Investigadores de la UBA desarrollan metodologías para remover la contaminación del agua a bajo costo y de modo sustentable, lo que podría traer soluciones y mejorar la calidad de vida de poblaciones o industrias sin acceso al agua potable.
Tratamiento de aguas contaminadas
El Día Mundial del Suelo se celebra anualmente cada 5 de diciembre, desde 2014, año en el que la ONU designó esta fecha a propuesta de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). En 2023 el tema es “Suelo y agua, fuente de vida”, considerando que más del 95% de los alimentos provienen de estos dos recursos fundamentales.
La UBA, atenta a mejorar la salud de los ecosistemas, se encuentra investigando y desarrollando diversas metodologías de bajo costo, sustentables, a baja escala, para mejorar la calidad del agua y la vida de personas y animales. Con esto podrían beneficiarse habitantes de zonas aledañas a sectores industriales y sin acceso a agua potable, pequeñas industrias o empresas familiares.
En Argentina, la situación actual es peligrosa para la salud humana en diversos ámbitos. Por un lado, está la Cuenca Matanza - Riachuelo, altamente contaminada, en la cual viven 4.706.533 personas, según los datos provisionales del Censo Nacional de Población, Hogares y Vivienda 2022 del INDEC, lo cual representa más del 10% de la población de la República Argentina.
La Cuenca está contaminada por tres principales fuentes: la industrial, la cloacal y la de residuos sólidos donde se generan, aproximadamente, 10.000 toneladas por día en la Cuenca Matanza Riachuelo.
Pero, también, el problema de la contaminación del agua afecta a zonas rurales. Al menos cuatro millones de personas viven en regiones del país donde las aguas están contaminadas con arsénico, siendo la llanura chaco-pampeana la zona con más incidencia, sobre todo en el sur de Córdoba y Santa Fe, aunque también se ven afectadas el norte y el sur de Buenos Aires.
Remoción de arsénico
El decano de la Facultad de Ciencias Veterinarias, Alejo Pérez Carrera da cuenta de diversos trabajos de investigación que se están llevando adelante en la Facultad y que buscan dar solución a la contaminación del agua con arsénico: “Se trabaja con tecnologías asequibles y económicas, como la biomasa y plantas acuáticas, que tienen la capacidad de bioacumular el arsénico, que posibilitan la remediación del suelo con índices de remoción bastante significativos a bajo costo y de forma muy sustentable”.
El arsénico, en muchas zonas de Argentina, está presente en el agua subterránea como resultado de la actividad volcánica cordillerana. Hace varios miles de años la ceniza volcánica generó un estrato, en varias partes de la región de la Pampa Húmeda, donde en determinadas condiciones de los acuíferos, en contacto con el agua, el arsénico se libera y se queda en el agua subterránea generando graves problemas para la salud humana.
Principalmente, se ven afectadas áreas rurales que no tienen acceso al agua potable de red estimándose que, en Argentina, alcanza a 4 millones de personas que ingieren el arsénico a través de agua de bebida no tratada y determinados tipos de alimentos, como algunas variedades de arroz, u otro tipo de cultivos que pueden absorber arsénico.
El Hidroarsenicismo Crónico Regional Endémico (HACRE) que fue descrito por la medicina, por primera vez, en 1913, es una enfermedad grave de larga evolución que afecta a varias provincias argentinas y que pone a las poblaciones residentes en riesgo de padecer enfermedades dermatológicas, cardiovasculares y diferentes tipos de cáncer (piel, hígado, vejiga, riñón) revelando una doble condición: alta prevalencia y letalidad potencial, conformando un problema de salud de primer orden.
Alejo Pérez Carrera, explica que “el HACRE tiene cuatro etapas y es una enfermedad crónica, por lo cual no aparece inmediatamente al consumir agua contaminada, si no ya en un estadio avanzado. Estudios médicos demuestran que si es detectado en las primeras dos y se corta la exposición al arsénico la enfermedad puede remitir pero, si no ello no sucede la enfermedad, indefectiblemente, sigue avanzando”.
Otro problema, es la tardía consulta médica. Pérez Carrera dice que “en zonas rurales, no es sencillo acceder a servicios médicos pero, además, los primeros síntomas del HACRE, son la aparición de verrugas en las palmas de las manos, engrosamiento de la piel, que puede confundirse con lesiones propias del trabajo en el campo”.
Si bien hay cerca de 20 tecnologías probadas y eficientes para la remoción de arsénico en el agua, con diferentes características y costos, entre ellas la de ósmosis inversa, que puede retener hasta el 99% de los sólidos disueltos totales, incluido el arsénico, “las resinas que utilizan tienen un alto valor económico y, además, requiere el uso de energía eléctrica que en zonas rurales no está disponible”, aclara Pérez Carrera.
Residuos reciclados para el tratamiento de aguas contaminadas
En la Facultad de Ingeniería, el Laboratorio de Química Ambiental y Sistemas Heterogéneos (LaQuiSiHe-UBA) estudia, en diferentes lugares de Argentina, la contaminación producida por la presencia de metales, como el cobre, el plomo y el cromo, y metaloides como el arsénico, que son considerados un peligro para la salud pública y el ambiente.
La directora del Departamento de Química, Susana Boeykens, explica que trabajan “en la remoción de contaminantes como plomo, cromo, cadmio, entre otros, con residuos de materiales agroindustriales de diferentes características, materiales lignocelulósicos o residuos de origen vegetal, como son la cáscara de banana, cáscara de maní, carozos de palta, y especies de plantas macrófitas acuáticas flotantes que crecen en nuestro país y que se encuentran en el listado de la Food and Agriculture Organization (FAO) como especies indeseables”.
“Además, se firmó un convenio con una empresa productora de té moringa, una fruta con diversas e importantes propiedades. Al desechar muchos residuos, los mismos son utilizados para la remoción de metales y contaminantes en aguas con buenos resultados”, agrega Boeykens.
Los investigadores, también aprovechan residuos de mampostería, los cuales fueron “caracterizados macroscópicamente y utilizados para la remoción de iones metálicos como cobre, zinc y níquel y la interacción entre ellos. Se trabajó también con dolomita, un mineral que se encuentra en la industria de la construcción, como material base para hacer carreteras, agregado en el asfalto, producción de cemento, entre otros usos, para la remoción de macronutrientes limitantes responsables de la eutrofización de aguas como son el fosfato y el nitrato, una de las principales causas de contaminación de los lagos y embalses en la actualidad. Se probó que la dolomita, con el fosfato adsorbido, puede ser empleada como mejoradora de suelo ya que el fosfato puede ser liberado por las bacterias autóctonas presentes en los suelos bonaerenses”, explica Boeykens.
Los proyectos llevados a cabo son de bajo costo y a pequeña escala. Boeykens destaca que se procura acercar a pequeñas industrias, empresas familiares o habitantes de zonas aledañas a sectores industriales y sin acceso a agua potable “nuevas tecnologías desarrolladas para su problemática particular, en concordancia con su alcance económico, lo cual es un aporte sustancial para su desarrollo, ya sea para la pequeña industria como para la entidad de gestión”.