El Centro Cultural Rojas reúne dos de sus tradiciones más persistentes: la formación de nuevas voces y la celebración de la creación sin ataduras. Una exposición recorre la vida y la obra de Alberto Laiseca, a cincuenta años de su debut literario y a una década de su muerte, mientras una nueva edición del Festival ROJASDANZA presenta nueve obras seleccionadas a través de una convocatoria abierta. Literatura y danza, manuscritos y cuerpos, comparten un mismo territorio: el de la imaginación como forma de resistencia.
Alberto Laiseca, escritor argentino
Hay lugares que no se limitan a programar actividades: producen una comunidad. El Centro Cultural Rojas es uno de ellos. Desde sus aulas, sus salas y sus talleres, una sucesión de artistas y escritores encontró durante décadas un espacio para probar formas, equivocarse, insistir y, eventualmente, inventar una voz propia. En agosto, esa tradición vuelve a hacerse visible en dos propuestas que, aunque pertenecen a disciplinas diferentes, comparten una misma confianza en la creación como aventura: la exposición Su turno, Laiseca. La imaginación sostiene la materia y el Festival ROJASDANZA 2026.
Laiseca y el Rojas
El miércoles 5 de agosto, a las 19, la Fotogalería del Rojas inaugura una exposición dedicada a Alberto Laiseca, que podrá visitarse hasta el 28 de agosto, de lunes a sábados de 10 a 20, con entrada gratuita. La muestra reúne documentos originales y manuscritos, fotografías, publicaciones, obras de arte y objetos que recorren los años formativos del escritor, la aparición de su primera novela en 1976 y las dos décadas que pasó vinculado al Rojas, desde 1996.
Laiseca llegó al Centro Cultural invitado por Daniel Molina, que lo conocía de las redacciones y los bares. Para entonces, Los sorias circulaba como una novela total, una especie de leyenda que pocos habían leído completa y que se transmitía en fragmentos entre escritores y amigos. En el Rojas, aquella figura desmesurada encontró un territorio a su medida. El Maestro, el Mago Blanco, el Conde Láisek, el milenario Lai: todos los nombres parecían posibles para ese escritor que convirtió el delirio en método y la literatura en una forma de desobediencia.
Durante casi dos décadas, Laiseca fue capacitador del Rojas. Por sus talleres pasaron alrededor de 1200 alumnos, muchos de los cuales se convertirían luego en escritores consagrados y premiados, entre ellos Selva Almada, Leandro Ávalos Blacha, Alejandra Zina, Juan Guinot, Ariel Luppino, Valeria Tentoni, Eugenia Alcatena y Leo Oyola. La exposición, ideada y curada por Mariano Oropeza y Raúl Manrupe, con el asesoramiento de Julieta Laiseca y Sebastián Pandolfelli, busca recuperar también esa dimensión pedagógica: el escritor como maestro de una legión de máquinas lenguaraces que aprendieron de él que la imaginación no tiene por qué pedir permiso.
A cincuenta años de su debut literario con Su turno para morir y a diez de su muerte, ocurrida en Buenos Aires en 2016, el Rojas vuelve sobre una figura que desbordó las categorías. Novelista, cuentista, poeta y ensayista, Laiseca publicó más de veinte libros, entre ellos Aventuras de un novelista atonal, La hija de Kheops, La mujer en la muralla, El jardín de las máquinas parlantes y El gusano máximo de la vida misma, además de Matando enanos a garrotazos y Por favor, ¡plágienme!. Recibió, entre otros reconocimientos, la beca Guggenheim, el Premio Boris Vian y un diploma al mérito de la Fundación Konex. Para una generación más amplia, su figura también quedó asociada a Cuentos de terror, el programa televisivo que le valió un Martín Fierro.
Pero si Laiseca pertenece a la historia del Rojas por lo que escribió, también lo hace por lo que provocó. Su enseñanza se sostenía en una premisa que todavía parece urgente: escribir es entrar en un territorio donde las reglas pueden ser inventadas de nuevo.
Festival ROJASDANZA 2026
La misma intuición de Laiseca recorre, de otro modo, este clásico festival del Rojas que se lleva a cabo todos los años y se realizará los días 6, 7 y 8 de agosto con entrada gratuita.
Las obras que integran esta edición fueron seleccionadas mediante una convocatoria abierta por un jurado compuesto por Felicitas Luna, como invitada, Alejandro Cervera, director del festival, y Pablo Bontá, coordinador de Artes Escénicas del Rojas. Son nueve propuestas que ocupan distintas salas y espacios del Centro Cultural, y que reúnen a coreógrafos y artistas de distintas generaciones.
“RojasDanza se trata de eso, de dar un espacio a los que están viniendo y a los que han hecho de esta obsesión su modo de vida”, dice Cervera. En su presentación, el director imagina las obras como mundos misteriosos, imperfectos y balbuceantes, apariciones que surgen entre sueños y se pierden, ideas que irrumpen sin ser llamadas. Para Cervera, la danza y el escenario mantienen una conexión inexplicable con el inconsciente, el capricho y el deseo.
La programación comienza el jueves 6 con Ringtone Lado A, de Brenda Angiel, a las 20 en la Sala Batato Barea; Ausencia, con dirección artística y coreográfica de Laura Cucchetti, a las 21 en Planta Baja; y Simulacro I - otra consagración de Francisca Barría Ampuero por el grupo GHEP, a las 21.30 en la Sala Cancha.
El viernes 7 será el turno de Un mar incógnito, de Virginia Rossi, a las 20 en la Sala Batato Barea; Sí, de Manuela Hierl, a las 21 en Planta Baja; y Cibernética, de Vicente Manzoni Vignolo, a las 21.30 en la Sala Cancha.
El sábado 8, la programación comenzará con dos funciones de Compañía de Danza de la UNA - Fantasía bailable, dirigida por Roxana Grinstein, a las 19.30 y a las 21.30 en la Sala Cancha. A las 20, en la Sala Batato Barea, se presentará MOP: Mi ópera prima, de Azul Berra, y a las 21, en Planta Baja, Yo estoy re tranqui, de Patricio Suárez + Lo Anatómico.
Las entradas para las obras de la Sala Cancha y la Sala Batato Barea se retiran en la boletería de planta baja desde una hora antes de cada función, hasta agotar la capacidad. Se entregará un máximo de dos localidades por persona.
Entre la exposición de Laiseca y el festival de danza hay, más que una coincidencia de calendario, una continuidad de espíritu. El escritor que enseñaba a desconfiar de las formas establecidas y a llevar el lenguaje hasta sus límites podría reconocerse en estos cuerpos que ensayan otros modos de ocupar el escenario. En ambos casos, el Rojas funciona como una gran máquina de transmisión: un lugar donde los que llegaron antes abren la puerta a los que vienen después.
Quizás por eso las palabras de Cervera podrían funcionar también como una invitación a recorrer la muestra de Laiseca: “Vayamos libres a nuestros asientos de la gran máquina teatral”. Y, una vez allí, dejemos que la imaginación haga el resto.