Ciencia
En busca de nuevos antivirales

PLANTAS NATIVAS CONTRA LOS VIRUS

martes 29 de septiembre de 2026

Investigadores de la UBA exploran la flora autóctona, e incluso malezas y desechos agrícolas, para descubrir moléculas naturales capaces de combatir enfermedades transmitidas por mosquitos que hoy carecen de tratamientos específicos.

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Equipo del Instituto de Química y Metabolismo del Fármaco trabajando en laboratorio.

Para quien contrae dengue, zika o chikungunya no existe hoy un medicamento que ataque directamente al virus. Solo quedan el reposo, la hidratación y los analgésicos, mientras el cuerpo resuelve la infección por sus propios medios. Frente a ese vacío terapéutico, un equipo de investigadores de la Universidad de Buenos Aires explora una vía original, la química de las plantas que crecen en nuestro propio territorio.

Al frente de esa búsqueda está Valeria Sülsen, profesora en la cátedra de Farmacognosia de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA e investigadora principal del CONICET en el Instituto de Química y Metabolismo del Fármaco.

"Nos enfocamos en el estudio de las plantas autóctonas y nativas, ya que estas producen compuestos que pueden ser muy útiles para la búsqueda de nuevos agentes antivirales en la lucha contra el dengue, el zika y el chikungunya, que afectan a una parte muy importante de la población a nivel latinoamericano" explica Sülsen.

Enfermedades desatendidas

“Nuestras líneas de investigación están abocadas a la detección de moléculas de origen natural que puedan ser activas contra agentes infecciosos que sean responsables de enfermedades que tengan un alto impacto regional, principalmente a nivel de Latinoamérica e inclusive Iberoamérica”, contó la investigadora. “En ese sentido tenemos distintos proyectos y líneas de investigación, tanto financiados por la UBA, el CONICET y otras entidades internacionales, en los que buscamos encontrar moléculas que puedan ser útiles para el potencial desarrollo de fármacos tanto antiparasitarios como también antivirales”.

“Los proyectos de nuestro equipo están principalmente abocados a distintas enfermedades infecciosas, muchas de ellas son las que se denominan desatendidas, o negligenciadas, poco tratadas también por los gobiernos”, agregó Sülsen. “El cambio climático ha trasladado a los vectores que suelen transmitir estas enfermedades, como los mosquitos, de zonas más selváticas o rurales hacia las ciudades”.

Se trata también de enfermedades como el dengue, que no tienen un medicamento específico que ataque al virus que la genera. El tratamiento médico consiste en paliar los síntomas. Es por eso que el equipo dirigido por Sülsen se enfocó en la búsqueda de nuevos agentes antivirales en plantas autóctonas y nativas, porque estas producen compuestos con mayor potencial para convertirse en agentes antivirales contra el dengue, el zika y el chikungunya. 

Del extracto a la molécula activa

Como la flora argentina es enorme y solo una fracción mínima fue estudiada químicamente, parte del equipo desarrolla modelos computacionales que comparan los compuestos ya conocidos que funcionan contra el dengue con los que no. Así buscan identificar qué características hacen que un compuesto sea activo.

Eso permite orientar la búsqueda hacia las plantas y moléculas con más probabilidades de resultar útiles, en lugar de probar al azar entre miles de especies. En paralelo, se va armando una base de datos con los compuestos químicos de la flora autóctona ya estudiada, un recurso que seguirá siendo útil incluso más allá de este proyecto puntual.

Una vez elegidas las plantas candidatas, el proceso para dar con un antiviral empieza por obtener extractos para evaluar en laboratorio en cultivos celulares. El primer filtro es de toxicidad, se determina la máxima concentración de cada extracto que no daña a las células en cultivo, y recién sobre esa concentración se prueba si tiene algún efecto sobre la multiplicación del virus, ya sea evitarla o disminuirla. 

Los extractos que muestran actividad pasan a otra etapa que consiste en identificar qué parte del extracto es la responsable del efecto, hasta aislar la molécula activa. Para evitar que los virus generen mutaciones y se vuelvan resistentes, el equipo de investigadores apunta a moléculas que en lugar de atacar directamente al genoma viral, actúan sobre la maquinaria de la célula humana que el virus secuestra para poder multiplicarse.

Ese salto del tubo de ensayo a un organismo real es uno de los cuellos de botella más grandes de la investigación. De cien moléculas que muestran actividad en un cultivo de células, apenas una suele llegar a la siguiente etapa. 

Porque ahí empieza lo más difícil, que es ver cómo se comporta el compuesto dentro de un cuerpo completo, cómo se absorbe, cómo interactúa con los distintos órganos y tipos de células. Por eso el equipo apunta a encontrar compuestos activos contra varios virus a la vez, y no solo contra uno. 

La razón es que todo virus, para multiplicarse, necesita usar la propia maquinaria de la célula que infecta. Así que virus de familias distintas terminan dependiendo de las mismas estrategias. Por eso ciertos compuestos, como los polifenoles, que ya se conocen por otras funciones como la antioxidante, pueden resultar activos contra más de un virus. 

Hoy existen muy pocos antivirales, y la mayoría ataca una proteína puntual del virus, lo que funciona pero tiene un límite. Los virus de ARN mutan mucho y tienden a generar variantes resistentes, así que un tratamiento eficaz hoy puede dejar de serlo mañana. 

Apuntar a una proteína de la propia célula, en cambio, es más difícil de esquivar para el virus. Pero tiene su contracara, que es un mayor riesgo de toxicidad, porque esa proteína que se atacacría está en la célula por algo. 

Esa es la balanza que se pondera al pensar en un antiviral, sobre todo tratándose de infecciones que, como el dengue, se resuelven en pocos días y no son enfermedades crónicas.

Aun si se llega a identificar una molécula prometedora, queda un desafío adicional, poco visible desde afuera.

"No podés depredar el medio ambiente, tenés que lograr una producción sostenida. La mayoría de estos metabolitos son una respuesta de la planta a algo, a un patógeno, al exceso de agua, al exceso de luz" señala Sülsen. 

Para sortear ese problema, en algunos casos se somete a las plantas cultivadas a distintas condiciones de estrés controlado, buscando favorecer la producción del compuesto de interés.

Malezas, desechos y trabajo internacional

La búsqueda abarca terrenos inesperados. Lejos de limitarse a la flora medicinal clásica, los investigadores analizan "malezas" consideradas plagas agrícolas, partiendo de la hipótesis de que las sustancias químicas que las vuelven tan resistentes en el campo podrían tener propiedades útiles contra virus y parásitos. 

“Actualmente estamos identificando los compuestos presentes en una planta llamada Grindelia pulchella para probar la actividad antiviral que tiene frente al virus del dengue. De esta manera se podría en el futuro usar esta planta como una alternativa natural”, contó Jacqueline Laufer, Estudiante de Farmacia, y ayudante de la Cátedra de Física, Facultad de Farmacia y Bioquímica, Universidad de Buenos Aires.

El laboratorio también examina desechos de la industria alimenticia, como los tallos y hojas de las plantas de girasol y alcachofa, buscando compuestos activos para dar valor agregado a lo que habitualmente se tira. 

Buena parte de este trabajo se sostiene gracias a una red de cooperación del Programa Iberoamericano de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo, conocido como CYTED, que Sülsen coordina desde hace más de tres años y en la que participan grupos de investigación de nueve países.

"La idea es trabajar en red por un objetivo común" cuenta Sülsen. "Los grupos centroamericanos tienen mucha riqueza en plantas y mucho por estudiar, pero no tienen los medios tecnológicos, y al revés, España o Portugal tienen mucha tecnología pero no tienen la biodiversidad que tenemos nosotros en América". Esa red también financia pasantías e intercambios entre países, una posibilidad que la situación económica actual vuelve difícil de costear de otra manera.

El camino que va de un extracto vegetal a un medicamento aprobado es, todavía, largo e incierto. Pero mientras el dengue, el zika y el chikungunya sigan sin una respuesta farmacológica específica, cada compuesto identificado en la enorme y todavía poco explorada flora nativa de Argentina y América Latina suma una pista más para llegar a ella.