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| SALUD

Pandemia y alcoholismo

Un estudio de la Facultad de Psicología muestra que, durante el aislamiento causado por la crisis del Covid-19, se produjo un agravamiento de la sintomatología clínica, ya sea leve, moderada o grave, con el consecuente incremento en la ingesta de bebidas alcohólicas. Cristian Garay, profesor de la Facultad, hipotetiza que el alcohol “está siendo utilizado como estrategia para regular las emociones y que tendrá efectos en los síntomas de malestar psicológico o en el trastorno mental que sufren las personas”.

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Previamente al cuadro originado por la pandemia del Covid-19, el alcohol ya constituía un importante factor de riesgo de mortalidad y morbilidad en la Región de las Américas, con niveles de consumo superiores al promedio mundial.

Un informe de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) de 2016 alertaba que el alcohol fue el causante de casi 380.000 muertes (6,5% del total) y más de 18,9 millones de años de vida ajustados en función de la discapacidad en la Región.

En cuanto a nuestro país, estudios recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ubica a Argentina en el tercer lugar de la Región, en cuanto a consumo de alcohol, con 9,1 litros de alcohol puro per cápita/año colocándose por debajo de Canadá y los Estados Unidos. A nivel global, la Argentina supera a otros países europeos conocidos por ser tradicionalmente consumidores de alcohol, como Suecia, Holanda y Noruega.

Ahora bien ¿Qué sucedió durante el ASPO? Las situaciones de estrés y angustia que muchas personas presentaron, ¿Incrementaron el consumo de alcohol? La misma OMS alertaba que el consumo de alcohol durante la pandemia podría exacerbar los problemas de salud y las conductas de riesgo.

Al respecto, en la Facultad de Psicología se desarrolló un estudio titulado “Efectos de la pandemia sobre el estado psicológico de la población argentina” siendo el investigador principal el Dr. Martín J. Etchevers, profesor Titular y secretario de Investigaciones de la Facultad de Psicología.

El doctor Cristian J. Garay, integrante del proyecto, subsecretario de Investigaciones y profesor Adjunto de Clínica Psicológica y Psicoterapias, Cátedra 2 de la Facultad, explica que “existen dos formas de alcoholismo: la dependencia del alcohol y, por el otro lado, el abuso. En nuestro estudio notamos que ambas formas, como consecuencia del ASPO, se han incrementado con la depresión como el posible cuadro clínico mediador”.

“La depresión es uno de los trastornos mentales más comunes en la población en general y en la mayoría de sus formas es muy sensible a los cambios ambientales, específicamente a las relaciones interpersonales, por lo cual el distanciamiento físico de los seres queridos y la reducción de la interacción social aumenta la probabilidad de sufrir cuadros de depresión y, por ende, de dependencia del alcohol ya que es un recurso problemático que utilizan mucho las personas deprimidas procurando atenuar su sintomatología”, amplía Garay.

Esta situación actual tiene la particularidad de ser un estresor mundial con dimensiones sin precedentes, y se diferencia de otros estresores que estaban referidos a situaciones más puntuales, como ser catástrofes naturales, atentados terroristas. Además, tiene otra particularidad: se prolonga en el tiempo, por lo cual es un estresor continuo que pone en riesgo la vida de las personas en el largo plazo, lo cual es un factor de riesgo para los trastornos mentales en general.

¿Qué otros factores deben tomarse en cuenta? Garay destaca que “Las medidas de control, distanciamiento y de cuidado impactan en el estado de ánimo de las personas. Además, los trastornos de ansiedad y de estrés post traumático, también, son muy prevalentes y pueden a su vez disparar el consumo de alcohol”.

Sobre el estudio

Respecto de la metodología de trabajo, Garay aclara que “Nuestro estudio se realizó sobre una encuesta online, con una muestra probabilística y estratificada en todo el país, que fue hecha a la semana de declarado el ASPO y luego repetida a las 8, 16 y 32 semanas. Alcanzamos, con protocolos completos, a 10.149 casos válidos”.

“Tomamos una medida general que nos dio un índice de riesgo de trastorno mental y un índice de severidad global de la sintomatología psicológica presente, lo cual nos permitió detectar tanto los diversos grados de malestar psicológico como aquellos casos en los existe un riesgo considerable de presentar un trastorno mental. Evaluamos las conductas problemáticas, entre ellas el consumo de alcohol, tabaco y drogas ilegales y también las conductas saludables como la realización de actividad física, la práctica de alguna actividad comunitaria, artística o religiosa, el yoga, la meditación y la vida sexual en general. También estudiamos la automedicación y la consulta psicológica”, agrega Garay.

¿Qué resultados arrojó el estudio? Garay señala que, en líneas generales, “observamos un agravamiento de la sintomatología clínica, ya sean leve, moderada o grave”. Y agrega que “Notamos que a lo largo del año el riesgo de trastorno mental se fue incrementando hasta aumentar a más del doble en la última toma y encontramos que una porción significativa de la población (más del 10%) se encuentra en riesgo de trastorno mental. Este riesgo aumenta a medida de que la situación económica de la persona empeora y, por lo tanto, tienen menos posibilidades de acceder a una atención adecuada, lo cual configura un cuadro altamente preocupante”.

Esta situación se agrava explica Garay al notar que “respecto del alcohol vimos un aumento muy significativo desde marzo a octubre, pasando de la semana 1 a la 16 de un 37% de personas que consumen alcohol a un 54,8% con un incremento en la cantidad de alcohol consumido”.

Garay agrega que “podemos hipotetizar que el alcohol está siendo utilizado como estrategia para regular las emociones y que tendrá efectos en los síntomas de malestar psicológico o en el trastorno mental que sufren las personas”.

“También nos preocupó notar que en el mismo período, de mayo a octubre, la consulta psicológica decayó quizás debido a las dificultades económicas, la disminución o cambios de modalidad en la asistencia psicológica pública y de las obras sociales. A la vez, se incrementó significativamente la cantidad de personas que consideran precisar un tratamiento psicológico”.

¿Y qué sucede con las personas en situación de calle? Garay destaca que “notamos que el índice de riesgo de trastorno mental aumentaba a medida de que la situación económica de la persona empeoraba, por lo cual podemos hipotetizar que las personas en situación de calle, con todos los estresores que ya de por sí implica, van a tener una probabilidad mayor de incremento en el consumo, abuso y dependencia del alcohol”.