensidad y variedad de las fuentes. Las imágenes surgidas se inscribieron en este registro histórico visual con una fuerza excepcional y dejaron una marca indeleble.
“Here is New York”, un proyecto fotográfico que empezó como una exposición popular espontánea en un negocio cercano a Ground Zero, fue un proyecto sin par. El asombro frente la inmensidad del ataque a los edificios en Nueva York y sus consecuencias despertó un impulso ferviente en la población que desembocó en un espontáneo proceso de documentación de la historia por habitantes y visitantes a la cuidad, legando fuentes alternativas múltiples, no oficiales de los acontecimientos para la posteridad. Para sus autores, bomberos, policías, banqueros, niños, contratistas, maestros o fotógrafos profesionales, las imágenes fotográficas funcionaban como una herramienta para apropiarse simbólicamente de esta historia, para compartirla, y para superarla. Las miles de fotografías recibidas por Michael Shulan y Gilles Peress, dos de los organizadores de la muestra improvisada, fueron exhibidas colgadas de alambres en modestas copias a chorro de tinta. Con las recaudaciones destinadas a fondos de ayuda, las copias se podían adquirir a un precio único de $25, sin importar si el autor era un miembro ilustre de la agencia Magnum o un habitante común de la ciudad; la identidad del autor se le revelaba al comprador solamente después de su compra. La respuesta abrumadora del público sugirió la preparación de una exposición itinerante, y finalmente a la publicación de una selección de las fotos en un libro. En “una democracia de fotografía” la gente de Nueva York escribió su propia historia apócrifa en imágenes.
Las imágenes periodísticas y caseras surgidas de los ataques a las Torres Gemelas principalmente se enfocan en el paisaje urbano destruido, la reacción de los espectadores de la catástrofe, los esfuerzos y el heroísmo de los equipos de rescate, el patriotismo, y la resistencia del espíritu americano. Sin embargo, con la excepción de las espeluznantes y obsesionantes imágenes de gente arrojándose al vacío por las ventanas de las Torres Gemelas en su desesperación por escaparse del horrendo fin de quemarse vivo, una ausencia casi absoluta de la representación de heridos, cuerpos de muertos y otros restos humanos caracteriza este archivo, un hecho en sí llamativo cuando se trata de un desastre en el cual perecieron cerca de 3000 personas.
“...la fotografía [...] expresa, además de las intenciones explícitas de quien la ha tomado, el sistema de los esquemas de percepción, de pensamiento y de apreciación común a todo un grupo”, observó Pierre Bourdieu en su prólogo a Fotografía: un arte intermedio, que editó en 1965. En este contexto, la ausencia de la representación de las víctimas en imágenes de las Torres Gemelas ubica las razones en las esferas de la percepción social de los autores. En las 180 horas de filmación que produjeron sistemáticamente evitaron filmar los heridos, las víctimas: “Creo que hay un cierto respeto que se debería mostrar frente a la muerte y este tipo de autocensura lo ejercimos el resto del día y durante las semanas que siguieron...”, dijo Jules Naudet, el cineasta que realizó con su hermano Gedeon Naudet el documental 9/11 sobre los ataques a las Torres Gemelas, que debutó en el canal televisivo CBS en marzo del 2002. Se resistieron a filmar los cadáveres de aquellos que se cayeron o se arrojaron de las Torres en llamas, aunque los golpes del impacto de sus cuerpos sobre el suelo se registraron con una claridad despabilante en la banda de sonido de sus grabaciones. En una entrevista a BBC News en el primer aniversario de los ataques, Naudet reiteró: “La primera cosa que vi al entrar al lobby eran dos cuerpos incendiados. Di vuelta a mi cabeza y a la cámara. Nadie debería tener que ver esto”.
Como una muestra de compartir los códigos sociales acerca de la representación de la muerte, la delicadeza de los hermanos de no mostrar detalles del sufrimiento y de la agonía fue profusamente agradecida por los familiares de las víctimas después del lanzamiento público del documental. Es que esta vez el huracán del terrorismo tocó tierra demasiado cerca de casa y con una fuerza devastadora jamás vista: en estas situaciones extremas aun la cámara no pudo cumplir con su rol de visor postizo que permitiría ver todo el horror desde una distancia prudente para el camarógrafo o para su futuro público. Esta vez aquellos agonizando no eran el Otro que se moría en un país cómodamente lejano, suficientemente incógnito y subdesarrollado para poder lamentar su suerte desde una cierta superioridad cómplice y una certeza que “lo que está pasando no nos está pasando a nosotros”. Otro fotógrafo, Joel Meyerowitz, que documentó por encargo oficial del alcalde de Nueva York el avance del rescate en el sitio del ataque, procedió con la misma autocensura internalizada en su trabajo fotográfico a pesar de su acceso ilimitado al sitio. Más bien optó por capturar a través de lo visual la resistencia del espíritu humano en las condiciones más extremas de la historia. Con sus más de 5000 fotografías tomadas en el Ground Zero, el lugar donde habían estado las Torres Gemelas, que forman parte del Museo de la Ciudad de Nueva York, escribió una suerte de historia visual oficial de los hechos. Y para Meyerowitz, “...si no hay fotos no hay historia”.
Ser testigo ocular directo de este triste devenir histórico atrajo a mucha gente, y pequeñas multitudes desfilaron y siguen desfilando por la plataforma de observación habilitada por la municipalidad de Nueva York desde donde se podían seguir los esfuerzos del rescate. Hoy, Ground Zero se convirtió en una de las paradas del recorrido de un tour histórico en el Bajo Manhattan. Desde la plataforma se observa y se aprecia la fosa de siete pisos de profundidad que quedó después de terminar los trabajos de rescate. Como si tal vez, de poco a poco, la visita a Ground Zero se hubiera acercado demasiado a la frontera entre el homenaje y el espectáculo del horror.
David Hockney ha calificado los ataques a las Torres Gemelas como “la pieza de obra artística más malévola”. En una entrevista con BBC News el día anterior al primer aniversario de los atentados, Damien Hirst, amigo viejo de la controversia, formuló su opinión sobre ellos de esta manera: “El asunto de 9/11 es que es como una suerte de obra de arte por su propio derecho... Es visualmente espectacular y en un cierto nivel uno tiene que reconocerlos [a los terroristas] porque lograron algo que nadie jamás hubiera imaginado posible –especialmente en un país tan grande como América–. Así, en un cierto nivel uno tiene que felicitarlos, algo que la mayoría de la gente rehúsa, que es algo muy peligroso”.
Los comentarios de Hirst, que fueron difundidos en los medios con obvio aire de sensacionalismo e indignación, causaron tal revuelo que él se vio obligado a disculparse incondicionalmente en otra entrevista pública: “Como un ser humano y un artista que vive en el mundo civilizado, valúo la vida humana más que nada y abomino cualquier acto de terrorismo y homicidio... Yo de ningún modo condono terrorismo de ningún tipo...”
Sin embargo, con sus palabras más que provocadoras Hirst obviamente dio en el clavo, y señaló una ambivalencia inquietante en el espectador que nadie quería reconocer. El impacto del segundo avión y el consiguiente derrumbe de las Torres que sucedió frente los ojos de millares de personas resultaron irresistibles. Las imágenes literalmente atraparon a multitudes en todo el mundo, gente que seguía los hechos en vivo por las pantallas de sus televisores, en bares, o frente a negocios de electrodomésticos, prácticamente paralizando las actividades mundanas en todo el mundo, y negar la fascinación de la gente con ellas sería un intento vano. Pareció una película de horror hecha realidad.
También sería difícil imaginarse que el impacto visual de los atentados no hubiera sido cuidadosamente diseñado y escenificado hasta el último detalle por los terroristas. Las imágenes del desastre encajaron perfectamente en el video victorioso creado por Al Qaeda anunciando la responsabilidad por los ataques, una grabación que dio una suerte de vuelta olímpica por ciertos sectores del mundo. Efectivamente los terroristas pusieron en escena el ataque más “espectacular” en el país más mediatizado del mundo, según un guión cuyo objetivo principal era dar la mayor exposición mediática a esta obra de teatro malévola de horror en vivo, un drama que fascinaba por su fuerza, y que al mismo tiempo se asemejaba demasiado a las superproducciones de acción de Hollywood. En este sentido Hirst claramente dio en el blanco: en una movida casi brillante, los terroristas se apropiaron del lenguaje visual de su enemigo, explotaron los canales de difusión masiva del mismo, y se los volvieron en contra (y le ganaron en su propio terreno).
Las palabras de Hirst y las reacciones a ellas también muestran que la ya delgada línea entre la realidad y la ficción se volvió todavía menos definida. ¿Sería concebible que las películas de acción como Día de la Independencia –en la cual aeronaves extraterrestres impactan en la Casa Blanca de Washington y en el Empire State Building en Nueva York– o Decisión ejecutiva –en la cual un terrorista suicida árabe planea chocar un avión cargado de gas nervioso contra el edificio del Capitolio en Washington– pudieran haber servido como inspiración para los ataques? Motivado por un sentido comercial mezclado con algo de culpa, en una cuestión de días varias compañías de Hollywood tomaron las debidas decisiones de emergencia. Se postergó (por un tiempo) el lanzamiento de la película Daño colateral, en la cual Arnold Schwarzenegger venga a su esposa e hijo muertos en un ataque terrorista a un rascacielos en Los Ángeles. Se retiraron inmediatamente de los cines las colas de Hombre Araña que estaba por estrenarse pronto, y se decidió cortarle las escenas que mostraban las Torres Gemelas. Se decidió filmar de nuevo algunas escenas de Hombres de Negro 2, que originalmente tenían lugar en el World Trade Center. En unos días Microsoft anunció que posponía el lanzamiento inminente de la próxima versión de su simulador de vuelo para poder eliminar las Torres Gemelas del paisaje de su programa. Incluso se vieron obligados a destacar públicamente que su juego jamás glorificó la destrucción. En este clima de hipersensibilidad, la brecha entre la ficción y la realidad determinada por el sentido común se cerró: la imagen de las Torres Gemelas se convirtió en un tabú visual.
¿Pero qué sentido les encontramos a las palabras de Hirst calificando los asaltos como “una obra de arte por su propio derecho”? Resucitando la vieja polémica nos preguntamos si se puede observar un acto de violencia desde un punto de vista estético. El arte frecuentemente encuentra su inspiración en el horror y la destrucción. La Medusa de Gericault, la serie de grabados Los desastres de la guerra de Goya, el Guernica de Picasso, la serie Muerte y desastres de Andy Warhol, o las fotografías del proyecto La morgue de Andrés Serrano son algunos escasos ejemplos. Al parecer la estetización del horror es posiblemente una de las pocas estrategias disponibles para poder enfrentarse con el horror, para dejarse acercarse a ello, pero siempre manteniendo una cierta distancia que crea una separación entre el espectador y los sucesos, hace tolerable esa confrontación y permite empezar a elaborar lo horrendo. Sin embargo, a menudo al arte se le niega esta intervención tan delicada en asuntos de la sociedad. Varias obras artísticas que fueron engendradas por imágenes de gente arrojándose al vacío de las Torres en llamas fueron calificadas como demasiado perturbadoras y desconcertantes por y para el público. En el primer aniversario de los ataques, en un gesto de proteger la sensibilidad del público, las autoridades del Rockefeller Center en Nueva York decidieron primero tapar, después directamente remover de su lobby una escultura del artista plástico neoyorquino Eric Fischl, un bronce que representaba una mujer con sus brazos y piernas flameando en su caída libre a la muerte. Una instalación de recortes en papel de Sharon Paz, artista de origen israelí que vive en Nueva York y Berlín, que reproducía siluetas de gente cayendo al vacío de las Torres. “Mi interés fue explorar el momento de caer para destacar el lado psicológico humano del evento, el momento entre vida y muerte... Las imágenes de gente cayendo me resultaron las más perturbadoras y quería enfrentarlas, superar el miedo... Sentí que los medios se concentraron en usar el edificio [para] nacionalismo para la memoria y dejaron el aspecto humano al lado...”, describe Paz. La instalación, que fue exhibida en el Centro de Arte de Jamaica en Nueva York, corrió la misma suerte que la obra de Fischl: fue retirada antes de la proyectada fecha de cierre debido a la reacción adversa de su público. “La reacción pública a la obra siembra preguntas sobre la función del arte en nuestra sociedad; creo que es una pieza fuerte, pero bajo ningún concepto pretendía que ella fuera ofensiva o insensible, la gente reacciona de manera diferente, ésta era mi manera de confrontar el evento. Creo que el miedo no desaparece si uno cierra sus ojos”, fueron los comentarios de Paz sobre el retiro prematuro de su pieza. En un clima hipersensible e intolerante donde los límites entre la realidad y la ficción se borraron prácticamente, al arte se le prohibió practicar su papel de comentarista social, y de esta manera se le impidió facilitar la elaboración del duelo colectivo a través de la distancia creada por la estética entre el espectador y el horror.
Algunas imágenes fotográficas de la estructura metálica sobreviviente de las Torres sembraron una controversia de otra índole. La comparación con la iconografía de la Torre de Babel –símbolo de un castigo divino frente a la hubris humana de transgredir los límites permitidos y aspirar más alto de lo debido, se insinuaba que los atentados fueron una represalia provocada por los excesos de un imperio expansivo y opresivo– fue recibida con indignación. Las imágenes señalaban algo que la mayoría no quiso considerar. Estas voces desafiantes e inquietantes de una pequeña minoría fueron vehementemente atacadas y silenciadas en un ambiente donde el patriotismo estadounidense se encontraba al rojo vivo en la mayoría de la población, que calificó y condenó con fervor como alta traición cualquier tipo de cuestionamiento de la victimización del pueblo norteamericano por las manos del “Mal”. Comentarios descuidados a compañeros de un gimnasio, el préstamo de libros sobre el Islam de la biblioteca del barrio, o una imagen de Bin Laden pegada en la heladera de casa descubierta por un gremio patriota y delatada ante las autoridades correspondientes podían ser motivo de una inminente cita con agentes del FBI. Era el momento de izar la bandera en el frente de cada casa para evitar cualquier sospecha de antipatriotismo, no de ejercer autocrítica con cabeza fría.
El mundo sufrió un shock definitivo y un cambio irrevocable debido a los ataques del 11 de septiembre. Como una parte de este impacto, las imágenes que surgieron de los acontecimientos dejaron una marca indeleble en nuestro lenguaje visual: “Creo que nuestro lenguaje visual ha cambiado debido a lo que pasó el 11 de septiembre –un avión se convierte en una arma después del 11 de septiembre y si vuela cerca de edificios la gente entra en pánico–. Nuestro lenguaje visual cambia constantemente de esta manera y creo que como artista uno está constantemente al acecho de cosas como ésta”. El mundo cambió para siempre, y, sin ser todos artistas, todos nosotros cambiamos para siempre.
En la misma entrevista aniversario con BBC News, Hirst agregó lo siguiente acerca de los ataques a Nueva York: “¿Cómo hacer para que [esto] no vuelva a suceder jamás? La manera más segura de hacerlo volver a pasar es empezar a tirar piedras contra alguien”. Ojalá que sí se pueda evitar.

 


Notas

[1] Para balancear, en una decisión salomónica seguramente cuidadosamente contemplada, este mismo año el mismísimo jurado también premió al equipo del New York Times en la categoría de ensayo fotográfico “por sus fotografías haciendo la crónica del dolor y la perseverancia de la gente sobrellevando un conflicto prolongado en Afganistán y Pakistán.”

 


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El debate en la arquitectura
 

La construcción después del trauma

Los atentados a las ciudades de Madrid y Nueva York han abierto un profundo debate entre arquitectos y urbanistas: ¿Hay que construir para prevenir la eventualidad de un ataque? ¿Hay que diseñar espacios que disimulen la amenaza para no atemorizar a los habitantes? ¿Los nuevos espacios deben asumir un futuro inseguro o seguir diseñando con la idea de un mundo mejor que el actual? El fuerte cuestionamiento disciplinar se tornó público a partir de los proyectos urbanísticos para el Ground Zero, que reemplazarán a las destruidas Torres Gemelas. Las discusiones abiertas están en pleno desarrollo. De sus conclusiones dependerán los lugares en los que todos viviremos: o celebrarán la vida o nos prepararán para la muerte.


JORGE SARQUIS
Doctor en arquitecto. Director del Centro POIESIS ( Investigaciones interdisciplinarias sobre creatividad en arquitectura, disenno y urbanismo) de la SICyT FADU, UBA. Director del Programa de Actualización Proyectual de la Escuela de Posgrado, Facultad de Arquitectura, UBA..

Sabemos que los hombres
producen arquitectura.
Lo que aún no sabemos
es cómo la arquitectura
produce hombres. [1]

Hoy estos simples números enuncian dos acontecimientos históricos que ya son dos hechos más del flujo de información de esta sociedad globalizada que nos tiene acostumbrados a que las noticias duran pocas horas, porque otro acontecimiento las tapa de inmediato. Y si bien estos datos son significativos, esconden una realidad aterradora. Este debilitamiento del hecho por el dispositivo de nombrar lo innombrable con una metáfora tranquilizadora y hasta esquiva del horror vivido, nos aleja de la trascendencia del acontecimiento. Los números adquieren el valor de nombrar.
El acontecimiento es así apagado en su dimensión de tragedia y si bien no llega a ser olvidado, ni presentado en tono de comedia, es recordado con indiferencia como un hecho más. Si la imagen que nos queda es el del terror vivido, aunque sea a la distancia, no podemos olvidar que es un hecho perpetrado por terroristas que los realizan como actos de venganza en nombre de un Dios que les exige hasta la vida misma, y el resultado generará más venganza. De allí la sentencia bíblica: “siembra vientos y recogerás tempestades”. La venganza, mala consejera, está presente y se sabe dónde comienza pero no cuándo y cómo termina.
¿Podríamos decir que son actos culturales? ¡No, eso no es lo que la cultura nos enseña! y, sin embargo, ¡sí! pues lo han planificado hombres de una cierta cultura contra hombres de otra cierta cultura. Y al decir cultura –mundo artificial– se implican valores, que son para otros desvalores o principios desconocidos. O peor aún, se dice defender valores similares, pero les achacan a los otros que ellos son los que los encarnan verdaderamente.
Este juego argumentativo podría seguir ad infinitum pero no apunto –al menos intencionadamente– a un nuevo juego de palabras sobre el relativismo cultural del todo vale, o el remanido “según sea el cristal ...”. Me quiero acercar a evaluar en qué medida y en qué aspectos los acontecimientos “once” que han dejado marcas en el cuerpo social son asumidos o impactaron en el cuerpo del saber disciplinar, sea como práctica profesional, como práctica de la enseñanza y más aún como lugar o ámbito de la investigación.
Y por qué decimos que más aún en el campo de la investigación. Porque lo acontecido no es un hecho cotidiano al que los saberes particulares –verdaderas mediaciones simbólicas normativas establecidas– tengan la posibilidad de encontrar repuestas, con sus códigos y convenciones.
Si nos preguntamos qué efectos puede tener un hecho de esta naturaleza en la medicina diríamos que ninguno en apariencia, pero no es así, sabemos que el impacto que produce en las instituciones que atienden diversos tipos de desastres cambia sus prácticas. Es necesario señalar que la historia nos ha enseñado dos tipos de acontecimientos catástrofes, que sufren los humanos: los naturales y los artificiales o culturales.
Los naturales, provocados por la naturaleza, nos dañan pero no nos sorprenden, los sabemos posibles, esperables y hasta muchos de ellos anunciados por las disciplinas especializadas.
Los artificiales, los culturales, los provocados por el hombre en la historia de su devenir, de sus desacuerdos, de sus conflictos, de sus diferencias, que no encuentran vías de soluciones pacificas, son los que deberían ser posibles de arreglar, de disolver en las “mesas de negociaciones” .
Entre estos últimos están las guerras, las que se prolongan en el tiempo y se llevan vidas y bienes irreemplazables, en nombre de la defensa de valores ideales que en general ocultan intereses particulares de un país –o del sector que lleva a la guerra– afectando a todos por igual.
Aquí todas las disciplinas se ven afectadas y es recordada la frase de que las guerras, al fin y al cabo, hacen progresar a la ciencia y la técnica. Puede ser cierto en términos instrumentales, aunque lo dudo, pero al precio del dolor de llevarse vidas y marcar negativamente el espíritu de los pueblos afectados.
Pero ingresemos al punto: los “once”, por recientes y publicitados marcan y modifican a la disciplina en varios niveles, aunque con distintos grados de claridad :
a) Los aspectos técnicos e instrumentales son los más evidentes, al punto que ingenieros y arquitectos ya tienen respuestas estructurales para cuando se intente el horror de estrellar otro avión contra un edificio, pero sabemos que nada se puede hacer para defender las grandes torres ya construidas, o en proceso de construcción, que no atendieron este requerimiento.
Los acontecimientos catastróficos artificiales o culturales, de ahora en adelante deberán incorporar la posibilidad de este acontecimiento del horror, aunque el próximo ataque –como la embajada de Israel en Buenos Aires y la AMIA– pueden hacerlo sobre edificios simples, o contaminar el aire, o las aguas potabilizadas de una comunidad, etc., etc. Todo es posible en el ancho campo de las venganzas, lo mejor sería colocar el esfuerzo en desactivar las bombas del odio y la intolerancia y apostar a la convivencia pacifica.
La historia, que tanto nos ha enseñado acerca de la inutilidad de la venganza y mucho más de las guerras por intereses económicos y/o religiosos, no es atendida con sus advertencias, y tropezamos dos veces con la misma tentación: hacer la guerra, hacer la muerte. Las explicaciones no pueden venir de una sola disciplina, pero sin duda en el alma y psiquis humana anidan gran parte del eterno retorno de lo mismo. No fue suficiente enseñanza que lo que ganaron en la guerra sobre Irak, por bombas químicas con fuerte olor a petróleo, los EE.UU. perdieron en la paz? No fue suficiente Viet Nam? ¿Y la invasión de Hungría por los rusos?, ¿y los chechenios? ¿No es más rentable apostar a la paz? Por lo visto, no. No es sólo una cuestión de insensatez, hay también intereses creados porque la guerra deja fuertes dividendos.
b) Ante este panorama, ¿cuáles deberían ser las estrategias proyectuales? ¿Deben priorizarse los aspectos instrumentales señalados antes, o apostar a comprender las opiniones de los habitantes del lugar, y por qué no, ya que estamos globalizados, aprovechar las posibilidades de Internet y conocer las opiniones de los que quieran darlas. El relevamiento de los imaginarios de la sociedad sobre estos acontecimientos nos arrojara luz sobre las actitudes a tomar durante el proceso del proyecto.
c) Por último, la concepción de la arquitectura indica que deben incorporarse los requerimientos técnicos que esta nueva situación exige, pero además debe decidir si deberían ser expresados por el edificio, que como un monumento nos recordará por siempre que la bomba puede estallar. Este juego de la guerra se instala en los habitantes, las arquitecturas y las ciudades. Éste es el aspecto que considero más importante y en el que quiero profundizar.
Se debería tratar de un “monumento a la vida”, que no nos recordara la muerte vivida, sino la muerte anunciada y por vivir. Esto no es nuevo en la historia, es fácil recordar la vivencia de la amenaza atómica, que finalmente por medios pacíficos (o por debilitamiento de uno de los contrincantes) fue resuelta y disuelta, aunque no eliminada porque sobrevive en las múltiples pequeñas guerras en los países del tercer mundo, alimentadas por los fabricantes de armas del primer mundo.
Pero si bien las arquitecturas en la historia han expresado y conformado su tiempo, el arte contemporáneo y, mas aún, las arquitecturas actuales, han abandonado hace tiempo el debate sobre si la misma debe cumplir este rol. En la historia son muchas las obras de arquitectura que hoy nos pueden dar cuenta que vivían situaciones de guerra. Los fosos que rodeaban los castillos, las torres de vigilancia, las ciudades amuralladas nos cuentan ahora, pero lo mas importante, le explicaban al propio pueblo, que estos ingenios de la defensa eran absolutamente imprescindibles y no cumplían un rol decorativo, aunque formaban parte de la cósmesis de esa arquitectura.

Fines externos e internos[2]

A la investigación proyectual le corresponderá asumir la responsabilidad de los fines internos y a la profesión los externos ante esta nueva situación. Pero esto no significa que todos los campos ignoren los asuntos que asuma alguno de ellos. Las cátedras suelen trabajar temas en los que se adelantan a los pedidos de la sociedad, pero los conocimientos elaborados no suelen sistematizarse, y pocas veces se exponen a la comunidad para ser utilizados por la misma [3].
La arquitectura suele modelar tres tipos de materiales básicos desde sus instancias fundacionales: los destinatarios de la obra; los componentes técnicos-materiales que dan firmeza a la obra, y por último las formas que alberguen y expresen ambos aspectos. Si bien esto es discutido por muchos, no se conocen obras que no tengan destino, no sean construidas y carezcan de una forma espacial significativa [4]; todos componentes a revisar ante el mundo refigurado por los atentados
La nueva situación ya comenzó a vivirse en muchos escenarios de catástrofes, sean naturales o artificiales. Las formas de vida varían notablemente y la arquitectura y el urbanismo deben hacerse cargo. Así, el cine catástrofe nos adelantó esto en Infierno en la torre; igualmente el calentamiento global, con el consiguiente deshielo de los polos, nos está anunciando desastres ecológicos en todas las costas del planeta, y ante esto la sociedad espera respuestas de la arquitectura urbana. Las formas de vida irán cambiando a medida que se consoliden estos temores y las negociaciones se muestren ineficaces para detener estos urbanicidios. Por lo tanto, así como se arman los individuos para la defensa, los pueblos para la guerra, la arquitectura se deberá armar, a su manera, para la defensa. El tema central en este caso no pasa sólo por si lo debe hacer a nivel de los usos y destinos de sus ámbitos, si lo debe hacer para las estructuras resistentes y sus materiales (donde ya se está pensando en nuevos materiales aptos para resistir), sino si lo debe expresar, si debe asumir que este es nuestro mundo real y todas las realidades que la arquitectura le entregue a la sociedad ayudan a esta toma de conciencia de lo absurdo de esta situación. En la construcción de las obras esto no será ignorado, el tema es si esto se debe expresar en las mismas o negar a la sociedad por el temor que pueda despertar. Es opinable y materia de la teoría de la arquitectura que sustente el autor si debiera ser expresado, ya que la teoría del reflejo para el arte es inviable, puesto que el arte es un saber que configura realidades tanto o más que otras prácticas.
Los efectos en la disciplina los podemos ver adelantados en los proyectos del concurso para el vacío de las torres gemelas, transcribimos lo que publicamos [5] en Clarín: Arquitectura:

“Velar lo Real”

Como en una novela por entregas nos llegó el resultado de los finalistas de la compulsa entre Rafael Viñoly, y Daniel Libeskind por el Ground Zero. Se trata ahora de producir una reflexión acerca de ambos proyectos.
Lacan dice que la obra de arte es un artificio que el hombre ha inventado para velar el horror de lo Real. Creo que en esta obra, esta sentencia pone la cuestión en un punto álgido y sensible por la verdad que revela el acontecimiento. Si a este eje lo cruzamos con la afirmación de Loos que la obra de arte sólo se dará en la tumba y el monumento, tenemos una buena base para interpretar los proyectos y una excelente ocasión para verificar las dos hipótesis, ¿es esto una obra de arte?, ¿o acaso, no es esto una tumba y un monumento?.
Viñoly presenta una idea rotunda y clara, quiere recrear la imagen del skyline de Nueva York, busca la presencia de lo que fue, si bien es una mímesis creadora, el significado del referente es tan fuerte que es inevitable, no deja lugar a la creación de nuevas significaciones, que no sean las del hecho primigenio. La evocación de las torres mueve a los placeres del parecido, donde no hay que elaborar demasiado. Todo el planeta ha visto las imágenes de los aviones atravesando las torres. Sabemos demasiado de qué se trata.
Libeskind transita otro registro, entiende que el recuerdo es una actitud que exige una elaboración espiritual y no se trata de una mera contemplación y ensimismamiento en el duelo y la tristeza, sino en un recuerdo que vivifique el alma, para que esas muertes no sean inútiles. Nos invita y nos obliga a la elaboración del duelo con su organización formal espacial, diseñada con mensajes cifrados para legos y expertos, de volúmenes atravesados, rayos de sol que fijan el instante cada año y tal vez otros mensajes que no alcanzamos a descifrar. Un cierto caos y extrañamiento, materializado en arquitectura, en correlato con una subjetividad metropolitana estallada en el horror, cuya mímesis no comparto, se visualiza en sus imágenes. ¿Qué pretende Libeskind?, ¿reiterar la insoportable vivencia del horror, el desconsuelo de la condición humana, que se enfrenta a una realidad irreparable?
¿Qué mundos proponen ambos proyectos? Viñoly, pese a mostrar claramente de qué se trata, nos vela lo real ocurrido cuando nos reenvía hacia los mismos temas y lo que primero fue tragedia, la segunda vez es comedia. Libeskind, en cambio, expulsándonos de la mimesis figurativa nos obliga, con esfuerzo y hasta fastidio, al trabajo de comprender y donar sentido a un nuevo mundo refigurado por el horror.
La posibilidad de dar sentido al GZ no creo que esté abarcada por ninguna de las dos propuestas y, quizá, todavía no exista un imaginario que aporte alguna pista para echar luz sobre el horror que a 18 meses sigue en carne viva. Parece ser que la arquitectura es aún impotente para comprender e interpretar la tragedia.”

Conclusiones

Si bien no sabemos cómo la arquitectura produce subjetividad, sí sabemos que ejerce tal vez más influencia que la que imaginaba Foucault cuando afirmaba que el panóptico sólo era funcional para aquellos sujetos que ya tenían un panóptico en su conciencia, o mejor aún en su inconsciencia. No determina, pero si condiciona, no es lo mismo haber crecido en la ciudad consolidada que en una villa donde la sensación de exclusión está in corpore inevitablemente.
La arquitectura que presentice el terror a la guerra, en monumentos singulares o arquitectura de la vida cotidiana, nos debe permitir ingresar y salir del duelo permanentemente. Sobre este punto “La an-estética de la arquitectura” [6] aporta ideas esclarecedoras.
Como pocos arquitectos, Albert Speer, el arquitecto del nazismo, convirtió un mitin político en una “obra de arte” (pág. 43), “la catedral de la luz”, proyectando con poderosos rayos de luz al cielo un escenario convincente del poder indestructible del régimen y, lo más grave, de las razones de su existencia. Esto era la estetización de la política que ya Benjamin denunciara certeramente. La arquitectura tiene también su glorificación de la imagen en detrimento de significaciones que nos hablen de lo que realmente representan en la vida de sus habitantes. Ya hemos denunciado lo que significa, para la vivienda, optar por los símbolos vacíos, en vez de pensar en presentaciones que nos comuniquen lo que realmente se experimenta al habitar en ellas.
Los futuristas de Marinetti apostaban a la guerra, como signo vital: “La guerra es bella, porque gracias a las máscaras de gas, al terrorífico gramófono, a los lanzallamas y a las tanquetas, funda el dominio del hombre sobre la maquina subyugada”.
En esta línea de pensamiento, el norteamericano Lebbeus Woods [7] nos invita, cínicamente, a no preocuparnos por las destrucciones de la guerra, su propuesta de arquitectura urbana nos brinda imágenes seductoras de una realidad que se podría producir a partir de reconstruir, con tan excelente factura, arquitecturas que nos harán olvidar las pérdidas acontecidas.
Las imágenes son suficientemente elocuentes, el mundo que nos propone el autor para experimentar la vida o celebrar la muerte. El nivel de distorsión alcanzado, si bien no está totalmente difundido, es suficiente para alertarnos de aquellos que apuestan a esperar las destrucciones y resolverlas desde la seducción estética que anestesia (an-estética) las conciencias del mundo en el que ya estamos inmersos.

Notas

[1] Frase atribuida a Albert Shwesteir, pero que otros autores manifiestan como “la subjetividad produce arquitectura, como la arquitectura produce subjetividad”.
[2] Llamamos fines externos a los pedidos que provienen desde la sociedad hacia la disciplina, para que ésta les dé respuesta. Los fines internos son los que emergen desde la disciplina y se presentan a la sociedad como avances de la misma.
[3] En nuestro Centro POIESIS de Investigaciones Interdisciplinarias, apuntamos a la innovación y con ese carácter estamos trabajando viviendas para inundados en dos áreas críticas: Quilmes y Santa Fe. Sus resultados serán entregados a los afectados y a los municipios para realizar las obras, pero lo más importante es que serán conocimientos desconocidos hasta ahora para resolver este tipo de problemas.
[4] Fue Vitruvio, el famoso autor de los Diez Libros de Arquitectura, quien estableció estas bases en el siglo I, aunque recién fue publicado en 1450 por Alberti,
[5] Fue publicado en el Suplemento de Arquitectura el 10 / 3 / 2003, con el titulo: “Todavía falta luz sobre el horror”.
[6] Neil Leach, The Anaesthetics of Architecture, en castellano publicó Gustavo Gili, Barcelona 2001.
[7] Woods, Lebbeus, (1997), “Radical Reconstrucción”, Essays by Aleksandra Wagner and Michael Menser. Editorial Princeton Architectural Press, New York.

 

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