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Rubén E. Hallú
Rector de la Universidad de Buenos Aires
 

Desafíos de la UBA del bicentenario

Si tomamos como hitos de la Guerra de la Independencia, las batallas de Suipacha, en noviembre de 1810, y de Ayacucho, en diciembre de 1824, aún deberíamos agregar dos años del sitio de El Callao hasta 1826. Y otro medio siglo hasta que España reconoció la independencia del Perú mediante un tratado firmado en París.

Durante más de tres lustros de cambios políticos profundos y radicales en Europa, y de desinteligencias entre los gobiernos criollos, la campaña militar se ejecutó sin embargo con la misma tecnología bélica, mientras que los registros de avances en la física o la medicina en el mundo fueron casi nulos, con excepciones como los estudios tempranos del electromagnetismo en 1820.

Dos siglos después, un escenario como aquel parece irrepetible. El carácter casi instantáneo de las comunicaciones y de la transmisión de las noticias e información desde cualquier parte del mundo, la velocidad del cambio tecnológico, el impacto recíproco -social, cultural y científico- entre los avances del conocimiento en cada disciplina, y los efectos casi inmediatos y generalizados que tanto los aciertos como los errores producen en el mapa político y en el medio ambiente, nos enfrentan a una realidad inimaginable para los patriotas que en mayo de 1810 desencadenaron la lucha contra la dominación colonial.

A trazo grueso, podemos coincidir en que la distancia entre el Bicentenario y el Centenario es muchas veces mayor -en términos de conocimiento, de complejidad, de expectativa, de conflicto- que la recorrida en el primer siglo de historia nacional y sudamericana.

La Universidad de Buenos Aires, fundada precisamente en el último tercio de la epopeya sudamericana, y el mismo año en que cinco naciones centroamericanas declaraban su independencia de España, junto con México, se involucra en el Bicentenario a partir de una serie de compromisos estratégicos:

* Con la incentivación de nuevos paradigmas de conocimiento con base transdisciplinaria.

* Con la promoción de los derechos humanos, la inclusión social y la construcción de ciudadanía.

* Con la defensa de un medio ambiente sano y la generación de tecnologías que aporten a un desarrollo sustentable.

* Con la modernización pedagógica y la promoción del acceso cada vez más amplio a estudios superiores.

* Con la producción de proyectos y soluciones para los grandes problemas nacionales, el incremento permanente de sus trabajos de investigación y la ejecución de intervenciones conjuntas, con el Estado y organizaciones sociales, en actividades de aprendizaje-servicio y de mejora de la calidad de vida.

* Con el fortalecimiento de la educación pública.

Los desafíos de la Universidad en el siglo XXI consisten en resolver, trabajando de un modo simultáneo en múltiples frentes, los cambios en los paradigmas del conocimiento y la transformación organizacional que esos nuevos modelos educativos y científicos requieren.

La Universidad de hoy está compelida a preparar profesionales y científicos capaces de resolver, en el futuro, problemas que en el presente ni siquiera se avizoran. Esa es la dirección de cambio dominante; la conciencia de que el conocimiento crítico y la información cristalizada -ésa a la que hoy se accede oprimiendo una tecla- no son solamente categorías diferentes, sino incluso contradictorias entre sí.

La Universidad de hace dos siglos, como un reservorio, “contenía” el conocimiento, lo depuraba y lo legitimaba. La Universidad de hoy lo promueve, lo descubre, lo hace circular y lo somete a crecimiento y controversia.

Junto con este desafío, es imperativo desmontar las paradojas que fracturaron el vínculo entre el mundo social y el académico en los últimos veinte años de predominio conservador.

Caracterizado por un aumento vertiginoso de las desigualdades y por el envilecimiento de lo público, este período registró también el mayor grado de privatización y concentración de los recursos tecnológicos y la más alta fragmentación del conocimiento; en prácticamente todo el mundo, los hombres y mujeres jóvenes que tenían el privilegio de acceder a un trabajo estuvieron obligados a tener cada vez más información sobre menos cosas, a especializarse al punto de perder su autonomía, su capacidad de elección y su conciencia crítica. Condiciones ideales, desde ya, para acceder a formas de empleo cada vez más precarias.

El conocimiento, proveedor de igualdad, dignidad y ciudadanía, se convirtió en un bien escaso que, al igual que las ingentes riquezas financieras de la globalización, nunca llegó a “derramarse” como algunos habían prometido.

La Universidad de Buenos Aires no quedó afuera de esa fragmentación pero, y en esto reside su mayor capital, pudo conservar su carácter público y gratuito, ofreciendo un ambiente de igualdad de oportunidades y pluralidad de ideas en medio de -y a pesar de- las corrientes dominantes.

Para la UBA del Bicentenario, la excelencia académica es la combinación dinámica entre la producción de conocimiento y su transferencia a las nuevas generaciones.

Hoy la excelencia académica no se mide por el número de diplomados, ni siquiera por su competitividad profesional en los términos estrechos en que el argumento conservador ha concebido a la idoneidad y a la competencia en los años recientes. Las cifras de egresados serán engañosas en tanto no expresen un número de profesionales con formación integral, con visión sistémica, capaces de articular la praxis del especialista con la mirada del generalista, mentes flexibles, imbuidas de convicción ética y sensibles a las demandas del entorno.

Desde lo científico, esto nos exige fomentar la transdisciplina. Derribar las fronteras burocráticas que aún separan la ciencia natural de los estudios sociales, establecer canales abiertos e idóneos de interconexión entre las facultades y los departamentos. Ofrecerle al estudiante, más que una carrera, un entorno integrado y plural que estimule su imaginación y lo anime al estudio.

Junto con calificados artículos de especialistas, este número de Encrucijadas incluye las visiones de los decanos de las Facultades de la UBA.

Esperamos que esta revista sea, además de un material de lectura y discusión, una plataforma de trabajo.