Hace 60 años, tras la disposición de intervenir las universidades nacionales, la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA fue desalojada por la fuerza. Los largos palos que utilizó la policía para castigar a estudiantes y docentes dio nombre a “La Noche de los Bastones Largos”. El entonces estudiante Pablo Penchaszadeh recuerda, en primera persona, los pormenores de aquella represión violenta.
NOCHE DE LOS BASTONES LARGOS
Pablo Penchaszadeh es Licenciado y Doctor en Ciencias Biológicas, especializado en Biología Marina, zoólogo, investigador superior del CONICET, autor de casi 200 artículos científicos, pintor y, recientemente, miembro del equipo de la UBA que trabajó a bordo del buque oceanográfico R/V Falkor (too) del Schmidt Ocean Institute en el Mar Argentino y, por ende, ganador de un Martín Fierro.
Sin embargo, hay algo que Penchaszadeh jamás hubiera querido ser, pero las circunstancias del destino y de la historia, lo ubican en una de las noches más oscuras de la República Argentina: la del 29 de julio de 1966, conocida como la Noche de los Bastones Largos.
Penchaszadeh rebobina hasta las primeras horas de aquel 29 de julio, y recuerda: “Supimos que habían intervenido las universidades nacionales (Decreto Ley N° 16.912 promulgado ese mismo día), entonces todo el mundo fue a las facultades y se empezaron a hacer asambleas espontáneas. La nuestra fue en Perú 222 (la primera sede histórica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales), estábamos atónitos, no podíamos creer que intervinieran cuando había una Ley Universitaria vigente”.
A Penchaszadeh le cuesta encontrar palabras para describir lo que siguió y, solamente, atina a decir “fue tremendo”, para luego cerrar los ojos, y con voz quebrada, repetir “fue tremendo”.
“Primero se reunió el Consejo Directivo y luego empezó la Asamblea que desbordó el Aula Magna. Fue impresionante la cantidad de estudiantes, graduados, profesores y autoridades que se reunieron espontáneamente”. Además del decano, Rolando García, y del vicedecano Manuel Sadosky, estaban profesores de la talla de Cora Ratto de Sadosky, Félix Cernuschi y Gregorio Klimovsky”.
Ante ese panorama y por su carácter de “inquieto”, cuenta Penchaszadeh que decidió ponerse a arreglar una cartelera del Centro de Estudiantes mientras hablaba con las personas que entraban y salían de la Facultad. La cartelera, que estaba en el pasillo de entrada de Perú 222, es un reflejo del clima de diálogo y consenso que se respiraba en aquellos años.
“El Centro de Estudiantes de Ciencias Naturales agrupaba a las carreras de Geología, Paleontología y Biología. Y para la cartelera queríamos un nombre que representara a todas: y el Amonite era perfecto. Hasta alguien había hecho uno en papel celofán. Lamentablemente, no quedan fotos, por lo menos que yo sepa”, dice resignado Penchaszadeh.
Y continúa: “En un momento determinado corrió la noticia de que iba a venir la cana. Fue, entonces, que a alguno de se le ocurrió cerrar las puertas de la Facultad y poner unas cadenas”.
-¿Estilo la batalla de Vuelta de Obligado?- Penchaszadeh se ríe y exclama “¡Lo nuestro era algo más simbólico! Eran cadenas medio truchas porque, en realidad, no teníamos cadenas”. Pero, aún así, la gente seguía entrando y saliendo. “Uno simplemente lo pedía y te abrían”, recuerda Penchaszadeh.
Cerca de las 22.30, Penchaszadeh ya tenía ganas de comer algo. Encontró a una amiga y la invitó a ir a Avenida de Mayo. En ese lugar, no sucedió nada anormal para la cotidianeidad de los porteños: cervezas, pizza y charlas que se extienden. Y sin embargo, afuera, a unas pocas cuadras nada era normal. Nada.
“La charla se nos pasó. Suponete que estuvimos como hora y media o dos ahí. Cuando volvimos a la facultad, o sea cuando terminamos de caminar tres cuadras, ya había pasado todo. ¿Entendiste? Nos salvamos de pura carambola”, exclama Penchaszadeh.
Hay un silencio largo. Uno se imagina, o no, por dónde van los recuerdos y los pensamientos de este hombre que, una vez más, da testimonio de una de las grandes tragedias argentinas. Y ahí vuelve a susurrar “Era tremendo. Ya había pasado todo”.
Si bien durante esa noche otras cuatro Facultades (Filosofía y Letras, Arquitectura, Ingeniería y Medicina) sufrieron golpes, gases, represión y desalojo, Ciencias Exactas y Naturales fue la más castigada. El por qué no se sabe. Y Penchaszadeh tampoco puede dar una respuesta certera pero dice sonriendo “Era el lugar donde más les dolía que existiéramos. Así directo. No sé por qué. Mirá que éramos más nerds que ninguno, pero igual no sé por qué”.
Ya en la madrugada del 30 de julio, ahí en Perú 222, se presentaba un desafío ineludible. El caos era total. “Entonces empezamos a hacer las listas: ¿A quién viste? ¿Con quién? ¿Se sabe adónde lo llevaron? Todo eso y más les preguntamos a quienes no se llevaron. Ellos aún en shock nos ayudaron y fue de vital importancia porque pudimos avisar a las familias. Cada uno tenía su libreta, sus contactos, entonces empezamos desde teléfonos públicos a avisar”. recuerda Penchaszadeh.
Otra vez la mirada se pierde, los ojos se cierran y susurra “A mí me tocó un compañero mío muy querido, Carlitos Bernstein, que pobrecito, falleció hace un par de años. A él le habían tirado gases lacrimógenos, ahí en Perú, pero él no se dio cuenta. Cuando lo llevaron a la comisaría, él seguía con esa ropa impregnada. A la mañana, cuando lo sacamos de la comisaría, ya no veía nada. Lo llevamos directo a un oculista que le hizo todos los lavajes, le tapó los ojos... Un desastre, no se sabía cómo iba a quedar”.
La Noche de los Bastones Largos sumada a los hechos que se venían sucediendo generó una ola de renuncias en varias de las facultades y la ya conocida “fuga de cerebros”. Penchaszadeh recuerda que, si bien las renuncias fueron masivas, no fueron unánimes: “Nosotros éramos docentes-alumnos, o sea, ayudantes de segunda. Hicimos una asamblea y decidimos no renunciar. Éramos estudiantes, ¿A qué íbamos a renunciar? Decidimos esperar”.
El Gobierno de Onganía cerró las Facultades y, luego de alrededor de 30 días las volvió a abrir pero ya nada era igual. No solamente no estaban quienes se habían ido del país, sino que tampoco podía volver quienes no se fueron. “Fue como un segundo exilio” -dice Penchaszadeh- “A mí me faltaba una materia para recibirme y logré hacerlo. Pero la realidad era que si te graduabas, tampoco podías entrar a la Facultad ni a cualquier otro cargo ni investigar. Entonces, el futuro era incierto y mucha gente se rompió, se quebró”.
La Noche de los Bastones Largos también terminó con otro mundo, uno de gran importancia para los estudiantes de esa época y para la sociedad en general. “Antes de esa noche, teníamos campamentos universitarios, concursos de fotografía, un ciclo de cine todos los sábados. Yo, junto con Beatriz Goldstein (también de Biología), éramos los encargados de alquilar la película y pasarla en el Aula Magna. Propusimos un ciclo Bergman, otro Antonioni. Además, yo estaba en el coro de Ingeniería, de donde salieron Les Luthiers, de hecho sus primeros ensayos fueron en mi casa”.
“Nosotros éramos jóvenes y nos sentíamos como una cacerola a presión de la cultura. Había cultura por todos lados: el Di Tella. Nacha Guevara, el Teatro Colón, los Beatles. Todo lo que pasaba en el mundo nosotros lo vivimos. Ese momento de mi juventud, esos seis años que pasé en Exactas, fueron formativos por mil”, dice entusiasmado Penchaszadeh.
El Gobierno de Onganía prohibió besarse en espacios públicos, censuró el ballet por considerarlo pornográfico, y también fue contra el uso del pelo largo, la minifalda y el rock por considerarlos “una entrada al comunismo”.
Como un acto más de justicia, de hacer memoria, de no olvidar el pasado, en el año 2016, la editorial Eudeba publicó el libro “Exactas exiliada” cuyo compilador es el propio Pablo Penchaszadeh quien escribió “Este libro intenta así recuperar en algo la memoria y presencia de los borrados, para que las presentes y venideras generaciones sepan que no les dimos lo mejor de nosotros no porque no hayamos querido, sino porque ni nosotros ni ellos tuvimos la oportunidad de conocernos”.
Estos son algunos de los fragmentos de "Exactas exiliada":
“La Noche de los Bastones Largos fue un acto de violencia física pero sobre todo de extrema violencia simbólica. En términos de Foucault se trató de un castigo ejemplar, un castigo que debía servir de ejemplo. Qué universitarios –alumnos y profesores– pudieran ser golpeados cual delincuente puede ser golpeado. Fue el establecimiento de una regla, de un estándar” (Mario Broitman).
“Al atardecer llegaron noticias más precisas sobre la intervención. Rolando García, el decano, invitó a aquellos que preferían irse que lo hicieran en ese momento; el resto se quedaría para hacer efectiva la toma. Cerraron las puertas. Adentro quedamos un grupo bien nutrido de estudiantes y docentes. Muchos eran amigos muy cercanos". (Carlos Bernstein).
“Muchos de los estudiantes de Exactas de aquella época cumplíamos varios roles simultáneamente. El ambiente, la efervescencia, la calidez de ideas y posibilidades que habían generado el doctor Rolando García (decano de la FCEyN hasta el 66) y el doctor Manuel Sadosky, con la inclusión de jóvenes docentes e investigadores que habían completado sus doctorados afuera, nos proporcionaban todos esos estímulos y deseos de aprender y formarnos, tanto en docencia como en investigación y militancia”. (Beatriz Goldstein)
“El 28 de junio de 1966 una junta militar derrocó al presidente Illia y asumió el poder el general Juan Carlos Onganía. En ese momento, una de las pocas instituciones que condenó el golpe militar fue la Universidad. Y la comunidad universitaria no dudaba que más temprano que tarde las universidades serían intervenidas”. (Rubén Cucchi y Susana Sommer).