Uba XXII

UBA XXII. Llevar la universidad a la cárcel

La educación es un derecho, establecido por la Constitución. Sin embargo, hay una reticencia generalizada a garantizar a los presos el derecho a estudiar. Para brindarles la posibilidad de hacerlo la Universidad de Buenos Aires creó hace casi dos décadas UBA XXII, un programa educativo dentro de las cárceles.

La Licenciada Marta Laferrière, directora del programa, recuerda casi como si fuera hoy el encuentro casual que disparó la creación de UBA XXII. Ocurrió poco después de que regresara de Venezuela, donde permaneció exiliada durante la última dictadura militar:

"A mi regreso al país comencé a participar en la organización del Ciclo Básico Común. En las escalinatas del edificio donde trabajábamos, me encontré con una mujer que parecía perdida. Se podía percibir que no estaba en su medio. Le pregunté qué buscaba y me dijo: ‘que mi hijo estudie’. Me contó que estaba preso en Devoto. De ahí surge la idea, con la intención de que el proyecto sea poroso: que el adentro esté afuera y viceversa. En octubre de 1985 ingresamos por primera vez a un penal, con la intención de llevar la universidad a la cárcel. En ese momento no fuimos conscientes de que la experiencia era inédita."

En una realidad ajena para muchos, los presos cumplen sus condenas o esperan que la Justicia decida su destino. En las cárceles, lugares destinados al aislamiento, hay tiempo de sobra. Algunos de los detenidos eligen pasar su encierro estudiando, una opción que se concibe a priori en un ámbito brutalmente opuesto. Con esa idea central y sin referentes teóricos ni rutinas institucionales, UBA XXII comenzó a dar los primeros pasos.

Al primer alumno se le sumaron dos compañeros y el trío se convirtió en el primer grupo de estudiantes de lo que hoy es el Centro Universitario Devoto (CUD) de la UBA. Estos alumnos, cuenta Marta Laferrière, siempre fueron por más. “Luego de cursar el CBC plantearon que querían estudiar Derecho y empezamos a armar una reglamentación mínima”, en un trabajo que ella define como artesanal.
A partir de la firma de un convenio entre la Universidad de Buenos Aires y el Servicio Penitenciario Federal, desde 1986 se implementa este programa de estudios universitarios en cárceles.

Para Marta Laferrière la idea siempre fue la de abrir un espacio donde se pudiera ejercer un derecho: el derecho a estudiar. "No queríamos simplemente que la gente se inscriba o entregarles material sino llevar la universidad a la cárcel, crear un espacio de libertad dentro de ella, un territorio, una embajada de la UBA. Las reglas del CUD son las de la universidad, estamos dentro de una cárcel pero ese es un lugar de autogestión, de autodisciplina. Ese espacio muerto que es la cárcel se convierte en algo vivo”.

Por otra parte, hacer uso de un derecho es también hacerse cargo de las obligaciones que implica su ejercicio. Acceder a la educación es iniciar el aprendizaje de la libertad. Quienes participan como alumnos de la experiencia del CUD se enfrentan a opciones que no formaban parte de sus proyectos de vida antes de entrar en la cárcel. Aprenden que con su esfuerzo pueden emprender un camino diferente del que consideraban irremediable y definitivo. A través de las experiencias educativas, los internos reciben de la sociedad esa nueva posibilidad, que muchas veces no tuvieron antes.
El CUD no está sometido al control de la administración penitenciara. No hay guardias y está bajo responsabilidad única de la universidad y de los detenidos-estudiantes, como resultado de un convenio firmado por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, el Servicio Penitenciario Federal y la UBA. Es imposible distinguir entre los detenidos y quienes vienen del exterior. Las relaciones son las habituales entre estudiantes y profesores.

Para asegurar que el convenio sea respetado y evitar la intrusión de fuerzas policiales una decena de estudiantes, elegidos por una asamblea de detenidos.estudiantes, ocupan los lugares día y noche. Se encargan del mantenimiento, de la coordinación de las carreras y del desarrollo de las actividades. Custodios de su autonomía, tienen un dormitorio, una cocina y las llaves de los lugares. Los responsables vigilan escrupulosamente el respeto a las reglas de seguridad. Por otra parte, la asociación de los estudiantes de la cárcel se encarga de las demandas de transferencia de detenidos de otros establecimientos que deseen acceder al centro. Existe también un espacio de asesoría jurídica, donde los alumnos recibidos en la cárcel socializan su conocimiento brindando atención al resto de la población que necesita asesoramiento legal.

En la actualidad el CUD tiene aproximadamente mil quinientos metros cuadrados, doce aulas, una de computación, un salón de actos, sala de profesores, cocina y una biblioteca que, en este momento, cuenta con más cinco mil volúmenes.
Los alumnos concurren a clase desde las nueve de la mañana hasta aproximadamente las siete de la tarde. Al finalizar las clases los internos deben reintegrarse a sus respectivos pabellones, salvo unos doce alumnos que viven en el CUD y trabajan en el mantenimiento del Centro. Hay dos dormitorios, en los cuales pueden vivir los alumnos que tengan buenas notas, estén avanzados en las carreras y demuestren buena conducta para el personal del Servicio Penitenciario.

El Programa se generó en Devoto, que aloja internos adultos masculinos, pero inmediatamente buscó expandirse hacia otros penales. UBA XXII actualmente funciona en la Unidad 2 de Devoto, para hombres adultos; en la Unidad 3 de Ezeiza, cárcel de mujeres; en la Unidad 31, también en Ezeiza, para madres con hijos, y en Marcos Paz, donde fue trasladada la población perteneciente a uno de los centros de UBA XXII que funcionaba en la hoy desactivada Unidad 16 de Caseros para Jóvenes Adultos.
Los internos pueden cursar el Ciclo Básico Común (CBC), de manera presencial o con la modalidad a distancia que propone UBA XXI. En cuanto a las carreras, las facultades que participan de UBA XXII son las de Derecho, Ciencias Sociales, Psicología, Ciencias Económicas y, a través de un programa ad hoc, por el cual se dictan cursos de computación, la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. También el Centro Cultural Rector Ricardo Rojas dicta diversos cursos. Por UBA XXII ya pasaron más de cuatrocientos profesores de la UBA y la cantidad de alumnos, según la directora del programa, alcanza los quinientos: "En Devoto tenemos ciento cincuenta alumnos cursando en las diferentes carreras y más de doscientos setenta en el Programa de Extensión de Ciencias Exactas para Operador de PC. Además hay más internos que participan de los Cursos de Extensión dictados por el Centro Cultural Ricardo Rojas. El Rojas ha editado incluso libros escritos por internos. En Ezeiza, entre las dos unidades tendremos una población de treinta personas, a las que se le suman también las internas que concurren a los Cursos de Extensión".

El total de egresados universitarios de UBA XXII llega a sesenta y siete. Ese número registra la cantidad de internos que realizaron toda su carrera estando detenidos. "Hay gente que empezó en la cárcel pero después no sabemos qué pasó. Nos enteramos de que muchos se recibieron pero es un control que no realizamos. Los números del programa son un tema pendiente y delicado: siempre se evitó que fines estadísticos puedan confundirse con discriminación.”

Otro dato que permite tanto a las autoridades como al personal comprobar el respeto de los presos por el programa es su comportamiento. En veinte años de funcionamiento dentro de la cárcel, nunca los profesores o alguna otra persona dentro del CUD tuvieron un problema ocasionado por los internos.

La presencia de UBA XXII dentro de las cárceles es para Marta Laferrière un compromiso de la Universidad con la sociedad: "Lo que se busca es una política de inclusión que contrarreste la existente, de absoluta marginalidad. No se parte de una mirada romántica. Las personas encarceladas tuvieron algún problema con la ley. Lo que la UBA propone es colocar la palabra en el lugar del cuerpo y de la violencia; acercar un universo simbólico propicio, para que esa persona pueda tener un panorama más amplio que aquel al que está condenada, muchas veces casi desde que nace. La mayoría de los internos son expulsados de distintos agentes socializadores: la familia, la escuela, etc., y paradójicamente el Estado plantea como último lugar de recuperación una cárcel que se ha demostrado bastante ineficiente para lo que se propone. La Constitución le asigna a la institución la función de guardar custodia (del preso) y a la vez brindarle y producir un cambio para su reinserción, para devolver a la sociedad sujetos que no reincidan en el delito. Pero el índice de reincidentes es alto. El sistema carcelario sólo cumple con la parte del aislamiento ".

Con más de dos décadas de experiencia en el trabajo dentro de los penales, la directora de UBA XXII asegura que la presencia de la educación, la posibilidad de estudiar y su concreción logran una tremenda reconstrucción subjetiva: el interno es visto como alumno, se comprende que no “es” preso sino que “está” preso.

"A veinte años del inicio d el programa, me doy cuenta de que construir espacios donde se ejerzan los derechos, que las cárceles no sean un lugar de castigo reproductor de conductas delictivas sino que rompan esa lógica –que irrumpa una lógica diferente, desde la libertad, como la que lleva la Universidad de Buenos Aires– es también una política de Seguridad".