Historia
La Noche de los Lápices

MILITAR Y LUCHAR EN LOS TIEMPOS MÁS OSCUROS

miércoles 16 de septiembre de 2026

El 16 de septiembre de 1976, diez estudiantes secundarios fueron secuestrados y torturados por un grupo de tareas de la dictadura. Sólo cuatro de ellos regresaron con vida. Gustavo Froján cuenta cómo fue el día después en el Pellegrini:  “Un día de tantos días iguales”.

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Gustavo Froján en un aula del "Pelle"

Gustavo Frojan estudió en la Escuela Superior de Comercio “Carlos Pellegrini” durante la dictadura. Al cumplirse 50 años de “La Noche de los Lápices” surge la pregunta ¿Cómo fue llegar al Pelle el día después?

“Ese 16 de septiembre seguramente fue un día de tantos días iguales. Tenía 16 años y trabajaba como cadete, todo el grupo de amigos que militaban conmigo hacían lo mismo. En mi caso, entraba a la empresa, ubicada en la zona de Once, a las 8 y salía a las 15. Como no me daba el tiempo para volver a casa, venía caminando a la Escuela y me quedaba en la Biblioteca o en el bar de la esquina estudiando. A las 19.15 entraba en el turno noche donde cursaba con mis compañeros que desaparecieron”, cuenta Froján.

Luego de entrar a la Escuela, mientras subíamos por las escaleras de mármol, Froján recuerda una de las dinámicas de disciplinamiento riguroso impuestas por la dictadura:  “En ese tiempo teníamos prohibido subir por acá, había que usar las de atrás”. Este acto simple, pero a la vez tenebroso, mostraba la ruptura de la horizontalidad:  Todo espacio común servía para dividir, simbólicamente, a quienes ejercían el poder de quienes debían obedecer en silencio.

La charla con Gustavo Froján se desarrolló en un aula del primer piso, que fue intervenida por los estudiantes, con pinturas y grafitis acerca de la última dictadura militar y el Nunca Más. Froján vuelve a esa noche “Me enteré mucho después junto a mis compañeros militantes de la UES,  que éramos diez gatos locos. Es más, creo que ni se publicó en los diarios”.

La suposición de Froján es correcta. Durante septiembre de 1976 no existió ninguna noticia ni cobertura periodística sobre el secuestro sistemático de los estudiantes en los diarios de la Ciudad de Buenos Aires ni del resto del país, provocando que “La noche de los Lápices” no existiera públicamente y los desaparecidos no tenían entidad. Aún así todo eso pasaba y en el medio, unos pibes adolescentes procuraban salir al mundo, adueñarse de sus vidas y destinos, pero todo aquello les era cercenado.

“Estábamos aprendiendo a comprender cómo funciona el mundo. Estábamos intentando emanciparnos y, en ese contexto, vivíamos en un estado permanente de incertidumbre, Por un lado, estaba la imagen oficial: leyes y reglamentos que ordenan, la policía que actuaba contra los ladrones, que nos protegía y, por otro lado, aquello que nosotros, como sociedad, no habíamos internalizado y estaba pasando: Militares y policías, vestidos de civil, sin identificación que, en plena madrugada, secuestraban personas”, dice Froján.

En esa época se hicieron, tristemente célebres, las “libretitas de agenda” que venían en pequeños formatos de bolsillo (9 x 12 cms), con tapas de cuerina, calendario del año en curso y un directorio telefónico  Froján dice “Todos tenían una de esas. Por ahí entraban a tu casa, la revolvían y agarraban la agenda, leían los nombres de la agenda y después… Ensayo y error. Cualquiera podía caer sin siquiera una orden de un juez, todo era clandestino de punta a punta”.

En 1973, Sui Generis editó el disco “Confesiones de Invierno” que incluía la canción “Aprendizaje” en la cual Charly García se refiere a sus años de secundaria en el marco de la dictadura de Onganía.

“Y tuve muchos maestros de que aprender
Solo conocían su ciencia y el deber
Nadie se animó a decir una verdad
Siempre el miedo fue tonto”.

En el 76’ el miedo tenía fundamento y la bronca también. Froján rememora “De pronto, te enterabas que se llevaron a fulano ¿Pero se lo llevaron cómo? ¿A las 10:00 de la mañana, con la policía tocando el timbre? ¿Se subió a un patrullero y el barrio entero lo vió desde la vereda? ¿Don Manolo el almacenero y doña Rosa la panadera fueron testigos? ¡No! Los secuestraban a  las 3:00 de la mañana, metiéndolos en el baúl de un auto o en el piso de un Falcon, muchas veces sin patente”.

Lo que estudiábamos en el colegio: instrucción cívica, derecho constitucional, era toda una falacia. Entonces, en la cabeza de un pibe de 16 años había un estado de incertidumbre total sumando a un terror silencioso, que cada uno lo vivió en secreto”, continúa Froján.

Y en ese contexto, se produce el secuestro de los diez estudiantes secundarios en La Plata. Chicos y chicas que tenían militancia política y un fuerte compromiso social ¿Por qué seguían reclamando el boleto estudiantil? ¿Por qué no desistieron? Claramente, Forján no puede explicar el caso de ellos pero si puede hablar de su caso “El terror no nos frenó, no nos paralizó. Seguimos militando, participando de reuniones, seguíamos juntándonos y pintando paredes con aerosol a las 12 de la noche, con un campana en cada esquina,  por si venía un patrullero”.

¡Presentes, hoy y siempre!

Durante toda la charla, Froján, casi instintivamente, miraba hacia atrás, a su derecha. Consultado acerca de esa acción, atinó a decir “Nos sentábamos ahí, en ese lugar, todos juntos”. Y ahí, es el momento de hablar de ellos, sus amigos, aquellos que ya no están y cómo todo, de repente, cambió. “Tres de mis amigos fueron secuestrados la madrugada del 18 al 19 de abril del 78.  Y antes, fue el asesinato de  Rubén Benchoam, el 25 de julio del 77”.

Y ahí el terror adquirió una fuerza desconocida hasta ese momento “Ninguno queríamos tener agenda y me esforcé por olvidar el teléfono de Juan Carlos y de Mauricio. Así como ellos hicieron lo mismo con el mío. No queríamos tener ni la dirección, ni siquiera recordar cómo era la casa del otro”, explica Froján.

Pero hoy, a tantos años de esas noches de horror, Froján dice que “Rubén (17 años), Juan Carlos (17 años) y Mauricio (18 años) quedan, en mi memoria, hasta el último segundo en los cuales estuve con ellos. Quedaron inmortalizados en su juventud, militando. Los recontra banco”.

Froján cuenta que dejó de militar trás el asesinato de Rubén, “porque no le veía sentido a morir por una causa que no veía cuál era. No era ni siquiera real la famosa revolución. Juan Carlos y Mauricio dejaron de militar orgánicamente a fines del 77 y comienzos del 78, porque los militares habían secuestrado a todos los que estaban por encima nuestro, los de 20 a 25 años. o se habían exiliado. Habiamos quedado desamparados”.

“Lo que quiero que se sepa -pide Froján- es que la línea que nos bajaban desde arriba, era que el pueblo nos apoyaba para que caiga la dictadura. Y, mientras tanto,  trabajaba en una empresa, iba a la cancha, iba a los recitales, hablaba con mis amigos en el barrio, jugaba a la pelota, iba a comprar la verdura, el pan, puede decir que  ni el almacenero, el kiosquero, los pibes de la hinchada de San Lorenzo... nadie jamás de los jamases,me dijo que estábamos en un estado prerrevolucionario. ¡Esa fue una gran mentira que costó miles de vidas inocentes! Y nunca leí ni escuché una autocrítica de los autodenominados jefes”.