Por un mundo con más vida y menos tabaco

Según la Organización Mundial de la Salud, el tabaquismo es la principal causa de muerte evitable en los países en desarrollo y provoca alrededor de 6 millones de decesos en todo el mundo: 40 mil son argentinos

Con motivo del Día Mundial Sin Tabaco, celebrado el 31 de mayo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) difundió nuevos datos sobre lo que ya se considera una epidemia global: anualmente mueren alrededor de 6 millones de personas en todo el planeta a causa del tabaquismo, de las cuales el 80% se registrarán en países de bajos y medianos ingresos y más del 10% -660 mil seres humanos- corresponden a no fumadores. Según la OMS, la cifra podría escalar a los 8 millones de fallecimientos antes del año 2030.

En la Argentina, según un informe del Instituto de Efectividad Clínica y Sanitaria, el consumo de tabaco produce 40.600 muertes por año –casi el 14% del total-, lo que implica un costo de 24 mil millones de pesos –equivalente al 12% del gasto en salud y a más del doble de lo que se recauda con el impuesto al tabaco. Cabe mencionar que el riesgo de muerte atribuible al tabaco es un 40% mayor en fumadores de los sectores de bajos ingresos, lo que traza un paralelo de lo que ocurre a nivel mundial: el tabaquismo se desplaza de las potencias a los países en desarrollo.

En el mundo fuman alrededor de 1300 millones personas, mientras que en nuestro país –según la Encuesta Mundial de Tabaquismo realizada en 2012 por el Ministerio de Salud de la Nación- lo hace el 22% de la población mayor de 15 años y –dato alarmante si los hay- un porcentaje similar entre los jóvenes de 13 a 15 años. Y es que, en los últimos años, la industria tabacalera apuntó a ampliar su mercado entre los jóvenes y también las mujeres.

Tal como afirma la Organización Panamericana de la Salud, cada día 80 mil jóvenes comienzan a fumar en el mundo, convirtiéndose en adictos a la nicotina. Según esa misma fuente, 8 de cada 10 fumadores adultos se iniciaron en la adolescencia, edad de experimentación y de querer “pertenecer”, además de la gran asociación del tabaco con el consumo de alcohol y otras drogas, así como también con el despertar sexual.

La pregunta es, entonces, por qué los adolescentes incursionan en el cigarrillo a pesar de la abundante información y sobradas pruebas de que están adoptando un hábito que enferma y mata. Para los especialistas, el hecho de que la muerte a causa del cigarrillo se produzca entre 20 y 30 años después de haberse generado la adicción refuerza en los más jóvenes la sensación de inmunidad. También destacan que la adicción al tabaco se da en tres planos: el psicológico, el biológico y el social.

Los cigarrillos son altamente nocivos debido a que contienen más de 4000 sustancias tóxicas, tales como benceno, plomo, alquitranes, monóxido de carbono y hasta elementos radioactivos. La nicotina es la causante de la adicción y su carácter de droga legal –además de la aceptación social-, facilita su consumo.

Es tal el impacto del tabaquismo en la salud que los fumadores corren más riesgo de padecer:

- Enfermedades cardiovasculares (aumenta 50% la posibilidad de infarto agudo de miocardio).
- Enfermedades cerebrovasculares.
- Enfermedades digestivas, tales como gastritis y úlcera péptica.
- Diversos cánceres: de pulmón, boca, lengua, laringe, páncreas, mama.
- Envejecimiento precoz.
- Alteraciones odontológicas.
- Pérdida de gusto y olfato.
- Impotencia sexual.
- Arteriopatía periférica.
- Alteraciones gineco-obstétricas: esterilidad, abortos espontáneos, partos prematuros, bajo peso del bebé al nacer. Etc.

Ante este panorama, cada vez más gobiernos, organismos mundiales y organizaciones de diverso tipo promueven el abandono del cigarrillo y alertan acerca de sus consecuencias. El Convenio Marco Control de Tabaco (CMCT), primer tratado Mundial de Salud Pública aprobado en mayo del 2003, fue un gran avance en ese sentido. Se trata de un instrumento jurídico regido por el Derecho Internacional y de carácter obligatorio para los 168 países que adhirieron: la Argentina lo firmó el 25 de setiembre de 2003 -pero lo ratificó en el año 2012. El objetivo principal del CMCT es proteger a las generaciones presentes y futuras de las devastadoras consecuencias sanitarias, sociales, ambientales y económicas que sufren tanto los fumadores como quienes se ven involuntariamente expuestos al humo. Para lograrlo, plantea diversas medidas tendientes a disminuir el consumo, tales como: incremento de impuestos al sector y aumento de precios,  restricción a la publicidad, prohibición de fumar en espacios públicos y privados. Por ejemplo, tal como explica la OMS, un aumento del 10% en el precio del tabaco causado por una suba impositiva disminuye el consumo de tabaco en un 4% en los países de ingresos altos y hasta en un 5% en los países de ingresos medios bajos. Como beneficio adicional, se generan mayores recursos provenientes de la recaudación y del ahorro en salud, que en la Argentina podrían representar unos $7.500 millones.

Como queda a la vista, el impacto del tabaco en nuestro país es muy importante, tanto en la cantidad de muertes que produce como en los costos anuales por la pérdida de productividad y muerte prematura. En consecuencia, luego de algunos intentos fallidos, se reguló al sector tabacalero a través de una ley nacional – la 26.687, denominada “Regulación de la publicidad, promoción y consumo de los productos elaborados con tabaco”- y numerosas normas provinciales que, entre otras cuestiones, penan la venta de cigarrillos a menores, prohíben fumar en espacios preestablecidos y determinan las condiciones bajo las cuales se puede publicitar el consumo de tabaco. El aspecto económico –el incremento del impuesto al tabaco para desalentar su consumo y generar mayores recursos para atender las consecuencias sanitarias de esta epidemia- no fue incluido en la mencionada Ley 26.687, lo que permitió que los cigarrillos argentinos se encuentren entre los más baratos y accesibles del continente y del mundo, dato que explica -al menos en parte- que el 15% del tabaco consumido en América latina se fuma en el territorio nacional. Según una investigación realizada por la Fundación Interamericana del Corazón, "mientras que a mitad de 2005, adquirir 100 paquetes de cigarrillos insumía el 42% del sueldo promedio de los argentinos, a mediados de 2013 sólo era necesario el 22% del salario promedio para adquirir la misma cantidad de paquetes", información que revela que el precio de los atados se incrementó en menor proporción que el poder adquisitivo de los asalariados, haciéndolos más accesibles.

A pesar de que la variable impositiva fue dejada de lado por las políticas públicas para combatir el tabaquismo, las medidas tomadas a nivel nacional y local parecen haber producido efecto: un estudio global de la Universidad de Washington determinó que la Argentina tiene la tasa de reducción del tabaquismo más acelerada de América latina, a contramano de la tendencia mundial que registra un amesetamiento: mientras que en el período 1980-2006 el número de fumadores argentinos se había reducido un 1% anual, entre 2006 y 2012 el hábito cayó a una tasa promedio de 2,8% al año. Por su parte, la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo realizada en 2005 indicaba que un 30% de la población adulta fumaba, mientras que en 2012 la Encuesta Mundial de Tabaquismo situaba este indicador en un 22,1%, casi un tercio menos. De tal forma, si en las actuales circunstancias más de 700 mil argentinos dejaron de fumar –entre ellos, 30 mil adolescentes-, es de presumir que al intensificar las políticas y aumentar los precios de los cigarrillos -tal como plantearon públicamente numerosas organizaciones nacionales e internacionales durante el último Día Mundial Sin Tabaco-, los resultados serían mucho más satisfactorios.

Para seguir reduciendo la cantidad de muertes evitables, incrementar la calidad de vida de la población y fortalecer el sistema público de salud redireccionando los recursos que actualmente se destinan a atender las consecuencias del tabaquismo, queda mucho por hacer: incrementar las campañas de concientización, promover ciudades libres de humo, brindar información a los sectores más vulnerables –focalizando en niños, adolescentes y jóvenes- y ofrecer opciones terapéuticas accesibles.

Dra. Betina Schedrovitzky, médica neumonóloga de la Dirección General de Salud y Asistencia Social, Secretaría de Extensión Universitaria y Bienestar Estudiantil de la UBA.


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