Cómo el fútbol construye relatos de identidad nacional y por qué el éxito deportivo no transforma a las sociedades. Conversamos con un sociólogo de la UBA sobre el impacto cultural de los mundiales de fútbol y el funcionamiento de las ficciones patrióticas y los mitos de la excepcionalidad cultural argentina.
Cómo el fútbol construye relatos de identidad nacional.
Cada cuatro años, cuando llega el Mundial de Fútbol, en Argentina aflora un patriotismo como no suele verse ni para las fechas patrias más importantes. Pareciese ser que somos los más patriotas del mundo, sobrepasando incluso a nuestros vecinos Latinoamericanos. ¿Es así? ¿Qué tan raros somos en nuestro fervor patriótico volcado al fútbol?
Durante los cuarenta y cinco días del Mundial, decenas de millones de personas en todo el mundo se convencen de que sus naciones están enfrentándose en un campo de juego. Es una ilusión, pero una de las más poderosas que produce la cultura contemporánea. Pablo Alabarces, profesor de la Universidad de Buenos Aires e Investigador Superior del CONICET, lleva más de tres décadas estudiando esa ilusión y lo que revela sobre la identidad, la política y el poder en América Latina.
Para Alabarces, uno de los fundadores de la sociología del deporte latinoamericano, el entusiasmo argentino por las Copas del Mundo no es excepcional ni espontáneo. Es una creencia construida, sostenida por relatos estatales, publicidades y una identidad hincha que se autoperpetúa.
"Lo único raro que hay en la Argentina es la convicción de que somos raros", dijo Alabarces. “Esa idea de excepcionalidad, que incluye el mate, la birome, el dulce de leche y el fanatismo futbolístico, es parte del problema analítico, impide ver los fenómenos locales en perspectiva comparada”.
Según Alabarces, que ha publicado gran cantidad de artículos científicos, y un libro señero sobre el tema, Fútbol y patria: El fútbol y las narrativas de la nación en la Argentina, una de las conclusiones más contundentes es que nunca un éxito futbolístico cambió estructuralmente a una sociedad en lo económico, político o cultural. Sus efectos son muy emotivos, pero efímeros.
El primer argumento de Alabarces es estructural. Los mundiales funcionan a partir de una premisa falsa, que quienes juegan son las naciones. "Esto no es así, pero se vende como si fuera así y los espectadores creemos en eso durante cuarenta y cinco días", explicó. "Después eso se esfuma".
Esa ficción no es exclusivamente argentina, y adopta formas distintas según cada sociedad. En España, por ejemplo, las divisiones regionales impiden que el fútbol opere como símbolo de unidad nacional.
"Los españoles nunca se pondrán de acuerdo en la oposición Barcelona-Madrid. No hay relato nacionalista en torno al fútbol porque están partidos por divisiones regionales muy grandes", observó Alabarces.
En cambio, en países latinoamericanos con geografías fragmentadas, como Colombia entre el Atlántico, el Pacífico y la montaña o Ecuador dividida entre sierra y costa, el fútbol llegó a cumplir una función integradora que otros dispositivos institucionales no pudieron. "Los ecuatorianos dicen que la selección fue el primer símbolo nacional que tuvieron", contó el investigador.
El caso francés ofrece otra variante. A partir del Mundial de 1998, la incorporación de jugadores migrantes transformó el fútbol en un espejo de diversidad social.
"Francia sigue siendo tan injusta, racista y discriminadora como siempre, pero el fútbol les permite la ficción de que es un país generoso, integrado, democrático, que acoge a sus inmigrantes con los brazos abiertos", describió Alabarces. “Una ficción integradora que, como toda ficción, dice más sobre los deseos de una sociedad que sobre su realidad”.
“En Argentina, la construcción de lo nacional tuvo un camino diferente. Fue mucho más acción del Estado y de la escuela pública", explicó Alabarces. “El fútbol no fundó la nación argentina, llegó a complementar un relato oficial que ya existía”. A diferencia de Ecuador o Colombia, no había una fractura geográfica que la pelota debiera saldar.
Lo que sí produjo el fútbol argentino fue una figura sin equivalente en ninguna otra sociedad. Diego Maradona. "El ciclo Maradona es absolutamente excepcional", afirmó el sociólogo. "El peso nacionalista puesto sobre una figura tan excepcional, un héroe nacional, popular, plebeyo, no tiene parangón en ningún otro lado del mundo".
El comportamiento de las hinchadas también responde a construcciones culturales profundamente arraigadas. "Hay una convicción extendida de que somos la mejor hinchada del mundo y el mejor público del mundo. Entonces el público se ve obligado a responder a esa fantasía que tiene sobre sí mismo", explicó el investigador.
La convicción extendida de que el público local es el más apasionado del mundo obliga a los asistentes a actuar en consecuencia, intensificando los cantos y el aliento para validar esa autoimagen.
Este fenómeno produce intersecciones de clase particulares. "El público que está en Estados Unidos no es un público popular, es un público de clases medias a medias altas, y sin embargo se comporta como si fuera la hinchada de Nueva Chicago en Mataderos", observó el investigador.
"Porque cree que ese es un estilo argentino, cree que eso es algo que nos distingue. Como buena creencia, produce una práctica. Digo que soy el mejor hincha, lo tengo que demostrar".
En Argentina, el relato nacionalista en torno al fútbol es en buena medida sostenido por la industria publicitaria. "Si te guiás por las publicidades, somos cuarenta y siete millones de fanáticos absolutamente de la cabeza y lo único que nos ocupa en estos cuarenta y cinco días es la pelota rodando", ironizó Alabarces.
"Pero un país es algo mucho más que el ingenio de sus publicistas”, continuó. “Las publicidades son un objeto de análisis en sí mismas. Todas dicen exactamente lo mismo. Somos un país excepcional, lleno de apasionados, que lo único que nos interesa es volver a ganar un mundial. Nacionalismo de mercado. Todas las mercancías se venden como patrióticas".
“Entonces, hay un elemento muy ficcional y un elemento muy de creencia. Hay que creer en esa ficción y bueno, durante 45 días creámosla”, opinó Alabarces. “Hay una cosa que es constante y es que las naciones son relatos que imaginan una nación. Es decir, una nación sí tiene un territorio, tiene un sistema político, un pasaporte que te dice usted es, o usted no es. Un mundial es una ficción de guerra. Tu país se enfrenta con otros países, pero sin heridos, ni muertos en ese enfrentamiento”.
La conclusión más contundente de Alabarces es también la más incómoda. Está respaldada por toda la bibliografía de investigación sobre el tema, y es que ningún éxito futbolístico ha cambiado jamás a una sociedad en lo económico, en lo político, ni en lo cultural. "Nunca, nunca. No produce efectos más allá de lo emotivo, y además una emoción efímera".
"Argentina ganó el Mundial del 2022. Eso no solo no la volvió una mejor sociedad, sino que inclusive acompañó un proceso de empeoramiento. Venimos de pasar algunos de los peores cuatro años de nuestra historia. Es una sociedad más fragmentada, más empobrecida, más agrietada, con menores lazos comunitarios", explicó. "Ganar una copa no nos hizo mejores. Es una felicidad pasajera para mucha gente. Eso es irrefutable".
Esa felicidad es real, masiva y genuina. Alabarces no la niega, ni la subestima. Lo que pone en duda es la narrativa que la rodea, la idea de que el fútbol revela algo esencial sobre lo que somos, o que puede transformar algo de lo que somos.
"Una nación es, antes que nada, los relatos que la narran como nación. El fútbol es uno de ellos, nunca es el más importante, salvo durante cuarenta y cinco días cada cuatro años, donde sí el fútbol aparece como un relato importante", concluyó.
Después de esos cuarenta y cinco días, la ficción se esfuma. Y la nación, con sus desigualdades, sus tensiones y sus contradicciones, sigue siendo exactamente lo que era.