Logo de la Universidad de Buenos Aires

NOTICIAS

Imagen ilustrativa UBAHOY
| ESPECIALISTAS

El renacimiento de nuestra esperanza

Cada 15 de abril se celebra el Día Mundial del Arte y, por segundo año consecutivo, vivimos esta fecha en un contexto de pandemia. Para el profesor Hugo Mancuso “la práctica y la reflexión artística deberán ser el punto de partida de la reconstrucción de nuestra vida futura y del renacer de una esperanza que privilegie nuestra intransferible libertad como un valor absoluto”.

Imagen de la noticia El renacimiento de nuestra esperanza

En el año 2012, la Asociación Internacional Arte declaró que, cada 15 de abril, se celebra el Día Mundial del Arte, en conmemoración del natalicio de nacimiento de Leonardo Da Vinci. Su proclamación, por parte de la UNESCO, tuvo lugar en 2019, al momento de realizarse la 40ª reunión de la Conferencia General de la Organización.

Según la propia UNESCO, el Día Mundial del Arte tiene por objetivo contribuir “a reforzar los vínculos entre las creaciones artísticas y la sociedad, a fomentar una mayor conciencia de la diversidad de las expresiones artísticas y a poner de relieve la contribución de los artistas al desarrollo sostenible. Así mismo, esta fecha es la oportunidad de destacar la educación artística en las escuelas, ya que la cultura es el camino hacia una educación inclusiva y equitativa”.

En estos tiempos de pandemia que vivimos, invitamos al profesor Hugo Mancuso, director del Departamento de Artes de la Facultad de Filosofía y Letras a reflexionar sobre cómo el arte, como actividad humana, ha sido golpeado por la pandemia y, al mismo tiempo, como el arte el espacio donde la población mundial ha recurrido buscando calmar ansiedades, liberar estrés y encontrar el efecto tan propicio para el alma que las manifestaciones artísticas producen en nosotros. 

A PROPÓSITO DEL DÍA MUNDIAL DEL ARTE 

(15.04.2021)

Uno de los libros más fascinantes e inquietantes de Daniel Defoe, el conocido autor de Robinson Crusoe, es el Diario del año de la plaga (1722). Este texto es una real fiction inspirada en los acontecimientos de una extraña peste que asoló Londres y el sur de Inglaterra en 1665. No es un diario verídico, es una novela que se escribe como si fuese un diario con nombres y eventos inventados pero inspirados en acontecimientos realmente ocurridos años antes. Promediando la narración un pasaje reza: 

“(…) los medianamente afortunados huyeron a las afueras de la ciudad y con su familia y sus criados se encerraron en sus cabañas rurales a leer, a sonar sus instrumentos musicales y a consolarse de los sinsabores de la vida, apreciando detenidamente sus pinturas y esculturas”.

Otro ejemplo literario de la recurrencia de las numerosas plagas que asolaron nuestra lábil humanidad es el inmenso Decamerón de Giovanni Boccaccio que marcó el inicio de la narrativa moderna evocando la terrible peste que asoló la ciudad de Florencia en 1348. También en este caso, los personajes de la historia escapan de la ciudad, se recluyen en sus residencias de campo y, lejos del horror, deciden pasar los días gozando de los placeres literarios, de la danza y de la música. 

La del año 2020-2021 se sumó a la larga lista de pestes de la historia. Una peste anómala, ambigua, confusa por momentos inconsistente pero no menos letal no sólo para la vida humana en general sino y en particular para la vida universitaria y cultural que no pudo permanecer incólume ante el desastre. Y en este caso, como en los otros, muchos también ensayamos la salvación por el arte, pero de otra manera.

Hoy sabemos (o admitimos) que el arte es más que evasión y placer; tendemos a creer que es una forma muy particular e insustituible de conocimiento. La diferencia con las actividades lucrativas, además, radica en que el arte permite un tipo de resiliencia totalmente desconocida para la vida productiva y comercial dependiente exclusivamente  del beneficio inmediato. 

Recordemos: desde el arte, la docencia y la cultura, luego de la sorpresa inicial y cuando comprendimos que esto sería para largo, vertiginosa e improvisadamente apelamos a nuestra creatividad y buena voluntad para tratar de disminuir el irreparable daño al que nos enfrentábamos y tratamos por todos los medios de hacer, cada uno dentro de la medida de sus posibilidades, lo que pudimos y supimos para seguir adelante. Enseñando, creando, publicando.

Como sabemos el arte es una práctica, un hacer que trata de decir, nombrar, ver, escuchar y representar lo indecible, lo invisible, lo inaudible, incluso lo obvio que por ser tal nos anonada y nos paraliza.

Por eso, el arte es una forma de conocimiento absoluto, posiblemente la más radical y originaria, que nos permite conocer lo que de otra manera permanecería como incognoscible o simplemente trágico. 

La interrogación iniciada hace un año en el ámbito de la práctica y de la reflexión artística está en sus inicios y la misma será nuestra compañía insustituible para superar lo que quede de la pandemia y sus consecuencias y deberá ser el punto de partida de la reconstrucción de nuestra vida futura a partir de esta experiencia tan desoladora y del renacer de una esperanza que ponga en el centro no los intereses sectoriales sino que privilegie nuestra intransferible libertad como un valor absoluto. Solo en el arte y desde el arte se podrá fundar esta aspiración inmemorial de la existencia humana. Eso ocurrió en el pasado y volverá a pasar más allá de cualquier dilación o duda. 

En el arte encontraremos, sino las respuestas, seguramente sí las preguntas que de otra manera nunca se habrían formulado. Y no me refiero exclusivamente a las existenciales, propias de las situaciones límite como la presente sino aquellas que, por ejemplo, la corporación médica o la BigPharma callan mientras arrecia una nueva peste que devasta nuestra cotidianeidad. 

Este es el tipo de preguntas que el arte y sólo el arte puede formularse y por lo que lo evocamos en el día de hoy.