En el Día del Veterano y de los Caídos en Malvinas, el testimonio de Luis González refleja las huellas de la guerra, la lucha tras el regreso y el rol clave de la Universidad de Buenos Aires en su reconstrucción personal y laboral.
Combatió en Malvinas, sufrió el olvido y años después la UBA le dio un nuevo comienzo
Este 2 de abril se conmemora el cuadragésimo cuarto aniversario del Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, una fecha que invita a la reflexión, al homenaje y a la reafirmación de la memoria histórica.
La dictadura militar que gobernaba a Argentina desde el 24 de marzo de 1976 buscaba un hecho de alto impacto político que le permitiera mantenerse en el poder varios años más, después de haber dejado en su camino miles de personas secuestradas, desaparecidas o muertas y una economía que se deterioraba a un ritmo acelerado. En ese marco, las Fuerzas Armadas decidieron embarcarse en una guerra con Gran Bretaña por las Islas Malvinas, con un final anunciado. La derrota militar.
Hoy, a más de cuatro décadas del conflicto bélico de 1982, el recuerdo de quienes combatieron y de quienes dieron su vida por el país sigue vigente en la sociedad. Uno de aquellos combatientes es Luis González, cuya historia está atravesada por la Universidad de Buenos Aires.
“El 2 de abril lo vivo con un sol inmenso y dos colores, celeste y blanco en mi pecho, en mi corazón, en mi alma. Ese día lo vivo a pleno más que nunca, con responsabilidad, compromiso, alegría y muchísimos recuerdos. Reivindicando, siempre, nuestra soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur. Y recordando la gesta heroica, no de chicos, sino de hombres que ofrecieron y dieron su vida”, relata Luis, quien hasta jubilarse en enero realizaba tareas en el Hospital de Clínicas de la UBA.
Luis González con el uniforme de gala de la Armada.
La guerra dejó una huella profunda no solo en las familias de los caídos, sino también en miles de excombatientes que, tras el regreso, debieron enfrentar el desafío de reconstruir sus vidas en un contexto muchas veces adverso, como el de Luis.
“Antes de 1982, yo era un estudiante de clase muy humilde que tenía que trabajar para poder terminar el secundario y aspirar a la facultad. Me esforcé muchísimo para acceder a una beca y estudiar diseño gráfico. Ese era mi sueño, pero había que cumplir con el servicio militar obligatorio. Eso cambiaría mi vida. Al regresar, me encontré con la indiferencia, puertas que se me cerraban. El trabajo que tenía hasta antes de la guerra, donde me habían hecho una despedida y asegurado que me esperarían con los brazos abiertos, ya no lo tenía. Solo me dijeron que ya no me necesitaban. La beca que me había ganado con años de esfuerzo ya no estaba, no podían otorgármela. Salí a buscar trabajo y, cada vez que decía que era veterano, las puertas se me cerraban. Empecé a negar, a ocultar, y así empecé a conseguir trabajo, aunque ya tenía que olvidarme de continuar estudiando porque se me hacía imposible. El Estado nos dio la espalda, nos escondieron y la sociedad también nos fue indiferente, el olvido se hizo presente”, resalta.
Los soldados que pudieron sobrevivir y volvieron al territorio continental no recibieron el trato que merecían por parte de los militares que gobernaban el país. Se los ocultó y no se les dio el tratamiento que merecían. La vuelta de la democracia en 1983, en tanto, marcó el inicio de un lento proceso de reconocimiento de quienes fueron a la guerra.
Actualmente, el reconocimiento social e institucional hacia los veteranos ha crecido, consolidando un espacio de memoria activa que busca reparar, en parte, las deudas del pasado: “Desde 1982 que Malvinas pasó a ser parte de mi vida. En algún momento quise borrarlo, pero eso es imposible. Si bien siempre lo hice, hoy participo plenamente en la Comisión Permanente de Homenaje del Portaaviones ARA 25 de Mayo, y también del Centro de Veteranos de Malvinas y Museo Soberanía Nacional. La premisa de esos encuentros es ´malvinizar´ para contar las historias de los veteranos que durante mucho tiempo se dejaron de contar y, en algunos casos, se tergiversaron”.
El 2 de abril no es solo una jornada de evocación histórica, sino también una oportunidad para renovar el compromiso con la paz, el diálogo y la soberanía. En escuelas, plazas y monumentos de todo el país, actos y homenajes reúnen a distintas generaciones, manteniendo viva la historia y transmitiendo el valor de la memoria.
“En cada encuentro de Veteranos, en donde me he cruzado con muchos a los que no veía hace años, surgen indefectiblemente recuerdos con imágenes que estaban escondidas, vaya a saber por qué. Hay imágenes lindas, y otras no tanto, pero por lo general siempre prevalecen las mejores, entre ellas esa camaradería, esa unión que hasta hoy persiste y hace que nos sigamos encontrando y compartiendo lindo momentos”, aclara el excombatiente.
Este portaaviones fue el destino de González durante la guerra
Recordar Malvinas es también pensar en el presente y el futuro: en la importancia de construir una sociedad que honre a sus héroes, que sostenga sus reclamos por vías pacíficas y que promueva una identidad basada en la memoria, la justicia y el respeto.
“Debemos recordar que en Darwin quedaron custodios que dieron su vida por defender la integridad del territorio argentino. Hay 323 tripulantes que patrullan nuestro mar helado. La pregunta sería: ¿por qué olvidar? ¿por qué ocultar? El heroísmo, la bravura y la desigualdad con la que se luchó… y aún así dimos pelea. Por qué no luchar, sabiendo que la razón nos ampara, histórica, geográfica y legalmente. De ninguna manera estoy a favor de una guerra, porque la vi. Pero si un pueblo toma conciencia, conoce su historia y su cultura y se enorgullece de sus hombres y mujeres, creo humildemente que con el tiempo y la unidad de los argentinos podremos recuperar el territorio hoy usurpado. Hoy nuestra constitución tiene a Malvinas como política de Estado, hoy hay un reconocimiento creciente a la gesta y a los que participaron. Hoy, el sentimiento de Malvinas se palpa. Mi mensaje es la unidad de los argentinos para que no nos devoren los de afuera. Así podremos construir una patria grande y soberana como soñaron nuestros grandes próceres y también aquellos que quedaron en Malvinas”, destaca.
En cada bandera izada y en cada nombre recordado, el 2 de abril reafirma que la causa Malvinas sigue siendo parte fundamental de la identidad argentina.
Para muchos excombatientes de Malvinas, el regreso al país significó comenzar de nuevo en medio de heridas invisibles y desafíos profundos. En ese camino de reconstrucción, la Universidad de Buenos Aires se convirtió para uno de ellos en mucho más que un espacio académico: fue una puerta a nuevas oportunidades, un ámbito de contención y una herramienta para resignificar su historia.
“Pasé varios años trabajando en diferentes actividades o en donde podía. Hice el curso de conductor de locomotoras en Talleres Haedo, lo rendí y trabajé en talleres durante algunos años. Mi padre fue ferroviario y amaba el ferrocarril, por él llegué ahí, pero no era lo mío, así que me fui. Trabajé de mantenimiento en una fábrica y, finalmente, me independicé y empecé por mi cuenta a dedicarme a la herrería. Me fue muy bien durante varios años, aguantando la hiperinflación, a duras penas, hasta que un amigo que trabajaba en el Hospital de Clínicas me comentó que estaban tomando personal en mantenimiento. Fui en 1994 e ingresé por un tiempito hasta cambiar mi situación y regresar a mi taller para seguir por mi cuenta. Pero eso no pasó, me quedé, me atrapó el Hospital”, se sincera Luis.
Durante años, el silencio fue una forma de atravesar la experiencia de la guerra y de adaptarse a la vida cotidiana. Como muchos otros excombatientes, eligió no hacer visible su condición de veterano en el ámbito laboral, priorizando el trabajo y el esfuerzo diario por sobre el reconocimiento.
“Cuando ingresé al Hospital nunca dije que era Veterano, pero me terminaron descubriendo al igual que a otros compañeros. Fue durante la dirección del Dr. Juan Antonio Mazzei, cuando se hizo el primer acto de reconocimiento a los que participamos en Malvinas. Eso fue en 1999, si no recuerdo mal”, reconoce.
Sin embargo, con el paso del tiempo, ese anonimato comenzó a transformarse en memoria compartida, en actos de reconocimiento y en una identidad que pudo asumirse con orgullo dentro de la comunidad universitaria.
“En el hall del Hospital de Clínicas hoy se puede ver la imagen del Crucero Belgrano y las placas con los nombres y la unidad a la que pertenecieron. Mi emoción fue enorme. Ya podía decir que era Veterano. Después vinieron otros reconocimientos, el de APUBA (Asociación del Personal de la Universidad de Buenos Aires), la UBA y, por supuesto, el de mis compañeros/as a través de la comisión interna, de la cual formé parte. En este punto es donde digo, la UBA me cambió la vida, porque como trabajador pude representar a los/as trabajadores/as al formar parte de una comisión interna y varios años de la directiva de APUBA. Pude escuchar, llevar respuestas y ayudar a los nodocentes. Me siento muy orgulloso y agradecido de haber sido trabajador del Hospital de Clínicas y, por ende, de la Universidad de Buenos Aires. Hoy mis hijos están trabajando como nodocentes en el Hospital, cómo no estar agradecido”, sostiene González.
Actualmente, la UBA tiene un convenio con los veteranos de Malvinas. Se trata de un piso dedicado a la atención odontológica de los excombatientes y sus respectivas familias. También cuenta con la diplomatura “Malvinas, Antártida y Atlántico Sur” que se dicta en la Facultad de Ciencias Sociales.
“Esto es loable. Debería replicarse en cada unidad académica, donde los veteranos puedan obtener respuestas hoy que lo necesitan, porque han pasado los años y la salud se deteriora”, cierra Luis.