Generales
Hacia la seguridad hídrica

DEMOCRATIZAR EL ACCESO AL AGUA POTABLE

viernes 28 de agosto de 2026

Cada año, investigadores de todo el mundo se reúnen para tratar la problemática del acceso al agua potable, la seguridad hídrica y el saneamiento como pilares del desarrollo humano. La Universidad de Buenos Aires es un actor clave en este sentido y desarrolla actividades interdisciplinarias que apuntan al cuidado del ambiente, la producción de alimentos, la salud animal y humana.

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DEMOCRATIZAR EL ACCESO AL AGUA POTABLE

Durante esta semana, y organizado por el Instituto Internacional del Agua de Estocolmo (SIWI, por sus siglas en inglés), se realizó la “Semana Mundial del Agua 2026” que convocó a responsables de políticas públicas, profesionales, investigadores y a la sociedad civil, con el objetivo de impulsar soluciones hacia un futuro más justo y con seguridad hídrica.

El programa se centró en la seguridad hídrica, la gestión segura del agua potable y el saneamiento como pilares del desarrollo humano, la salud y la resiliencia, con especial atención en las comunidades que enfrentan una desigualdad persistente. Además, se examinaron los avances de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) elaborados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para el año 2030, en el contexto del cambio climático.

¿Cuál es la situación en nuestro país?  Alejandra Volpedo, profesora titular y directora de la Maestría en Gestión del Agua en la Facultad de Ciencias Veterinarias e integrante del Programa Interdisciplinario para el Cambio Climático (PIUBACC), explica que “Argentina es un país con una gran disponibilidad de recursos hídricos, pero esa disponibilidad está distribuida de manera muy desigual, tanto geográficamente como en términos de acceso de la población. Por eso, cuando hablamos de seguridad hídrica no debemos pensar solamente en ‘tener agua’, sino en disponer de agua suficiente, segura y de calidad, y contar con saneamiento adecuado”.

Reducir la brecha es la tarea

Uno de los grandes problemas es la brecha en el acceso al agua potable y saneamiento entre las grandes ciudades y las zonas rurales que refleja una profunda desigualdad estructural e inversión insuficiente en infraestructura básica. El ministerio de Economía de la Nación, algunos años atrás, alertaba que más de un 15% de las personas que residen en áreas rurales debe acarrear el agua desde fuera del terreno de la vivienda, problemática que afecta especialmente a las mujeres, niñas y niños. En términos de acceso al recurso, el 20% utiliza un pozo para abastecerse de agua, el 6% debe recurrir al transporte por cisternas y el 11% recolecta agua de ríos, acequias o procedente de lluvia (INDEC, 2010). Sólo el 30% tiene acceso a agua de procedencia de red pública, mientras que el 33% restante tiene acceso a agua de perforación, tanto a motor como manual. En relación al saneamiento, sólo el 2% de la población rural dispersa tiene acceso a red pública/cloacas, el 47% utiliza un pozo ciego y el 18% usa hoyos, excavaciones en la tierra o defeca al aire libre.

Volpedo agrega que “las grandes ciudades suelen tener una infraestructura y una capacidad de respuesta mucho mayores. En cambio, en pequeñas localidades, zonas rurales y comunidades dispersas todavía encuentran dificultades de acceso, problemas de calidad del agua y menor infraestructura de saneamiento. Los propios programas nacionales han reconocido que la cobertura de agua y saneamiento seguros en poblaciones rurales dispersas está muy por debajo del promedio nacional”.

“Además, el cambio climático puede profundizar estas desigualdades. Una sequía, una inundación o un problema de contaminación del agua no afecta de la misma manera a una gran ciudad que cuenta con infraestructura y alternativas de abastecimiento que a una pequeña comunidad que depende de una única fuente de agua. La seguridad hídrica es, por lo tanto, también una cuestión de equidad territorial y social”, suma Volpedo.

Si la intención es poner especial atención en las comunidades que enfrentan una desigualdad persistente, se requieren medidas de fondo. Pero ¿Cuáles? La directora de la Maestría en Gestión del Agua subraya que “hay que trabajar simultáneamente en varios niveles. Por supuesto que se necesita inversión sostenida en infraestructura de agua potable y saneamiento, particularmente en pequeñas localidades y zonas rurales. Pero las obras por sí solas no alcanzan. También necesitamos conocer mejor nuestros recursos hídricos, monitorear de manera permanente su cantidad y calidad, proteger las fuentes de agua y planificar considerando los escenarios futuros de cambio climático. Y algo muy importante es generar soluciones adecuadas a cada territorio: las necesidades de una comunidad rural no necesariamente son las mismas que las de una gran ciudad”.

Y es ahí dónde las universidades públicas pueden aportar mucho. Volpedo enumera: “Podemos generar conocimiento, formar profesionales, desarrollar tecnologías y trabajar junto con gobiernos, productores y comunidades para encontrar soluciones que sean técnicamente adecuadas, pero también posibles de implementar y sostener en el tiempo.”

Consecuencias del cambio climático

Según informes recientes de las Naciones Unidas, durante los últimos nueve años, cada año ha establecido un nuevo récord de calor oceánico y es probable que las temperaturas globales superen el umbral de 1,5 °C durante la próxima década, a menos que las emisiones de gases de efecto invernadero disminuyan mucho más rápidamente.

Se prevé que los glaciares desaparezcan en un tercio de los emplazamientos actuales para 2050, para el mismo año las sequías podrían afectar a más de tres cuartas partes de la población mundial.

Pero ¿Qué sucede hoy? Volpedo explica que “los eventos que estamos observando en distintas partes del mundo muestran algo que también es relevante para Argentina: Ya no podemos diseñar y gestionar la infraestructura hídrica pensando solamente en las condiciones climáticas del pasado. Argentina tiene infraestructura y experiencia en el manejo de inundaciones y sequías, pero presenta situaciones muy heterogéneas entre regiones y todavía existen importantes brechas. De hecho, el país cuenta con instrumentos de planificación que reconocen explícitamente la necesidad de adaptar la infraestructura a extremos climáticos y reducir la vulnerabilidad frente a inundaciones y sequías”.

“El desafío no es solamente construir más obras, sino construir mejor y anticiparnos: mejorar drenajes y sistemas de regulación, conservar humedales y áreas de amortiguación, fortalecer los sistemas de alerta temprana y utilizar información climática para planificar las ciudades y los territorios. La adaptación al cambio climático tiene que convertirse progresivamente en un criterio transversal de la planificación”, agrega la especialista.

La agenda internacional

La Semana Mundial del Agua 2026, realizada en Estocolmo del 23 al 27 de agosto, tuvo como lema “Agua para las personas y el progreso”. “Me parece un lema especialmente interesante porque coloca nuevamente a las personas y a las desigualdades en el centro de la discusión”, explica Volpedo.

Entre los grandes temas en discusión estuvieron la seguridad hídrica; el acceso equitativo al agua potable y al saneamiento; la adaptación al cambio climático; la relación entre agua, salud y desarrollo; la cooperación y gobernanza del agua; el financiamiento; y la necesidad de reducir las desigualdades. También tuvieron una presencia importante la relación entre agua y género, los conocimientos de los pueblos indígenas y la situación de poblaciones vulnerables, migrantes y desplazados. Todo ello está además vinculado con la preparación de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Agua de diciembre de 2026.

“Es interesante porque la discusión internacional está evolucionando: ya no alcanza con preguntarnos cuánta agua tenemos; debemos preguntarnos quién accede a ella, en qué condiciones y qué capacidad tendrán las sociedades para garantizar ese acceso en un clima cambiante”, concluye Volpedo.

La Facultad de Ciencias Veterinarias como actor clave en el estudio del agua

Volpedo cuenta que “desde la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA existe una trayectoria muy importante de trabajo. Una parte de estas actividades se desarrolla a través del Centro de Estudios Transdisciplinarios del Agua (CETA), donde confluyen investigación, docencia, formación de recursos humanos, extensión y transferencia, además hay otros institutos de investigación como el INPA y diferentes cátedras que también trabajan diferentes aspectos asociados al agua, ya que el agua es un eje transversal de las disciplinas”.

La profesora titular de Veterinarias dice que “trabajamos, entre otros temas, en calidad de agua para distintos usos, contaminación de aguas superficiales y subterráneas, presencia de elementos traza en agua, suelo, alimentos y organismos, tratamiento de efluentes, efectos del cambio climático sobre agroecosistemas y ecosistemas acuáticos, acuicultura y recursos pesqueros. Esta mirada es necesariamente interdisciplinaria porque el agua conecta ambiente, producción de alimentos, salud animal y salud humana”.

Volpedo amplía que: “También se desarrollan actividades de capacitación, extensión y divulgación destinadas a estudiantes y diferentes sectores de la comunidad, incluyendo experiencias educativas específicamente vinculadas con la conservación y calidad del agua. También se desarrolla desde hace 25 años la Maestría en Gestión del Agua que es un posgrado acreditado con la máxima calificación en CONEAU y que ha formado numerosos graduados de Argentina y de la región en temáticas vinculadas a la gestión del agua”.

Desde la Universidad pública podemos contribuir no solamente produciendo conocimiento científico, sino también acercando ese conocimiento a la sociedad y ayudando a formar ciudadanos y profesionales conscientes de que cuidar el agua es cuidar la salud, la producción, los ecosistemas y, en definitiva, nuestra calidad de vida”, concluye.