El 1° de marzo de 1926, Ricardo Rojas asumió como máxima autoridad de la Universidad de Buenos Aires. Escritor, ensayista, periodista y profesor, fue partícipe fundamental del reformismo y su figura marcó una etapa clave en la historia de la institución. Hoy, su legado continúa presente en una concepción de la universidad con amplio apoyo a la ciencia y a la extensión universitaria.
Ricardo Rojas, Rector de la UBA 1926-1930
Hace ya cien años Ricardo Rojas asumía como rector de la Universidad de Buenos Aires, aunque su relación con la institución comenzó mucho antes, en 1913, y se extendió hasta 1946, periodo en el que desempeñó diversos roles: profesor, decano de la Facultad de Filosofía y Letras y, finalmente, rector.
En 1913 fue designado primer profesor titular ordinario de la cátedra de Literatura Argentina, una iniciativa que contribuyó a consolidar el estudio de la producción literaria del país dentro del ámbito académico. Desde ese espacio impulsó una mirada que buscaba comprender la cultura argentina en relación con su historia y con sus raíces americanas.
Entre 1921 y 1924 se desempeñó como decano de la Facultad de Filosofía y Letras, cargo desde el que impulsó la creación de diferentes instituciones académicas. Durante su gestión dirigió el Instituto de Literatura, fundó el Instituto de Filología, el Gabinete de Historia de la Civilización y promovió el desarrollo de la cátedra de Literatura Argentina, reforzando su interés acerca de la cultura y la identidad nacional.
Su gestión ya como rector de la UBA se desarrolló en un contexto marcado por las transformaciones derivadas de la Reforma Universitaria de 1918 y por el estatuto universitario aprobado en 1923, del cual el propio Rojas había sido uno de los autores. En su discurso de asunción subrayó ese compromiso institucional al señalar: “Llego al Rectorado de la Universidad de Buenos Aires por el camino de la ley, habiendo sido yo mismo uno de los autores del Estatuto vigente y habiendo sido el primero en acatarlo”.
A lo largo de los cuatro años que duró su mandato, se enfocó cumplir con los ejes que se había propuesto antes de asumir: promover políticas orientadas a fortalecer la autonomía universitaria, la justicia democrática y la cooperación económica. Así fue que concretó la creación de más de cuarenta institutos de investigación, la fundación del Instituto de Extensión Universitaria y Servicio Social en 1926, la instalación del Museo Etnográfico en la sede de Monserrat en 1927 y la creación, junto a YPF, del Instituto Argentino del Petróleo (actualmente Instituto del Gas y del Petróleo de la UBA -IGPUBA-), entre otras medidas.
Su gestión también se caracterizó por la trascendencia que le otorgó a la extensión universitaria. Para Rojas, la Universidad no debía limitarse a la transmisión de saberes ni a la formación profesional. Debía convertirse en un organismo activo dentro de la vida social y cultural del país. Estaba convencido de que la institución tenía que abrirse a la sociedad, dialogar con ella y contribuir a su transformación. De allí su célebre frase: “Nuestras fuentes de saber hállanse abiertas para la sed de todos”, la cual sintetizaba una visión profundamente democrática de la educación superior.
Crédito de las fotografía: Archivo General de la Nación
Su compromiso dentro y fuera de la Universidad
Ricardo Rojas había nacido el 16 de septiembre de 1882, en Tucumán, y realizó sus primeros estudios en Santiago del Estero, provincia en la que su padre fue gobernador en dos oportunidades. Tras la muerte de su padre se trasladó a Buenos Aires para continuar su formación en el Colegio Nacional de Buenos Aires y luego iniciar la carrera de abogacía en la UBA. Sin embargo, su vocación se terminó orientando hacia la literatura, el periodismo y el pensamiento cultural, convirtiéndose en un intelectual, en gran medida, autodidacta.
Desde joven trabajó en el diario La Nación y llegó a desempeñarse como corresponsal en Europa, donde fue comisionado por el Ministerio de Educación, experiencia esta que reforzó su interés por pensar la cultura argentina en relación con las tradiciones europeas, pero también con la herencia autóctona americana.
Luego, en paralelo con su tarea institucional, Rojas desarrolló una obra literaria e intelectual de gran magnitud. Escribió más de cuarenta libros entre ensayos, estudios, obras teatrales, biografías y poesía. Entre sus trabajos más influyentes se encuentra Historia de la Literatura Argentina, publicada originalmente entre 1917 y 1922. La obra, de cerca de cuatro mil páginas, y que con el tiempo alcanzó ocho volúmenes, propuso una interpretación integral de la literatura nacional. Se trata de una de las contribuciones más importantes al estudio de la cultura argentina.
Justamente, a raíz de dicho trabajo fue distinguido con el Premio Nacional de Ensayo, en 1923. Entre sus obras también se destaca El santo de la espada (1933), que relata la vida del General José de San Martín, y cuya popularidad hizo que llegara al cine en 1970, en una película dirigida por Leopoldo Torre Nilsson y protagonizada por Alfredo Alcón. También presidió el comité de recepción del escritor indio y Premio Nobel de literatura, Rabindranath Tagore, cuando visitó el país, en 1924. Y, como reconocimiento a su aporte a la cultura y la ciencia, recibió una gran cantidad de doctorados honoris causa de diferentes universidades.
Sus amplios conocimientos, su gran curiosidad y sus deseos de plasmar la fusión de las culturas que forjaron nuestra identidad llevaron a Ricardo Rojas a diseñar el concepto de su casa, en la que vivió junto a su esposa, Julieta Quinteros, durante casi tres décadas. Lo hizo junto con el arquitecto Angel Guido, en 1927. La casa, para la que invirtió buena parte de sus ahorros, hoy es un museo y biblioteca, y recorre su vida y obra. Tiene una fachada que replica la Casa de Tucumán, y en su interior se pueden apreciar estilos variados de las europeas y la incaica.
El legado de una figura que trasciende
Tras el golpe de Estado encabezado por el general José Félix Uriburu en 1930, fue perseguido y detenido en la prisión de Ushuaia, donde fue confinado por causas políticas entre enero y mayo de 1934.
En 1939 estrenó su propia versión de la leyenda incaica Ollantay en el teatro Cervantes, logrando un éxito masivo. En 1946 renunció a sus cargos académicos en solidaridad con sus colegas que habían sido cesanteados por el gobierno. Ya en 1955 fue designado como embajador en Perú, aunque su delicado estado de salud no le permitió asumir el cargo.
Ricardo Rojas falleció el 29 de julio de 1957 en la ciudad de Buenos Aires. En su conmemoración, se celebra los 29 de julio de cada año el Día de la Cultura Nacional.
A cien años de su asunción como rector de la UBA, la figura de Ricardo Rojas sigue representando una idea de universidad profundamente ligada a la cultura, al pensamiento crítico y a la construcción de una identidad intelectual propia. Una visión en la que la ciencia, las humanidades y la vida pública se integran como parte de un mismo proyecto educativo y cultural.
*Crédito de las fotografía: Archivo General de la Nación