Estudian una posible causa del autismo

Esta enfermedad se atribuyó, durante algunas décadas, a causas psicológicas y, en particular, a la falta de atención de la madre. Pero hoy los especialistas tienden a pensar en un origen biológico, genético o ambiental. Precisamente, un equipo de investigadores de Exactas mostró en ratones que ciertos procesos inflamatorios en el cerebro pueden relacionarse con los síntomas del autismo.

El autismo, que inhibe la capacidad de los niños de comunicarse y relacionarse con los demás, y afecta a cuatro de cada 10.000 niños, según la OMS, no tiene aún una causa certera. Tradicionalmente se pensó que era una enfermedad estrictamente psicológica y se creyó, incluso, que su origen residía en la falta de afecto de los padres. Sin embargo, hoy se tiende a considerar que hay una causa biológica, que podría deberse a una alteración en el desarrollo del cerebro, debido a razones genéticas o ambientales.

¿Cómo confirmar esa hipótesis? “En principio, los comportamientos característicos del autismo pueden estudiarse en modelos animales”, sostiene la doctora Amaicha Depino, investigadora del IFIByNE, instituto de la UBA y el Conicet, que funciona en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Depino, junto con el doctor Fernando Pitossi y la licenciada Luciana Lucchina, acaban de publicar un trabajo en Brain, Behavior and Immunity, donde muestran la relación entre comportamientos y alteraciones en el cerebro.

Encerrados en sí mismos

El autismo fue descripto en 1943 por un psiquiatra del Hospital Johns Hopkins de Baltimore, Estados Unidos, Leo Kanner, nacido en Austria. El término que eligió para designar a la enfermedad había sido empleado por el psiquiatra suizo Eugen Bleuler para describir una característica de la esquizofrenia: el ensimismamiento y la dificultad para relacionarse. Tal vez por esa razón el autismo, durante mucho tiempo, estuvo asociado con las psicosis.

La médica psiquiatra Silvia Panighini, jefa del servicio de Neuropsiquiatría Infantil del Instituto Fleni explica que, hasta la década de 1950, se atribuía el autismo a una causa psicológica. “Pero pronto se vio que otras enfermedades no vinculadas al autismo, y que tenían causas biológicas demostradas, se presentaban de la misma manera”, afirma.

Y prosigue: “El DSM, manual de enfermedades mentales, antes la llamaba psicosis infantil. Y eso se presta a confusión, porque la psicosis tiene una evolución diferente. El autismo se trata y tiende a mejorar siempre, a diferencia de la esquizofrenia, que tiene un curso más variable y complejo”.

Cuando los padres consultaban al médico, siempre se encontraba alguna coincidencia con un hecho sucedido en la familia que, se suponía, había desencadenado el problema. “Pero, en realidad, las investigaciones indican que tiene que haber una causa biológica, aunque hay muchos especialistas que no piensan así”, señala Panighini.

Las dificultades para encontrar una causa certera de este trastorno dieron lugar a algunas hipótesis descabelladas. Una de ellas vinculó la enfermedad con la vacuna triple, también conocida como MMR, que protege del sarampión, las paperas y la rubéola. Todo comenzó con el artículo que en 1998 publicó en The Lancet el gastroenterólogo británico Andrew Wakefield. En aquel entonces muchos medios se hicieron eco de esos resultados que, según se comprobó luego, eran falsos. Lo cierto es que, en Gran Bretaña, muchos padres se asustaron y dejaron de vacunar a sus hijos, con desastrosas consecuencias, pues aumentaron los casos de sarampión. En 2007, las autoridades sanitarias del Reino Unido iniciaron un proceso de investigación sobre las posibles malas prácticas en las que habría incurrido Wakefield. Finalmente, en enero de 2010, se confirmó que todo había sido un gran fraude.

La alocada propuesta de Wakefield prendió en muchos padres debido, posiblemente, a la desolación ante esta enfermedad. Por otra parte, la hipótesis de una causa psíquica, que atribuía el trastorno al desapego y falta de afecto de los padres, los había llenado de culpa.

Hoy en día, los especialistas se inclinan por asignar al autismo un origen biológico en función de sus síntomas de inicio, su curso, y por la relación con otras enfermedades como la epilepsia. Se cree que se trata de una conjunción de causas genéticas y ambientales. De todos modos, la compleja interacción entre el ambiente y la biología sigue siendo un enigma. “Cuando hablamos del ambiente, lo decimos en sentido amplio, incluyendo la crianza, pero también las condiciones del embarazo y el parto, así como las infecciones y los componentes tóxicos del ambiente”, dice Panighini.

Temple Grandin

La intensidad de los síntomas del autismo es muy variable, desde la ausencia total de lenguaje y cierto grado de retraso mental, hasta personas que pueden a ir a la universidad e, incluso, convertirse en brillantes científicos.

Un caso paradigmático de alguien que padece esta enfermedad y logró graduarse y convertirse en profesora universitaria es el de la estadounidense Temple Grandin, nacida en 1947 en Boston, Massachussets. Estudió etología y neuropsicología, se doctoró en Ciencia Animal en la Universidad de Illinois, y hoy es profesora de comportamiento animal en la Universidad de Colorado. Es reconocida por ser una gran defensora del bienestar de los animales, en particular de aquellos que son explotados por la industria ganadera. De hecho, ha diseñado mataderos con el fin de que los animales puedan tener una muerte digna, sin excesivo sufrimiento.

En una conferencia TED, ofrecida en 2010, Grandin explica cómo su condición de autista la ayudó a comprender la mente animal. Allí afirma que su mente no piensa con palabras, sino con imágenes. Y defiende la idea de que el mundo necesita personas con diferentes patrones de pensamiento.

Actualmente, los síntomas del autismo se diagnostican como trastornos generalizados del desarrollo (TGD), entre los que se encuentran la enfermedad de Rett, la de Asperger, y el trastorno desintegrativo de la infancia. El síndrome de Asperger tiene rasgos parecidos al autismo, pero los niños afectados tienen lenguaje. Esta enfermedad fue retratada en la novela El curioso incidente del perro a medianoche, del escritor británico Mark Haddon. La historia está narrada en primera persona por un chico de 15 años que sufre esa enfermedad: es muy bueno en matemática, tiene memoria fotográfica y es extremadamente observador, pero tiene dificultades para entender el comportamiento humano, y las expresiones de alegría o tristeza en los rostros de los demás. Al respecto, investigaciones realizadas mediante resonancia magnética funcional, replicados por distintos investigadores en varias oportunidades, han mostrado en las personas afectadas por Asperger una menor activación del área del cerebro asociada con la habilidad de percibir y diferenciar distintas expresiones faciales.

En cuanto al autismo, hay tres síntomas principales: deficiencias en el comportamiento social así como en el lenguaje y la comunicación, y la tendencia a los comportamientos repetitivos, como dar vueltas o palmotear (estereotipias).

Experimentos con ratones

Teniendo en cuenta esos síntomas, la bióloga Amaicha Depino consideró que los ratones podrían ser un buen modelo para poner a prueba la hipótesis de que la inflamación en el cerebro podía estar vinculada con las dificultades en la comunicación propias del autismo. Precisamente, los ratones son animales sociales, buscan contacto con los otros, y tienen algún tipo de comunicación, por lo que cualquier deficiencia puede ser indicadora de un problema. Además, buscan todo el tiempo novedad, y es raro que repitan conductas.

“En el 2005, un trabajo que estudiaba, postmortem, cerebros de pacientes con autismo, mostraba que había inflamación en el cerebro”, comenta Depino, y agrega: “El problema de ese tipo de trabajos es que no se sabe si lo que uno observa es causa o consecuencia de la enfermedad, y cuánto tiene que ver con ella”.

La inflamación es una respuesta del sistema inmune ante agentes externos como virus, bacterias y hongos, entre otros. El hecho es que “hay evidencias de que aumenta la incidencia de autismo en ciertas épocas del año y, sobre todo, cuando ha habido una epidemia de gripe”, según comenta Depino.

Fue así como Depino se propuso averiguar si la inflamación del cerebro podría relacionarse con algunos de los síntomas del autismo. Uno de los aspectos que quiso investigar fue el rol que cumplían ciertas citoquinas, proteínas producidas por las células del sistema inmune, que cumplen un rol central en la comunicación intercelular y la regulación de la respuesta inmune. Así, buscó conocer el efecto de una citoquina antiinflamatoria.

Cuando hay un evento inflamatorio, se generan muchas citoquinas, tanto proinflamatorias como antiinflamatorias. Por ello, los investigadores consideraron que la inyección de una citoquina antiinflamatoria podría tener algún efecto en el cerebro.

“Inyectamos la citoquina TGF-b1 en el hipocampo de ratones adultos, y luego evaluamos los comportamientos sociales así como las conductas repetitivas”, relata. El resultado no fue el esperado: los animales eran más sociables y tenían menos comportamientos repetitivos.

En un segundo experimento, los investigadores emplearon ratones más jóvenes, y confirmaron que la presencia de una citoquina antiinflamatoria podía afectar el comportamiento de los animales. Así, observaron que los ratones repetían en exceso ciertas conductas, como el acicalamiento.

En estos experimentos, se trabajó con ratones ya nacidos. Pero ¿qué sucede en la etapa de gestación? En otra línea de trabajo, los investigadores analizaron el efecto del ácido valproico, un medicamento para tratar la epilepsia y el síndrome bipolar.

“Se había visto que los hijos de mujeres que tomaban ácido valproico durante el embarazo tenían alta incidencia de autismo, y por ello se dejó de recomendar en embarazadas”, comenta Depino.

“Por nuestra parte, quisimos ver si el ácido valproico se relacionaba con alguna alteración de inflamación en el cerebro”, señala.

En tal sentido, Luciana Lucchina, observó que los ratones tratados con ácido valproico, además de mostrar signos de inflamación en el cerebro, respondieron en forma exacerbada a cualquier estímulo inflamatorio.

El ácido valproico parecería cumplir el rol de hacer que los ratones sean más susceptibles a la inflamación y, por ende, a mostrar los síntomas del autismo.

La idea es ahora combinar el ácido valproico con algún agente inflamatorio durante el embarazo, y ver qué consecuencias tiene en las crías.

“Ahora sabemos que los ratones tratados con ácido valproico son más susceptibles a la inflamación, y si lo son en el período crítico de desarrollo del cerebro, tenemos que ver si una inflamación en ese período podría hacer que el desarrollo del cerebro se altere, y se exacerben los síntomas del autismo”, afirma Depino, y prosigue: “La idea es contrastar con lo que sucede en un ratón que sufrió una infección prenatal pero no había recibido ácido valproico. No debería tener los mismos síntomas”.

En niños con el síndrome de X frágil, una enfermedad genética con alto índice de autismo y que también se relaciona con la inflamación del cerebro, se han aplicado tratamientos antiinflamatorios. En autismo, hasta ahora se hicieron algunos ensayos, pero con pocos pacientes que ya manifestaban el autismo, por lo cual no son relevantes.

Estimular la comunicación

Para el autismo existe una gran variedad de terapias. Las iniciales fueron las cognitivas conductuales, en que al chico se le enseñaban determinadas habilidades, y se lo premiaba por lo que lograba. Se probó efectiva para más del 50% de los casos, pero después se vio que los niños tenían dificultades en aplicar lo aprendido en otros contextos.

“Las terapias actuales se centran en estimular la comunicación y la interacción, adaptadas a las necesidades de cada niño. Se logran mejoras importantes cuanto más temprano se diagnostique”, asegura la médica psiquiatra Silvia Panighini, del Instituto Fleni.

Cuando los chicos no pueden desarrollar el lenguaje, tienen un alto nivel de frustración, lo que deriva en alteraciones de la conducta, berrinches y rabietas, que son expresión de la dificultad para comunicarse. Entonces, a fin de evitar esos berrinches, se desarrollan métodos alternativos de la comunicación, por ejemplo, a través de dibujos y fotos.

“Cuanto antes pueda diagnosticarse la enfermedad, más efectivos pueden ser los tratamientos”, concluye la especialista.

Por Susana Gallardo

Publicado en Página/12 el 17/03/2012


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