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Escribir contra todo mal

En el marco del Día Nacional del Libro, la profesora titular de Literatura Argentina I de la Facultad de Filosofía y Letras, Alejandra Laera, reflexiona acerca de la literatura en tiempos de crisis y pandemia, además de recomendar libros de autores nacionales.  

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Ficciones del futuro

Leímos sobre plagas zombies, invasiones interurbanas, contaminaciones agrotóxicas, naturalezas depredadas. Leímos sobre espacios arrasados por las guerras y las persecuciones, por la hambruna o por el fuego. Leímos también sobre un tiempo diferente al que creíamos vivir, con alteraciones paranormales, con realidades paralelas, con sobrevivientes y médiums, con mutaciones y superpoderes. 

En los últimos años, y como hacía mucho no ocurría, escritoras y escritores convirtieron al mundo a través de sus ficciones, de pronto, en un paisaje clase B, en una pesadilla posapocalíptica o en la amenaza latente de una naturaleza vengadora. A través de la ficción pudimos acceder o bien a un mundo que ya no reconocíamos o bien a un mundo en el que regía una nueva normalidad. En todos los casos, la imaginación literaria sobre el futuro fue tan prolífica como distópica: el futuro imaginado anunciaba el final de todo, la crisis total, el desastre. 

Futurismos para la narrativa argentina

En la Argentina, esas fantasías futuristas desatadas en el revés del relato moderno del progreso, basado en las certezas de la ciencia y en el dominio de la naturaleza, entregaron incluso, y solo para dar algunos ejemplos de la imaginación literaria femenina, hasta interpretaciones ecologistas del presente (como Distancia de rescate de Samantha Schweblin) y versiones alternativas del pasado (como Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez). 

Sin embargo, hasta donde sé, o por lo menos no de un modo contundente, la narrativa anticipatoria pasó por alto, entre nosotras y nosotros, la posibilidad de una pandemia: un virus nuevo súper contagioso, originado no se sabe muy bien cómo y del que se desconoce su comportamiento, infectando a millones de personas en todo el planeta y desatando una catástrofe global. No era necesario ni ir a otros tiempos ni crear otros seres ni diseñar otro mundo: en la propia naturaleza y en los límites de la razón científica había una respuesta literaria. Más aún: una respuesta proporcionalmente atractiva a la magnitud de la catástrofe; es decir: en la literatura, un efecto inversamente proporcional a lo que sentimos en la vida.

El motivo del contagio, tal como se ha reiterado últimamente en ocasión de la pandemia que vivimos, ha dado no solo conocidos resultados en la literatura universal a partir de antiguas pestes (Bocaccio, Defoe), sino también en la literatura argentina con la epidemia de peste amarilla que estalló en 1871 en Buenos Aires (Eduardo Wilde, Juana Manuela Gorriti, Paul Groussac). ¿Significa eso ahora que, como además se ha estado diciendo, la actual pandemia transforme la imaginación narrativa contemporánea, sus escenarios ficcionales, la figuración de subjetividades? ¿Cambiaría eso las condiciones de la literatura de anticipación, la sumiría en la completa catástrofe viral, o en cambio, dejaría de ser futurista para asumir la lógica realista de la “nueva normalidad” y convertirse en un registro cada vez más extrañado del presente o en el telón de fondo ominoso de una trama cualquiera? Difícil saberlo porque, como dije antes, la potencia de la ficción, la que se instala en el futuro y la que habita el presente, está en el revés de la seguridad, el bienestar, el confort.

Escribir en cuarentena

Quizás por eso, en estos tiempos de confinamiento, no aparecen, por lo menos todavía en la Argentina, narrativas ficcionales sobre la pandemia. A diferencia de la intervención que se pide a científicos y profesionales de la salud o a periodistas y opinólogos, a lxs escritores se les pide que cuenten su experiencia de aislamiento: ya no ficciones sino documentos personales. ¿Cómo viven la cuarentena? ¿Qué sienten, qué perciben? Así, en diarios, revistas, sitios web, en las redes, abundan los diarios de cuarentena, el relato personal de la pausa en la que estamos todxs. Justo en aislamiento, cuando las y los escritorxs se encuentran en ese mismo estado que precisan, estén donde estén, para poder escribir, se les pide que compartan con lxs lectores su experiencia individual. 

La demanda parece incentivar una nueva función pública para lxs escritores a la vez que reconocerles una especialidad vinculada con la percepción y la sensibilidad: una suerte de acompañamiento terapéutico de la lectora, del lector. Porque en la lectura de estos textos no es exactamente identificación lo que se logra, tampoco entretenimiento o distracción, sino una suerte de alternativa sanadora y contracientífica, de comprensión emotiva en la puesta en palabras literarias.

Para leer contra las pandemias

Los diarios de cuarentena son muchísimos, y algunos, además, exceden largamente las circunstancias. Sin embargo, prefiero elegir unos libros que no tienen nada que ver con virus, pandemias o cuarentena pero que me gustan mucho y me parecen necesarios hoy porque todos cuentan creativamente una historia de superación.

Quiero recomendar la lectura de seis libros que se escribieron en los últimos años y que son bien contemporáneos. Los seis, a su manera, hablan de la posibilidad de la reinvención, de la potencia creativa; los seis parecen libros escritos contra todos los males que nos acechan. 

Primero, elijo dos de la  misma escritora, Camila Sosa Villada, porque son historias de iniciación a la literatura y a la vida con un final que merece ser feliz: la historia de verdad, El viaje inútil, y la historia de ficción, Las malas. Segundo, dos libros que cuentan también pedazos de vida. Uno es larguísimo y tiene un par de años: Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia; el otro, cortísimo, acaba de salir: Libros chiquitos de Tamara Kamenszain. Finalmente, elijo dos novelas, porque son para mí la mejor forma de imaginar el pasado para reinventar el futuro: Las aventuras de la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara y, también, Bajo lluvia, relámpago o trueno de Fermín Eloy Acosta. Para cerrar, un plus alusivo al presente, porque recrea los años de la fiebre amarilla en clave gótica y nos lleva a revisar el pasado y el territorio: los tres relatos que componen Las esferas invisibles de Diego Muzzio.

En el día de la escritora y el escritor de este año de pausa, deseo que la lectura sirva para sacar a muchos libros de su propio confinamiento. Que en el futuro mejor que imaginamos haya buenos libros, más editoriales independientes, que siga habiendo librerías en las que podemos elegir.