Ciencia
A 50 años del Golpe

CIENCIA Y DICTADURA EN LA UBA

viernes 20 de marzo de 2026

En 1976, la UBA perdió cerca del 40% de sus investigadores por cesantías y renuncias forzadas. El proceso derivó en el exilio de científicos y la desarticulación de equipos de trabajo y líneas de investigación académica.

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CIENCIA Y DICTADURA EN LA UBA

La pérdida de investigadores por purgas, persecución, o exilio durante la última dictadura destruyeron líneas completas de investigación que tardaron décadas en recuperarse. Algo que afectó fuertemente la capacidad de innovación del país. 

El llamado Proceso de Reorganización Nacional iniciado tras el golpe de estado de 1976 llevó adelante una política represiva con secuestros, torturas, y desaparición de miles de personas de diferentes sectores de la sociedad argentina. 

El sistema científico de las universidades no sólo no quedó exento, sino que se buscó de forma deliberada desvincular la investigación científica y tecnológica de las universidades, para derivarla a otras instituciones como el CONICET, el INTA y la CNEA que estuvieron bajo un control ideológico estricto. 

Bajo la premisa de que las universidades eran «fábricas ideológicas de subversivos», la dictadura ejecutó una asfixia financiera inmediata: el presupuesto de Ciencia y Técnica destinado a estas instituciones se desplomó del 26 % en 1975 a un magro 8 % en 1976, según estudios del Centro REDES y obras como La política científica en la Argentina, de Enrique Oteiza.

A la vez, los sueldos de los investigadores perdieron más de un 52 por ciento de su poder adquisitivo. Todo esto forzó el desmantelamiento de equipos de trabajo, dejando a miles de investigadores sin recursos. Muchos de ellos eligieron o fueron forzados a buscar oportunidades en otros países, lo que llevó a una fuga de cerebros paralizadora para el sistema científico nacional.

Avances y retrocesos de la ciencia

El golpe de 1976 no operó sobre el vacío, sino sobre una sólida trayectoria de construcción científica. Lo que la dictadura consideraba «fábricas ideológicas» eran, en realidad, el fruto de décadas de esfuerzos por alcanzar la autonomía científica nacional.

El Estatuto de la Universidad de Buenos Aires dice de forma explícita que la investigación y la producción de conocimiento son funciones primordiales de la institución. Si bien la ciencia fue importante desde los inicios de la UBA, la verdadera investigación científica vendría de la mano del siglo XX, y principalmente tras la Reforma de 1918, gracias a la cual la universidad dejó de ser elitista. 

La ciencia argentina, entonces, comenzó a afincarse en las universidades nacionales, y esto llevó a que la investigación científica y tecnológica estuviese más vinculada a la vida práctica del país.

Entre 1958 a 1966, la UBA vivió una época de modernización académica general, con la gestión del rector Risieri Frondizi. En esa época se forjaron las bases materiales e institucionales para la profesionalización de la investigación científica y tecnológica como una actividad especializada.

La construcción de los cimientos para lograr esos cambios llevó décadas. Pero los gobiernos dictatoriales que se iniciaron con el golpe de estado de 1966, llevaron a un estancamiento y retroceso de la investigación a nivel nacional hasta la vuelta de la democracia en 1983. 

Ruptura, purga y sistematización

Tras el golpe militar en 1976, la dictadura sistematizó una idea y proceso que ya se venía implementando desde 1966, que fue desmantelar el poder social de las universidades públicas, que los militares consideraban un foco de subversivos.  

Pocos días después del golpe se dictaron una serie de leyes que dejaron a las universidades totalmente bajo el control del gobierno dictatorial. Hubo cesantía masiva de profesores e investigadores “por razones de seguridad”, es decir se los echaba sin despedirlos oficialmente. Se cerraron carreras,  y departamentos de investigación. 

Todo esto llevó a una fuga de cerebros devastadora para el sistema científico nacional. Hubo un exilio masivo de investigadores hacia México, Brasil, Estados Unidos y Europa, según documentó el académico Enrique Oteiza, quien realizó muchos estudios sobre el tema.

Oteiza describió tres períodos que fomentaron la fuga de cerebros en la Argentina. El primero fue el de ruptura, tras la Noche de los Bastones Largos en 1966. Casi 1300 docentes e investigadores de la UBA renunciaron o fueron expulsados, lo que marcó la “cultura del exilio” en la ciencia argentina.

Le siguió el período de la purga, ocurrido entre 1974 y 1976. Materializada con la depuración ideologica que llevó adelante el entonces ministro de educación Oscar Ivanissevich. La llamada Misión Ivanissevich dejó fuera de su cargo a miles de docentes e investigadores en la UBA. Entre ellos el Premio Nobel Luis Federico Leloir.  

Tras el golpe de 1976, esos procesos se sistematizaron. La persecución pasó a ser letal, ya que no sólo se expulsaba a los profesores e investigadores de su cargo, sino que muchos fueron perseguidos, desaparecidos y asesinados. 

En los meses posteriores al golpe de 1976 la UBA perdió entre el 30 y el 40 por ciento de sus docentes e investigadores. En algunas facultades, como en Exactas, llegó al 50 por ciento del personal activo, como documenta Pablo Buchbinder en el libro Historia de las universidades argentinas.

Mario Albornoz, en sus estudios para el Centro REDES, pudo documentar que Argentina perdió entre el 25 y 35 por ciento de sus científicos activos entre 1976 y 1983. 

El mayor drenaje de talento no ocurrió únicamente con los científicos consagrados, sino con los investigadores jóvenes, en formación. La pérdida que esto significó en términos de capacidad de innovación para el país fue desarticuladora.

CONICET en su Informe de la Comisión de la Memoria de 2022 documentó que entre 1976 y 1980, fueron expulsadas del sistema científico 854 personas, entre investigadores y becarios, muchos de los cuales también eran docentes de la UBA. Entre esos, los 161 desaparecidos vinculados al CONICET.

La dictadura militar no sólo persiguió individuos que creía que podían ser peligrosos para su régimen, sino que destruyó líneas de investigación completas cuya creación llevó décadas, y que tardaron décadas en recuperarse. Muchas de esas investigaciones eran clave para la sociedad, gran parte de las cuales siguieron su cauce en otros países.