Historia
La Noche de los Lápices

EL TERROR SILENCIOSO

miércoles 16 de septiembre de 2026

Durante la dictadura cívico-militar, los colegios formaron parte de un aparato coercitivo diseñado para identificar y erradicar cualquier conducta considerada "subversiva" dentro del ámbito educativo. En esta entrevista, Víctor Mangonnet cuenta lo que pasaba en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

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Víctor Mangonnet en el Colegio Nacional de Buenos Aires

Caminar junto a Víctor Mangonnet  por el Colegio Nacional de Buenos Aires implica detenerse, casi en forma permanente, para saludar a quién se cruce en el camino.

Es que Mangonnet fue estudiante, profesor y vicerrector de un colegio al cual ama profundamente y lleva muy dentro suyo. Pero hubo un tiempo que no fue para nada hermoso. Víctor cursó sus estudios secundarios en plena dictadura: “Uno se levantaba y, enseguida,  se le quitaban las ganas de venir. Principalmente, por saber que iba a lo desconocido, a un lugar oscuro, que provocaba un terrible y profundo  terror. Una especie de estela de oscuridad que no tiene nada que ver ni con la historia ni con la actualidad del colegio”.

Ese clima comenzaba a proyectarse en el momento del ingreso por la puerta principal, pero que era controlado por año y por división. Mangonnet recuerda a los celadores “que nos recibían y veían que  fuéramos entrando por orden a través de la puerta, que no estaba abierta como ahora, de par en par, sino que  parecía una puerta individual por la cual se ingresaba de a uno, mientras ellos miraban la vestimenta, el el corte de pelo al cual medían exactamente a dos dedos de arriba del cuello de la camisa. Y, ante la menor infracción, te enviaban de vuelta a casa con una sanción”.

Pero, por supuesto, los elementos de coerción y de infundir miedo se sucedían. Mangonnet recuerda que “para ir al baño, prácticamente, tenías que presentar una nota en Mesa de Entradas. Y cada vez que uno lograba salir, estaban las mini oficinas de los celadores, siempre al acecho,parecían estar dotados de miras telescópicas”.

"El miedo comenzaba a sentirse, ya desde el primer control, infringiendo una disciplina severa y, luego, les era muy fácil provocar un tipo de terror que paraliza, que no te impide llevar a cabo cualquier acción que hayas pensado. Eso me pasó a mí y a muchos otros compañeros y compañeras en un montón de aspectos pero tuvimos la suerte de tener compañeros a los cuales ese miedo, al contrario, los hizo ser aún más rebeldes”, dice Mangonnet.

Y en ese contexto, el Buenos Aires fue uno de los Colegios más castigados: 109 desapariciones (108 estudiantes, un profesor). Mangonnet recuerda esa situación: Cuando alguien faltaba por varios días, al principio había miedo de preguntar, después nos íbamos enterando de a poco. Lo que pasa es que, tampoco, en aquellos años, había la interacción entre cursos y turnos que hay hoy. Entonces, un poco con el miedo que infundía el constante control y, bastante más, con la gente que empezaba a faltar y ya no volvía, el terror y la desconfianza se acrecentaban”.

Durante la dictadura cívico-militar, los informantes en los colegios formaron parte de un aparato de espionaje masivo y sistemático diseñado para identificar y erradicar cualquier conducta considerada "subversiva" dentro del ámbito educativo. Cualquiera podía cumplir esa función: autoridades, celadores, profesores adeptos, servicios de inteligencia infiltrados, incluso cumpliendo el rol de estudiantes.

Esta situación acrecentaba la sensación de “lejanía”. Mangonnet recuerda que “el chico de la mañana era casi un desconocido para la chica del turno tarde pero esto no sucedía ni por el tamaño del colegio ni de su matrícula. Podía pasar, incluso, entre compañeros. El terror infundido y la seguridad de que algo sucedía, hacían que uno tratara de no saber. Había momentos en que no se sabía con quién se estaba hablando uno. Hoy todo es diferente, primero, y por supuesto, por tantos años de convivencia democrática y, también,  por las redes sociales, que acercan personas y acortan tiempos para que se conozcan”.

El Nacional de Buenos Aires es un colegio de tradición familiar, donde generaciones tras generaciones son parte del claustro estudiantil. Pero, en tiempos de la dictadura, había otra situación peculiar. “Yo creo que a la mayoría le debe haber pasado, como a mí, que en algún momento, mis padres pensaron en sacarme del colegio. Un montón de compañeros míos se fueron, obligados. Yo estuve al límite también, porque nuestros padres también fueron alcanzados por el terror”.



¿Hasta dónde llegaba ese terror? Mangonnet es claro: “Ese terror silencioso nos fue cortando muchas de las vivencias que tendríamos que haber tenido a esa edad. Fuimos exacerbados a disfrutar la libertad con acontecimientos como el Mayo Francés, la Primavera de Praga, la Revolución Cubana, Woodstock, Los Beatles, también perdimos eso.”

Mangonnet volvió al Buenos Aires como profesor en 1991, pasó por los tres turnos e, incluso, fue vicerrector del turno vespertino. Ante la pregunta sobre qué sintió al conocer la historia, las historias, no duda en decir que “primero uno se siente culpable por no haber resistido más. Luego, teniendo la oportunidad, uno trata de promover toda acción de memoria y homenajes para no perder la memoria de lo acontecido y que no pase Nunca Más".