La misión ATENEA cumplió la totalidad de sus objetivos científicos. El microsatélite, que contó con componentes diseñados en la Facultad de Ingeniería de la UBA, superó los desafíos de comunicación que afectaron a otros microsatélites internacionales durante la misión Artemis II.
Foto de la NASA, de la cápsula Orión y la Luna.
Argentina validó con éxito sistemas críticos para la exploración espacial mediante el microsatélite Atenea. La misión fue el resultado de una colaboración entre el sector público, el privado y universidades nacionales, posicionando al sistema científico local como un socio tecnológico para futuros programas lunares.
Mientras la cápsula Orion de la NASA marcaba un hito histórico al llevar a sus cuatro astronautas más lejos de la Tierra que cualquier otro ser humano, el pequeño representante de la tecnología argentina también lograba una hazaña sin precedentes en el espacio profundo.
ATENEA es lo que se conoce como un CubeSat, es decir, un satélite diminuto, del tamaño de dos cajas de zapatos apiladas. Fue uno de los 4 microsatélites que viajaron como carga secundaria a bordo del potente cohete SLS de la NASA, que llevó a la misión Artemis II en un viaje tripulado de ida y vuelta a la Luna.
Su misión, aunque breve, fue de una intensidad y precisión técnica sin precedentes para el país. El éxito fue rotundo. A tan solo cinco minutos de su despliegue, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) logró establecer contacto y obtener todos los datos que esperaban conseguir.
A diferencia de los dispositivos de Alemania y Corea del Sur, que fallaron al no poder comunicarse con la Tierra, los microsatélites de Argentina y Arabia Saudita mantuvieron un enlace constante. Incluso, en un gesto de cooperación, la CONAE asistió a la agencia saudí en el establecimiento de contacto con su unidad.
La misión Atenea representa un punto de inflexión para la industria aeroespacial argentina, consolidando al país como un actor capaz de operar tecnología de precisión en el desafiante entorno del espacio profundo.
Este proyecto fue coordinado por la CONAE, pero su ADN es profundamente académico y federal. Nació de una colaboración estrecha con la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Nacional de San Martín, sumando además la capacidad técnica de la Comisión Nacional de Energía Atómica, el Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR-CONICET) y la empresa privada VENG S.A.
“Se puede decir que la misión fue un éxito. Lo fue principalmente porque se pudo validar las tecnologías, y todos los datos que el satélite debía enviar, llegaron. Ahora lo que sigue es una tarea de meses de estudiar esos datos”, contó Franco Spadachini, estudiante de Ingeniería Electrónica y subdirector del proyecto ASTAR.
La Tierra vista desde la cápsula Orión de Artemís II. Foto: NASA.
Fue dentro de este proyecto ASTAR, bajo la dirección de Fernando Filippetti, que se gestó el aporte de la UBA a la misión de ATENEA. El equipo diseñó y fabricó un módulo crítico de gestión de energía. Una placa de circuitos impresos encargada de garantizar la carga de las baterías y la seguridad eléctrica del microsatélite mediante un sistema de fusibles inteligentes.
Este componente fue fundamental no solo para la operación en el espacio profundo, sino para asegurar que el dispositivo mantuviera su autonomía técnica durante las prolongadas esperas en la rampa de lanzamiento, demostrando que el talento de las aulas de la UBA puede cumplir con los estándares de máxima exigencia de la NASA.
“Esta fue la primera misión espacial de la cual ASTAR forma parte”, contó Spadachini. “Tiene un valor inmenso porque era nuestra primera experiencia de vuelo, entonces tiene un peso y una relevancia inmensa para nosotros porque nos jugábamos todo. Era nuestra oportunidad para mostrar la capacidad que teníamos”.
“Yo creo que es el inicio de una historia llena de proyectos y llena de éxitos para todo el equipo. Creo que es sentar precedentes de que llegamos para hacer lo mejor que podamos en cada uno de los espacios que estemos y espacios en los que CONAE nos dé la posibilidad de trabajar”.
“Nuestra mayor preocupación era que nuestro módulo funcionase correctamente. Pero, luego de todos los testeos, funcionaba bien. En esta clase de misiones hay tantas variables, tanto que podrían salir mal, que sólo podíamos esperar y ver qué ocurría tras el despliegue. Las cosas ya estaban hechas por nuestro lado. Pero, gracias a la labor de todos los que participaron, la misión fue todo un éxito”, relató Spadachini.
La génesis de este hito se remonta a una convocatoria internacional de la NASA para la misión Artemis II. El proyecto argentino fue seleccionado entre más de 60 propuestas globales, obteniendo uno de los 4 lugares a bordo del colosal cohete Space Launch System (SLS).
El objetivo era ambicioso. Consistió en desplegar un microsatélite tipo CubeSat que validara tecnologías críticas mientras la cápsula Orion transportaba a los astronautas hacia la Luna. La misión de la NASA fue un éxito rotundo, y la argentina también.
Una vez en el espacio, la operación de Atenea fue una demostración de eficiencia técnica.
El microsatélite fue desplegado cinco horas y media después del despegue a unos 40.000 kilómetros de la Tierra. Tan sólo 5 minutos después, CONAE pudo establecer comunicación, lo cual refleja el éxito de los ingenieros que calcularon las órbitas, y de los que apuntaron las antenas.
Unas 13 horas y media después del despliegue, ATENEA alcanzó la distancia récord para la tecnología nacional de 70.000 kilómetros. Durante sus 20 horas de vida operativa, el satélite funcionó como un laboratorio volante.
Sus sensores se enfocaron en tres pilares, la navegación mediante constelaciones de satélites (GPS, GLONASS y Galileo) a distancias extremas, la medición de la radiación cósmica y el testeo de fotomultiplicadores de silicio para detectar luz en condiciones de oscuridad absoluta.
El límite de 20 horas de vida operativa no fue una elección, sino una consecuencia de su trayectoria. El satélite fue desplegado en una órbita altamente elíptica que, tras alcanzar un apogeo de 70.000 kilómetros, regresó hacia la Tierra por efecto de la gravedad, desintegrándose finalmente al reingresar en la atmósfera.
El éxito de la misión fue rotundo y se destacó por un contraste notable con el contexto internacional. Mientras que las agencias espaciales de Alemania y Corea del Sur perdieron el rastro de sus respectivos microsatélites poco después del despliegue, el equipo argentino logró sostener un enlace de comunicación robusto y constante.
Esto fue posible gracias al seguimiento ininterrumpido desde las estaciones terrestres de la CONAE en Córdoba y Tierra del Fuego, las cuales incluso brindaron soporte técnico a la misión de Arabia Saudita.
Lo más destacado de la misión de ATENEA no fueron solo sus logros tecnológicos, sino el modelo de trabajo que lo hizo posible. Fue el resultado de una colaboración sin precedentes entre universidades públicas, organismos del estado y el sector privado. Este esfuerzo conjunto permitió que el proyecto se concretara en tiempo récord tras ser seleccionado por la NASA.
Haber participado con éxito en esta misión histórica de la NASA no sólo posiciona al equipo de instituciones que formaron ATENEA como un socio confiable para futuras misiones lunares, sino que continúa demostrando la increíble capacidad de la industria aeroespacial Argentina, a pesar del contexto presupuestario adverso que enfrenta la investigación científica y tecnológica en el país.
Foto: NASA