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Feminismo: historia, lenguaje, literatura

Conversamos con Tania Diz, Investigadora adjunta del CONICET en el Instituto Interdisciplinario de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
A grandes rasgos, ¿cómo se desarrolló la historia del feminismo en la Argentina?
–En nuestro país, mujeres que se hicieron preguntas relativas al feminismo aparecen ya a finales del siglo XIX y desde lugares bastante diferentes. Voy a mencionar sólo dos casos extremos: por un lado, las mujeres anarquistas, que se agrupan y publican en 1896 la revista La Voz de la Mujer. Era una publicación altamente transgresora. Y lo que impacta, en particular, es su nivel de actualidad, su vigencia: hablaban de la necesidad de despenalizar el aborto y del derecho al manejo de la procreación, cuando no había anticoncepción o su acceso era aún muy difícil. Destacaban mucho el tema del amor libre, tradición que proviene del anarquismo y que ha sido trabajado en profundidad por Dora Barrancos. Tenían toda una reflexión sobre la sexualidad y ponen en crisis, sobre todo, a los varones anarquistas: “ustedes son muy revolucionarios afuera, pero hacia dentro, en la casa, están esperando que la esposa les haga la comida”. Una actitud muy crítica, entonces, hacia el machismo de los grupos anarquistas y a la figura de la esposa como “cuidadora” del varón. Es evidente que hay concordancias entre las ideas del anarquismo y el feminismo: al anarquismo siempre le va a interesar ir en contra de determinados modelos familiares que oprimen a las mujeres. Cuando uno ve en profundidad las demandas del feminismo de las diversas etapas u olas, están muy cruzadas las cuestiones vinculadas a los derechos –lo que generalmente se vincula con la primera ola del feminismo– y las cuestiones vinculadas a la vida privada y la subjetividad –que es lo que, en general, se considera propio de la segunda ola feminista.

¿Y además del anarquismo? Mencionabas una segunda fuente de activismo feminista…
–Sí, el segundo caso está ubicado, digamos, en el otro extremo ideológico: agrupaciones de mujeres que apuntan a la igualdad de derechos: derecho a abortar, derecho a la salud y derechos laborales. Se trata de mujeres bastante formadas, en algunos casos profesionales, como por ejemplo, Elvira Rawson y Cecilia Grierson. Y otras mujeres que algunas historiadoras vinculan con las maestras provenientes del proyecto sarmientino. Este grupo, digamos, se planteaba toda una serie de preguntas sobre qué hacer con las mujeres, desde posiciones a veces bastante paternalistas y con una preocupación básicamente social: qué pasa con las prostitutas, con las trabajadoras y con los espacios de explotación de las trabajadoras. Conviene recordar que la situación de las mujeres que trabajan, como la de los niños, es mucho más trágica y cruel que la de los hombres. La otra pregunta es por la educación de las mujeres: ¿qué educación?, ¿una educación para la ciencia?, ¿para la economía doméstica?...

¿Estas mujeres constituían formalmente un grupo?, ¿publicaban, por ejemplo?
–Sí, eran organizaciones que se reunían y producían algún tipo de documentos. Por otro lado, en 1910, con el Centenario, se organizó en la Argentina el Primer Congreso Femenino Internacional. Allí se reúnen muchas mujeres, feministas y no feministas, y se produce la primera división entre las mujeres más conservadoras, las que defienden los ideales de la mujer en relación al hogar, la familia y la maternidad –fundamentalmente, mujeres católicas–, y las feministas, que con mucho más ímpetu que en 1890 empiezan a plantear cuestiones ligadas al derecho: derecho al sufragio y a la igualdad salarial. A partir de este congreso y hasta el golpe de Estado de [José Félix] Uriburu empieza a funcionar lo que ya podríamos llamar el movimiento feminista argentino, en donde efectivamente están Cecilia Grierson, Elvira Rawson y Julieta Lanteri. La lucha de Lanteri, feminista italiana, es por el voto femenino y es una gran activista: por ejemplo, en los días de elecciones coloca urnas en todas las plazas para que voten las mujeres…

Luego de estas primeras manifestaciones, ¿cómo sigue desarrollándose el movimiento?
–Lo que yo destacaría es la sordera entre el feminismo y el campo cultural y la izquierda a lo largo del siglo XX. Es un momento de grandes tensiones. A lo que me refiero es que, por ejemplo, en Contra (1933), la revista comunista fundada por Raúl González Tuñón, se publican textos de Alexandra Kolontay y otros vinculados con el feminismo. Nuestras feministas son miradas con mucho recelo: se las considera mujeres burguesas que lo único que quieren es cuidar sus derechos, todo lo que tiene que ver con la ampliación de derechos es como una cuestión velada del capitalismo y la burguesía, para decirlo de algún modo. Empieza entonces este diálogo sordo que impide un vínculo. En el otro extremo, una de las grandes escritoras argentinas que todo el siglo XX va a estar atravesada por el feminismo es Victoria Ocampo. Sus posiciones sobre el feminismo son muy interesantes, progresistas, sin embargo, nunca deja de ser reaccionaria en lo político. Estas son las contradicciones o las luchas que a veces impidieron ciertos diálogos. Algo parecido va a pasar con Eva Perón. Es una figura bien complicada para el feminismo. Es el peronismo el que da el voto a las mujeres y son las feministas las que se oponen a ese derecho y son las sufragistas las que se oponen porque consideran que es una operación política de Perón para ganar votos. Si uno lee los discursos de Evita son bastantes conservadores, su defensa de la familia, etc., pero mientras tanto organizó a las Muchachas Peronistas. Lo que hizo es revolucionario: mujeres que estaban encerradas en la casa o en el pueblo y de repente tenían que viajar solas, pelear con los maridos para que las dejen salir, armar una unidad básica… Eso tiene que ver con darle una fuerza y una presencia a las mujeres…si eso no es feminista, ¿no?

¿Qué ocurre luego, en los años 70?
–En los años 70, surge lo que se llama tradicionalmente la segunda ola del feminismo. En Argentina, sucede algo que me parece importante tener en cuenta: entre fines de los 60 y principios de los 70 surgen varios pequeños grupos que se reconocen y reivindican como feministas, como la Unión Feminista Argentina (UFA) y el Movimiento de Liberación Femenina (MLF). Pero también aparece el Frente de Liberación Homosexual (FLH). Estos grupos, de entrada, están bastante conectados y comparten espacios, grupos de estudio y pequeños actos de activismo: distribuyen panfletos y comienzan a dar charlas sobre sexualidad para comenzar a instalar el tema de los homosexuales. En este periodo, la situación de los homosexuales y las feministas es muy distinta: los homosexuales son varones –las militantes lesbianas van a aparecer más tarde, en los 80– y son violentamente perseguidos, asesinados, representan la figura del marginal, del perverso… Estos grupos comienzan a publicar revistas, como Somos del FLH y Persona (MLF). Por otro lado, muchas de las feministas de la década del 70 pertenecen a sectores muy acomodados de la sociedad argentina. Victoria Ocampo sigue siendo una de las referentes. Otra figura es María Luisa Bemberg…

¿Cuáles son las características de esta segunda ola?
–La consigna fundamental es “lo personal es político”. Entran en escena las cuestiones ligadas a la vida privada. El reconocimiento del trabajo doméstico como trabajo y no como una labor que deben hacer las mujeres; el tema de los hijos, la patria potestad, el divorcio, la cuestión del aborto y la visibilización de situaciones de violencia o de sufrimiento respecto de la vida privada. Una función que cumplen muchas de las feministas de los 70 es que, al tener una buena posición económica, viajaban a Estados Unidos y a Europa y traían materiales de allá. El femenismo teórico, que recién está apareciendo en ese momento, ya es leído en Argentina: lo leen en el idioma original y ellas mismas se ocupan de hacer pequeñas traducciones para que eso tenga alguna divulgación. Sería el inicio de lo que llamamos teoría feminista. Uno de los textos más importantes es el de Kate Millet. ¿Qué va a decir Millet? Que todo lo relativo al sexo es una cuestión política y pone en jaque la heterosexualidad como sistema de opresión para las mujeres. Estas cuestiones ligadas a homosexualidad y el lesbianismo, por ejemplo, no van a aparecer aún en el feminismo argentino de los 70.

¿Cuáles son las relaciones entre feminismo y militancia política?
–En los 70 aparece el tema de la militante política y esto genera bastante conflicto, porque en los grupos feministas había mujeres que hacían una doble militancia: militantes de organizaciones de izquierda y feministas. Con la llegada de la democracia aparece otra figura que contribuye a terminar con los prejuicios que relacionan el feminismo con ideas de derecha o de la burguesía, porque muchas exiliadas vuelven al país feministas. Es en España y Francia, fundamentalmente, donde leen el feminismo que llevaba años produciéndose en esos lugares y entonces ya vienen con otra mirada. Es en este periodo, el de mediados de los años 80 y, posteriormente, en los 90 con la aparición de los institutos de género, cuando el feminismo entra a las universidades. Esto es bien de la segunda ola: el ingreso del feminismo como cuestión teórica a la universidad.

Los años 80 inicia una nueva agenda…
–Una lucha como la despenalización del aborto era antigua, ya se planteaba en los 70, pero es en los 80, ciertamente, con las mujeres que vuelven del exilio, que se comienza a plantear de manera muy fuerte: las marchas del 8 de marzo, por ejemplo. Además, con la democracia aparece otro fenómeno, los encuentros nacionales de mujeres. En 1986 es el primer encuentro. Es un fenómeno muy fuerte por la cantidad de mujeres que congrega. Creo, en definitiva, que la lucha por la despenalización del aborto y el “Ni una menos” son la consecuencia de muchos años de activismo y, a nivel masivo, sobre todo de los encuentros de mujeres y las redes sociales de ayuda y contención que generaron. Esto fue muy claro, durante el año pasado, en las comisiones de discusión de despenalización del aborto en el Congreso Nacional, donde se puso en evidencia la tradición de años y años de estar estudiando el tema: escuchar a todas esas mujeres para mí fue muy emocionante. Puso en evidencia que había un trabajo muy profundo de análisis y de pensamiento sobre la despenalización del aborto.

Volviendo al tema de las “olas” del feminismo. ¿Estaríamos asistiendo a una nueva etapa?
–Ahora se habla de tercera ola, que tiene que ver con el ingreso de las cuestiones queer y el cuestionamiento de las identidades sexuales. Las feministas de la igualdad apuntan a que la mujer tiene que estar en igualdad de condiciones que el hombre y tiene que ver mucho con los derechos políticos. Por otra parte, el feminismo de la diferencia lo que hace es afirmar la diferencia sexual. Esto quiere decir: el varón es un sujeto, la mujer es otro sujeto, hay diferencias y es necesario trabajar sobre esas diferencias, sobre todo profundizando en la subjetividad femenina, que es lo propio de la mujer. Empieza a aparecer el tema de la comunidad de mujeres solas que se relacionen de otras formas que no tengan que ver con el poder de la opresión patriarcal. La pregunta es si las mujeres tienen otros vínculos con el poder que no sean tan opresivos y autoritarios como el de los hombres. Luisa Muraro es una de las que desarrolló el concepto de sororidad. Para ella, efectivamente, hay vínculos entre las mujeres que, si bien incorporan figuras de autoridad, son muchos más democráticos y afectivos que los de los varones. La figura de la sororidad, que tiene tanto impacto y éxito en la actualidad, lleva a contrarrestar el tema de que ante todo la mujer es una enemiga, que es básico para el sometimiento de las mujeres: si queremos que las mujeres sigan sometidas tenemos que lograr que peleen, que haya competencia. Una de las cosas que trae Muraro es que la mujer debe recuperar el vínculo con la madre, la identificación: no como una enemiga, aquella que te sacó al padre, sino aquella que te dio el primer afecto: la primera relación de amor que tiene una mujer es con la madre, con otra mujer.


SEXO, GÉNERO Y LENGUAJE

Recuperemos brevemente la diferenciación entre sexo y género y el impacto de los estudios queer.
–Lo primero que se distingue es que hay cuestiones relativas al sexo que tienen que ver con la biología y cuestiones relativas a la cultura que tienen que ver con el género. Es un primer momento: si bien hay una diferencia biológica, esta diferencia no justifica que una nena juegue con muñecas y un nene con autos. Luego esto avanza hasta llegar hasta un segundo momento que representa Judith Butler: ella afirma que no hay un residuo esencial que sería lo biológico y, por otro lado, el género, sino que sólo hay género. La diferencia entre varones y mujeres es una construcción social que en muchos casos justifica una relación de poder. Butler se va a centrar en aquel sujeto que no se identifica ni como varón ni como mujer: ¿qué pasa con el lugar de ese sujeto? Entonces tendríamos que pensar en construir otros géneros que hagan la vida de estos sujetos más vivible. El género produce identidad, no hay sexo, no hay modo de justificar desde la biología esta concepción, solo hay género. Lo que hay que hacer es lograr deshacer el género y salir del binomio masculino-femenino como el único modo de identidad posible para el sujeto.

¿Y la teoría queer?
–El concepto queer es teoría, estudios y militancia. La primera que propone el concepto es Teresa de Lauretis, una feminista de la diferencia; después van a seguir Butler y Beatriz Preciado –o Paul B. Preciado, en realidad. Aparece con la teoría queer un desarrollo mucho más profundo de la idea de que una persona a lo largo de su vida puede ir cambiando de identidad según la preferencia que vaya teniendo. Legitima la aparición de diferentes identidades políticas en la militancia: las travestis, por ejemplo, con Lohana Berkins a la cabeza, las/os trans: transexual, transgénero, bisexuales, lesbianas, gays, todas las diferentes figuras que tienen que ver mucho más con la identidad que se asume que con la práctica sexual. A lo que apunta la teoría queer es a romper con el binomio femenino-masculino.

¿Cómo podemos pensar la relación entre el género y el lenguaje?
–Las feministas empezaron a trabajar con sexismo y androcentrismo en el lenguaje: la fuerza de un sistema patriarcal de opresión tiende a estigmatizar y focalizar la diferencia sexual, o sea lo masculino y lo femenino, y dejar a un lado lo neutro, que sería desestabilizador de esa estructura. Aparece una asimilación de lo masculino como lo único y lo femenino como el lugar de la diferencia. Entonces, se pierde la neutralidad y lo que predomina es el género masculino como lo universal, como el modo en el que se nombra al mundo y todo lo “otro” pasa a estar del lado femenino. Ahí es cuando uno ve cómo funciona el androcentrismo en el lenguaje, porque se utiliza la voz de la subjetividad dentro de lo masculino y lo femenino como lo que está del otro lado.

¿Cuándo comienza el interés en el leguaje inclusivo? ¿Te parece que es pertinente y posible institucionalizar el uso del lenguaje inclusivo o es mejor mantenerlo como práctica militante, como “intervención militante” sobre el lenguaje?
–El primer momento es la visibilización de lo femenino, hacer evidente que hay algo de lo femenino que no está mostrado en el lenguaje y, por ende, no está mostrado en la cultura. Con la irrupción de la teoría queer y la visibilización de otras sexualidades que no están incluidas dentro del binomio masculino-femenino se comienza con la utilización de un lenguaje que también los incluya: cuando decimos “los” y “las” estas otras sexualidades no están representadas. Es por ello que, empujado por estos movimientos de la disidencia sexual que no aceptan los roles de masculino o femenino, se comienza con la utilización de la “e”, “@”, “x”. Eso viene propiamente de la militancia y van surgiendo cambios con el uso. En este sentido, no sé si es tan nuevo el uso, lo que es nuevo es la irrupción, la aparición masiva y esa apropiación tan fuerte. Es notable porque a nivel masivo no sé cuanta consciencia hay de lo que es una identidad trans, por ejemplo, pero sin embargo hay algo instalado respecto a que hay que hablar con la “e” y hay muchas explicaciones del porqué se debe hacer. Ahora, si eso tiene que ser normalizado o no, no lo sé. A mí me gusta pensar que la lengua es muy dinámica, va cambiando siempre y estas cuestiones de lenguaje inclusivo que van apareciendo, en tanto irriten y molesten es porque algo están tocando y diciendo, y por eso me parecen muy interesante para pensar.

Ciertas personas, incluso figuras e instituciones públicas, se quejan de un uso exagerado del lenguaje inclusivo…
–Sí, pero yo creo que eso pasa cuando estalla una bomba. Y está bien que pase. Me parece que todo esto que pasa con el lenguaje habla de una reflexión y de una molestia, aunque sea intuitiva. Después veremos qué sucede y hasta dónde esto funciona como una cuestión realmente transgresora. Un riesgo negativo es que el uso del lenguaje inclusivo tranquilice: o sea, si vos crees que usando la “e” sos inclusivo (o “inclusive”) y nos quedamos todos tranquilos…no, entonces no va a servir para nada institucionalizarlo. Se institucionaliza, todo el mundo lo usa, todo el mundo se olvida y se siguen reproduciendo las relaciones de poder, las relaciones de opresión. Toda normalización tiene sus riesgos. Sería muy ingenuo creer que, por el simple uso de una palabra va a haber un cambio. Esos son procesos largos y muy difíciles, entonces es interesante estar atentos a cómo se va dando todo el proceso.

GÉNERO Y LITERATURA

Estudiaste a Alfonsina Storni en relación con lecturas feministas de la literatura y con el activismo feminista. ¿Qué encontraste en Alfonsina?
–Cuando me enfrenté con los materiales de Alfonsina Storni era muy joven y recién me iniciaba en la investigación. Me sorprendí mucho porque lo que se desprendía de esos materiales de archivo era una imagen muy distinta de la imagen clásica de Alfonsina. Ella fue una poeta muy famosa en su momento, hacía recitales de poesía al cual asistía bastante gente y era un referente de la cultura masiva de su época. Era una poesía tardo modernista, que abundaba en clichés respecto del amor y demás, algo que prendía rápido a nivel social; pero también existe toda otra zona de materiales, que son las crónicas periodísticas, que contrastan con la cristalización que sufrió la figura de Alfonsina como la “pobre poeta que murió por amor”: eso fue una cristalización que hizo que prevaleciera, aun en nuestra época, esa figura de Alfonsina dentro del imaginario cultural. ¿Cuántas otras escritoras del siglo XX podemos nombrar? Casi ninguna. Esa permanencia estuvo dada por algo que yo llamaría “estigma de género”: si permaneció y se destacó tiene que ocupar este lugar que es el de la víctima, el de la suicida por amor. Y cuando empiezo a trabajar con estos otros materiales me encuentro con una subjetividad distinta, una Alfonsina ligada al activismo político, con posiciones políticas muy fuertes y muy crítica de los estereotipos. Ella lucha, tanto en el periodismo como en el sistema literario, contra la estigmatización de las mujeres en el ingreso al campo cultural en su época y que tenía que ver con la estigmatización de la mujer como la “niña bonita”, que no tenía que gritar, que no tenía que molestar. Lo que irritaba de Alfonsina, precisamente, era su voz y que no se callaba. Lo que empiezo a recuperar, entonces, es la figura de una mujer muy luchadora, una persona muy inteligente. La estigmatización de Storni dura hasta hoy: en el caso del suicidio, puntualmente, una Alfonsina que muere por amor tiene que ver con una limitación de la sociedad para reconocer que una mujer tiene derecho sobre su propia vida. Fue un suicidio, como el de [Horacio] Quiroga y como el de [Leopoldo] Lugones, ella se mató porque tenía cáncer y no soportaba los dolores, sin embargo, lo que predominó es la imagen de “pobrecita, estaba sola, era fea”.

Los tres suicidios fueron casi contemporáneos. El de Lugones y el de Quiroga tienen hasta un tinte “heroico”, por decirlo de alguna manera. Sin embargo, en Alfonsina la construcción imaginaria que mencionás es impresionante, el impacto es fuertísimo.
–Sí, eso es notable. De todas maneras, ella también colabora con este estereotipo, y acá entran las autocontradicciones, porque ella hace un escenario de muerte muy premeditado. Sabe perfectamente, cuando va a Mar del Plata, que se va a matar y antes de hacerlo manda su último poema al diario La Nación, donde hace una especie de confesión y da las razones y expresa el dolor que la llevan a la muerte. Esto termina de sacralizar su imagen. A Alfonsina le sirvió también esa imagen, me da la impresión de que era una mujer muy astuta porque sabía cuándo tenía que transgredir y luchar y cuándo tenía que negociar para estar, digamos. Fue una mujer muy hábil para manejarse dentro del sistema literario.

En tu tesis de Doctorado analizaste las diferentes representaciones de la relación entre los sexos en los años 20 y cómo esas representaciones muestran distintos modos de resistencia, que pueden ser o no pensadas como feministas.
–Sí. En este sentido, es muy rico el diálogo que se puede establecer entre las crónicas de Alfonsina y Roberto Arlt. Él fue bastante lúcido con respecto a los sistemas de opresión y las relaciones entre los sexos, aunque piensa que eso es culpa de la propia mujer, ¿no? Arlt habla sobre todo de la figura de la suegra que obliga al hombre a casarse y tener hijos y Alfonsina también plantea eso: por qué las mujeres aceptan ese rol de esposa o consideran que lo mejor que le puede para es tener un candidato. Es muy irónica respecto de esa figura de la mujer. Es decir, los dos están planteando el mismo problema con diferentes aristas y con diferentes límites. En este sentido, el final de Los siete locos de Arlt, haciendo una traslación brutal hacia “Ni Una Menos”, es muy fuerte. Si uno lee las páginas donde se relata la relación entre Erdosain y la Bizca descubre un nivel de descripción de la relación de poder y la consciencia de Erdosain acerca de esa relación de poder que es impresionante, que es lo que hoy muestra el “Ni Una Menos” con la violencia femicida. Darle la plata a la madre para quedarse con la hija, que en realidad es una “pendeja”, o sea que lo que hace es básicamente abusar de una “pendeja”, someterla y humillarla de todos los modos posibles hasta terminar con el asesinato, y encima la mata estando dormida y en una descripción que mezcla bien lo sexual con el asesinato. Cosa que hace crisis y estalla recién con el “Ni Una Menos”, pero que Arlt lo tenía muy presente. Aquí uno se plantea cómo hace para describir algo tan detalladamente que, seguramente, no estaba tan visibilizado en su época. Fue muy lúcido. Me parece que la ficción, y es ahí donde me interesa indagar, es muy lúcida respecto de determinados modos de relación entre los sexos, de violencias, etc., que después en lo social aparecen mucho más adelante en el tiempo y de diferentes maneras.

Dra. Tania Diz.
Investigadora adjunta del CONICET en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y docente de Literatura Argentina II en la Carrera de Letras.
Su trabajo es pensar los vínculos entre escritoras de la literatura argentina del Siglo XX y la historia del feminismo: “me interesa cómo pensar los cruces entre determinadas escritoras y el movimiento feminista en ciertos momentos históricos, el vínculo con las escritoras que se comprometieron o se acercaron o no al feminismo, por un lado, y por el otro, el análisis de la ficción: cómo determinadas escenas de la literatura ponen en jaque cuestiones relacionadas con el género o con posiciones del feminismo”.

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