En 2012, al derecho a la identidad, la legislación argentina sumó la ley de identidad de género, definida como “la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente”. Una compañera nodocente trans de la UBA comparte su experiencia en este recorrido hacia la conquista de derechos.
Derecho a la identidad de género. Historias en primera persona.
Las Abuelas de Plaza de Mayo, cuya fundación fue el 22 de octubre de 1977, impulsaron la inclusión de los artículos 7, 8 y 11 en la Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada por Naciones Unidas en 1989, logrando crear y reconocer a nivel global el derecho a la identidad. En Argentina, un paso más adelante a nivel legislativo, se dio con la Ley N° 26.743 de Identidad de Género, del año 2012, que la define como “la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede o no corresponder con el sexo asignado al nacer”.
Ese amparo que otorga la legislación, no alcanza a reflejar las historias de vida que se desarrollan día a día, como la de Victoria Fiorela Sosa Diaz, una orgullosa nodocente, que a través de sus palabras nos permite conocer una realidad que, muchas veces, no miramos.
“Históricamente, a las personas travestis y trans nos patologizaron. Durante mucho tiempo se instaló la idea de que ser trans era una enfermedad o que habíamos nacido en un cuerpo equivocado. Esas miradas provocaron exclusión, discriminación y muchísimo sufrimiento”, comienzo diciendo Fiorela quien nació en Paraguay, llegó a Argentina hace 20 años y hoy vive en Caballito con su marido.
Sobre sus orígenes, Fiorela cuenta que “vengo de una familia de cinco hermanos, con profesionales como abogados y una psicóloga; incluso una de mis hermanas llegó a ser decana de una universidad. Desde muy pequeña empecé a reconocer quién era. A los tres años ya sentía una profunda identificación con la feminidad. Aunque todavía no tenía las palabras para explicarlo, había algo dentro de mí que comenzaba a manifestarse”.
Con el paso de los años, Fiorela fue encontrando no solamente las palabras sino la expresión completa de su ser, para revelar su identidad aún a pesar del qué dirán que no la detuvo. Ella lo cuenta así: “Cuando terminé el secundario, ingresé a la carrera de Nutrición. Sin embargo, desde el momento en que empezás a transicionar, muchas veces sentís que no encajás en ningún lado. La sociedad empieza a cerrarte puertas y a decirte cuál, supuestamente, tiene que ser tu destino: la prostitución, los excesos, la marginalidad. Como si las personas trans no pudiéramos aspirar a una profesión, a una familia o a una vida diferente”.
Fiorela agrega que “pude transformar muchas de esas dificultades en impulso para seguir adelante, aunque me costó muchísimo. Tuve el acompañamiento de mi madre y de mis cinco hermanos. Está claro que no fue nada fácil porque nadie te enseña cómo caminar al lado de una hija trans en una sociedad que todavía tiene tantos prejuicios”.
Ese camino tiene características únicas en la vida de cada persona y es parte inherente de la misma definición que da la Ley pero que siempre termina siendo un trabajo con el otro. Fiorela recuerda que “con mi mamá pudimos sanar muchas heridas. Logré hacerle entender cuáles eran mis sueños, pero también aprendí a comprenderla a ella. Entendí que durante mucho tiempo se culpó por mi condición y que vivía con muchísimo miedo de lo que pudiera llegar a pasarme por ser una mujer trans”.
Fiorela continúa diciendo que “nosotras, las mujeres trans, somos guerreras porque muchas veces tenemos que jugarnos todo por lo que queremos. Desde el momento en que le contamos a nuestra familia quiénes somos, sabemos que podemos perder afectos, vínculos y la aprobación de una parte de la sociedad”.
Fiorela llegó a Argentina hace 20 años y desde el primer momento su actividad fue abiertamente militante “Soy presidenta de una asociación civil llamada 7 Colores Diversidad, integrada por compañeras travestis y trans, que buscamos construir espacios formativos artísticos libres de la violencia cis-heteronormativa luchadoras y militantes”.
Apasionada, Fiorela declara que “defendemos los derechos conquistados, como el matrimonio igualitario y la identidad de género, y seguimos trabajando para que una mayor inclusión sea por fin una realidad. En estos contextos que estamos viviendo, considero que más que nunca debemos luchar por nuestros derechos y por los de las generaciones que vendrán. Se habla de inclusión, pero todavía existe muy poca representatividad de nuestras corporalidades en los espacios laborales e institucionales. El cupo laboral travesti-trans del 1% sigue siendo insuficiente y, en muchos casos, ni siquiera se cumple. Eso es muy triste, porque detrás de cada oportunidad que no llega hay una persona con sueños, capacidades y ganas de salir adelante”.
Esas ganas de salir adelante, llevaron a Fiorela a encarar la vida con optimismo, vinculandose con gente que ofrecía un oído para escuchar, una mano para ayudar, Así amplió su universo y, desde hace tres años, trabaja en el Rectorado de la UBA. “El día en que entré fue uno de los más felices de mi vida, porque era mi primer trabajo formal. Llegué con muchísimo entusiasmo, pero también con la emoción de saber lo que esta oportunidad representaba, no solamente para mí, sino para toda mi comunidad”, recuerda.
Fiorela recuerda que al llegar a la puerta de Viamonte, la esperaban su futura directora, Natalia Papaiann. Julieta Vitullo, a quien Fiorella destaca como “una mujer feminista que hizo posible esta oportunidad, junto nuestro delegado Claudio Errasti. Ellos me mostraron las instalaciones, las oficinas y me contaron la historia de este lugar, incluida la Galería de Mujeres. Mis compañeros me recibieron muy bien y encontré un hermoso clima laboral, donde se comprendía la lucha y la enorme representatividad que significaba mi incorporación a este lugar”.
“Ser una persona trans, la primera en el Rectorado, me representa en un lugar de lucha y de igualdad al mismo tiempo, me genera una enorme necesidad de retribuir esta oportunidad que me están dando. En la Comisión Interna y en el grupo de mujeres del Rectorado encontré a grandes militantes y referentes que me acompañaron en este camino”.
Fiorela sabe perfectamente que detrás de ese día pleno de felicidad también están “muchas compañeras que militaron, lucharon y rompieron puertas. Pude acceder a un trabajo formal. porque atravesaron tiempos de muchísima lucha, muchas muertes y, sobre todo, mucha tristeza”. Fiorela las recuerda y reivindica, diciendo que “siempre vuelvo a las palabras de una gran compañera y referente, Lohana Berkins, a quien recuerdo con muchísimo amor y cariño”: “Cuando una travesti entra a la universidad, le cambia la vida a la travesti. Pero cuando muchas travestis entran a la universidad, cambia la vida de la sociedad”.
“Hoy abrazo a toda la diversidad, porque fue justamente esa diversidad la que me impulsó a perseguir mis sueños y a no renunciar a la persona que quería ser. Y cuando ya tuviste que enfrentar tantos miedos, tantos prejuicios y hasta la posibilidad de que tus propios padres no te acepten, aprendés a desarrollar una fortaleza enorme. Por eso digo que no tengo miedo a nada. Porque sé todo lo que tuve que atravesar para llegar hasta acá”, comienza diciendo..
Cuando se le pregunta sobre sus deseos y sueños, se ilumina y exclama “trascender siempre fue mi mayor sueño. Quiero ver un Rectorado con más travestis y mujeres trans, porque somos muy capaces. Cuando nos dan oportunidades, estamos dispuestas a dar el ciento por ciento. No queremos que nos regalen nada, queremos tener las mismas posibilidades de demostrar todo lo que podemos aportar”.
Y, en seguida, se proyecta hacia el mañana, el cual no está exento de luchas. Fiorela asegura que aún falta muchísimo por hacer. "Es necesario seguir profundizando la Educación Sexual Integral, combatir el miedo, la culpa y la represión, y construir una sociedad donde cada persona pueda descubrir y vivir libremente su identidad. Esta vida es demasiado corta para vivir reprimiéndose por los demás o por el qué dirán”.
Aún así comprende a quién aún no logra expresar por completo su identidad “Yo entiendo a esa persona que todavía se esconde, que tiene miedo de mostrarse o que siente que no puede vivir abiertamente. Comprendo sus tiempos, sus circunstancias y sus temores. Pero esa no es la vida que yo quiero vivir”.
¿Y cómo quiere vivir Fiorela? “Definitivamente, no quiero vivir detrás de bambalinas ni encerrada entre cuatro paredes. Quiero vivir libre y feliz. Quiero amar y ser amada, respetar y ser respetada. Quiero vivir siendo quien soy, sin pedir permiso ni disculpas por existir. Y, sobre todo, quiero que las generaciones que vienen detrás de nosotras encuentren entrar en esos espacios para que nosotras seamos vistas como sujetas de derecho, interpelando desde el mismo lugar: desde la igualdad y desde la misma equidad, .un camino con más oportunidades, menos prejuicios y todas las puertas estén abiertas”.