Alicia Hanono de Fellder es la médica de 90 años, especialista en tuberculosis infantil, que sorprendió durante las jornadas de atención de la UBA en Plaza de Mayo con una frase que la hizo viral y conmovió a quienes la escucharon: “Yo adoro la UBA”. Desde ese día, dio a conocer cómo la universidad pública marcó su vida y cómo utilizó su profesión como una herramienta de ayuda y servicio a quienes más lo necesitaron.
Su activismo, su amor y sus convicciones marcaron su vida. “Sigan peleando”, les dice a las y los jóvenes que están luchando para defender la universidad pública.
Alicia está sentada en su living, con una mano en la falda y la otra sosteniendo su bastón. A lo largo de la entrevista dirá: “Estoy muy lúcida, pero necesito ayuda para moverme”. Cuando termine esta nota, entenderemos que, en realidad, es Alicia quien ayudará a movilizar a tantos otros al transmitir un entusiasmo y una fortaleza innata que la ayudó a enfrentar muchas luchas a lo largo de su vida. Durante las más de dos horas que durará esta conversación, el relato recorrerá de manera conmovedora su vida, en un extraordinario paralelismo con la historia.
Efectivamente, la vida de Alicia atravesó momentos históricos y, para cada uno de ellos, tiene una anécdota: desde la lucha por la Universidad “laica o libre” durante el gobierno de Frondizi y su entusiasmo por la Revolución cubana hacia el final de su carrera, hasta el nombre que eligió para su hijo Ernesto, en homenaje al Che, su militancia en barrios populares —que abandonó luego del asesinato del padre Mugica—, la quema de más de 100 libros de su biblioteca durante la dictadura, por miedo a que a ella y a su familia les pasara lo peor, y la ilusión ante la llegada de la democracia de la mano de Ricardo Alfonsín. Y así hasta el día de hoy, cuando estuvo en el lugar justo en el momento indicado.
La tibieza no es algo que la caracteriza. Tal vez, perder a su padre a los 12 años y haberse hecho lugar en una “carrera de hombres” le dio herramientas, entereza y sentido de la responsabilidad desde muy pequeña. “Cuando me recibí de médica, supe que tenía un arma. Y quería usarla para ayudar a los más pobres”. Su activismo, su amor y sus convicciones marcaron su vida. “Sigan peleando”, les dice a las y los jóvenes que están luchando para defender la universidad pública.
“Es muy triste lo que nos está pasando y no sé si voy a estar viva para cuando cambie, pero espero que cambie porque no puede ser que sigamos así. Este país es importante”, es la primera frase que esboza ni bien prendo el grabador. “Mirá, yo nací a finales de 1936. Ahora, en noviembre, cumplo 91. Y estoy muy lúcida. Recuerdo cosas desde los 4 años de vida”.
—Alicia, ¿usted dónde nació?
—Yo nací en Rosario, provincia de Santa Fe. Y a los 10 años vinimos a vivir acá, a Buenos Aires.
—¿Es hija única o tiene más hermanos?
—Soy la quinta hija. Tenía dos hermanas mayores, dos mujeres; después, dos varones y yo. Por suerte tuvieron cinco; si no, yo no estaría. Bueno, lamentablemente, a los dos años de estar acá, mi papá tuvo una cardiopatía y murió a los 40 años, muy joven.
—¿De manera repentina?
—No. Empezó a estar mal. Tuvo un proceso que en aquel momento no se sabía [cómo tratar]. Es decir, después de unos años se empezaron a operar estos problemas valvulares del corazón y las personas podían vivir 40 años más. Pero, cuando mi papá se enfermó, recién se estaban haciendo experiencias quirúrgicas en animales. Y bueno, mi papá falleció cuando yo tenía 12 años. Estaba en primer año del secundario. Tenía una hermana mayor que estaba en Arquitectura en la UBA. En esa época solo existía la UBA. Y bueno, todos dejaron de estudiar, menos yo, que era una nena. Seguí cursando el secundario y mis cuatro hermanos se pusieron a trabajar. Dejaron de estudiar porque había que trabajar, claro. Y bueno, terminé el secundario. En esa época, la economía era muy buena para el país.
—¿De qué año estamos hablando?
—Terminé la secundaria en el 54. Estaba Perón, pero Perón cayó en el 55. Ahí ya estaba en segundo año de Medicina. Y Houssay no era una plaza, era el profesor que asumió justamente la materia que estaba cursando en segundo año, que era Fisiología. Asume como profesor de Fisiología y es Houssay quien me toma el examen final.
—¿Y qué recuerda de Houssay? ¿En ese momento ya se sabía que él era muy reconocido en lo que hacía?
—Sí, ya había ganado el Premio Nobel. Fue el primer Premio Nobel de Medicina argentino. Así que fue muy importante.
—¿Era consciente de que estaba cursando en la misma universidad de la que había egresado un Premio Nobel?
—Sí, sin dudas. En ese momento, sin duda que sí. Fue un cambio excepcional.
—¿Recuerda el momento del examen?
—Era exigente. Houssay era exigente y todo el equipo era bastante exigente, porque también lo acompañaban Eduardo Braun Menéndez y Virgilio Foglia. Yo sabía muy bien la materia; a mí me gustaba lo que estudiaba. Me costó estudiar Medicina porque, cuando terminé el secundario —mi padre ya había fallecido—, le dije a mi mamá: “Quiero ir a Medicina”. Vinieron mis tíos paternos y maternos a decirle a mi mamá: “¿Cómo vas a dejar que esa mocosa estudie una carrera que es de hombres?”. Efectivamente, era de hombres. Éramos 18 varones y dos mujeres. Una de ellas era yo. Y nos recibimos las dos. La otra doctora fue médica obstetra y yo fui pediatra. Sí, efectivamente, era una carrera de hombres. Por suerte, cambió. Actualmente, hay más mujeres médicas que médicos.
En ese momento practicábamos en el anfiteatro de Anatomía, donde estaba la mesa con el cadáver, que estaba en formol. Y en tercer año de la carrera entré al Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez; todavía no existía el Garrahan. Ahí empecé a ser practicante de Pediatría.
Durante la charla, Alicia relatará que su madre fue la primera persona a quien llamó desde un teléfono público luego de rendir su último examen. “Viejita, ya me recibí”, fueron sus palabras. Después, corrió las seis cuadras que la separaban de su casa para abrazarla. “Le debo a mi mamá haberme recibido. Mi mamá me apoyó sola, con poca plata, y quiso que estudiara lo que me gustaba”.
Nota de la autora: Efectivamente, la ecuación cambió. Actualmente, en la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA, el 80 % de los estudiantes son mujeres y el 20 % son varones.
—¿Cree que lo que le pasó a su padre a tan temprana edad influyó en la elección de Medicina?
—Mirá, un poco debe haber influido. Además, yo no podía haber estudiado otra cosa. Estoy muy orgullosa de haber sido lo que quise hacer.
Alicia se recibió en 1961 y muestra orgullosa su título de médica de la UBA.
—La época en la que me recibí —me recibí en el 61—, el mundo estaba poniéndose muy lindo. En el 59 fue la Revolución cubana. Nos encantó Fidel llegando a una tierra que era un prostíbulo para hacer una tierra donde se estudiara, donde hubiera excelente medicina. Eso nos sacudió muchísimo. Después, peleamos por la enseñanza que llamábamos laica, para que sobreviviera la universidad estatal y fuera pública y gratuita, como era desde la época de Perón.
—¿Usted hubiera podido acceder a la universidad si hubiera sido paga en ese momento?
—Mirá, cuando empecé, no, porque mi papá había muerto. Cuando comencé, era muy importante que fuera gratuita. Después, las cosas fueron mejorando económicamente.
Además, las universidades privadas no eran para gente como yo. Afortunadamente, fui a la pública, que considero mejor, mucho mejor, más exigente, donde hay que romperse para estudiar y, si das mal una materia, la diste mal y la tenés que volver a dar como corresponde. Eso era muy interesante, muy valioso.
—¿Cómo conoce a su marido?
Esa pregunta cambió su semblante y le agregó un brillo extra en los ojos. A lo largo de la entrevista, ella solo tendrá palabras amorosas para quien fue, en sus propias palabras, “el amor de su vida”.
—Te voy a mostrar una foto, porque estoy muy enamorada. Lo conocí en mi casa, en la fiesta que hice cuando me recibí de médica. Hice la fiesta y apareció el amor de mi vida. Él era ingeniero. ¡Todo lo que le debo a la UBA! Tenemos los títulos de él, mío y de mis dos hijos. Él era ingeniero; mi hija, Ruth, es socióloga, y mi hijo, Ernesto, es diseñador de Imagen y Sonido.
Vuelvo a la historia sobre cómo conocí a Natan, mi marido. Me recibí a fines del 61 y, como después vinieron las vacaciones, a la vuelta mis compañeras del Gutiérrez me dicen: “Alicia, nos debe la fiesta”. Había que hacer una fiesta y, en el Hospital de Niños, éramos más chicas que varones. Entonces, mi cuñado me dice: “Alicia, tengo dos amigos míos a los que quiero mucho. Si querés, los invito”. Y uno de ellos era Natan.
Y bueno, en la fiesta todas mis compañeras médicas me decían: “¿De dónde sacaste a ese churro?”. Y entonces yo iba con la bandeja, iba y venía con bocaditos o bebidas o qué sé yo. Y la verdad es que hablé muy poco con él. A las 12 de la noche, él me saluda —nos tratábamos de usted en aquella época— y me dice: “Que tenga mucha suerte”, y se va.
A los 15 días, el ingeniero —este tal Natan— lo llama a mi cuñado, con quien era muy amigo desde la infancia, para preguntarle si yo tenía algún compromiso. Entonces, mi cuñado arregló una salida de los cuatro. Era la época del cine neorrealista italiano, que era muy bueno. Estaban Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Nino Manfredi. Era otra cosa, distinta a Hollywood, que siempre mostraba mujeres exóticas. Hollywood nos malformó la cabeza con sus películas. Realmente, eran cuentitos de hadas, donde todos eran lindos y qué sé yo. En cambio, en el cine italiano te veías, te reencontrabas. Éramos parecidos a los tanos; te reconocías en ellos.
La primera película que fuimos a ver juntos fue una de Vittorio Gassman, Retorno a casa. Era el fin de la guerra en Italia. Luego me acompañó a mi casa y me preguntó si podíamos seguir saliendo. Ahí empezamos a salir. Había mucha coincidencia ideológica, ¿no?
Los dos éramos de izquierda, los dos éramos agnósticos, ninguno de los dos creía. Soy judía, descendiente de gente de Medio Oriente. Mis antecesores eran árabes, árabes judíos, y él era hijo de un matrimonio que en el año 30 se vino a la Argentina porque Europa ya se estaba poniendo mala para los judíos.
Natan era un gran lector. Tengo una biblioteca acá de más de 2.000 libros, excepto los más de 100 libros que quemé durante la dictadura porque teníamos mucho miedo.
—Volvamos a su carrera. Usted termina la carrera de Medicina y elige ser pediatra.
—En tercer año de la carrera entré como practicante al Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. El hospital de niños primero era de las Damas de Beneficencia, que hacían cócteles para juntar plata para los pobres. Cuando vino Evita, dijo: “¡Qué Damas de Beneficencia! ¡Este hospital es nacional!”. Y las echó.
Era un hospital de referencia. Era el mejor hospital de niños de Sudamérica. Venían a rotar por nuestro hospital estudiantes y médicos de distintos países de Sudamérica. En Pediatría era lo mejor que había hasta que abrió el Garrahan.
Seguí en el hospital, roté por varios servicios hasta que llegué al área de tuberculosis. Y les dije que quería hacer esa especialidad, porque a mí me gustaba trabajar con los pobres y para los pobres.
Salía del hospital y me iba a la villa de Retiro, donde había mucha tuberculosis. Entonces, me designaron para que, dentro de Pediatría, viera a los chicos que tenían tuberculosis.
Tuve que renunciar a la villa en la época en que mataron al padre Mugica, a quien fusilaron cuando salía de una misa. El padre Mugica era el cura de la villa de Retiro. Y era muy buen tipo. Jugaba al fútbol con los chicos. Era muy buen tipo.
Dejé de trabajar en la villa porque tenía miedo. En esa época, trabajar con pobres era peligroso. Por ahí decían que trabajar con pobres era ser de izquierda. Y me quedé trabajando solo en el hospital.
Soy una médica que, cuando me recibí, dije: “Tengo un arma para hacer lo que quiero. Puedo elegir cirugía plástica y hacer guita”, pero, por mi ideología, era más importante atender a los pobres. En el hospital, por ejemplo, la única que hacía tuberculosis era yo, junto con un traumatólogo.
Después se fue produciendo la vacancia para la jefatura, hubo un concurso y quedé como jefa de servicio. Así me jubilé, como jefa de Tuberculosis. Siempre en el Gutiérrez.
—¿Por qué cree que su historia tuvo tanta repercusión?
—La verdad, me da vergüenza eso. Me conmueve porque yo no soy tan importante. Ese día pasó algo increíble: me levanté por la mañana y estaba con Ceferina, la señora que me cuida. Estábamos tomando mate, mirando el televisor, y vemos que en Plaza de Mayo está toda la UBA atendiendo al público a modo de protesta, justo frente a la Casa Rosada, para que el presidente vea.
A mí se me había roto un diente hacía unos días, entonces le digo: “Ceferina, nos vestimos ya. Tomamos un taxi y vamos a Plaza de Mayo, a ver si hay un tráiler donde están atendiendo odontólogos. Vamos a ver si me pueden hacer algo”.
Llego a Plaza de Mayo, me acerco al sector de Odontología y le digo a una chica que me recibe: “Mirá, tengo 90 años, soy egresada de la UBA y quería ver si acá, en Odontología, me pueden ayudar”. Me llevó a un tráiler, que son esos camiones donde atienden los estudiantes del último año de Odontología, bajo la supervisión de un profesor que va mirando lo que hacen. Me hacen subir ahí y me atiende el profesor.
Le digo: “Mirá, yo me recibí en la UBA, pero te imaginás que ya no ejerzo, tengo 90 años”. Lo trataba de vos, como trato a todo el mundo, porque todo el mundo es menor que yo. “Y me pasó esto”. “Ah, no se preocupe, doctora. Ahora lo resolvemos”.
A los pocos minutos, se acerca la decana de Medicina, Claudia Negri, a quien en ese momento no conocía, y me da un beso. Me dice: “Soy la decana de Medicina. Alicia, nos vamos a volver a ver. Yo te voy a hablar”.
Alicia el día que participó de las jornadas de UBA en Acción frente a la Casa Rosada. Video.
—¿Está sorprendida por la repercusión que tuvo?
—Mirá, le debo mucho a la UBA. Conocí a mi marido, que era ingeniero de la UBA. Nosotros éramos dos laburantes, dos empleados públicos. Yo era médica en el hospital y después en la villa. Mi esposo era ingeniero, docente en un secundario de materias de ingeniería, y después entró al ferrocarril. Mis dos hijos estudiaron en la UBA. Le debo muchísimo a la UBA.
Es una de las mejores universidades del mundo. No pueden, no tienen derecho a hacer lo que están haciendo. Espero, no sé si lo voy a ver porque biológicamente no sé si llegaré a verlo, pero espero que termine esto y que vuelva a ser el país que yo conocí, el país de todos, donde el hijo de la boliviana se recibió de médico igual que yo.
Mis hijos estudiaron ahí y es la mejor universidad. Mi hija después fue becada para estudiar en Canadá, donde es profesora desde hace 30 años. Cuando llegó allá, el profesor que la recibió le dijo a mi marido: “¿Sabés una cosa? Su hija es la mejor alumna que tuve en los 10 años que soy decano de esta facultad”.
Le debo mucho a la universidad. No tengo tantos méritos; lo único que hice fue estudiar y ejercer con gente pobre porque, ideológicamente, yo me sentía útil así. Y que me hagan un homenaje es una cosa muy inesperada. Me gratifica. Ojalá estuviera mi marido para que lo supiera también. Seguro que lo sabe. Por ahí era más merecedor que yo.
—Hay un compromiso suyo presente a lo largo de toda su historia. Siempre estuvo en el momento preciso, ayudando desde el lugar que ocupaba.
—Mirá, cuando fueron las manifestaciones en los años 60, cuando Frondizi promovió las universidades privadas, nos detuvieron junto con cuatro compañeros más. Éramos casi médicos; por ahí me faltaban dos o tres materias. Fue la única vez que pisé una comisaría, la Primera, que queda en Tucumán y Florida. Por suerte, no me hicieron “tocar el pianito”. Nos retuvieron allí un rato y nos soltaron. Pero yo siempre estuve activa, defendiendo la universidad pública.
—¿Qué mensaje le daría a quienes están encabezando actualmente las luchas para defender las universidades públicas?
—Hay que seguir peleando, hay que seguir peleando porque no nos pueden reducir a esto. No van a poder contra la universidad pública. A las autoridades que tenemos no les interesa la cultura. La Universidad de Buenos Aires fue muy importante en el mundo, no solo la de Medicina, sino todas las facultades. Es un factor de movilidad ascendente. Muchos chicos que económicamente no podrían estudiar pueden hacerlo en la universidad estatal.
Sigamos peleando. No puedo ir a las manifestaciones, tendría que ir en silla de ruedas. Me da vergüenza, pero, si no fuera así, no dejaría de ir. No podemos desechar lo que tenemos. Tenemos mucha materia prima, mucha gente capaz. Entonces, tenemos que seguir, seguir peleando, recuperarnos de esto.
Soy muy insistente en esto, pero no puede ser que nos resignemos a que estudien nada más que los que pueden acceder. Es importante que se estudie.