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| INVESTIGACIÓN

El gran legado de Milstein

Hace 36 años, el 15 de octubre de 1984, César Milstein recibía el Premio Nobel de Medicina y Fisiología por sus investigaciones sobre anticuerpos monoclonales, hecho revolucionario que contribuyó a lograr efectos significativos en el tratamiento de enfermedades como el cáncer y que aún hoy, a través de sus aplicaciones, continúa transformando la historia de la medicina.

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César Milstein fue nuestro tercer premio Nobel en ciencias. Nació en Bahía Blanca en 1927. Hizo sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal y los universitarios en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. Se recibió de licenciado en Ciencias Químicas a los 25 años y cuatro años más tarde, en 1956, de doctor en Química. Su director de tesis fue el Dr. Andrés Stopanni.

Para entonces, en nuestro país comenzaba un proceso de profesionalización de la ciencia con la creación del complejo científico-tecnológico que integran organismos como el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), donde se implementó, durante la presidencia de Arturo Frondizi, la carrera de Investigador Científico que otorgaba estabilidad y continuidad a su quehacer. En la Universidad de Buenos Aires, aquel tiempo de esplendor fue conocido como “la década de oro”.

Los cambios en el área científico-técnica alcanzaron la creación del Instituto Nacional de Microbiología "Carlos Gregorio Malbrán", donde se convocó a un concurso para incorporar cargos de investigación científica con dedicación exclusiva.

Milstein se postuló a este cargo, al mismo tiempo que a una beca de la Universidad de Cambridge (Inglaterra), ganó ambas, por lo que debió pedir licencia en el Malbrán para poder ir a Cambridge, donde se posdoctoró en 1960.

Regresó a la Argentina para hacerse cargo de la División de Biología Molecular del Instituto Nacional de Microbiología, pero un año después volvió a Cambridge, ya que tras el golpe de estado a Frondizi y la intervención del Malbrán, echaron a su director, lo que provocó protestas, más despidos y renuncias, entre ellas, la de Milstein, quien siempre se mostró comprometido con el devenir político de su tiempo.

Su consagración en Inglaterra

De vuelta en Inglaterra, en 1963, comenzó a trabajar en el Laboratorio de Biología Molecular de la Universidad de Cambridge.

En 1983 fue nombrado jefe y director de la División de Química, Proteínas y Ácidos Nucleicos de esa casa de altos estudios. Allí se dedicó al análisis de las inmunoglobulinas, junto con Georges Köhler, adelantando el entendimiento acerca del proceso por el cual la sangre produce anticuerpos.

La investigación que les valió el Nobel de Medicina en 1984 fue el método para desarrollar anticuerpos monoclonales, los cuales produjeron una revolución que trascendió su propia disciplina, la Inmunología, para constituir hoy una herramienta indispensable en el diagnóstico y tratamiento de un número indefinido de enfermedades. Este descubrimiento provocó una gran diversidad de aplicaciones en diagnóstico, tratamientos oncológicos, en la producción de vacunas y en campos de la industria y la biotecnología.

Milstein político

Desde joven, César Milstein se mostró comprometido política y socialmente, defendió la universalidad del conocimiento y desarrolló sus estudios e investigaciones en instituciones públicas. Siempre sostuvo que la ciencia debía estar al servicio de la gente.

Participó activamente en política universitaria. En marzo de 1945 comenzó a cursar sus estudios en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales que funcionaba en ese entonces en la Manzana de las Luces, y ya en junio del mismo año, viajó a Santa Fe a participar de las Jornadas Reformistas Universitarias. Dos días permaneció detenido en una comisaría junto a sus compañeros por participar de aquellas jornadas, siendo aún menor de edad.

En su autobiografía, el Premio Nobel recuerda no haber sido “un estudiante brillante” pero rescata “la intensa actividad en el Centro de Estudiantes” donde creó una cooperativa para la edición de apuntes. De esta actividad, se origina el sobrenombre que lo acompañó toda la vida: “el Pulpito”.

Hasta que Milstein decidió formar la cooperativa para abaratar costos de libros y apuntes en la Facultad, quien los vendía a costos altísimos era un librero al que llamaban “Pulpo”. De allí, según testimonios de amigos de la época, César se ganó el apodo.

Así como no fue un alumno brillante, de joven tampoco fue perseverante en sus estudios, incluso, intentó abandonar la Facultad para no tener que depender de sus padres. Según sus propias palabras, trabajó como operario en una fábrica, pero sólo le duró un par de meses porque lo echaron por llegar tarde más de una vez.

A partir de su tesis, se convirtió en un estudiante e investigador más metódico y de a poco, fue dejando la práctica política.

Fue aventurero, deportista y viajero incansable. Siempre emparentó la aventura con el hecho de hacer ciencia: “Mi vida profesional ha sido una aventura constante, una aventura del espíritu, del descubrimiento y de la invención. La aventura del conocimiento. La fascinación que ejerce lo desconocido sobre el espíritu humano, nos empuja hacia los poderes escondidos y secretos de la naturaleza”, expresó en una entrevista.

Este compromiso y su forma de hacer ciencia lo acompañaron en todos los momentos de su vida. Tras el gran descubrimiento que le permitió ganar el Nobel, podría haber registrado la patente, pero siempre estuvo en contra de privatizar el conocimiento, no lo hizo por considerar que era propiedad intelectual de la humanidad y, por ende, la legó: “Debo enfatizar que un científico no debería aplicar para patentes personales [...]. Parte del dinero que se obtenga debería ser reciclado en investigación básica y no en el bolsillo de individuos. El conocimiento no pertenece a nadie personalmente [...]. No entiendo por qué un individuo debería beneficiarse personalmente del progreso general de la investigación científica”.

En diciembre de 1999 César Milstein, en una de sus visitas a nuestro país dio una conferencia en el Aula Magna del Pabellón II de Exactas, en Ciudad Universitaria. Tituló su charla: “La curiosidad como fuente de riqueza” y se dirigió a más de 1200 asistentes que lo volvieron a ver en su casa de estudios. Se mostró orgulloso y emocionado por su vuelta y recalcó que los  científicos necesitan del apoyo de los Estados, un apoyo que no debe depender de un gobierno u de otro, sino que debe trascender la lucha política.

Aquella fue su última visita, falleció en Inglaterra el 24 de marzo de 2002, a los 74 años.

“Desde el ínfimo mundo del microscopio hasta la inmensidad desconocida del universo. Si lo saben hacer, todos los sacrificios y las dificultades serán molestias irrelevantes cuando llegue el momento de mirar para atrás y hacerse la pregunta: ¿Y yo qué hice con mi vida?” (2001, en una Conferencia para jóvenes de un club de ciencias).